EL RINCÓN DE LA POESÍA

EL VALOR LÍRICO DE LA ELABORADA PROSA DE GABRIEL MIRÓ. V

Arco romano (siglos I-III d. C.) de Medinaceli

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Domingo 20 de septiembre de 2026
Gabriel Miró describe con sensibilidad el paisaje de Calpe, evocando su belleza a través de una rica adjetivación que resalta la conexión entre el ser humano y la naturaleza. El campanario del pueblo se presenta como símbolo de identidad, en un entorno donde flora y fauna conviven en armonía.


Calpe a lo lejos. Excursionismo.

Dentro del atardecer le tiembla desnudamente la vida. Un fino olor de tarde ya cansada; una gracia de colores pálidos; un tacto, una respiración de paisaje que le estremece de delicias, delicias que contienen la inocencia y la sensualidad, la promesa imprecisa, la congoja de la brevedad de la vida; todo sucediéndose sin conceptos. Campo suyo en su sangre, de su sangre antes de que se cuajara en su cuerpo de Sigüenza y después que se parara en su carne ya muerta. Predestinada y tradicionalmente campo suyo, y eternamente. Las tierras bajan desdoblándose, humedecidas de un color de rosas deshojadas del cielo. Cuestas de un ritmo agrario, infantil, de vides. Vides moscateles; las cepas dulces de la pasa. Masías blancas, y detrás, paredones crudos de los corrales; al lado, de cara al Mediodía, los rius-raus, los secaderos de los racimos, de arcos ingenuos de cal, y el ciprés, tan ermitaño, el filo de silencio de toda la heredad, árbol donde crían y se recogen más pájaros.

A trechos, rodales de pinar renacidos de los viejos bosques mediterráneos; calveros y reposo de olivos, trenzados de años, y en sus copas arde la luz pura de plata de sus antiguos aceites. Algarrobos de médula encarnada y olorosa, que descuajan sus raíces corpulentas por los barrancos, dejando al aire las sogas y patas de su leña buscándose la vida. Higueras hinchadas de follaje carnal que rezuma de leche; almendros que tienen un rosal de miel dormido en las entrañas; y en los márgenes revientan las cuchillas de los cactos, las piteras de cortezones de púas, que pinchan estilizadamente el azul. Ya lejos, el Ifach, cada vez más arrodillado y solo, en medio de las aguas, y Calpe arremolinándose más en la orilla. Sube su campanario como un grito de piedra. La torre de la parroquia es el rasgo fisionómico diferencial de cada pueblo. Campanario y cielo nuestro, cielo empapando la veleta, refrescándola de lumbre. Campanario son también las voladas de palomas, de golondrinas, de vencejos, desde las casas al filo de la cúpula, y hasta los gorriones de tapias y ejidos, que se suben allí a descansar para mirarlo todo, temblando en el gozo de la brisa que cruje. En sus anchos virajes, los cuervos y las águilas orientan sus itinerarios por las torres, y por ellas cotejan y distinguen la geografía de los hombres. Campanarios de formas siempre emocionadas de altitud. Lo más alto del pueblo, ellos; y para sentir bien las distancias y mostrarse serenamente a la redonda de los términos se dejan desnudas las sienes. Pero el campanario de Calpe, no.

Encima del mar, frente a los peñascales de púrpura, en la cercanía de la desgarradura del barranco de Mascarat, no quiere las exaltaciones invocadoras de los otros campanarios; no puede ser la aspiración de predominio y de síntesis del pueblo. Ha crecido blanco, liso, y viéndose arriba, juzgó demasiada para él la sede de Naturaleza que le corresponde, y tuvo el acierto de sencillez de cubrirse con un bonete rural de yeso.

