EL RINCÓN DE LA POESÍA

El profundo lirismo que impregna la prosa de Azorín. II

Azorín, retratado por Ignacio Zuloaga, en 1941. Óleo sobre lienzo. [El autor aparece representado en su madurez, sentado de semiperfil junto a una mesa repleta de libros y manuscritos que aluden a su oficio. Al fondo, se aprecia el característico paisaje castellano tan apreciado por la generación del 98, distinguiéndose el Castillo de Jadraque (Guadalajara) bajo un cielo crepuscular].

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Viernes 02 de octubre de 2026

La gran innovación literaria de Azorín reside en su estilo, caracterizado por la sencillez, precisión y sobriedad. Oraciones muy breves, con predominio de las simples, que se suceden con fluidez y soltura; lenguaje llano, que rehuye la retórica y la afectación para ir directamente a la expresión del pensamiento de la manera más natural; y léxico increíblemente rico, extraído tanto de la lengua de los campesinos y artesanos de los distintos rincones de Castilla que recorre como de las obras de los escritores clásicos y modernos, que nos acerca a través de personalísimas interpretaciones que manifiestan su exquisita sensibilidad.



Destacan en la obra de Azorín sus evocaciones de las tierras y de las gentes de España. Pocos como él han sabido captar las escondidas bellezas que encierra la meseta castellana ni describir con tan profunda emoción sus antiguas ciudades provincianas y aldeas perdidas. El paisaje español es el tema principal de obras como Los pueblos (1905), La ruta de don Quijote (1905), Castilla (1912); obras cuya prosa delata el temperamento profundamente lírico de Azorín. También cultivó un tipo de novela en el que el argumento es un mero pretexto para describir minuciosamente paisajes, tipos y ambientes. Destacan, por su carácter autobiográfico, las tituladas La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo (1904). Y como intérprete -más que como crítico, ya que la suya no es una crítica erudita, sino artística- de nuestros grandes autores literarios, Azorín nos ha legado obras de tanto interés como las tituladas Lecturas españolas (1912), Clásicos y modernos (1913), Los valores literarios (1913), Al margen de los clásicos (1915), Rivas y Larra (1916), Los dos Luises y otros ensayos (1921), De Granada a Castelar (1922)… Lo esencial de su vida está recogido en Memorias inmemorables (1940). [1]

Si algo distingue el temperamento de Azorín es su profundo lirismo, su capacidad contemplativa; y de ahí le viene esa delicada sensibilidad para percibir el valor emotivo y poético de las cosas más menudas de la Naturaleza y de la vida, en apariencia intrascendentes, pero ante las que demuestra poseer una finísima facultad de comprensión y de ternura. De hecho, podríamos afirmar que, sin haber escrito nunca un solo verso, Azorín es uno de los mayores líricos de su tiempo. Sirvan como ejemplo estos dos breve fragmentos. El primero pertenece a Castilla; el segundo a Las confesiones de un pequeño filósofo.

Los ferrocarriles

Sí; tienen una profunda poesía los caminos de hierro. La tienen las anchas, inmensas estaciones de las grandes urbes, con su ir y venir incesante -vaivén eterno de la vida- de multitud de trenes; los silbatos agudos de las locomotoras que repercuten bajo las vastas bóvedas de cristales; el barbotar clamoroso del vapor en las calderas; el zurrir estridente de las carretillas; el tráfago de la muchedumbre; el llegar raudo, impetuoso, de los veloces expresos; el formar pausado de los largos y brillantes vagones de los trenes de lujo que han de partir un momento después; el adiós de una despedida inquebrantable, que no sabemos qué misterio doloroso ha de llevar en sí; el alejarse de un tren hacia las campiñas lejanas y calladas, hacia los mares azules. Tienen poesía las pequeñas estaciones en que un tren lento se detiene largamente, en una mañana abrasadora de verano; el sol lo llena todo y ciega las lejanías; todo es silencio; unos pájaros pían en las acacias que hay frente a la estación; por la carretera polvorienta, solitaria, se aleja un carricoche hacia el poblado, que destaca con su campanario agudo, techado de negruzca pizarra. Tienen poesía esas otras estaciones cercanas a las viejas ciudades, a las que en la tarde del domingo, durante el crepúsculo, salen a pasear las muchachas y van devaneando lentamente, a lo largo del andén, cogidas de los brazos, escudriñando curiosamente la gente de los coches. Tiene, en fin, poesía, la llegada del tren, allá de madrugada, a una estación de capital de provincia; pasado el primer momento del arribo, acomodados los viajeros que esperaban, el silencio, un profundo silencio, ha tornado a hacerse en la estación; se escucha el resoplar de la locomotora; suena una larga voz; el tren se pone otra vez en marcha; y allá, a lo lejos, en la oscuridad de la noche, en estas horas densas, profundas de la madrugada, se columbra el parpadeo tenue, misterioso, de las lucecitas que brillan en la ciudad dormida: una ciudad vieja, con callejuelas estrechas, con una ancha catedral, con una fonda destartalada, en la que ahora, sacando de su modorra al mozo, va a entrar un viajero recién llegado, mientras nosotros nos alejamos en el tren por la campiña negra, contemplando el titileo de esas lucecitas que se pierden y surgen de nuevo, que acaban por desaparecer definitivamente.

José Martínez Ruiz, Azorín: Castilla. Madrid,
Biblioteca Nueva, 2013.

