El digital Vanitatis dice que Letizia ha vuelto a retocarse el pecho. No será la primera vez que se retoca, se perfila, se expande y se comprime. Tampoco me extraña.
Es verano, se siente el calorcito del sol en la piel y la consorte está llena de planes: una semanita en Marivent y otra a su bola en algún lugar secreto. Lógico que tenga ganas de hacer locuras. No digo que sea una locura retocarse el pecho. Y aunque lo fuera, ella no se corta. Letiziadas más “atrevidas” ha hecho. Recuerda su falda larga, plisada, de cuadritos vichy con un agujero “cut out”, donde asomaba un trozo de su real muslamen. Fue raro y no venía a cuento. La pusieron a parir, tío. Pero a la consorte no le importa que digan que se viste de quinceañera y sus hijas de ancianas. Lo que está claro es que la princesa y la infanta necesitan con urgencia una “personal shoper”.
También te digo que ser consorte no será fácil. Las consortes son inseguras y desconfiadas porque saben que están de prestado. Letizia, te guste o no, aguanta el tirón y da el pego. Aunque sea el “te pego, leche”. Dicen que además de impaciente y nerviosa, es rotunda y taxativa. Un carácter propio de personalidades emocionalmente intensas y explosivas. A las que, por cierto, no les conviene en absoluto ver eclipses de sol ni de luna. Ni desde Marivent, ni desde ningún lugar secreto. No entiendo como se trata con tanta frivolidad el avistamiento de un fenómeno capaz de provocar, no solo daños oculares, sino ansiedad, melancolía, insomnio y toda clase de reacciones psicológicas adversas. Pues fíjate, lo que le faltaba a la consorte.