El léxico de Azorín es tan variado como extenso; y lo mismo toma vocablos de la legua hablada por los campesinos y por los diferentes artesanos de los rincones de Castilla que visita -dignificando así el habla rural-, como de los escritores clásicos -empleando arcaísmos y vocablos de contenido fuertemente decadentista- y modernos -de los que sabe extraer acertados neologismos. En el artículo “La palabra y la vida” afirma Azorín que “lo que debemos desear al escritor es ser claros, precisos y concisos”. Y añade más adelante: “Cada cosa en el lenguaje escrito debe ser nombrada con su nombre propio; los rodeos, las perífrasis, los circunloquios embarazarán y recargarán y ofuscarán el estilo. Pero para poder nombrar casa cosa con su nombre… debemos saber los nombres de las cosas. Echemos una mirada por la casa y por el campo; a centenares se nos ofrecerán las cosas, los detalles, los particulares, las faenas y operaciones que no sabemos nombrar. Y, sin embargo todo eso tiene o ha tenido su nombre; debemos conocer y usar esos nombres. Si están esos nombres en el habla baja, popular, llevémoslos sin vacilar al lenguaje literario: si están en libros viejos -en los clásicos-, exhumémoslos también sin reparo”.
Abramos el libro Castilla, del que vamos a tomar dos fragmentos que ponen de manifiesto cómo Azorín busca siempre la palabra exacta -sin importarle la categoría gramatical- que mejor se avenga a lo que quiere expresar. El primero corresponde a “Una ciudad y un balcón”; y dejamos que sea el lector el que “se enfrente” con un vocabulario que sorprende -insistimos- por su riqueza y variedad.
[De “Una ciudad y un balcón”]
De la lana y el cuero vive la diminuta ciudad. En las márgenes del río hay un obraje de paños y unas tenerías. A la salida del pueblo -por la Puerta Vieja- se desciende hasta el río; en esa cuesta están las tenerías. Entre las tenerías se ve una casita medio caída, medio arruinada; vive en ese chamizo una buena vieja -llamada Celestina- que todas las mañanas sale con un jarrillo desbocado y lo trae lleno de vino para la comida, y que luego va de casa en casa, en la ciudad, llevando agujas, gorgueras, garvines, ceñideros y otras bujerías para las mozas. En el pueblo, los oficiales de mano se agrupan en distintas callejuelas; aquí están los tundidores, perchadores, cardadores, arcadores, perailes; allá en la otra, los correcheros, guarnicioneros, boteros, chicarreros. Desde que quiebra el alba, la ciudad entra en animación; cantan los perailes los viejos romances de Blancaflor y del Cid -como cantaban los cardadores de Segovia en la novela El donado hablador- [1]: tunden los paños los tundidores; córtanle con sus sutiles tijeras el pelo los perchadores; cardan la blanca lana los cardadores; los chicarreros trazan y cosen zapatillas y chapines; embrean y trabajan las botas y cueros en que se ha de encerrar el vino y el aceite, los boteros...
En este otro texto que sigue a continuación -un fragmento de "Las nubes", también de la obra Castilla- queda de manifiesto el riquísimo léxico que emplea Azorín, en el que resultan frecuentes los términos arcaicos, elegidos con notable sensibilidad, pues guiado por una finísima intuición, sabe plasmar, a través de este léxico, los detalles más sutiles de la realidad. Asistimos a la bellísima visión que de la casa en que habitan Calixto y Melibea tiene Azorín (téngase en cuenta que ha prescindido del terrible desenlace de la obra de Fernando de Rojas, en un puro “juego literario”). Creemos necesario, en este caso, facilitar un glosario con la definición de algunos vocablos que, probablemente, puedan escapar a la comprensión significativa de algunos lectores, y que evidencian otro de los rasgos característicos del estilo azoriniano: el saber llamar a las cosas por su nombre exacto, con admirable propiedad léxica.
