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CARMEN LAFORET: NUESTRA EMILY BRONTE

Carmen Laforet (Foto: Archivo).
Antonio Costa Gómez | Miércoles 19 de agosto de 2026

Nuestra Emily Bronte es Carmen Laforet. Voy a ir una semana a Tenerife y decido leer “La isla y los demonios” de Laforet, que se desarrolla en Gran Canaria, pero habla de Tenerife. Dice que los demonios son las pasiones humanas, que son mucho más de siete. Y las pasiones constituyen a las personas y ayudan a conocerlas. Y forman parte de su vitalidad profunda, de su abismo. Lo mismo ocurría en “Cumbres borrascosas” y en las obras de Shakespeare.



En “Nada” el título era engañoso. Paree que no ocurría nada en la visita de esta estudiante que va a casa de sus familiares de Barcelona, pero ocurren incluso demasiadas cosas. Quizá es que la protagonista quería que aún ocurriera más, lo que pasaba le parecía poco. Los abismos de la vida se mostraban allí.

Y había una galería de personajes sorprendentes y profundos, que se movían por galerías oscuras, que daban fe de la vitalidad oscura. Tenían algo de dantesco o de expresionista. Aquella novela tenía una fuerza sorprendente en una novelista de veinte años. Lo mismo que “Cumbres borrascosas”, de Emily Bronte, que con veinte años parecía ya haberlo vivido todo y conocido todo.

Sin salir de su casa se pueden concebir abismos y conocer abismos. Y todas las borrascas y los vientos solitarios.

En “La isla y los demonios” influye el paisaje volcánico de Canarias. Parece que los personajes están un poco hechos con lava de volcán. Marta, la protagonista, desea libertad y planea escapar de un hermano que la sujeta y de una familia agobiante. Siente esperanza de que la ayuden unos parientes que llegan de la península y un pintor bohemio que llega con ellos.

Pero los visitantes se muestran decepcionantes y superficiales. En realidad, no entienden nada y ella está sola.

Su cuñada la odia y le arma escenas terribles. Su madre, que es la verdadera protagonista, quedó loca de resultas de un accidente. Pero es una mujer fascinante, llena de vida y belleza oscura. Todos están fascinados por ella. Incluso su hijastro, que es un tirano en otros campos, está enamorado de ella. Es la diosa oscura de la casa.

Y aparece muerta y hay sospechas de asesinato. Su criada le profesa una verdadera idolatría. También ella ha pasado una vida volcánica en la isla de Lanzarote. Ha vivido unas soledades terribles y se ha enfrentado con fuerza a desolaciones e infortunios. Eso la ha templado y la ha convertido en el personaje con más fuerza de todos.

Los demonios agitan la novela y son el vitalismo oscuro de la novela, son su abismo. Igual que los demonios o los condenados de Dante. Y esa escritora tan fascinante, Carmen Laforet, tiene ese aspecto demoníaco, en el sentido de hondo y asombroso.

El mismo estilo, sin florituras, pero expresivo y certero, contribuye a esa hondura de la novela, a que la vivamos con fuerza y casi miedo como la de Emily Bronte.

Algunos descartan con simplismo “La mujer nueva”, porque habla de una conversión al catolicismo. Pero la novela es también mucho más compleja y más fuerte que eso, los personajes son contradictorios, y la vida da sorpresas y honduras en todos los momentos. No se trata de ningún modo de predicación, es saber todo lo que de demoníaco tiene la novela como género. Desde sus orígenes. La ficción, según Sábato, es la noche frente al día, nos presenta nuestros fantasmas. Y Carmen Laforet sabe lo que es una novela.

Por eso recomiendo leer también “La mujer nueva”.

No hay nada que Carmen Laforet escribiera por escribir o por predicar algo. E incluso el catolicismo que aparece en “La mujer nueva” es el catolicismo desgarrado y vivo de Georges Bernanos, no el de las estampitas. Y sobre todo Laforet tiene novelismo, en el sentido más noble del término. El que señala un romanticismo como expresionismo, como indagación en lo que la realidad convencional esconde. Las novelas hacen eso, y las de Carmen Laforet más que las otras. Igual que las de Emily Bronte.

Incluso Charlotte Bronte, la hermana, que en “Jane Eyre” habla de una institutriz en apariencia convencional, tiene sus demonios. En el desván de su amante casado está la mujer loca en el desván. Esa mujer de las Antillas que enloqueció por las frialdades del marido inglés, o más bien la consideran loca porque no sigue la frialdad del montón.

Jean Rhys en “Ancho mar de los Sargazos” cuenta la historia desde el punto de vista de la loca, una mujer que vibraba en las selvas y los acantilados de la isla Dominica y llega a los estiramientos de una familia británica.

Emily Bronte era británica, pero con algo de Jean Rhys y de esa loca de los Sargazos. Y Carmen Laforet es española, pero tiene esos demonios encendidos y oscuros que pone en sus novelas. Y en “Nada” dice que no pasa nada porque la vida real de todos los días le parece un aburrimiento. Por eso ahonda en las novelas, que muestran la vida reprimida y profunda de las personas.

Carmen Laforet es una escritora admirable y deberíamos pensar más en ella. Con “Nada” ganó el primer premio Nadal que se convocó y nunca más llegó el Nadal a tales alturas. Más bien cayó en asombrosas bajuras en ocasiones.

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