A la etapa modernista de Valle-Inclán pertenecen las cuatro Sonatas -Sonata de Otoño, Sonata de Invierno, Sonata de Primavera y Sonata de Estío-, así como las Comedias Bárbaras y el libro de poemas Aromas de leyenda. Progresivamente, Valle-Inclán se aparta del estilo modernista y crea una prosa enormemente expresiva con la que deforma y degrada la realidad con terrible ironía y mordacidad.
Y a una de las Sonatas -Sonata de Primavera- pertnece el texto que reproducimos y comntamos seguidamente.
[“Un viaje en silla de posta hacia Ligura”]
Anochecía cuando la silla de posta traspuso la Puerta Salaria y comenzamos a cruzar la campiña llena de misterio y de rumores lejanos. Era la campiña clásica de las vides y de los olivos, con sus acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa ondulación de los senos femeninos. La silla de posta caminaba por una vieja calzada: Las mulas del tiro sacudían pesadamente las colleras, y el golpe alegre y desigual de los cascabeles despertaba un eco en los floridos olivares. Antiguos sepulcros orillaban el camino y mustios cipreses dejaban caer sobre ellos su sombra venerable. La silla de posta seguía siempre la vieja calzada, y mis ojos fatigados de mirar en la noche, se cerraban con sueño. Al fin quedéme dormido, y no desperté hasta cerca del amanecer, cuando la luna, ya muy pálida, se desvanecía en el cielo. Poco después, todavía entumecido por la quietud y el frío de la noche, comencé a oír el canto de madrugueros gallos, y el murmullo bullente de un arroyo que parecía despertarse con el sol. A lo lejos, almenados muros se destacaban negros y sombríos sobre celajes de frío azul. Era la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Ligura.
Entramos por la Puerta Lorenciana. La silla de posta caminaba lentamente, y el cascabeleo de las mulas hallaba un eco burlón, casi sacrílego, en las calles desiertas donde crecía la yerba. Tres viejas, que parecían tres sombras, esperaban acurrucadas a la puerta de una iglesia todavía cerrada, pero otras campanas distantes ya tocaban a la misa de alba. La silla de posta seguía una calle de huertos, de caserones y de conventos, una calle antigua, enlosada y resonante. Bajo los aleros sombríos revoloteaban los gorriones, y en el fondo de la calle el farol de una hornacina agonizaba. El tardo paso de las mulas me dejó vislumbrar una Madona: Sostenía al Niño en el regazo, y el Niño, riente y desnudo, tendía los brazos para alcanzar un pez que los dedos virginales de la madre le mostraban en alto, como en un juego cándido y celeste. La silla de posta se detuvo. Estábamos a las puertas del Colegio Clementino.
Ocurría esto en los felices tiempos del Papa-Rey, y el Colegio Clementino conservaba todas sus premáticas, sus fueros y sus rentas. Todavía era retiro de ilustres varones, todavía se le llamaba noble archivo de las ciencias. El rectorado ejercíalo desde hacía muchos años un ilustre prelado: Monseñor Estefano Gaetani, Obispo de Betulia, de la familia de los Príncipes Gaetani. Para aquel varón, lleno de evangélicas virtudes y de ciencia teológica, llevaba yo el capelo cardenalicio. Su Santidad había querido honrar mis juveniles años, eligiéndome entre sus guardias nobles, para tan alta misión. Yo soy Bibiena di Rienzo, por la línea de mi abuela paterna, Julia Aldegrina, hija del Príncipe Máximo de Bibiena que murió en 1770, envenenado por la famosa comedianta Simoneta la Cortticelli, que tiene un largo capítulo en las Memorias del Caballero de Seingalt.
