La novela recorre la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial como quien atraviesa un paisaje devastado después de la tormenta. No se detiene en las batallas ni en los grandes hitos, sino en lo que queda: casas vaciadas, bibliotecas saqueadas, libros que desaparecen mientras las personas mueren por millones. El expolio cultural y el mercadeo de la memoria aparecen como una violencia paralela, tan sistemática como silenciosa. En Polifónica, la desaparición de los libros no es un gesto secundario, sino una forma de exterminio. Arrancar los volúmenes de estanterías, sinagogas o mesillas de noche significa también borrar la historia, la poesía, la posibilidad misma de transmisión. La cultura, convertida en botín, circula entre redes de contrabando, intereses económicos y complicidades protegidas por la España franquista. Lejos de una novela histórica convencional, el libro avanza a través de fragmentos, voces y tiempos superpuestos. La memoria no se presenta como un relato ordenado, sino como una materia inestable que vuelve, se repite y se contradice. Las grandes catástrofes colectivas se filtran en decisiones individuales, en gestos mínimos, en silencios heredados que siguen actuando en el presente. Con una escritura que avanza como una excavación y una forma que rehúye las certezas, Polifónica plantea una reflexión ética sobre la responsabilidad, la memoria y la violencia ejercida también sobre los libros. Una novela que no busca explicar el pasado, sino obligarnos a mirarlo de frente. Polifónica dialoga con algunos de los grandes traumas del siglo XX sin presentarse como una novela histórica clásica. ¿Qué te interesa explorar cuando la Historia entra en la literatura sin ocupar el centro del escenario? Me interesa explorar lo que ocurre en la vida cotidiana mientras la Historia avanza. No los grandes acontecimientos, sino sus efectos: cómo condicionan relaciones, silencios, gestos y decisiones íntimas. Cuando la Historia no ocupa el centro del relato, deja de ser explicación y se convierte en experiencia. En Polifónica aparece como una presión constante, como algo que se filtra en las casas, en la educación sentimental, en la violencia y en los libros que se conservan o se pierden. En el libro aparece con fuerza la idea de que las catástrofes colectivas nacen de decisiones individuales. ¿Crees que la literatura puede ayudarnos a pensar la responsabilidad personal más allá de los discursos políticos o ideológicos? Sí, porque la literatura permite mirar la responsabilidad sin simplificarla. Los discursos políticos tienden a repartir culpas o absoluciones; la literatura, en cambio, se detiene en las zonas grises. Me interesaba mostrar cómo decisiones pequeñas, repetidas y aparentemente inofensivas —callar, adaptarse, justificar— acaban teniendo consecuencias profundas. La literatura no juzga desde fuera: acompaña al lector dentro de esas decisiones. La memoria atraviesa la novela como algo fragmentario, incompleto, a veces incómodo. ¿Qué tipo de memoria te interesa narrar: la que explica o la que deja preguntas abiertas? Me interesa una memoria que no se explica del todo. La memoria real no es ordenada ni coherente: vuelve a destiempo, se repite, se contradice. Polifónica no intenta aclarar el pasado, sino mostrar cómo sigue actuando incluso cuando creemos haberlo entendido. Prefiero una memoria que incomoda y obliga a detenerse, antes que una que tranquiliza con explicaciones cerradas. Uno de los ejes del libro es el expolio cultural y la destrucción de libros. ¿Qué simboliza para ti la desaparición de los libros como gesto de violencia histórica? La desaparición de los libros simboliza una violencia profunda, porque no destruye solo objetos, sino memoria y transmisión. Un libro expoliado es una voz que no llega, una experiencia que queda fuera del relato. En la novela, los libros representan aquello que pasa de mano en mano de forma precaria y que permite pensar el mundo. Atacar los libros es intentar controlar no solo el pasado, sino el futuro. Polifónica trabaja con múltiples voces, tiempos y registros. ¿Cómo fue el proceso de encontrar la forma adecuada para una historia que no quería ser lineal ni unívoca? La forma surgió del propio material. La memoria no es lineal, y la historia que quería contar tampoco podía serlo. Escribí avanzando y retrocediendo, volviendo sobre los mismos episodios desde lugares distintos. Luego vino el trabajo más exigente: ajustar ritmos, eliminar lo superfluo, escuchar el texto. La fragmentación no es un recurso formal, sino la manera más honesta de contar una historia hecha de capas. Has cultivado poesía, ensayo y narrativa. ¿Qué te permitió la novela —como forma— que no te ofrecían otros géneros para abordar este material? Cada género me ha permitido trabajar el lenguaje de una manera distinta, como si fueran herramientas para esculpir la forma de decir según lo que se quiere contar. La poesía me enseñó a concentrar, a escuchar el ritmo interno de una frase; el ensayo, a pensar con claridad y a ordenar ideas. La novela, en cambio, me dio tiempo y espacio para que el lenguaje respirara, para dejar que las palabras se adapten al momento, al personaje y a la memoria que se está narrando. Polifónica necesitaba esa libertad: una forma capaz de cambiar de registro, de detenerse, de avanzar con dudas y de construir sentido no solo por lo que dice, sino por cómo lo dice. En lugar de ofrecer certezas, el libro parece insistir en preguntas éticas. ¿Escribir fue para ti una forma de comprender o de problematizar aún más ese pasado? Fue ambas cosas. Escribir me ayudó a comprender, pero también a aceptar que esa comprensión siempre es parcial. Cada página abría nuevas preguntas. La novela no busca resolver el pasado, sino mirarlo con honestidad y asumir que sigue planteando dilemas en el presente. ¿Cómo fue tu proceso de escritura? ¿Partías de una estructura clara o la novela se fue construyendo a medida que avanzabas, como una excavación? Fue una excavación. Había intuiciones, imágenes, recuerdos transmitidos, pero no un plano cerrado. Escribí avanzando y volviendo atrás, reescribiendo mucho. Como ocurre cuando se excava en un terreno conocido, a veces aparecen hallazgos claros y otras solo capas de silencio. Todo formaba parte del proceso. Vivimos un presente marcado por la velocidad y la saturación de información. ¿Escribir Polifónica fue también un ejercicio de lentitud y resistencia frente a ese ritmo? Sí. Polifónica se escribió despacio, contra la lógica de la urgencia. Requirió tiempo, lectura lenta y reescritura. Fue una forma de reivindicar la atención y la profundidad en un tiempo que parece exigir respuestas inmediatas y olvidos rápidos. Al cerrar el libro, ¿qué te gustaría que el lector se llevara consigo: una reflexión moral, ¿una inquietud histórica o una experiencia emocional ligada a la memoria? Me gustaría que el lector se llevara una experiencia: la sensación de haber acompañado vidas atravesadas por su tiempo y de comprender que ese pasado sigue dialogando con el presente. Si al cerrar el libro queda una inquietud —moral, histórica o emocional—, la novela ha cumplido su función. Puedes comprar el libro en:
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