EL RINCÓN DE LA POESÍA

EL VALOR LÍRICO DE LA ELABORADA PROSA DE GABRIEL MIRÓ. VI

Maurice Fromkes: Gabriel Miró. 1929. Museo del Prado. (Foto: Maurice Fromkes).

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Lunes 21 de septiembre de 2026
El texto de Gabriel Miró describe un huerto en plena floración, destacando la belleza de los almendros y el acanto. Los almendros simbolizan la fragilidad y el sacrificio, mientras que el acanto, admirado por su estética clásica, es confundido con una planta medicinal. La obra evoca melancolía y reflexión sobre la vida y el arte.


El almendro y el acanto

Estaba el huerto todavía blando, redundado del riego de la pasada tarde; y el sol de la mañana se entraba deliciosamente en la tierra agrietada por el tempero.

En los macizos ya habían florecido los pensamientos, las violetas y algunos alhelíes; las pomposas y rotundas matas de las margaritas comenzaban a nevarse de blancas estrellas; los sarmientos de los rosales rebrotaban doradamente; los tallos de las clavellinas engendraban los apretados capullos, y todo estaba lleno y rumoroso de abejas.

Por encima de los almendros asomaba la graciosa y gentil ondulación de los collados, en cuyas umbrías las nieves postreras iban derritiéndose. Los almendros ya verdeaban; tenían el follaje nuevo, tan tierno, que sólo tocándolo se deshacía en jugos; y tan claro, que se recortaba, se calaba en el cielo como una blonda, y permitía que se viera todo el bello dibujo de los brazos de las ramas, las briznas, los nudos. Comenzaba a salir de la flor el almendruco apenas cuajado, de corteza velludita, aterciopelada.

Con la boca arrancó Sigüenza uno de estos frutos recientes, chiquitines, y se le fundió en ácida frescura deliciosa.

Todo el almendro parecía ofrecérsele en su sabor.

Lo fue aspirando mirándolo; y vio los restos de muchas flores muertas, las huellas de muchas almendras malogradas.

Estos árboles impacientes, ligeros, frágiles, exquisitos, dejan una espiritualidad, una melancolía sutil en el paisaje, y traen a nuestra alma la inquietud que inspiran algunos niños delgaditos, pálidos, de mirada honda y luminosa, que hacen temer más la muerte...

¿Por qué florecen estos árboles tan temprano? ¿No parece que voluntariamente se ofrezcan al sacrificio, que quieran consolar al hombre enseñándole que han de quemarse y deshojarse muchas ansias antes de que cuaje la deliciosa fruta del alcanzado bien?...

Andando por lo más recatado y húmedo del huerto, halló Sigüenza una mata de acanto abierta anchamente, de hojas carnosas, gruesas, cruzadas por recios nervios y recortadas con fiereza. Tocándola, parecía recogerse la interior circulación de su vida.

Del centro ya prorrumpía el cogollo de la espiga. Imaginativamente se colocaba en medio el cestillo de la leyenda [a], y luego se veían también enroscadas las azagayas de las hojas, hasta formar el capitel corintio. Cortó Sigüenza las dos más hermosas y cabales para clásico ornamento del búcaro de su mesa.

Y salió del jardín.

A poco hallole un buen nombre, mercader de curtidos; se quedó mirando el acanto cortado, y después le preguntó si padecía mal de estómago.

-¿Mal de estómago? -dijo todo pasmado Sigüenza.

-Pues eso que usted trae, ¿no es hierba carnera que se da para esos dolores?

Sonrió Sigüenza indulgentemente. ¡Hierba carnera el acanto! Y siguió el camino hacia la ciudad contemplando la planta arquitectónica, como si quisiera rendirle un amoroso desagravio. Pronunciaba «acanto, acanto», y la dorada Grecia se le presentaba dulce y risueña delante de su alma y de la planta; pero al lado, la voz del mercader de curtidos repetía: hierba carnera.

Pasaba un amigo, hombre aficionado a curiosidades como el famoso estudiante que don Quijote tomó por guía para visitar la cueva de Montesinos [b].

-¿Conoces esta mata? -le preguntó Sigüenza.

-Creo que sí.

La estuvo mirando y palpando, y dijo:

-Es medicinal; muy buena contra los vicios de la sangre. Después, un abogado le advirtió que su mujer cocía la misma hierba con gordolobo, y que esa fusión muy caliente hacía sudar los romadizos.

-¡Pero si esto es acanto! -prorrumpió con altivez Sigüenza.

-¿Acanto?... Acanto... ¿Y qué?

