EL RINCÓN DE LA POESÍA

EL VALOR LÍRICO DE LA ELABORADA PROSA DE GABRIEL MIRÓ. VIII

GABRIEL MIRÓ (Retrato de José Bernardo, 1927)

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Miércoles 23 de septiembre de 2026
Paulina disfruta de la naturaleza, sintiendo una conexión profunda con el paisaje. Sin embargo, su paz se interrumpe al encontrarse con Cara-rajada, un hombre de aspecto horrible que le suplica que no se case con don Álvaro. Su encuentro evoca contrastes entre belleza y horror, amor y repulsión.


[Cara-Rajada]

Paulina bajó a la vera. Sentía un ímpetu gozoso de retozar y derribarse en la hierba encendida, que crujía como una ropa de terciopelo. Acostada escuchó el tumulto de su sangre. Todo el paisaje le latía encima. El cielo se acercaba hasta comunicarle el tacto del azul, acariciándola como un esposo, dejándola el olor y la delicia de la tarde. Se incorporó mirando asustadamente. Siempre se creía muy lejos, sola y lejos de todo. Sin saberlo, estaba poseída de lo hondo y magnífico de la sensación de las cosas. El silencio la traspasaba como una espada infinita. Un pájaro, una nube, una gota de sol caída entre el follaje, le despertaba un eco sensitivo. Se sentía desnuda en la naturaleza, y la naturaleza le rodeaba mirándola, haciéndola estremecer de palpitaciones. El rubor, la castidad, todas las delicadezas y gracias de mujer se exaltaban en el rosal de su carne delante de una hermosura de los campos. Los naranjos, los mirtos, los frutales floridos, le daban la plenitud de su emoción de virgen, sintiéndose enamorada sin amor concreto. La puerilizaban los sembrados maduros viendo las mieses que se doblan y se acuestan, se alzan y respiran bajo el oreo, y juegan con él como rubias doncellas destrenzadas con un dios niño.

Entró en el reposo del olivar. Allí siempre iba recogida y despacio. Los troncos seculares, el ámbito callado de las frondas inmóviles, le dejaban una clara conciencia de la quietud y de la soledad, un amparo de techo suyo que parecía tenderse desde el origen de su casa.

En la paz de estos árboles, cerca del camino, esperó a su padre.

Lejos, por el sol de los calveros, pasaban las carretas de garbas. El aire aleteaba oloroso de siega.

Las horas doradas de los campos en las vísperas de las fiestas la internaban en una evidencia de sí misma a través de una luminosidad de muchos tiempos.

Un miedo repentino quebró el encanto. La adivinación sensitiva de que están imantadas las vidas primorosas la hizo volverse a lo profundo de los olivares. Había un hombre que le proyectaba una sensación de humanidad viscosa.

Se le aceleraron sus latidos, golpeándola metálicamente. Dio un grito ronco y huyó buscando la anchura de las tierras segadas. En su espalda y en su nuca se pegaba la caliente devoración de unos ojos.

Acudía un mozo de la labor, y su ímpetu hacia crujir el aire de rosas.

Pero el hombre horrible avanzaba sin temer el arrimo de labriego. Era descarnado, de una piel de cera sudada, vestido de luto. Una cicatriz nudosa le retorcía la quijada izquierda. Con voz rota de cansancio gimió:

-¡No tenga miedo, que yo no la sigo más que por su bien! Usted sabe quién soy. Un día me llegué a sus rejas y pedí agua; y usted mandó que me remediasen, porque me creía un mendigo enfermo. ¿Verdad que se acuerda de mí?

La dominaba la fealdad del aparecido, sus ojos de un unto de lumbre, su palabra de fiebre.

Y Paulina recordó su sed; recordó el borbollar fresco del agua tragada. Había sentido lástima de que el agua tan pura, tan femenina, tan desnudita cuando nacía en el hontanar; tan dulce, quieta y dorada como una miel derretida cuando estaba en las jarras, se hundiese en aquel cuerpo amarillo de esqueleto. Recordó que se había acusado de mala cristiana, y que se apiadó del sediento, y se impuso la voluntad de querer que le contasen quién era. Y un sobrancero le dijo: “Ese es Cara-rajada, el hijo de Miseria y de la Amortajadora. Estuvo en la facción; después caminó muchos países, como un perro tiñoso.”

