Del extraordinario libro La luna nueva (poema de niños) ofrecemos, en la versión de Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, unos textos traducidos del inglés que constituyen una prodigiosa labor de recreación literaria. Están revisados por el propio autor. El sorprendente lirismo y la acendrada espiritualidad que emanan estos textos revela la incomparable sensibilidad de Tagore para afrontar temas con un fondo de tristeza que tienen como protagonistas a personajes infantiles.
[Los textos están tomados de La luna nueva. (Poema de niños)
obra de 1913-. Alianza Editorial, 2018. (El volumen incluye también El jardinero y Ofrenda lírica).
Rabindranath Tagore (1861-1941) fue poeta, narrador, dramaturgo, pedagogo, reformador social, músico y pintor, y fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1913.
El día del agua
Las nubes taciturnas se amontonan aprisa sobre el negro horizonte del bosque. (¡No salgas, niño¡). Las palmeras que bordean en fila el lago están cabeceando contra el suelo tristón. En las ramas del tamarindo los grajos callan con las alas sucias. Una sombra más profunda cada vez ronda la orilla levante del río.
(¡Oye la vaca atada en la cerca cómo muge rabiosa! ¡Hijo, espera aquí, voy a llevarla al establo!) Los hombres entran atropellándose en los campos anegados a coger los peces de los salidos estanques. El agua corre en arroyitos por las veredas como un niño rión que se ha escapado jugando con su madre.
(¡Calla; alguien llama en el vado del barquero! ¡Y la luz del día se va, hijo, y está cerrada la barca!) Parece que el cielo cabalga sobre la lluvia loca que se viene encima galopando. El río impaciente se alborota. Las mujeres vuelven de prisa del Ganges, con sus cántaros.
(¡Voy a preparar las luces, que hoy anochece temprano! ¡No salgas, hijo!) Por el camino del mercado no pasa un alma. El callejón que baja al río está resbaloso. El viento ruge y lucha en las ramas del bambú como una fiera cogida en una red.
Apoyo léxico.
aciturno. Triste, melancólico o apesadumbrado. Tamarindo. Árbol de la familia de las Papilionáceas, con tronco grueso, elevado y de corteza parda, copa extensa, hojas compuestas de hojuelas elípticas, gruesas y pecioladas, floresamarillentas en espiga, y fruto en vainillas pulposas de una sola semilla. Originario de Ásia, se cultiva en los países cálidos, por su fruto de sabor agradable, que se usa en medicina como laxante. Grajo. Ave muy semejante al cuervo, con el cuerpo de color violáceo negruzco y la base del pico desprovista de plumas. Atropellarse. Apresurarse demasiado en las obras o palabras. Salñidos estanques. Albercas en las que el agua rebosa Anegado. Inundado, cubierto de agua. Vereda. Camino angosto, formado comúnmente por el tránsito de peatones y ganados Vado. Lugar de un río con fondo firme, llano y poco profundo, por donde se puede pasar andando, cabalgando o en algún vehículo. De prisa. Con rapidez o celeridad. (La RAE acepta también la escritrura deprisa). Ganges. Río del Indostán, que nace en el Himalaya y desemboca en el Golfo de Bengala.
En este texto, de contenido altamente poetico, Tagore describe un día de lluvia con una fuerte tormenta que arrecia cuando anochece y hace que la naturaleza se estremezca; ya sean vegetales (las nubes se ciernen sobre el bosque ennegredciendo el paisaje; las palmeras inclinan sus fustes hacia el suelo, sacudidas por un vigoroso viento; cesa el graznido de los grajos posados en los tamarindos; las ramas del bambú se agitan violentamente a causa del vendaval); ya sean animales (los grajos permanecen silenciosos; un vaca, fuera del establo, muge con vehemencia; los peces, ante el desbordamiemieto de los estanques, nadan por los campos anegados); ya sean personas (los hombres aprovechan el rebosamiento de los estanques para atrapar peces; las mujeres regresan a toda prisa con sus cántaros llenos de agua sacada del río Ganges; el barquero no puede cruzar el lago porque ya es noche cerrada)... El agua de la lluvia forma incluso pequeños arroyos. Todo está anegado: veredas, caminos, callejones... En definitiva, "Parece que el cielo cabalga sobre la lluvia loca que se viene encima galopando", una expresión de gran intensidad descriptiva.
