A un mes de que se estrene, la película del año ha recabado un éxito notable en los tribunales de EE.UU. Parece metaficción y algo de eso tiene, pues afecta al universo Meta y a su simpático demiurgo, Marck Zuckerberg. Pero de las pantallas a la realidad, esto es puro realismo sucio.
La película por estrenar es The social reckoning -El precio de la red- una continuación de La red social. Mismo guionista, Aaron Sorkin, mismo director, David Fincher. ¿Qué les quedaba por contar?
Lo que dejó en un suspense bastante hitchcokiano su protagonista, Frances Haugen, una exgerente del emporio. En 2021 reveló ante el Congreso una evidencia soterrada: los buques insignia de Meta, Facebook e Instagram, eran conscientes de los efectos desequilibrantes de las redes para la salud mental de sus usuarios. Los más vulnerables, los adolescentes. También la población presuntamente adulta, la que sigue viviendo en una adolescencia perpetua.
Ese año, 2021, cuarenta y siete Estados de EE.UU. demandaron a Meta por sus prácticas abusivas. El precio de la demanda: 200.000 millones de dólares. Primera respuesta de Zuckerberg: “están tergiversando esto”. Segunda, hoy: avenirse a un acuerdo extrajudicial saldado en 17.000 millones, amarrado a un compromiso de aplicar restricciones a sus redes sociales.
La clave, en una palabra: adicción. O el negro corazón de Meta tal como nos lo va a contar El precio de la red: de qué manera sus Ceos perseguían maximizar sus beneficios con programas diseñados para enganchar a los usuarios más jóvenes. Un promedio diario de cinco horas on line. ¿Haciendo qué? Además de nada, visionando contenidos violentos o pornográficos en un porcentaje cuatrocientas veces mayor al que admitieron.
La comparativa recuerda a las demandas contra las grandes tabaqueras americanas en los ’90. Tampoco reconocían sus efectos nocivos. Ahí estaba el cowboy de Marlboro para revertirlos con esa asociación decididamente tóxica entre la América salvaje, tan natural, tan descontaminada, y un cigarrillo con filtro. Hasta un extremo sencillamente delirante: todavía en 2006, y en el libro Las 101 personas influyentes que nunca vivieron, Allan Lazar y Dan Karlan ubicaron al Marboro Man en el primer puesto de su lista.
Hoy fumamos tabaco virtual, cuatrocientas veces más cancerígeno. Pero la ecuación es igual de perversa. Ni el tabaquismo ni la ciberadicción son obligatorios, faltaría más. Así es cómo los diseñadores y proveedores de nuestras redes pueden eximirse de los contenidos que publican sus usuarios. No obstante, y aquí está la segunda clave, sí son plenamente responsables de los algoritmos que implementan sus desarrolladores.
¿Qué decir de los consumidores? Sobrevivimos a una pandemia, pero la vigente no procede de un virus externo. La llevamos dentro, como una enfermedad autoinmune conectada a nuestras neuronas a través de nuestros móviles. Una generación de padres adictos, ¿está facultada para proteger a sus hijos de su propia adicción?
Houston, tenemos un problema: nuestra vida no tiene sentido sin una conexión 24/7. Mejor no nos preguntemos a qué.