[De “Las nubes”]
Calisto y Melibea se casaron -como sabrá el lector, si ha leído La Celestina- a pocos días de ser descubiertas las rebozadas entrevistas que tenían en el jardín. Se enamoró Calixto de la que después había de ser su mujer un día que entró en la huerta de Melibea persiguiendo un halcón. Hace de esto dieciocho años. Veintitrés tenía entonces Calixto. Viven ahora marido y mujer en la casa solariega de Melibea; una hija les nació, que lleva, como su abuela, el nombre de Alisa. Desde la ancha solana que está en la parte trasera de la casa, se aborda toda la huerta en que Melibea y Calixto pasaban sus dulces coloquios de amor. La casa es ancha y rica; labrada escalera de piedra arranca de lo hondo del zaguán. Luego, arriba, hay salones vastos, apartadas y silenciosas camarillas, corredores penumbrosos, con una puertecilla de cuarterones en el fondo que, como en Las Meninas, de Velázquez, deja ver un pedazo luminoso de patio. Un tapiz de verdes ramas y piñas gualdas sobre el fondo bermejo cubre el piso del salón principal: el salón, donde en cojines de seda, puestos en tierra, se sientan las damas. Acá y allá destacan silloncitos de cadera, guarnecidos de cuero rojo, o sillas de tijera con embutidos mudéjares; un contador con cajonería de pintada y estofada talla, guarda papeles y joyas; en el centro de la estancia, sobre la mesa de nogal, con las patas y las chambranas talladas, con fiadores de forjado hierro, reposa un lindo juego de ajedrez con embutidos de marfil, nácar y plata; en el alinde de un ancho espejo refléjanse las figuras aguileñas, sobre fondo de oro, de una tabla colgada en la pared frontera.
Todo es paz y silencio en la casa. Melibea anda pasito por cámaras y corredores. Lo observa todo; acude a todo. Los armarios están repletos de nítida y bien oliente ropa, aromada por gruesos membrillos. En la despensa, un rayo de sol hace fulgir la ringla de panzudas y vidriadas orcitas talaveranas. En la cocina son espejos los artefactos y cacharros de azófar que en la espetera cuelgan, y los cántaros y alcarrazas obrados por la mano de curioso alcaller en los alfares vecinos, muestran, bien ordenados, su vientre redondo, limpio y rezumante. Todo lo previene y a todo ocurre la diligente Melibea; en todo pone sus dulces ojos verdes. De tarde en tarde, en el silencio de la casa, se escucha el lánguido y melodioso son de un clavicordio: es Alisa que tañe. Otras veces, por los viales de la huerta, se ve escabullirse calladamente la figura alta y esbelta de una moza: es Alisa que pasea entre los árboles.
La huerta es amena y frondosa. Crecen las adelfas a par de los jazmineros; al pie de los cipreses inmutables ponen los rosales la ofrenda fugaz -como la vida- de sus rosas amarillas, blancas y bermejas. Tres colores llenas los ojos en el jardín: el azul intenso del cielo, el blanco de las paredes encaladas y el verde del boscaje. En el silencio se oye -al igual de un diamante sobre un cristal- el chiar de las golondrinas que cruzan raudas sobre el añil del firmamento. De la taza de mármol de una fuente cae deshilachada, en una franja, el agua. En el aire se respira un penetrante aroma de jazmines, rosas y magnolias. "Ven por las paredes de mi huerto", le dijo dulcemente Melibea a Calixto hace dieciocho años. [2]
Apoyo léxico. Rebozado. Disimulado, secreto. Casa solariega. La más antigua y noble de una familia. Solana. Corredor o pieza destinada en la casa para tomar el sol. Zaguán. Espacio cubierto situado dentro de una casa, que sirve de entrada a ella y está inmediato a la puerta de la calle. Vasto. Amplio, espacioso, grande. Camarilla. Salita principal de una casa. Penumbroso. Que está en la penumbra (sombra débil entre la luz y la oscuridad, que no deja percibir dónde empieza la una o acaba la otra). Cuarterón. Cada uno de los cuadrados o paneles que hay entre los peinazos de las puertas. [Las Meninas. Cuadro de Velázquez -que se exhibe en el Museo de El Prado, de Madrid- en el que el pintor inmortalizó a unas meninas de la corte de Felipe IV. (Menina. Dama de familia noble que desde muy joven entraba a servir a la reina o a las infantas niñas)]. Gualdo. Amarillo. Bermejo. Rojizo. Silloncito de cadera. El que tiene respaldo y brazos para recostarse. Guarnecido. Adornado. Silla de tijera. La que tiene el asiento por lo general de tela y las patas cruzadas en aspa de manera que pueda plegarse. Embutidos mudéjares (en sillas de tijera). Incrustaciones -en madera, marfil...