El benemérito dramaturgo y periodista Eduardo Aguirre Romero, el columnista del «Diario de León» y autor de los excelentes libros, sirva de ejemplo, Cervantes, enigma del humor (2017); Cine para caminar (2021) en diálogo con el magnífico pintor Rafael Carralero Carabias (1954-2024); Blues de Cervantes (2018); y Entrevista a Cervantes (2022), Vivan las Humanidades, siempre vivas (2023), publica su nueva obra maestra: Cervantes y la ternura humorística (Marciano Sonoro Ediciones, 2025).
En el prólogo, intitulado «Entre Cervantes y Aguirre», redactado por el distinguido profesor Luis Gómez Canseco, de la Universidad de Huelva, se lee que:
«Eduardo es un enamorado del Quijote y de su autor. Enamorado sí, pero, como decía nuestro caballero, no de “los viciosos, sino de los platónicos continentes”. Su amor por el libro y por el escritor nace de la lectura y de un buen sentido por completo ajeno a los intereses y actitudes que adornan los estudios académicos. El suyo es un cervantismo alegre y vuelto hacia la vida» (E. Aguirre Romero, Cervantes y la ternura humorística, 13).
El profesor Luis Gómez Canseco alega correctamente que
«Eduardo Aguirre ha querido atenerse a un aspecto que singulariza a Cervantes respecto a la mayoría de los escritores de su siglo y aun de los que habrían de venir después; y es el modo compasivo con el que contempla a sus personajes y con el que comprende las debilidades, errores y limitaciones de los seres humanos» (Cervantes y la ternura…, 13).
En el primer capítulo de su obra cumbre, «Cervantes lee el Pinciano», el cervantista Eduardo declara acertadamente que «son escasas las obras humorísticas que tienen ediciones críticas o que están incluidas en los programas de estudios académicos, y las que lo han hecho ha sido gracias al empecinamiento de un puñado de quijotes de la filología; no es esta una subestimación exclusiva de la cultura española, eche el lector un vistazo a la lista de comedias que han recibido un óscar de Hollywood. El humor cervantino es, ante todo, mirada; pero no solo la de Cervantes y la de sus personajes, también la de los lectores, pues disfrutando conlleva complicidad; por ello, no se puede explicar solo con erudición filológica o desde la historia de la literatura» (Cervantes y la ternura…, 21, 23).
Conforme al segundo capítulo, «Con ternura humorística», Eduardo dice que «en Cervantes, su humor rima con amor y con dolor… mediante la ternura humorística, que no es exclusividad suya, pues la podemos encontrar en pasajes aislados de este o aquel escritor, pero no con el protagonismo atmosférico que tiene en el Quijote, no en una obra maestra de impacto universal… La ternura humorística en el Quijote tiene una raíz religiosa, no solo emocional, aunque sin beaterías…. y el humor cervantino es siempre autobiográfico porque nos describe a Cervantes, exprese o no hechos vividos directamente por él» (Cervantes y la ternura…, 31, 33).
Pese a ello, Eduardo asevera que «el perdón es uno de los elementos esenciales del cosmos cervantino» (Cervantes y la ternura…, 40), a título de ejemplo:
«si vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta, y le serviré como jumento todos los días que me quedan de mi vida. Vuestra merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y que si hablo mucho, más procede de enfermedad que de malicia; más quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.
-Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras algún refrancico en tu coloquio. Ahora bien, yo te perdono, con que te enmiendes y con que no te muestres de aquí adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el corazón y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas, que, aunque se tarda, no se imposibilita» (El Quijote, II-XXVIII).
En el tercer capítulo, «Vejete de alegres ojos», Eduardo señala que «ser de ojos alegres es de nacimiento, un regalo genético…, pero haberlos mantenido así a lo largo de años era ya mérito suyo ¿Cómo lo logró? [Cervantes]. No siempre hubo de serle fácil…; lo mantuvo hasta el final de su vida, y esto puede deberse a muchas razones…» y añade que «lo cómico en el Quijote es sapiencial» (Cervantes y la ternura…, 43).