Apoyo léxico. Silla de posta. Carruaje, de dos o de cuatro ruedas, en que se hacía el servicio de posta o correo y viajeros entre las poblaciones. Calzada. Camino empedrado y cómodo por su anchura. Tiro. Conjunto de caballerías que tiran de un carruaje. Collera. Collar de cuello o lona, relleno de borra o paja, que se pone al cuello a las caballerías o a los bueyes para que no les haga daño el horcate (arreo de madera o hierro, en forma de herradura, que se pone a las caballerías encima de la collera, y al cual se sujetan las cuerdas o correas de tiro). Orillar. Llegarse o arrimarse a las orillas. Mustio. Dicho especialmente de una planta, de una flor o de una hoja: lánguida, marchita. Venerable. Digno de veneración, de respeto. Entumecido. Impedido para el movimiento. Madruguero. Madrugador, que madruga. Bullante. Que bulle, que empieza a moverse haciéndose oír. Almenado. Guarnecido o coronado de adornos o cosas en forma de almenas (prismas que coronan los muros de las antiguas fortalezas para resguardarse los defensores). Celaje. Aspecto que presenta el cielo cuando hay nubes tenues y de varios matices. Sacrílego. Tan falto de respeto como la profanación de algo sagrado. (El vocablo está usado metafóricamente). Alero. Parte inferior del tejado, que sale fuera de la pared y sirve para desviar de ella las aguas llovedizas. Hornacina. En un muro, cavidad en forma de arco, generalmente usada para colocar una escultura o un objeto decorativo. Tardo. De lento y perezoso avance. Vislumbrar. Ver un objeto tenue o confusamente por la distancia o falta de luz. Madona. Cuadro o imagen en que se representa a la Virgen María, sola o con el Niño Jesús. Cándido. Sencillo, sin malicia ni doblez. Premática. Pragmática. Ley emanada de competente autoridad. Prelado. Superior eclesiástico. Capelo cardenalicio. Sombrero rojo, insignia de los cardenales. Memorias del Caballero de Seingalt. Alusión a la obra Memorias de Jacobo Casanova, Caballero de Seingalt (Madrid, Editorial Edaf, 1962, 2 volúmenes. Colección El arco de Eros. Germán Gómez de la Mata, editor literario).
Sonata de primavera es el primer volumen -tercero en orden de publicación- de una tetralogía que ve la luz entre 1902 y 1905 con el subtítulo genérico de Memorias del Marqués de Bradomín, y compuesta por cuatro Sonatas, que se corresponden con cada una de las estaciones del año; una tetralogía -autobiografía ficticia- en la que concurren el “yo narrador” y el “yo protagonista” -el más admirable de los Don Juanes: Feo, católico y sentimental.
Con el texto reproducido comienza la Sonata -de la que ya hemos ofrecido un breve fragmento en el capítulo II-. El narrador abandona una ciudad cuyo nombre no especifica, aunque se trata, indiscutiblemente, de Roma, pues sale por la Puerta Salaria (parte de la Muralla construida en la época del emperador Aureliano III, y demolida definitivamente en 1921 para facilitar el tráfico); y se presenta como miembro de la “Guardia Noble” (cuerpo armado creado por Pío VII en 1801, cuya tarea consistía en escoltar al Romano Pontífice; y disuelto en 1970 por Pablo VI, en el ámbito de las reformas emanadas del Concilio Vaticano II). Su destino es Palacio Gaetani -en la ciudad de Ligura-, y su misión la de llevar el capelo cardenalicio a Monseñor Estefano Gaetani (que permanece en dicho Palacio, moribundo, al cuidado de su hermana, la princesa Gaetani, y de sus cinco hijas, la mayor de las cuales es María Rosario, a la que el Marqués de Bradomín acosará con su galantería donjuanesca, a pesar de que está lista para tomar los hábitos).
El nombre Ligura es el trasunto imaginario de Liguria, región que bordea el golfo de Génova; y las referencias al Colegio Clementino y al Palacio Gaetani aportan al texto el ambiente propio de la realidad geográfica italiana, aun cuando el Colegio Clementino -institución educativa instituida por Clemente VIII en 1595, y dirigida por la Orden de los Clérigos Regulares de Somasca- se encontraba en la actual Piazza Nicosia, en Roma.