Gabriel Miró: Año y leguas. Gabriel: Años y leguas.
Fundación El libro total.
https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=1082

Apoyo léxico. Riu-rau. Construcción típica de la Marina Alta alicantina, cuya finalidad era la de proteger de las inclemencias del tiempo a las pasas. Solía estar adosada a uno de los frentes de la edificación principal. Heredad. Porción de terreno cultivado perteneciente a un mismo dueño, en especial la que es legada tradicionalmente a una familia. Calvero. Paraje sin árboles en lo interior de un bosque. Cacto. Cactus. Planta de la familia de las cactáceas, de tallo globoso con espinas, propia de climas desérticos. Cortezón. Trozo grande de corteza. Volada. Vuelo a corta distancia. Ejido. Campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra, y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras. Barranco de Mascarat. Es un desfiladero, con paredes verticales de cien metros de altura, situado en las estribaciones de la sierra Bernia, que se abre en el terreno entre las localidades de Altea y Calpe, en la provincia de Alicante, y que sirve de frontera natural entre las comarcas de la Marina Alta y la Marina Baja.

Miró describe el paisaje de forma minuciosa y ordenada: el terreno (cuestas, barrancos, el peñón de Ifach...); las plantas características del entorno (vides, cipreses, pinos, olivos, algarrobos, higueras, almendros, cactos, piteras...) -acompañadas, por lo general, de una adjetivación fuertemente connotativa que revela la exquisita sensibilidad del escritor-; las edificaciones propias del lugar (“masías blancas y, detrás, paredones crudos de los corrales”; y donde no pueden faltar los “rius-raus” tan típicos de la comarca alicantina de la Marina Alta, destinados a la producción de pasa, y formados por arcadas que protegen de las inclemencias del tiempo); el campanario de la torre de la parroquia de Calpe, que “sube como un grito de piedra”, animado por pájaros de distintas especies que lo usan de mirador y lugar de descanso (palomas, golondrinas, vencejos, gorriones: e incluso cuervos y águilas, a los que sirve de orientación)... Una descripción esta que rezuma luminosidad, vitalidad, alegría, y en la que el paisaje adquiere una extraordinaria palpitación humana.

Bibliografía.

José Luis Luri: “El alma en el paisaje,. Miró y Unamuno en Calp”

https://www.joseluisluri.com/articulos/el-alma-en-el-paisaje.html

Imágenes de Aitana [Sigüenza y él]

Guadalest. Las gentes de la vall se ponían la ropa de domingo, se quitaban el cerro del sombrero, bajaban la voz y la cabeza esquilada cuando venían a Guadalest. Una rampa por el borde de un jardín escalonado. Las rosas, los jazmines, los nardos, sin nadie. Unas palmeras que han crecido en el claustro de breña, y el fondo de dos azules; azul celeste y azul de Mediterráneo, un Mediterráneo de urna de consola de los señores de Guadalest. Túnel con puertas clavadizas y poyo de cal. Encima, un balcón cavado. Galerías que corren por rocas verticales, donde se descuelgan los cactos, los algarrobos. Torres Orduña miraba desde allí las leguas y los siglos de su heredamiento. Macizos volcados, volúmenes de piedra encarnada, morada, plateante, abiertos por los terremotos. Así quedó Guadalest esculpido en peñones fundamentales de un rango de paisaje y de linaje. La casona en canchal de hierro. Sus ventanas más grandes se vuelven menudas y estremecidas de altitud. Se despeña el silencio en un torrente de años, se pierde el sol entre las ortigas, y cae la luna como un sudor que se hiela en los escombros huesudos. Arriba, solo, en su prisma de pedernal, el campanario con esquilones que se cogen de las manos abiertas. Al otro lado de la casa, la iglesia, que respira olor de cupés. Está el Calvario del pueblo aserrado y clavado en canceles, reclinatorios, pilares, cómodas de sacristía; y dentro de ese vaho de resinas de cipreses, la Asunción, muerta en su cama de ropas de novia, con el pelo negro y glacial tendido por los hombros, espera la gloria del aire de la procesión del 15 de agosto. Una placeta de caserío descalzo en la roca. Las puertas, con celosías de estrellas de juncos. El cabildo, con portal de gradilla y cobertizo, y en la sala, el venerable retablo de la muerte de la Virgen, con los nimbos de los apóstoles roídos por el tiro al blanco de los pedreñales. Entre dos muros, la viga de cepo de las ejecuciones -aunque es posible que nada más sea el travesaño del canalón de un aljibe-. Pero la Historia, para los historiadores. Delante, la convulsión ya estática del berrocal eterno, el valle hondo, fresco y quemado de colores; la inquietud de la sensibilidad de ahora en la creación siempre inédita para cada hombre.

