Retrato de una etnia: Los húngaros.
Sin perder su asombrosa capacidad lírica, no todos los capítulos de “Platero y yo” ofrecen una visión idealizadora de las realidades descritas y/o narradas. Tal es el caso, por ejemplo del capítulo XXXIII, titulado “Los húngaros”. Como sobrevolando el texto, se advierte la preocupación del autor por la pobreza e ignorancia de las gentes -los húngaros son, en este caso, el mejor exponente de la falta de educación y cultura del pueblo, simbolizada, quizá, en esta escena: “el chiquillo se orina en su barriga”, reforzada con el símil “como una fuente en su taza”-, que contrasta con la belleza natural que encierra el pueblecito de Moguer y su entorno. Sin más preámbulos, transcribimos el texto y ofrecemos su comentario.
Los húngaros
Míralos, Platero, tirados en todo su largor, como tienden los perros cansados el mismo rabo, en el sol de la acera.
Las tres... El coche de la estación se va, calle Nueva arriba. El sol, solo.
—Ahí tienes, Platero, el ideal de la familia de Amaro... Un hombre como un roble, que se rasca; una mujer, como una parra, que se echa; dos chiquillos, ella y él, para seguir la raza, y un mono, pequeño y débil como el mundo, que les da de comer a todos, cogiéndose las pulgas...
Apoyo léxico. Largor. Longitud. Cisco. Carbón muy menudo de origen vegetal que se utiliza para alimentar los braseros. Alegorías obscenas. Imágenes ofensivas al pudor. Greña. Cabellera revuelta y mal compuesta. Con indolente fuerza. Manifestando dejadez y apatía a la hora de ejercer la fuerza que la percusión requiere. Pandero. Instrumento rústico formado por uno o dos aros superpuestos, de un centímetro o menos de ancho, provisto de sonajas o cascabeles, y cuyo vano está cubierto por uno de sus cantos o por los dos con una piel muy lisa y estirada. Se toca haciendo resbalar uno o más dedos por ella o golpeándola con ellos o con toda la mano. Desentonada monotonía. Igualdad de tono en la voz desafinada. Fuera de punto. Fuera de lugar, sin venir a cuento, sin hacer al caso. Chino. En Andalucía, piedra pequeña.
Con sorprendente dureza crítica, y recurriendo continuamente a símiles para dar al texto una mayor fuerza plástica, Juan Ramón Jiménez nos presenta “el ideal de la familia de Amaro” -los húngaros-, que llegan a Moguer y malviven como artistas ambulantes, y en cuyo espectáculo callejero tiene especial relevancia -porque “les da de comer a todos”- un mono de costumbre tan vulgares como cualquiera de los miembros de dicha familia.
“Los burros del arenero”: la dura explotación de los burros de carga en Andalucía.
Los burros del arenero
Mira, Platero, los burros del Quemado; lentos, caídos, con su picuda y roja carga de mojada arena, en la que llevan clavada, como en el corazón, la vara de acebuche verde con que les pegan...
Apoyo léxico. Los burros del arenero o del Quemado. El Quemado es un paraje rural situado en el municipio onubense de Moguer. De allí se extraía arena rojiza (hablando con propiedad, “arenero” y “arenal” no son palabras sinónimas, aunque Juan Ramón aquí emplea “arenero” con el significado de “arenal”) que eran transportada por burros a Moguer y se empleaba en la construcción de sus casas. Picuda. Que tiene forma de pico. Acebuche. Olivo silvestre; madera de este árbol.
En este capítulo -el CXXX, el más breve de lo 138 que conforman “Platero y yo”-, Juan Ramón Jiménez, por medio de una oportuna selección léxica a base de términos con sentido negativo -Quemado, lentos, caídos, picuda, carga, mojada, clavada, vara, acebuche verde (que hace más daño), pegan-, persigue la conmiseración del lector hacia unos animales sometidos a una dura explotación y tratados con crueldad. En el fondo del texto late el contraste entre la vida placentera de Platero y la de estos otros burros obligados a ejercer un trabajo forzado y doloroso, y soportando además un implacable maltrato. La fonética del vocabulario empleado, con la aliteración del fonema velar /k/ (grafías c/dígrafo qu) ayuda a crear la atmósfera de violencia que el contenido tratado requier (los burros son estimulados con golpes de vara de acebuche): Quemado, caídos, con, picuda, carga, que, clavada, como, corazón, con, que.
El textos comienza en forma de apostrofe lirico: el poeta se dirige a Platero como si de un ser humano se tratara, y lo hace apoyándose en la función conativa de la lengua: “Mira, Platero”; un verbo de percepción sensorial con la carga semántica atenuada, en imperativo, seguido de un vocativo. La construcción asindética a base de adjetivos (“lentos, caídos…”) dilata el ritmo narrativo, para hacer más perceptible el andar fatigado de unos burros exhaustos; y, por otra parte, la adjetivación, fuertementwe descriptiva, añade elementos táctiles (“mojada arena”) y cromáticos (“vara de acebuche verde”; una vara que tradicionalmente es símbolo de opresión) que acrecientan el dramatismo de la escena: se visualiza el abuso físico de que están siendo objeto estos burros. Más aún: las heridas físicas que produce la vara que llevan dibujada en la piel llegan a lo más profundo de los animales; y de ahí la eficacia del símil “como en el corazón”: de la herida física se ha pasado a la anímica, en un proceso de absoluta humanización).
Leído el texto, cabe preguntarse hasta qué punto Juan Ramón Jiménz considera la literatura solo como placer estético o, más allá de esta función, desempeña también un papel catártico, en el sentido de que sirve, asimismo, para despertar la conciencia moral de los lectores en busca de su mayor perfeccionamiento moral, incitándoles a ponerse del lado de los más vulnerables socialmente. La respuesta se halla en “Los burros del aranero”, y en otros muchos capítulos de “Platero y yo” si lee el libro con espíritu crítico, además de como solaz literario.
Juan Ramón Jiménez explicó que Platero existió en realidad, pero que no fue único burro, sino la síntesis de muchos: “Yo tuve de joven varios. Todos eran plateros (de color plata). La suma de todos mis recuerdos con ellos me dio el ente [el personaje] y el libro”, según palabras del poeta que recoge la Casa Museo en su página web.