- de motivos de arte cristiano y de ornamentación árabe combinados. Contador. Especie de escritorio o papelera, con varias gavetas, sin puertas ni adornos de remates. Estofada. Bien dispuesta Talla. Corte. Chambrana. Cada uno de los travesaños que unen entre sí las partes de una mesa -o de otro mueble- para darles mayor seguridad. Fiador. Pieza con que se afirma algo para que no se mueva. Hierro forjado. El que se trabaja a golpes de martillo para darle su forma. Alinde. Superficie brillante. Frontero. Puesto y colocado enfrente. Pasito. Con gran tiento. Aromado. De agradable olor. Fulgir. Resplandecer. Ringla. Fila. Orza. Vasija vidriada de barro, alta y sin asas, que sirve por lo común para guardar conserva. Talaverano. Original de Talavera de la Reina, en la provincia de Toledo, ciudad famosa por su cerámica. Artefacto. Cachivache. Azófar. Latón, aleación de cobre y cinc, de color amarillo pálido y susceptible de gran brillo y pulimento. Espetera. Tabla con garfios en que se cuelgan utensilios de cocina. Alcarraza. Vasija de arcilla porosa y poco cocida, que tiene la propiedad de dejar rezumarse cierta porción de agua, cuya evaporación enfría la mayor cantidad del mismo líquido que queda dentro. Alcaller. Alfarero, fabricante de vasijas de barro cocido. Alfar. Obrador del alfarero. Ocurrir. Salir al encuentro. Clavicordio. Instrumento musical de cuerdas y teclado, cuyo mecanismo se reduce a una palanca, una de cuyas extremidades, que forma la tecla, desciende por la presión del dedo, mientras la otra, bruscamente elevada, hiere la cuerda por debajo con un trozo de latón que lleva en la punta. Vial. Calle formada por dos filas paralelas de árboles u otras plantas. Ameno. Agradable por su vegetación. A par. Cerca o inmediatamente a una cosa o junto a ella. Chiar. Piar. Añil. Color azul oscuro con visos cobrizos.
Asistimos en este texto a la bellísima visión que de la casa y la huerta en que habitan Calisto, Melibea y la hija de ambos -Alisa- tiene Azorín, que ha prescindido del terrible desenlace de la obra de Rojas, en un puro “juego literario”. Según esta nueva ficción, Calisto y Melibea se casaron y del matrimonio nació una hija que lleva el nombre de su abuela materna. Y Azorín describe las diferentes estancias de la casa -salones, camarillas, corredores, salón principal, cocina...- y presta especial atención a los enseres tanto del salón principal como de la cocina, sin olvidar el interior de armarios y despensa; y también se recrea en la vegetación de la huerta - adelfas, jazmineros, cipreses, rosas de diferentes colores, magnolias...-, una huerta en la que, hace más de dieciocho años, Calisto -que entonces contaba con veintitrés- y Melibea “pasaban sus dulces coloquios de amor”, y a la que Calisto acudía a requerimientos de Melibea (“Ven por las paredes de mi huerto -le dijo dulcemente Melibea a Calixto hace dieciocho años” -insiste Azorín, en su interpretación personal del texto de Rojas-).
Y Azorín recrea, además, las figuras de Melibea y de Alisa, y destaca el cuidado que pone en cuanto hace Melibea, en especial para mantener el ajuar doméstico en las mejores condiciones (“Lo observa todo; acude a todo [...]. Todo lo previene y a todo ocurre la diligente Melibea; en todo pone sus dulces ojos verdes”); y el “lánguido y melodioso” sonido que Alisa -moza de figura “alta y esbelta”- arranca a un clavicordio, así como sus paseos “por los viales de la huerta”, entre árboles por donde “se [la] ve escabullirse silenciosamente”.
Y lo más llamativo de esta descripción es el riquísimo léxico empleado por Azorín, mezcla de exactitud a la hora de seleccionar las palabras, y de notable sensibilidad, pues guiado por una finísima intuición, sabe plasmar, a través de ellas los detalles más sutiles de la realidad; ya sean nombres (casa solariega, solana, zaguán, camarilla, cuarterón, silloncito de cadera, silla de tijera, embutidos mudéjares, contador, talla, chambrana, fiador, alinde, ringla, orza, artefacto, azófar, espetera, alcarraza, alcaller, alfar, clavicordio, vial...); adjetivos (rebozado, penumbroso, gualdo, bermejo, guarnecido, frontero, aromado, ameno, añil) o verbos (fulgir, ocurrir, chiar). Azorín sabe, pues, llamar a las cosas por su nombre, tanto si designan objetos, como si expresan cualidades o acciones; y no le importa tomar palabras en desuso para recrear los ambientes, de forma que el lector pueda sumergirse en ellos con toda verosimilitud, y sin que ello reste un ápice de lirismo a sus descripciones. Y la casa matrimonial de Calisto y Melibea es un buen ejemplo de ello.
