Envejecer o morir, esa es la cuestión ¿Morirme yo? Imposible. Serán los otros los que van a palmar. Morirse es una desgracia y envejecer es una putada. Por eso nos consolamos con excusas ridículas: el sentimiento nunca muere, el espíritu no envejece, estoy como un chaval y hoy puede ser un gran día.
Nos cuesta aceptar el destino. Todas las humanidades que nos han precedido han caído en la trampa de buscar la inmortalidad. Aunque la nuestra es la más recalcitrante y absurda. Pero de envejecer y palmarla no te libra ni la IA ni los mantras falaces del relájate y disfruta. Son bulos interesados en doblegar tu voluntad. Hoy que me he levantado trascendente y mesiánica no me importa amargarte el lunes festivalero. Además, es por tu bien. Puedo asegurarte que a los gurús del wokismo consumista les importas una mierda. Solo quieren sacarte la pasta y que te conviertas en un disfrutón compulsivo y descerebrado.
El único dilema a resolver lo resume el eslogan del caldo de verduras que anuncia Arguiñano ¿Cueces o enriqueces? Tú decides cómo envejecer. Cociéndote en tu propia salsa con el mantra patético del “Sé tú mismo” y perdonándote todos tus errores. O eliges madurar, corrigiéndote y enriqueciendo tu vida con nuevas experiencias, aspiraciones y anhelos. Sabemos donde hemos caído, pero no sabemos dónde hemos tropezado, dice el sabio. Que tomen nota del aforismo los responsables vascos de la catástrofe del informe PISA. Mientras llega a nuestra vida la nueva normalidad estructural, vamos al cine. Total, pa`lo que nos queda en el convento, Carpe Diem, tío.