Cuando Sigüenza llegó a su estudio, y hundió los zumosos tallos de las hojas en la renovada agua de su vaso de flores, parece que se preguntó desconfiadamente: -¿Será hierba carnera?

… En la soledad de la noche, oyendo el manso latido del Mediterráneo enjoyado y blanco de luna como el velo de una novia, trabajó Sigüenza. Tuvo un instante angustioso de desaliento; pero recordó el sacrificio de las ramas floridas de los almendros, sufridas, abnegadas y hermosas como almas. Siguió trabajando... Y en la soledad, en su afanoso recogimiento, la mata carnera fue acanto perenne, glorificado por la noble gracia legendaria.

Gabriel Miró: El libro de Sigüenza. Obras completas, volumen III. Madrid, Fundación José Antonio Castro, 2010.

Ediciones digitales de la Bilblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/libro-de-siguenza/html/dcd7bd2e-2dc6- 11e2-b417-000475f5bda5.html

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/libro-de-siguenza-1/html/8de79b81-367a 4aa3-ba92-b9463b37b1ff.html

Apoyo léxico. Redundado. Rebosado (de agua). Tempero. Sazón y buena disposición en que se halla la tierra para las sementeras y labores. Pomposa. Ostentosa, magnífica. Collado. Tierra que se levanta como un cerro, menos elevada que un monte. Umbría. Parte del terreno en que casi siempre hace sombra, por estar expuesta al Norte. Blonda. Pieza de papel con calados, empleada para adornar las fuentes donde se sirven tartas y otros alimentos. Almendruco. Fruto del almendro. Cuajado. Granado, florido, maduro. Velludita. Con pelitos. Espiritualidad. Sensibilidad anímica. Sutil. Leve, delicada, tenue. Recatado. Oculto. Acanto. Planta de la familia de las Acantáceas, perenne, herbácea, con hojas anuales, largas, rizadas y espinosas. (En arquitectura, el acanto es el ornato hecho a imitación de las hojas de esta planta, característico del capitel del orden corintio.) Prorrumpir. Salir algo con ímpetu. Azagaya. Lanza o dardo pequeño arrojadizo. El término está usado metafóricamente para referirse al carácter espinoso de las hojas de acanto. Cabal. Excelente en su clase. Búcaro. Florero, vaso para poner flores. Curtidos. Pieles. Desagravio. Acción de resarcir o compensar el perjuicio causado. Gordolobo. El cocimiento de las flores —en espiga, de corola amarilla— de esta planta se ha usado en medicina contra la tisis. Romadizo. Catarro de la membrana pituitaria. Zumoso. Que tiene zumo. Abnegado. Sacrificado por altruismo, procurando el bien ajeno aun a costa del propio. Afanoso. Muy penoso o trabajoso. Perenne. Continuo, incesante. Glorificar. Hacer glorioso -digno de honor y alabanza- algo que no lo era.

Referencias culturales.

[a] El cestillo de la leyenda. El cestillo de la leyenda. Según la leyenda -porque la atribución puede resultar falsa-, Calímaco de Atenas -apodado “el que apura el arte” y, de ahí, “el del arte detallista”; escultor, orfebre y pintor en la Atenas del siglo V a.J.C.- concibió el capitel corintio al ver un acanto florido enroscado en una cesta sobre la tumba de un niño. El capitel tiene, en efecto, la forma de un cestillo de cuyo interior brotan unas hojas de acanto en tres filas superpuestas. (Marco Vitrubio Polión, en su obra Los diez libros de Arquitectura, recoge, con todo detalle, la leyenda del origen del capitel corintio).

[b] La cuerva de Montesinos. Cf. Don Quijote, segunda parte, capítulo XXII.

https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte2/cap22/default.htm

El texto de Miró tiene dos partes bien diferenciadas, referidas, respectivamente, al almendro y al acanto; precedidas de una introducción en la que se presenta una naturaleza en plena floración, y en la que destacan pensamientos, violetas, alhelíes, margaritas, rosales, clavelinas..., todo un mundo multicolor animado por el zumbido de las abejas -al que se alude con el adjetivo “rumoroso”-. Y Miró ha empleado el adjetivo antepuesto para calificar a las matas de margaritas -“pomposas y rotundas”- y a los capullos de las clavelinas -“apretados”-, unos epítetos de valor altamente connotativo. En cambio, la construcción sintáctica cambia cuando refiere a “los sarmientos de los rosales”, que “rebrotaban doradamente” (en vez de “dorados”); una construcción esta ya empleada con anterioridad (“el sol de la mañana se entraba deliciosamente en la tierra agrietada por el tempero”). Y continúa la adjetivación binaria antepuesta al nombre: “la graciosa y gentil ondulación de los collados”. Aparte de adjetivos y adverbios en - mente, Miró emplea verbos en imperfecto de indicativo, así como una pseudoperífrasis verbal incoativa (“las matas de las margaritas comenzaban a nevarse de blancas estrellas” -es decir, que sus pétalos blancos iban brillando con la luminosidad de las estrellas-), y otra perífrasis durativa (ir+gerundio: “ las nieves postreras iban derritiéndose”). Con todo ello, Miró logra conferir al texto una innegable morosidad descriptiva.