Castilla. Edición digital:

https://archive.org/details/MartnezRuizAzornCastilla/mode/2up

Apoyo léxico. Urbe. Ciudad, especialmente la muy populosa. Barbotar. Barbullar: Hervir el agua haciendo mucho ruido. Clamoroso. Muy grande, extraordinario. Zurrir. Sonar bronca, desapacible y confusamente algo. Estridente. Dicho de un sonido: agudo, desapacible y chirriante. Tráfago. Tráfico, movimiento o tránsito de personas de un lugar a otro. Raudo. Rápido, veloz. Inquebrantable. Que persiste sin quebranto, o no puede quebrantarse. Cegar. Dicho de una luz repentina e intensa: dejar momentáneamente ciego a alguien. Lejanía. Parte distante o remota de un lugar, de un paisaje o de una vista panorámica. Pizarra. Roca comúnmente de color negro azulado, opaca, tenaz, y que se divide con facilidad en hojas planas y delgadas. Los trozos de esta roca, debidamente cortados, se emplean para tejar y solar. Devanear. Vagar, andar por varias partes sin determinación a sitio o lugar, o sin especial detención en ninguno. Escudriñar. Examinar, inquirir, y averiguar cuidadosamente algo y sus circunstancias. Columbrar. Divisar, ver desde lejos algo sin distinguirlo bien. (Aunque el verbo es transitivo, Azorín lo emplea como intransitivo, y en construcción pronominal: “El parpadeo tenue de las lucecitas se columbra...”). Tenue. Poco intenso, débil. Destartalado. Desarreglado y desordenado. Modorra. Sueño muy pesado. Titileo. Acción de titilar: dicho de un cuerpo luminoso, centellar con ligero temblor.

Azorín describe, a través de un cúmulo de sensaciones fundamentalmente auditivas, cómo son las estaciones de las viejas ciudades y la profunda poesía que late en ellas. Azorín habla de "silbatos agudos", de "borbotar clamoroso", de "zurrir estridente"... (El texto es, por otra parte, un ejemplo de magistral puntuación, en especial en el empleo del punto y coma).

José Martínez Ruiz, Azorín: Castilla. Madrid,
Biblioteca Nueva, 2013.

Esas mujeres...

¿No habéis encontrado nunca en vuestra vida una mujer que os ha hechizado durante un momento y que luego ha desaparecido? Estas mujeres son como estrellas que pasan rápidas en las noches sosegadas del estío. Habréis encontrado una vez, en un balneario, en una estación, en una tienda, en un tranvía, una de esas mujeres cuya vista es como una revelación, como una floración repentina y potente que surge desde el fondo de vuestra alma. Tal vez esta mujer no es hermosa; las que dejan más honda huella en nuestro espíritu no son las que nos deslumbran desde el primer momento...

Vosotros entráis en un vagón del ferrocarril u os sentáis junto al mar en un balneario; después vais mirando a las personas que están junto a vosotros. He aquí una mujer rubia, vestida de negro, en quien vosotros no habéis reparado al sentaros. Examinadla bien: los minutos van pasando; las olas van y vienen mansamente; el tren cruza los campos. Examinadla bien: posad los ojos en su pelo, en su busto, en su boca, en su barbilla redondeada y fina. Y ved cómo vais descubriendo en ella secretas perfecciones, cómo va brotando en vosotros una simpatía recia e indestructible hacia esta desconocida que se ha aparecido momentáneamente en vuestra vida.

Y será solo un minuto; esta mujer se marchará; quedará en vuestra alma como un tenue reguero de luz y de bondad; sentiréis como una indefinible angustia cuando la veáis alejarse para siempre. ¿Por qué? ¿Qué afinidad había entre esta mujer y vosotros? ¿Cómo vais a razonar vuestra tristeza? No lo sabemos; pero presentimos vagamente, como si bordeáramos un mundo desconocido, que esta mujer tiene algo que no acertamos a explicar, y que al marcharse se ha llevado algo que nos pertenece y que no volveremos a encontrar jamás.

Yo he sentido muchas veces estas tristezas indefinibles; era muchacho; en los veranos iba frecuentemente a la capital de la provincia y me sentaba largas horas en los balnearios, junto al mar. Y yo veía entonces, y he visto luego, alguna de estas mujeres misteriosas, sugestionadoras, que, como el mar azul que se ensanchaba ante mi vista, me hacía pensar en lo Infinito.

José Martínez Ruiz, Azorín: Las confesiones
de un pequeño filósofo, XL. Barcelona,
Austral, 2014.

Azorín, ha llevado cabo una minuciosa observación de una mujer, capaz de despertar una enorme fascinación, para luego plasmarla en un texto descriptivo de alto valor poético en el que ha seleccionado aquellos rasgos que mejor la caracterizan y que, por sí mismos, son suficientes para provocar ese momentáneo hechizo tan cautivador que deriva en una irreprimible tristeza cuando su imagen se desvanece.

Repárese en dos notas muy propias de Azorín: el hablar en primera persona, empleando el pronombre personal yo (como ocurre en el último párrafo); y el tener muy en cuenta, en todo momento, al lector, interpelándolo (a veces por medio de interrogaciones) para acercarlo más a su intimidad y lograr así una comunicación altamente expresiva.

Bibliografía.

Ferrari, María José: Las confesiones de un pequeño filósofo, una obra “sui generis”. Epos, Revista de Filología de la UNED, 2002, núm. 18, págs. 163-175.

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=759930

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