El Marqués de Bradomín viaja en una silla de posta -y en un lapso temporal perfectamente definido: “Anochecía cuando […] cerca del amanecer”, lo que le permite al yo narrador -esto es, al narrador omnisciente en primera persona- describir la campiña que atraviesa, descripción detallada y minuciosa que queda truncada a causa del sueño que le aqueja -creando una atmósfera onírica de claroscuro que es muy típica del Modernismo-, y que retoma cuando llega a la ciudad de Ligura, al alba. Y para efectuar dicha descripción -la lentitud con que la silla de posta camina por las viejas calzadas posibilita una lírica y decadente contemplación del paisaje rural y urbano-, el adjetivo se convierte en el procedimiento lingüístico más idóneo con que expresar todo un cúmulo de sensaciones visuales y auditivas, y analizar, así, cuanto se ve y se oye. [1]
En efecto, el Marqués de Bradomín centra su atención primero en la campiña -vides y olivos formando acueductos, sepulcros, cipreses, los gallos y un arroyo con sus sonidos característicos-; y, después, en la ciudad de Ligura -la muralla, tres viejas en la puerta de una iglesia, la calle con huertos, caserones y conventos, el farol que apenas ilumina una hornacina con la Virgen y el Niño en su regazo, el Colegio Clementino-. Estos espacios -la campiña romana, Ligura en la lejanía y la entrada en la ciudad- le llevan al yo protagonista a establecer un contraste entre signos vitales -las vides, los olivos, las colinas onduladas como pechos de mujer, el mundo sonoro que representan los cascabeles de las mulas de tiro, el canto de los gallos y el murmullo de un arroyo- y signos de vetustez, oscuridad y decadencia que son los que dominan su percepción espacial: la hora crepuscular, los acueductos ruinosos que conforman vides y olivos, los mustios cipreses proyectando su sombra sobre las tumbas que flanquean el camino, la negrura de los muros almenados, las calles desiertas invadidas por la yerba, el farol agonizante de una hornacina que pretende alumbrar la imagen del Niño Jesús en brazos de su madre. [2] Y son precisamente los múltiples adjetivos y construcciones con valor adjetival, ricos en valores connotativos y, en ocasiones, un tanto “extraños” en relación a los nombres a los que acompañan, los encargados de teñir de subjetivismo una brillante descripción que demuestra las dotes de “creador literario” que acompañan al arte exhibido por Valle-Inclán y su concepción “modernista” de la literatura en la que el “escapismo” de la realidad juega un papel fundamental.
Son frecuentes las parejas de adjetivos pospuestos al nombre, que ayudan a conferir al texto un ritmo muy marcado: “el golpe alegre y desigual de los cascabeles”, “almenados muros se destacaban negros y sombríos” (adjetivación de tipo predicativo), “un eco burlón, casi sacrílego”, “el Niño, riente y desnudo, tendía los brazos” (nueva adjetivación predicativa), “como en un juego cándido y celeste”; y también recurre Valle-Inclán a triadas de adjetivos, ya antepuestos -y sustantivados-: “la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Ligura”; ya pospuestos: “una calle antigua, enlosada y resonante”. Y no falta en el texto algún que otro quiasmo (disposición en órdenes inversos de los miembros de dos secuencias consecutivas ) de sorprendentes efectos rítmicos: “graciosa ondulación de los senos femeninos”, “comencé a oír el canto de madrugueros gallos y el murmullo bullente de un arroyo”, “lleno de evangélicas virtudes y de ciencia teológica”. Y son muchos los nombres acompañados por un único adjetivo, unas veces antepuesto (“floridos olivares”, “antiguos sepulcros”, “mustios cipreses”, “vieja calzada”, “almenados muros”, “tardo paso”, “felices tiempos”, “ilustre prelado”, “alta misión”, “largo capítulo”, “famosa comedianta”), y otras pospuesto: “campiña clásica”, “acueductos ruinosos”, “sombra venerable”, “ojos fatigados”, “luna pálida”, “frío azul” (combinación que encierra una sugestiva sinestesia), “calles desiertas”, “iglesia cerrada”, “campanas distantes”, “aleros sombríos”, “dedos virginales”. Y en algún caso, los adjetivos no van adjuntos al nombre, sino que tienen función predicativa: “entumecido por la quietud y el frío de la noche, comencé a oír...”, “tres viejas esperaban acurrucadas a la puerta de una iglesia”, “el Príncipe Máximo de Bibiena murió envenenado”.
Y puestos a analizar semánticamente el tipo de adjetivación empleada, observamos, en primer lugar, el carácter sumamente subjetivo de algunos adjetivos en razón de los nombres a los que acompañan, y que comportan una profunda carga connotativa de gran efecto evocador y decadentista: “golpe alegre y desigual”, “eco burlón, casi sacrílego”, “juego cándido y celeste”, “graciosa ondulación”, “madrugueros gallos”, “murmullo bullente”, “tardo paso”, “sombra venerable”, “frío azul”, “dedos virginales”...; y, en segundo lugar, tres características muy propias de la adjetivación de Valle-Inclán: el empleo de verbos en un casi inusitado participio de presente (riente, resonante, bullente); la presencia de vocablos esdrújulos (sacrílego, cándido, evangélicas, teológica, pálida); y la aplicación de adjetivos de carácter más o menos religioso -e incluso sagrado- a realidades profanas, que quedan ennoblecidas (“eco casi sacrílego”, “juego cándido y celeste”, “piadosa ciudad”, “evangélicas virtudes”, “ciencia teológica”, “dedos virginales”...).