Entra a continuación Miró en la descripción de los almendros reverdecidos, de follaje “nuevo”, “tierno”, “claro”; y a esta triada adjetival añade otras tres oraciones coordinadas dependientes del sujeto “follaje” que imprimen la texto un ritmo ternario: “que se recortada, se calaba […], y permitía[...]”; ritmo ternario que prosigue coordinando como unidades funcionales elementos de la misma categoría gramatical: “y permitía que se viera todo el bello dibujo de los brazos de las ramas, las briznas, los nudos”. Y poco a poco, la flor va dando paso al almendruco, cuya “corteza” queda caracterizada por dos adjetivos que traducen sensaciones táctiles (“velludita” -diminutivo que potencia el valor emocional del vocablo-, aterciopelada); “frutos [los almendrucos] recientes, chiquitines” (otros dos adjetivos que mezclan lo objetivo con lo afectivo, respectivamente). El parrafito se cierra con la expresión de la sensación gustativa que provoca morder un almendruco; y para lograr el efecto deseado, el nombre va enmarcado por adjetivos que hacen más intensa la percepción de frescor que deja en la boca, al potenciar su valor sinestésico: “ácida frescura deliciosa”. De ahí que “Todo el almendro parecía ofrecérsele [a Miró] en su sabor”, y que la contemplación y la aspiración de su aroma se fundieran en una experiencia indisoluble. Una nota de leve melancolía se introduce en la escena, al contemplar Miró “los restos de muchas flores muertas” que no han logrado convertirse en almendras. El adjetivo “malogradas” referido a “almendras”, aporta, pues, ese tono de sosegada tristeza, que afecta al párrafo siguiente.

En efecto, los almendros (calificados ahora con un cuarteto adjetival de enorme subjetividad: “impacientes, ligeros, frágiles, exquisitos” -porque sus delicadas flores suelen anticiparse a la primavera, y cualquier helada puede dar al traste con unos deliciosos frutos-) expanden por el paisaje una atmósfera de armonía que hace que este se revista de un tono trascendente; y tal es la espiritualidad que su contacto con ellos trae al ánimo de Miró, que le sobreviene cierto estado de ansiedad ante el recuerdo inoportuno de la muerte, similar al que le despierta la contemplación de niños “delgaditos, pálidos, de mirada honda y luminosa”. Y de nuevo la adjetivación empleada por Miró logra difundir un vago sentimiento de tristeza del que se contagia el ánimo del lector. Las interrogaciones retóricas que cierran esta primera parte del texto -y con las que Miró parece incluir al lector como su interlocutor- prolongan esa sensación de melancolía, ante la certeza de que son muchas las flores tempranas -voluntariamente sacrificadas- que no derivarán en fruto, quemadas por las inclemencias meteorológicas, circunstancia esta de la que las personas pueden extraer profundas consecuencias morales. Porque -como resalta Miró- “han de quemarse y deshojarse muchas ansias antes de que cuaje la deliciosa fruta del alcanzado bien...”.

En la segunda parte del texto, el almendro da paso al acanto. Y en él presenta el escritor las encontradas visiones que, ante una misma realidad, tienen Sigüenza -trasunto poético de Gabriel Miró- y la gente del pueblo: las hojas de acanto con que Sigüenza adorna su mesa de trabajo, que le evocan el esplendor de la Grecia clásica, no son sino hierba carnera que cura los dolores de estómago -para un mercader de curtidos-; que purifica la sangre -para un aficionado a curiosidades; y que alivia los catarros -para un abogado.

Es digna de resaltar la carga literaria que encierra la descripción, aparentemente científica, que Gabriel Miró hace de la mata de acanto y de sus hojas. Y no debe pasarnos desapercibido el acierto poético de las comparaciones, la exquisita sensibilidad que refleja la adjetivación empleada, y esa continua humanización de la naturaleza que tiñe de emotividad todo el texto: “el manso latido del Mediterráneo enjoyado y blanco de luna como el velo de una novia”; “el sacrificio de las ramas floridas de los almendros, sufridas, abnegadas y hermosas como almas”; etc.

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