El último risco, apretado por el zumbido del azul, y en el filo, hierba tierna y cruces secas. A mediodía levantó Sigüenza una losa. ¿Aquello era el fosal de las generaciones de Guadalest? ¿Aquello era la muerte? Parecía un sótano donde se apretaba en verano el frío de las cumbres. Las doce. Entró sol a las buenas gentes, todas juntas, arrimadas, vertidas desde muchos siglos hasta entonces: 1905 que pasaba Sigüenza, 1905 todavía tan siglo XIX. El capellán de Guadalest, de una senectud y callo de jornalero, le dijo: «Cuando las llame el Ángel de la Resurrección no se cansarán buscando su blusa, sus calzas, ni siquiera su mueca, porque nada se pierde dentro de esta piedra». ¿El Ángel de la Resurrección? Las generaciones de criados de las tierras y casa de los Torres-Orduña únicamente esperarían que las llamase el grito del señor de 1500, de 1600, de 1800, de 1905... En 1905, la señora. Soltera, grande y demacrada, en su sillón de anea. Toda de negro, con pañuelo fajándole el rostro; los dedos, cruzados; las botas, de tela, juntas, en los vellones de una piel de borrego; tan pomposa y blanca la zamarra, que semejaba un animal vivo, y las botas, vacías. Corrió Sigüenza el casalicio; todo entornado siempre; las salas ateridas de obscuridad encima de los tajos que revibraban de lumbre. Pinturas de humo, imágenes atónitas, lechos de trono, cofres peludos, bufetes aun con la silla delante, librerías derramadas, cuernos huecos de toro para presentar muestras de trigo, de aceite, de miel. En el corral, de tapia de adarves, un mastín viejo aullaba desde su cadena al gato de la mayordoma, que devoraba primorosamente un lagarto de ruinas. Todas las tardes venía un cuervo al torreón. Parecía que trajese un pan milagroso en su pico; y las peñas miniadas, las almenas rosa en las ascuas de poniente, adquirían una actualidad ingenua más firme que todas las verdades de todos los tiempos. Se quedó convidado Sigüenza. La señora, sin alzar los párpados, sonreía desde lo lejos de su vida y de su desgana del entusiasmo del forastero por los sabores de este mundo. Comió también un hacendado de Confrides que iba con Sigüenza. Vestía a diario el traje negro, gordo, tirante, de labrador en domingo. Le servían el último. Encogido de reverencia, se apartaba sin querer de los manteles, y aun así se le veían enormes, terronosas, encima del cristal, de la plata, de la fina blancura, sus manos rurales.

Gabriel Miró: Años y leguas.
Fundación El libro total.

Apoyo léxico. Cabeza esquilada. Pelo cortado. Breña. Tierra poblada de maleza. Puerta clavadiza. Puerta adornada con clavos de bronce, hierro o hierro bañado, con estaño. Canchal. Acumulación de depósitos de rocas en la base de las laderas de las formaciones montañosas. Esquilón. Campana pequeña para convocar a los actos de comunidad en conventos y otras casas. Cancel. Reja baja que sirve para dividir espacios. Pedreñal. Especie de trabuco que se disparaba con chispa de pedernal. Berrocal. Sitio lleno de peñascosa graníticos. Fosal. Cementerio. Anea. Enea o espadaña. Las hojas de esta planta -alargadas, estrechas, tenaces y flexibles- se emplean fundamentalmente para fabricar respaldos y asientos de sillas. Casalicio. Casa destinada a vivienda unifamiliar. Librerías derramadas. Desordenadamente esparcidas. Adarve. Protección, defensa. Peñas miniadas. Como si hubieran sido tratadas con óxido de plomo en forma de polvo, de color rojo algo anaranjado (minio). Manos terronosas. Que tienen el color propio de la tierra.


