EL RINCÓN DE LA POESÍA

“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. XI

Juan Ramón Jiménez [Fotografía tomada por Grete Stern en el año 1949. en Estados Unidos].

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Martes 08 de septiembre de 2026

El paisaje de Moguer. II. La cañada de las Brujas. Un ambiente de misterio envuelve todo el capítulo V de “Platero y yo”. En el primer párrafo, Juan Ramón Jiménez logra suscitar la sensación de miedo; y así, aparecen, en los prados soñolientos, cabras negras -símbolo del diablo- entre las zarzamoras -símbolo de represión y rechazo-; sombras que se ocultan al paso de Platero y Juan Ramón, no se sabe con qué enigmáticas intenciones; nubes bajas, que provocan una tenue neblina; humedad y silencio en el ambiente...; y, como marco misterioso que todo lo envuelve, la Cañada de las Brujas por la que transitan.



Escalofrío

La luna viene con nosotros, grande, redonda, pura. En los prados soñolientos se ven, vagamente, no sé qué cabras negras, entre las zarzamoras... Alguien se esconde, tácito, a nuestro pasar... Sobre el vallado, un almendro inmenso, níveo de flor y de luna, revuelta la copa con una nube blanca, cobija el camino aseteado de estrellas de marzo... Un olor penetrante a naranjas... Humedad y silencio... La cañada de las Brujas...

-¡Platero, qué... frío!

Platero, no sé si con su miedo o con el mío, trota, entra en el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos. Es como si un enjambre de claras rosas de cristal se enredara, queriendo retenerlo, a su trote...
Y trota Platero, cuesta arriba, encogida la grupa cual si alguien le fuese a alcanzar, sintiendo ya la tibieza suave, que parece que nunca llega, del pueblo que se acerca...

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, V.
Barcelona, Plaza & Janés, 1984.

Cabe empezar por preguntarse qué es la Cañada de las Brujas, qué tiene de misterioso y por qué despierta temor en Juan Ramón y también en su burro cuando entra la noche (“Platero, no sé si con su miedo o con el mío, trota”) y cruzan el arroyo con el susto en el cuerpo, bajo la luz de la luna (“Platero… entra en el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos”). El nombre de este paraje de Moguer, originariamente parte de la dehesa boyal [prado comunal destinado al pastoreo del ganado de los vecinos; “boyal” deriva de “buey”, ya que los terrenos se usaban antiguamente para alimentar a los animales de trabajo] tiene su origen en ancestrales leyendas locales, según las cuales era el lugar de encuentro de mujeres que practicaban la brujería. Al margen de leyendas, está debidamente documentado el llamado “Akelarre de Moguer”, un proceso inquisitorial abierto en 1740 a cinco mujeres que, en realidad, eran curanderas que tenían conocimientos de medicina natural y que terminaban sus actividades con música y danzas populares, pero que fueron acusadas por las autoridades eclesiástica de la época de adorar al demonio, según consta en los registros judiciales del Tribunal de la Inquisición de Sevilla. Ninguna de ellas fue ejecutada en la hoguera, y se les aplicó los castigos habituales entonces para delitos de hechicería: fueron sometidas a vergüenza pública, desterradas de Moguer por un plazo entre 2 y 5 años, y recluidas temporalmente en conventos para ser reeducadas en la fe católica. Y, lo que son las cosas, hoy -¡lo que va de ayer a hoy!- la Cañada de las Brujas forma parte de los paseos culturales que organiza el ayuntamiento de Moguer para recorrer los mismos caminos rurales por donde anduvo Juan Ramón y que le inspiraron inolvidables páginas literarias. Volvamos, pues, a una de ellas.

Y, como suele suceder con los cuentecillos de Platero y yo, el título es lo suficientemente significativo: “Escalofrío”, es decir, sensación de frío, por lo común repentina y violenta, producida por una emoción intensa, especialmente de terror.; que es precisamente lo que aqueja a Juan Ramón y a Platero cuando regresan al pueblo y pasan por la Cañada de las Brujas.

Es noche de luna llena, a la que el poeta describe con una triada adjetival asindética: “grande, redonda, pura”, dándole así a la luna una mayor viveza, al haberse omitido las conjunciones. En los prados, y entre las zarzamoras, se divisan con cierta imprecisión, cabras negras, que simbolizan lo oculto y misterioso, e incluso lo demoníaco. Y ahora recurre el poeta a la aliteración del fonema velar /k/ y del fonema vocálico /e/ -formando asonancia interna-, a las cabezas silábicas compuestas “br-” y “gr-”, así como a monosílabos agudos, para lograr una musicalidad desagradable o, cuanto menos, desapacible (“no sé qué cabras negras”). Alguien se oculta silenciosamente (“tácito”, predicativo y vocablo esdrújulo y sonoro). Y hay “un almendro “inmenso”; pero la flor del almendro no tiene nombre, problema que el poeta resuelve, aludiendo a su blancura, calificándolo como “níveo de flor y de luna”; (Francisco de Quevedo, en un soneto sobre el “carpe díem”, escribía: “el almendro, en su propia flor nevado”) y, además, tiene “revuelta la copa con una nube blanca”. Esta forma de describir un gran almendro completamente florecido de blanco durante una noche iluminada por la luna tiene un fundamento objetivo en cuyo trasfondo hay una comparación visual: el almendro, en plena floración -a finales del invierno; el texto se sitúa temporalmente en marzo- se llena de flores blancas que, en su copa, forman una densa inflorescencia que se mezcla y confunde con el cielo, razón por la que parece una nube entrelazada en sus ramas. Las flores blancas del almendro, por un lado, y el resplandor blanco de la luna, por otro, conjuntamente crean un clima mágico y etéreo, al teñirlo todo de un blanco similar al de la nieve. Además, el camino queda iluminado por la luz de las estrellas, que actúan como saetas (“aseteado”, en referencia a su centelleo o titileo). Y ahora las sensaciones se tornan olfativas (“olor penetrante a naranjas”), táctiles (“humedad”), acústicas (por falta de sonido: “silencio”)… Pero Juan Ramón y Platero están en la Cañada de las Brujas, y sobrevine el temor en forma de escalofríos: “¡Platero, qué... frío!”.

Y cambia el ritmo del texto: el miedo que se apodera de poeta y burro acelera el paso para atravesar con rapidez la Cañada de las Brujas: Platero va al trote, y al pisar el agua desbordada del arroyo en el que se refleja la luna, parece que la hace añicos, imagen esta de gran plasticidad y matices sensoriales, rematada por este símil: “Es como si un enjambre de claras rosas de cristal se enredara, queriendo retenerlo, a su trote…” (ese “enjambre de claras rosas”, para magnificar su abundancia, representa un punto de inflexión del texto, pues se ha contribuido a crear una atmósfera de un lirismo difícilmente superable).

Y Platero sigue trotando, porque vislumbra la cercanía del pueblo, del que ya siente “la tibieza suave”, otro tipo de sinestesia a la que Juan Ramón -y solo Juan Ramón- nos tiene acostumbrados, a la espera de nuevos capítulos para acercarnos a descubrir nuevos hallazgos poéticos que aumenten nuestra sensibilidad estética y nuestra apreciación por la mejor literatura.

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