Y tras la descripción rural y urbana y la referencia al Colegio Clementino y a Monseñor Estefano Gaetani, el texto que sirve de introducción a la Sonata de Primavera se cierra con la presentación del linaje del Marqués de Bradomín: los nombres de sus antepasados son el mejor aval de su condición nobiliaria y pueden justificar que el papa le haya confiado la entrega del capelo cardenalicio al obispo de Betulia, que está a punto de fallecer en el Palacio Gaetani.
Uno de los recursos sintácticos empleados por Valle-Inclán que contribuyen a otorgarle al texto una gran lentitud y demuestran su sabiduría rítmica consiste en recurrir a construcciones bimembres, y no solo de adjetivos. Sirvan como ejemplo las siguientes, que acrecientan, además, la eufonía de las frases: “[...] comenzamos a cruzar la campiña llena de misterio y de rumores lejanos. Era la campiña clásica de las vides y de los olivos, con sus acueductos ruinosos y sus colinas [...]”; “[...] todavía entumecido por la quietud y el frío de la noche, comencé a oír el canto de madrugueros gallos y el murmullo bullente de un arroyo [...]”. Y hay también en el texto alguna rítmica construcción trimembre que dota a la frase de un carácter evidente musical: “La silla de posta seguía una calle de huertos, de caserones y de conventos, una calle antigua, enlosada y resonante”; “El Colegio Clementino conservaba todas sus premáticas, sus fueros y sus rentas”.
La escena descrita por Valle-Inclán es tan bella como convencional; y la lengua, trabajada convenientemente, se ha depurado hasta dar con la forma expresiva más adecuada. Reina un ambiente de sosiego, con movimientos ligeros (el lento caminar de la silla de posta, la luna desvaneciéndose en el cielo cerca del alba, el revoloteo de los gorriones, el farol de luz agonizante); y con ruidos poco estridentes (la campiña de rumores lejanos, el sonido de los cascabeles de las colleras de las mulas de tiro, el canto de los gallos que anuncian el amanecer, el murmullo de un arroyo, el tañido de las campanas de una iglesias en la lejanía). Por otra parte, el léxico refleja el embellecimiento de la realidad tan característico del refinamiento modernista, y abundan las imágenes especialmente decadentes (“colinas que tienen la graciosa ondulación de los senos femeninos”; “el golpe alegre y desigual de los cascabeles despertaba un eco en los floridos olivares”; “comencé a oír el murmullo bullente de un arroyo que parecía despertarse con el sol. A lo lejos, almenados muros se destacaban negros y sombríos sobre celajes de frío azul”...). A todo ello hay que sumar el carácter arcaico de ciertas construcciones verbales con pronombre enclítico pospuesto (quedeme, ejercíalo); el absoluto predominio del imperfecto de indicativo -tan apto para la descripción, por su aspecto de pasado imperfectivo- y la presencia de algunos adverbios en -mente (pesadamente, lentamente) que ayudan al lento discurrir del texto. En suma, Valle-Inclán exhibe en esta página un arte plástico y musical que apura, con prodigioso dominio, las posibilidades expresivas del idioma.
NOTAS.
[1] Carballés Méndez, Marta: “Sonata de primavera. Ramón del Valle-Inclán: la sabiduría rítmica y la mala literatura”. En este artículo, las autora efectúa un exhaustivo estudio de la adjetivación del texto reproducido (páginas. 56-63). [“Considero la adjetivación -escribe Carballés- doblemente relevante porque si por una parte confiere al texto un ritmo preciso, por otra responde a los parámetros estilísticos del Modernismo. De este modo, estudiando el tipo de adjetivación que Valle-Inclán escogió para su Sonata de primavera, se entenderá mejor no solo lo que significó el Modernismo para el autor gallego, sino, y sobre todo, quién fue el Valle escritor, el creador de literatura.” (pág. 56)]. En: Graziano Benelli e Giampaolo Tonini (a cura di), "Studi in ricordo di Carmen Sànchez Montero", Trieste, EUT Edizioni Università di Trieste, vol. 1, 2006, pp. 53-67.
[2] Cf. Lavaud-Fage, Jean-Marie; Lavaud-Fage, Éliane: Rapsodia valleinclanesca: escritura narrativa y escritura teatral. Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2017. Colección Humanidades, núm. 128. (Éliane Lavaud-Fage: “El yo y el espacio en la Sonata de primavera de Valle-Inclán”; págs. 239-250).