Vídeos sobre Guadalest.

Guadalest, uno de los pueblos más bonitos de España.

Guadalest, el pueblo más bonito de Alicante.

Qué ver y hacer en Guadalest.

https://www.traveler.es/articulos/guadalest-alicante-que-ver

El Castell de Guadalest. Web oficial.

https://www.guadalest.es/

Una escapada a Guadalest.
https://www.laverdad.es/alicante/v/20101010/cultura/escapada-guadalest-20101010.html

Vídeo sobre Callosa de Ensarriá.

Vídeo sobre Las Fuentes del Algar.

DE GABRIEL MIRÓ A ORTEGA Y GASSET

Horna y Medinaceli

Continuamos por el valle que se dirige hacia Oriente y se ensancha poco a poco. El paisaje es el mismo: cinta de huertas verdes en el centro, altas laderas amarillas a ambos lados y ocres frisos de oteros tajados en su cabezón por certeros cortes horizontales.

Llegamos a Horna. Este es un pueblecillo cuyo caserío es empleado para arrebujarse por un cerrete cónico: las construcciones forman como los pliegues ascendentes de un capote de paño duro que ciñera un cuerpo. El hueco superior es el lugar que aprovecha la iglesia para levantarse y hacer al valle un gesto. Las proximidades abundan en huertos donde se cultivan patatas, judías y cáñamo.

Ascendemos por las callejas miserables. En una ventana pronuncian un apólogo esencial desde sus tiestos unos claveles rojos y una graciosa mata de palma rizada. Descendemos del otro lado por análogas callejas.

Es tan breve, tan concentrada, tan lógica la posición del caserío, que nos parece haber pasado sobre un gran cuerpo orgánico. Tras el pueblo las eras. El valle pierde su forma simple, y ensanchándose con vario nivel a la derecha va a morir a la izquierda al pie de unos contrafuertes que inician la Sierra Ministra.

Estamos en la comarca más alta de España, caminamos sobre los hombros de un gigante.

Sierra Ministra se compone de unos barrancos sembrados de piedras cárdenas y de piornos verdinegros. Es un lugar solitario hasta la exaltación, remoto del universo. Mas súbitamente la montaña se derrumba sobre un anchísimo valle amarillo y sangriento. Allá, muy lejos, en el centro de su base, una capillita románica nos presenta sus tres ábsides redondos, de línea graciosa, suave, como senos de mujer.

Y sobre la alta sierra frontera, ¿qué es aquello en lo más alto? Una ciudad imaginaria, plantada sobre la cima horizontal allá en una altura terrible. Es Medinaceli, la patria del cantor de Myo Cid. La vemos desde tres o cuatro leguas, con su magnífica iglesia en medio, en luminosa, radiante silueta recortando el firmamento. Es una formidable alusión de heroísmo lanzada sobre seis leguas a la redonda.

José Ortega y Gasset: “La vida en torno. Tierras de Castilla”. Notas de andar y ver, V; págs. 48-49. En Obras completas, tomo II. El espectador, I. Madrid, Revista de Occidente, 1963, 6.ª edición.

Apoyo léxico. Ocres frisos de oteros. Fajas más o menos anchas de color amarillento formando cerros. Arrebulujarse. Cubrirse bien y envolverse. Apólogo. En sentido metafórico, relato. Ir a morir. Ir a parar, terminar en un determinado lugar. Contrafuerte. Cadena secundaria de montañas. Piorno. Matorral con llamativas flores de color amarillo intenso que desprenden un olor similar al de la vainilla. Sangriento. De color de sangre. Terrible. Muy grande.