Y aún retomamos un tercer fragmento precisamente de “Las nubes”:
[“Calixto mirando las nubes"]
Las nubes nos dan una sensación de inestabilidad y de eternidad. Las nubes son -como el mar- siempre varias y siempre las mismas. Sentimos mirándolas cómo nuestro ser y todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas —tan fugitivas— permanecen eternas. A estas nubes que ahora miramos las miraron hace doscientos, quinientos, mil, tres mil años, otros hombres con las mismas pasiones y las mismas ansias que nosotros. Cuando queremos tener aprisionado el tiempo -en un momento de ventura- vemos que van pasado ya semanas, meses, años. Las nubes, sin embargo, que son siempre distintas en todo momento, todas los días van caminando por el cielo. Hay nubes redondas, henchidas de un blanco brillante, que destacan en las mañanas de primavera sobre los cielos traslúcidos. Las hay como cendales tenues, que se perfilan en un fondo lechoso. Las hay grises sobre una lejanía gris. Las hay de carmín y de oro en los ocasos inacabables, profundamente melancólicos, de las llanuras. Las hay como velloncitas iguales o innumerables que dejan ver por entre algún claro un pedazo de cielo azul. Unas marchan lentas, pausadas; otras pasan rápidamente. Algunas, de color de ceniza, cuando cubren todo el firmamento, dejan caer sobre la tierra una luz opaca, tamizada, gris, que presta su encanto a los paisajes otoñales.
Siglos después de este día en que Calisto está con la mano en la mejilla, un gran poeta -Campoamor- habrá de dedicar a las nubes un canto en uno de sus poemas titulado Colón [3]. Las nubes -dice el poeta- nos ofrecen el espectáculo de las vida. La existencia, ¿qué es sino un juego de nubes? Diríase que las nubes son "ideas que el viento ha condensado"; ellas se nos representan como un "traslado del insondable porvenir". "Vivir -escribe el poeta- es ver pasar". Sí; vivir es ver pasar; ver pasar, allá en lo alto, las nubes. Mejor diríamos: vivir es ver volver. Es ver volver todo en un retorno perdurable, eterno; ver volver todo -angustia, alegrías, esperanzas-, como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables.
Las nubes son la imagen del Tiempo. ¿Habrá sensación más trágica que aquella de quien sienta el Tiempo, la de quien vea ya en el presente el pasado y en el pasado lo por venir?
NOTAS.
[1] El donado hablador: Vida y aventuras de Alonso, mozo de muchos amos, es una novela picaresca escritas por Jerónimo de Alcalá Yánez y Ribera, y editada en dos partes (1624 y 1626). Su tono es marcadamente moralizante y costumbrista.
[2] En el penúltimo acto de la obra de Fernando de Rojas -el XX-, estando una noche Calisto en el jardín de Melibea, oye ruido en la calle y, al intentar salvar la tapia del muro con una delgada escala para saber qué es lo que ocurre -Centauro y un grupo de rufianes intentan vengar la muerte de Celestina, matando a los amantes- resbala, y la caída le produce la muerte. Melibea, en su desesperación, se encierra en una torre y se arroja desde lo alto, suicidio que presencia de su padre Pleberio.
[3] Campormor, Ramón de: Colón. (Poema de 1853). Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
http://www.cervantesvirtual.com/obra/colon--poema/
Azorín se centra en las dos primeras estrofas del canto XII, titulado precisamente "Las nubes": "Vivir es ver pasar. Ya iba alboreando / del diez y ocho de septiembre el día, / cuando estaban las gentes contemplando / las mil nubes y mil que el sol teñía. / Tantas nubes, tan varias, revolando, / el juego de la vida parecía. / Y bien pensado al fin, ¿qué es en la esencia / mas que un juego de nubes la existemcia? // Las nubes con su forma transitoria, / cual ideas que el viento ha condensado, / son, breve imagen de la humana gloria, / del insondable porvenir traslado. / Haciendo aplicaciones a la historia / leían en las nubes lo pasado, / como si fuesen sus flotantes velos / alfabetos movibles de los cielos".
Bibliografía.
Baquero Goyanes, Mariano: "Cinco variaciones del tema de las nubes".
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/cinco-variaciones-del-tema-de-las-nubes/html/