EL RINCÓN DE LA POESÍA

“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. VIII

Retrato de Juan Ramón Jiménez. Aguatinta, punta seca. Autor: Álvaro Delgado. Fecha: 1980.

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Sábado 05 de septiembre de 2026

La humanización de los borricos., I. Platero y yo (Elegía andaluza)” es un libro que atrae a todo tipo de lectores, desde que se abre por su capítulo I, en el que Juan Ramón Jiménez nos presenta a Platero. Son 138 breves poemas en prosa lírica llenos de afortunadas imágenes y de toda una serie de recursos retóricos propios de la estética modernista que el autor emplea para obtener unas composiciones de gran belleza: adjetivación deslumbrante, palabras llenas de colorido y musicalidad….



Pero por encima de todo está el deseo -logrado- de humanizar a los borricos, con Platero a la cabeza, que tiene la suerte de no estar sometido a duros trabajos agrícolas y de cualquier tipo que exigen un descomunal esfuerzo (piénsese en el capítulo titulado “Los burros del arenero” (el CXXX, ya casi al término del libro). No en vano, ya afirma contundentemente Juan Ramón en el capítulo LV (titulado “Asnografía”) algo tan tremendo como lo siguiente: “¡Si al hombre que es bueno debieran decirle asno! ¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre! Irónicamente…”. Ironía demasiado sarcástica; pero es que el destinatario de su mensaje es ni más ni menos que Platero, el “Marco Aurelio de los prados”. Abramos, pues, el libro por el capítulo I y conozcamos de cerca a Platero.

Platero

[1] Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

[2] Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: “-¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...

[3] Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

[4] Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paseo sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

-Tien' asero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, I. Bogotá (Colombia),
Editorial Panamericana, 2001.

Con este texto, en efecto, se inicia Platero y yo. Y Juan Ramón Jiménez efectúa en él una descripción de Platero, su compañero inseparable en sus frecuentes excursiones campestres. Obsérvese la coherencia interna del texto: cómo es externamente Platero (parágrafo [1]); temperamento dócil y alegre de Platero (parágrafos [2] y [3]); cómo es Patero interiormente (parágrafo [4]).

Quizá llame la atención la intervención de uno de los hombres del campo cuando se cruzan con Platero los domingos: “Tien' asero…”. Juan Ramón Jiménez está llevando fielmente al lenguaje escrito la expresión oral andaluza de personajes populares de Moguer (en este caso, apócope de la vocal final de palabra para unir esta a la siguiente, y el seseo). Lo podemos observar, por ejemplo, en: “-—Mi pare tie un reló e plata. -—Y er mío, un cabayo.. —Y er mío, una ejcopeta” (capítulo III: “Juegos del anochecer”); “Mi niiño se va a dormiii / en graaasia a la Pajtoraaa…” (capítulo XLIV, “la arrulladora”, en el que la carbonera interpreta una nana); “Cuando yego ar puente —me dijo—, ¡ya v'usté, zeñorito, ahí ar lado que ejtá!, m'ahogo…” (capítulo XLVI, “La tísica”); y así un largo etcétera de capítulos en los que se aprecia en el habla pérdida de consonantes, rotacismo, aspiración de la [-s], la caída de la [d] intervocálica, ceceo...

Volvamos al texto. El primer párrafo ya nos sitúa, en la descripción externa de Platero, ante un lenguaje en el que cada palabra está pensada y colocada en su lugar exacto para realzar la figura de un burro excepcional, casi irreal, sin parangón en la historia literaria: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”. Series asindéticas de adjetivos procedentes de diferentes ámbitos sensoriales (“pequeño, peludo, suave; blando”); originales símiles (“tan blando… [como] algodón”; “ojos duros cual dos escarabajos de cristal negro”), intenso lenguaje metafórico (“ojos azabache”; téngase presente que el azabache es una de las tonalidades más oscuras y puras del negro, y visualmente se asocia con la elegancia y la sobriedad, y queda aquí patente la expresividad de la mirada; y, como al mismo tiempo los ojos son “duros”, queda plenamente fundamentada la comparación “cual dos escarabajos de cristal negro”; porque el escarabajo está protegido por una dura y negra coraza que en realidad es su esqueleto externo; lo prosaico de esta explicación no hace sino acrecentar el valor lírico de la prosa del pota de Moguer).

La integración de Platero en el marco de la naturaleza queda de manifiesto en el segundo párrafo: se mueve con libertad por el prado y trata con su hocico delicadamente a las florecillas (“acaricia tibiamente”), que el pota enumera produciendo un estallido de color: “rosas, celestes y gualdas…” (los puntos suspensivos dejan abierta la variedad de flores). Y cuando el poeta lo llama, acude trotando con alegría, como si se riera, al son de los cascabeles (“cascabeleo”). La sonoridad de la escena se logra combinando varios recursos fónicos: palabras consecutivas con las cabezas silábicas [tr-] (“trotecillo”) y [-gr] (“alegre”), la reiteración de la palabra “que” con dos funciones distintas (pronombre relativo/conjunción de subordinación (“que parece que se ríe”), y la aliteración del del fonema velar /k/ (grafías c/dígrafo qu-): “no sé qué cascabeleo” (y ahora, la palabra “qué” desempeña la función de determinante interrogativo que introduce una pregunta de forma indirecta). Y salvadas las distancias y los contextos, nos viene a la mente aquel verso de san Juan de la Cruz, del Cántico espiritual: “un no sé qué que quedan balbuciendo” (como señal de inefabilidad). Los adverbios en “-mente” (“tibiamente/dulcemente”), que aportan indudables valores sinestésicos, sumados a la adjetivación, proporcionan al texto un ritmo lento, que permite “paladear” su contenido.

Y si en el párrafo segundo Platero se sentía atraído por las flores, ahora, en el tercero, se sacia con los frutos propios del lugar: “naranjas mandarinas, uvas moscateles, higos morados” (el poeta precisa la variedad de naranjas, de uvas y de higos [en contraste con los higos blancos o verdes; téngase presente que las brevas son la primera cosecha de la higuera, a finales de primavera, y que suelen tener color morado]. Y el porta proporciona más detalles de los higos morados: “con su cristalina gotita de miel”, lo que delata su conocimiento. (El higo morado está en su punto óptimo de maduración y su sabor es muy dulce, ya que su jugo natural se ha concentrado en forma de espeso almíbar; y ese exceso de dulzor sale al exterior por la parte inferior del fruto).

Contemplados en su conjunto los párrafos 2 y 3 del texto, se observa cómo Juan Ramón ha extremado los recursos sensoriales, ya sean de tipo auditivo (el cascabeleo que acompaña el trote de Platero), cromático (los vivos colores de las flores), táctil (el hocico de platero roza con ternura las flores) y gustativo (la gotita de miel que se escapa de los higos en plena sazón). El resultado final son imágenes de sorprendente plasticidad.

En el párrafo cuarto continúa la descripción de Platero, a base de comparaciones y contrastes: por un lado es “tierno y mimoso”, como lo son un niño y una niña; pero, por otro lado, es “fuerte y seco”, como una piedra o el acero; una visión del animal que contempla, humanizado, tanto su exterior como su interior, y que los símiles se encargan de matizar. Y cuenta con las simpatías de los hombres del campo que, sugestionados por el brillo de su piel, cuando se cruzan con él casi espiritualizan su figura, lo que expresa Juan Ramón en una imagen de enorme esteticismo y poder evocador: “Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo”.

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