En un estilo que podría recordar por momentos al de Miró, Ortega y Gasset describe Horma y Medinaceli; y lo hace en una prosa teñida de aliento poético, con un léxico empleado con gran propiedad (por ejemplo: “cinta de huertas verdes en el centro, altas laderas amarillas a ambos lados y ocres frisos de oteros tajados en su cabezón por certeros cortes horizontales”), pero no exento de expresividad (por ejemplo: “Estamos en la comarca más alta de España, caminamos sobre los hombros de un gigante”); con una adjetivación, en ocasiones de ritmo binario, teñida de valores connotativos (por ejemplo: “callejas miserables”, “apólogo esencial”, “graciosa mata”, “tan breve, tan concentrada, tan lógica la posición del caserío”, “lugar solitario hasta la exaltación, remoto del universo”, “la montaña se derrumba sobre un anchísimo valle amarillo y sangriento”, “tres ábsides redondos, de línea graciosa, suave”, “ciudad imaginaria”, “altura terrible”, “magnífica iglesia en medio, en luminosa, radiante silueta recortando el firmamento”...). A lo cual hay que añadir el acierto en las comparaciones (por ejemplo: “las construcciones forman como los pligues ascendentes de un capote de paño duro que ciñera un cuerpo”; “una capillita románica nos presenta sus tres ábsides redondos, de línea graciosa, suave, como senos de mujer”), así como un lenguaje de exquisito refinamiento y registro culto (por ejemplo: “Este es un pueblecillo cuyo caserío es empleado para arrebujarse por un cerrete cónico”; “En una ventana pronuncian un apólogo esencial desde sus tiestos unos claveles rojos y una graciosa mata de palma rizada”) que confieren al texto un cierto esteticismo.

La lectura del breve texto de Ortega y Gasset nos sirve de invitación para conocer las localidades de Horna (que pertenece al municipio de Sigüenza desde 1973) y Medinacelli; aquella en la provincia de Guadalajara; esta en la provincia de Soria; y separadas ambas localidades por algo menos de 19 kilómetros (por SO-P-4409 y N-II).

Horna es un pequeño y hermoso pueblo rodeado de montes en los que abundan encinas, robles, aliagas y tomillos, así como corzos. Puede decirse que constituye el inicio de la zona conocida como "el Corredor del Henares", puesto que en ella se encuentra el nacimiento de este río. Su altitud, es de 1094 m y su población estable no sobrepasa la veintena de habitantes.

Entre sus principales atractivos se encuentra la Ermita de la Virgen de Quintanares, que dista 1,2 km del centro urbano, y la Fuente del Jardín del Nacimiento, lugar exacto donde nace el Henares. A mediados de agosto se celebran las fiestas patronales en honor a la Virgen de Quintanares, que cuenta con numerosos devotos de los pueblos colindantes.

Ermita de la Virgen de Quintanares

https://eperucha58.myportfolio.com/ermita-de-quintanares

[Foto para descargar]

Medinaceli es una villa con un enorme atractivo. El vajero puede disfrutar de la contemplación del arco romano, visitar el convento de Santa Isabel, la iglesia de San Román y la colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, pasear por la Plaza Mayor, rastrear los restos romanos y árabes, entre ellos la alcazaba, lugar al que se dice que vino a morir el caudillo Almanzor en el año 1002 -en la noche del 10 al 11 de agosto-, gravemente herido, en ruta de retirada tras la batalla de Catalañazor.

El ayuntamiento nos proporciona una página web lo suficientemente ilustradora que incita a conocer Medinaceli, o a volver a esta ciudad que cuenta con una población que no llega a los 700 habitantes.

https://medinaceli.es/

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