Todo se lo repetía mirándole. Llegaba el labriego seguido de otros hombres, y sus siluetas levantinas, recias y ágiles, se iban agigantando sobre el azul.

Cara-rajada dobló su aciaga frente, y comenzó a llorar.

-¡Lloro de su miedo! ¡Lloro de ver que esa gente venga lo mismo que si corriese a librarla de una bestia! Yo la busco para pedirle que se aparte de don Álvaro. Todo Oleza habla ya de su casamiento.

Ella cerró los ojos. La cicatriz del descarnado la cegaba de repugnancia. La quijada, los labios, la sien, toda la cabeza era de cicatriz.

-Espanta mi herida seca, ¿verdad? A don Álvaro nunca le hirieron. Me huye usted porque es hermosa y la hija de una casa de señores, y yo soy ahora el Cara-rajada. ¡Pero no le quiera a él! ¡Se lo pido por la memoria de su padre!

Paulina retrocedió, avergonzándose de la pasión que abrasaba la súplica.

Las gentes de la heredad la miraban aguardando.

Y el hombre horrible se le acercó sumiso.

-¡No le quiera! ¡En la calle, en la Iglesia, donde la encuentre, se lo pediré como aquí!- y hundió sus rodillas con un ruido de osamenta y de rastrojos; y como era su figura tan larga, tan afilada y angulosa, semejó arrodillarse multiplicadamente con muchas zancas y erizado de brazos.

Ella cubriose el rostro con sus manos de pureza y de claridad de la tarde.

Gabriel Miró: Nuestro Padre San Daniel. Madrid,
Ediciones de la Torre, 1981.

El texto reproduce el comienza del capítulo III -titulado “El aparecido”- de la novela Nuestro Padre San Daniel (1921). Su valor no radica en el asunto narrado, apenas importante -Paulina se encuentra con Cara-rajada, hombre de horroroso aspecto, quien le pide que no se case con don Álvaro-, sino en la descripción de ambientes y paisajes. Antes que narrar sucesos, Miró prefiere describir cuadros, en los que pinta, con la palabra hecha música, las sensaciones que su delicada sensibilidad recoge del mundo circundante.

El primer párrafo es una magnífico ejemplo de la más bella prosa modernista, muy próxima a la poesía por su acusado ritmo musical y el valor expresivo del lenguaje metafórico. Sucesivas lecturas del texto permiten descubrir nuevas calidades literarias, que revelan esa voluntad de perfección que caracteriza el arte de Gabriel Miró: las imágenes son de una subyugante plasticidad (“Sentía un ímpetu gozoso de retozar y derribarse en la hierba encendida, que crujía como una ropa de terciopelo”; “El cielo se acercaba hasta comunicarle el tacto de azul, acariciándola como un esposo, dejándola el olor y la delicia de la tarde”...); las comparaciones resultan altamente poéticas (“El silencio la traspasaba como una espada infinita”; “La puerilizaban los sembrados maduros viendo las mieses que se doblan y se acuestan, se alzan y respiran bajo el oreo, y juegan con él como rubias doncellas destrenzadas con un dios niño”....); el acierto poético acompaña, igualmente, a las humanizaciones del paisaje (“Todo el paisaje le latía encima”; “El cielo se acercaba hasta comunicarle el tacto del azul, acariciándola como un esposo”..). El léxico es culto y refinado, y la adjetivación refleja la exquisita sensibilidad de Gabriel Miró (“hierba encendida”; “eco sensitivo”; “ámbito callado de las frondas inmóviles”; “humanidad viscosa”; “caliente devoración de unos ojos”...).

Miró utiliza con acierto en el texto -para pintar, describir, evocar y crear ambientes- un recurso retórico propio de su época: el de las pluralidades; coordinando, como unidades funcionales, dos o tres elementos, ya sean nombres ([...] dejándola el olor y la delicia de la tarde.”; “La dominaba la fealdad del aparecido, sus ojos de un unto de lumbre, su palabra de fiebre”...); adjetivos (“[...] estaba poseída de lo hondo y magnífico de la sensación de las cosas.”; “[...] y sus siluetas levantinas, recias y ágiles, se iban agigantando sobre el azul.”; “y como era su figura tan larga, tan afilada y angulosa”); verbos (“[...] las mieses que se doblan y se acuestan, se alzan y respiran bajo el oreo”). Se detiene, así, el ritmo rápido de la prosa, uniendo a la armonía del paralelismo cierta sensación de equilibrio y sosiego.

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