En el próximo capítulo «Lo cómico y lo humorístico» el autor leonés explica que «lo cómico y lo humorístico se parecen mucho, pero sin llegar a hermanos gemelos; son, eso sí, iguales en jerarquía del mérito. En el Quijote, Cervantes pasa a veces de la comicidad al humorismo -y al revés- incluso dentro de un mismo párrafo; lograrlo como él lo hace exige un conocimiento de matices casi imperceptibles de lo risible, casi tantos como los que para Don Quijote diferencian huir y retirarse» (Q II, XXVIII).
De igual manera, agrega que «el humor cervantino es autobiográfico, hay mucha información en su dime con quién te ríes y te diré quién eres…. Cervantes ríe y sonríe no porque ignore cómo se las gasta la vida, sino precisamente porque lo sabe; el suyo no es un humorismo de huida, sino de superaciones. Comprendió dónde estaba el oro; EN EL CORAZÓN HUMANO» (Cervantes y la ternura…, 53, 59).
En «El hombre de las equis» Eduardo pone de relieve que «Cervantes ríe mientras escribe el primer Quijote y en este proceso cuánto hubo de acordarse de sus padres, Rodrigo y Leonor, pues le dieron la vida dos veces: la primera en Alcalá de Henares, la segunda al arruinarse para reunir dinero para su liberación-y la de su otro hijo Rodrigo- en Argel. Su autoestima, que tanto debió de desconcertar, le permitía reírse de sí mismo, no porque todo careciese de sentido, sino, al contrario, porque todo lo tenía. Un inseguro no organiza cuatro fugas…». También pone en claro que «Cervantes no fue un “escritor de domingo”. No vivía de la literatura, pero sí para ella. Una pasión nunca es una actividad secundaria» (Cervantes y la ternura…, 63, 65-66).
En el capítulo «El toque de la casa» Eduardo clarifica que «su ternura humorística [Cervantes] no tuviese un solo origen, sino orígenes: suma de lecturas y de experiencias, don innato y toque familiar de la casa… Cervantes rechaza la risa de la superioridad, pero logró la risa superior que a todos nos iguala; y este es uno de los misterios que el humor cervantino contiene: su capacidad para hacer que el lector se sienta no sólo bien sino bueno; doy por hecho que habrá filólogos a quienes esto último les parecerá poco ortodoxo, pero ya puesto en heterodoxias… no conozco a un buen cervantista que sea malo» (Cervantes y la ternura…, 67, 70).
En «A por el best seller», el columnista del «Diario de León» esclarece que «cuando Cervantes concluye la primera entrega del Quijote y escribe el prólogo, ya es consciente de que el humor es un servir sin servirte, que la risa puede ser mucho más que risa. El Quijote se integró en la literatura y en la vida; tenía y aún tiene misión que cumplir, a la manera es esas pocas obras maestras que nos civilizan en la bondad y sin las que seríamos peores» (Cervantes y la ternura…, 74).
Sin embargo, el autor madrileño pregunta: «¿Fue capaz Cervantes de bromear en la intimidad acerca de ello, se rio con los suyos de la aparición de este hijo ilegítimo? Posiblemente no, pues la herida recibida era muy profunda; aunque no le infectó la ternura humorística, las consecuencias en el Quijote de 1615 fueron mucho más allá de provocar un cambio en el itinerario, de Zaragoza a Barcelona. Para Cervantes, resistir este golpe fue la última gran prueba a sus ojos alegres, o quizá, la antepenúltima» (Cervantes y la ternura…, 77-78).