Desde el punto de vista narrativo, Zenobia y Juan Ramón han combinado la tercera persona gramatical -"un narrador lírico" a cuyo cargo está la descripción de una intensa lluvia, con todo lo que ello comporta, y la consiguiente transformaciòn del paisaje- con la segunda persona, para dar voz a una madre que se dirige en cuatro ocasiones a su hijo, y al que inicialmente se refiere a él como "niño", antes de llamarle tres veces "hijo"). Las intervenciones de la madre, por lo demás escuetas, se recogen entre paréntesis, y son una clara manifestaciòn de la función apelativa de la lengua, y así lo manifiestan el empleo del vocativo ("niño/hijo") y del presente de imperativo, ya sea negativo ("No salgas..." es decir, la segunda persona del singular del presente de subjuntivo precedido del adverbio "no") o afirmativo ("Oye...", "espera...", "Calla..."). Además, la entonación exclamativa amplifica el significado de los verbos. Por otra parte, la madre recurre a la perífrasis incoativa "ir a+infinitivo", para indicar el comienzo inminente de la acción que significa el verbo en infinitivo: "Voy a llevarla [la vaca al establo]", "Voy a preparar [las luces]".
El fragor de esta tormenta se ve acrecentada garcias a una selección léxica a base de vocablos que traduden la idea de agitación, se ruido brusco: el cabecear de las palmeras contra el suelo, el mugido furibundo de la vaca, el atropellarse de los hombres en busca de peces, el galope de la lluvia, el alborotarse del río, el rugido del viento...; y ello, pese a que las nubes anuncien silenciosamente que van a descargar una tromba de agua, por lo que el cierlo adquiere tonalidades negruzcas; y que lo grajos, habitualmente activos y ruidosos, permanezcan inmóviles en las ramas de los tamarindos.
Desde una perspectiva semántica, llama la atención la selección de adjetivos, por lo general ricos en matices connotativos; como adjuntos al nombre, su anteposición o posposición bien puede responder a razones meramente eufónicas: "nubes taciturnas", "negro horizonte", suelo tristón", "alas sucias", "sombra [más] profunda", "campos anegados", "salidos estanques", "lluvia loca", "río impaciente"; y también el adjetivo adquiere funciones de complemento predicativo ("La vaca muge rabiosa") y de atributo ("El callejón está resbaloso"). Vistos en su conjunto, esos valores connotativos de los adjetivos que ante señalábamos confieren al texto una cierta humanización, acorde con la preocuopación de la madre, que no quiere que su hijo salga de casa: taciturnas, tristón, loca, impaciente... (En el caso de "orilla levante", se trata de dos nombres, el segundo de los cuales es aposición del primero, y significa "que da hacia el este").
Y no querríamos omitar el valor expresivo de las comparaciones. La primera de ellas: "El agua corre en arroyitos por las veredas como un niño rión que se ha escapado jugando con su madre." (el correr del río por las veredas, similar al del niño que juega con su madre intentando evitar que esta le atrape). Y la segunda: "El viento ruge y lucha en las ramas del bambú como una fiera cogida en una red." (la fiera atrapada en una red lucha por liberarse con una fuerza similar a la que emplea el viento que arremete contra las ramas de bambú).
Puede cotejarse la versión de Zeniobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, con esta otra para poder aprciar el valor de la prosa poética de Juan Ramón y Zenobia.
Día de lluvia
Las taciturnas nubes se amontonan sobre la oscura linde del bosque.
¡No salgas, hijo mío! Las palmeras alineadas en el borde del lago revuelven sus cabezas contra el cielo lúgubre; los grajos de alas tiznadas se callan en las ramas de los tamarindos y una oscuridad creciente invade la orilla oriental del río.
Atada a la cerca, nuestra vaca muge ruidosamente.
Espera aquí, hijo mío, hasta que la haya llevado al establo.
Los hombres se precipitan en los prados inundados para coger los peces que saltaron de los estanques desbordados. Los arroyuelos del agua de la lluvia corren por los estrechos senderos como esos niños traviesos que disfrutan escapando de su madre.
¡Escucha, alguien llama al barquero del vado! ¡Oh, hijo mío, se ha hecho ya de noche y no se puede cruzar el lago! Se diría que el cielo galopa rápidamente sobre la lluvia enloquecida, las aguas del río rugen impacientes y las mujeres han vuelto precipitadamente del Ganges con sus cántaras llenas.
Hay que preparar las lámparas para la noche.
¡No salgas, hijo mío! El camino del mercado está desierto, el sendero junto al río resbaladizo, el viento ruge y se debate entre las cañas de bambú como una alimaña cogida en una red.
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Vocación
Todas las mañanas, cuando el gongo da las diez y yo voy camino de la escuela, me encuentro en la calleja con ese vendedor que grita: «¡Pulseras, pulseras de plata y de cristal!» Nunca tiene prisa, ni va más que por donde quiere, ni le obligan a llegar a sitio alguno, ni a volver a casa a su hora...
¡Quién fuera vendedor, para pasarme el día por la calleja gritando: «¡Pulseras, pulseras de plata y de cristal!»
A las cuatro, cuando vuelvo de la escuela, miro todas las tardes por el portón de aquella casa que está allí y veo al jardinero cavando la tierra del jardín. Hace lo que le da la gana con su azadón, se mancha la ropa de polvo cuanto quiere y nadie viene a decirle que si el sol le está poniendo negro, que si se está calando de agua...
Quién fuera jardinero, para cavar y cavar toda la tarde en el jardín sin que nadie me quitara!
Cuando madre, en el mismo momento en que oscurece, me manda a la cama, veo por la ventana al sereno, que se pasea vigilando arriba y abajo. La calle está oscura y solitaria y la farola está en pie como un gigante con un solo ojo colorado en la frente. El sereno viene y va meciendo su farol con su sombra al lado, y en su vida se tiene que acostar.
¡Quién fuera sereno, para pasarme la noche entera, calle abajo, calle arriba persiguiendo las sombras con mi farol!
Apoyo léxico.
Gongo. Instrumento de percusión que consiste en un disco rebordeado de una aleación metálica muy sonora y que, suspendido, se toca con una bola cubierta de lana y forrada, fija en el extremo de un palo. [Sinónimo: batintín]. Portón. Puerta que separa el zaguán del resto de la casa. [Zaguán. Espacio cubierto situado dentro de una casa, que sirve de entrada a ella y está inmediato a la puerta de la calle]. Azadón. Instrumento de labranza que consiste en una pala cuadrangular de hierro, algo curva y más larga que ancha, cortante por un borde e inserta por el opuesto en un mango que forma ángulo agudo con la pala. Sirve para rozar y romper tierras duras, cortar raíces delgadas y otros usos análogos. Calar. Penetrar un líquido en un cuerpo permeable. Mecer. Mover algo compasadamente de un lado a otro sin que muede lugar.
El narrador de este texto es un niño de corta edad; y dos hechos en concreto lo confirman: que asiste a la escuela -a la que se encamina a las diez y de la que regresa a las cuatro-, y que su madre lo envía a la cama en el mismo momento en que oscurece.
El texto facilita suficiente información acerca de los trabajos que efectúan mercaderes, jardineros y serenos: el mercader pregona su mercancía y la vende; el jardinero cava la tierra y cultiva las flores, tanto en los días de lluvia como en los de sol; y el sereno recorre las calles con su farol, en espera de que alguien necesite de sus servicios. Y a este niño-narrador le gustaría desempeñar, de mayor, precisamente, el oficio de mercader, de jardinero o de sereno; porque, según su criterio, no limitan la libertad, y permiten gozar de la alegría de las calles, de la belleza de un jardín y de la paz de la noche acompañado por las fantasías que la imaginación te permita.
El recurso literario de la comparación -o símil- que figura en la oración «La farola está en pie [en la calle oscura y solitaria] como un gigante con un solo ojo colorado en la frente.» encuentra su justificación en el mítico personaje de Polifemo -del que habla Homero en su obra La Odisea-: un gigante con un solo ojo colorado en la frente ofrece objetivas semejanzas con una farola que está de pie: de una parte, la altura; de otra, el que se vea limitada en su extremo superior por un foco luminoso que recuerda al ojo humano.