El capítulo 8 de Eduardo, «Todos rieron (y más)» subraya que Cervantes «no era el mayor sabio de su tiempo, pero sí desplegó a lo largo de las páginas del Quijote un humor que denota aguda inteligencia crítica y profundo conocimiento de la condición humana; sin conclusiones fatalistas, pero también sin proclamar “¡to er mundo e güeno! [Todo el mundo es bueno] En efecto, humor sapiencial. Como él mismo nos dice, busco el entretenimiento del lector, pero no a cualquier precio, no quiso dejarlo embalsado como quien contempla las moscas sobre un cristal» (Cervantes y la ternura…, 82).
En el capítulo 9, «Espejismo de facilidad», el dramaturgo leonés declara que «su obra [de Cervantes] es un espejismo de facilidad: sencillez sin simpleza. Pero anhelarlo es más fácil que conseguirlo. Lo puso en boca de Maese Pedro: “llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala” (Q II, XXVI» (Cervantes y la ternura…, 87). Asimismo, Eduardo sostiene que Cervantes da en sus obras «una eficaz utilización cómica, en el Quijote: “trotico”, “tantico” y en todas sus obras hay joyas del diminutivo, como en La Gitanilla, “tengo un cierto espiritillo fantástico acá dentro que a grandes cosas me lleva”» (Cervantes y la ternura…, 90).
En el capítulo 10, «Cervantes lee y ríe» se observa que «en todo lo referente al reír, Cervantes dominaba la teoría y la práctica; era su tiempo con sentido de lo cómico, al contrario, ya hemos dicho que a finales de XVI y al principio del XVII se produjo una eclosión de comicidades… pero en Cervantes iba a hacer reírnos desde el corazón, el suyo y el nuestro» (Cervantes y la ternura…, 97).
En el capítulo 11, «Lejos, pero no alejados» Eduardo pone de manifiesto que «sin Catalina el libro [el Quijote] hubiese sido muy distinto. La hipótesis más razonable es que la obra maestra universal del humor fue escrita por un hombre felizmente casado, pese a esa herida abierta que fue su única hija, que tuvo fuera del matrimonio. El buen humor es compatible con la infelicidad, pero el positivismo que caracteriza a Cervantes - también con sus días lluviosos, supongo- es difícil imaginarla en la tristeza de un matrimonio desgraciado; además, esta clase de frustración deja huella en la obra» (Cervantes y la ternura…, 103).
En el capítulo 12, «Maritornes, venta y castillo» Eduardo evidencia que «Cervantes rio primero y se compadeció después. Por ello “salva” a Maritornes», y agrega que «Cervantes nos conduce astuto hasta últimas líneas, donde Maritornes nos recuerda que – a veces – la fealdad física oculta en su interior bellos pasadizos» y concluye que «Maritornes resultó ser también venta y castillo» (Cervantes y la ternura…, 112, 113).
En el capítulo 13, «Flechazos de amor» Eduardo sostiene que «si hay un libro que contenga más enamoramientos que el Quijote no lo conozco, empezando por ese “amor de oídas” que el caballero andante siente por Dulcinea» y según Eduardo «el Quijote no es solo un libro repleto de enamorados y enmaradas, sino de amor por la literatura» (Cervantes y la ternura…, 115, 121-122).
El capítulo 14, «Con gracejo universal», asegura que «Cervantes no fue andaluz de nacimiento, pero Andalucía sí contribuyó a darle forma al humor cervantino, en los años en los que el escritor estuvo trabajando por aquellos lares de 1587 a 1594… y en Sevilla, conoció la obra y se relacionó con autores practicantes de “la poética de la gracias”». Eduardo afirma que «en Cervantes se dan, a la vez, la fascinación por lo popular y por lo culto; y no tuvo que decantarse, pues la sencillez cervantina-que no es simpleza-los contiene a ambos» (Cervantes y la ternura…, 123-124, 129).
El capítulo 15, «No me llames satírico» divulga que «Cervantes había comprendido que el humo es poder y que es muy fácil abusar del mismo, no podía, pues, decantarse por ese camino en su búsqueda de una comicidad sin escarnio; pero ello no es óbice para que -puntualmente- lo satírico pueda tentarle o divertirle en otros…» (Cervantes y la ternura…, 132-133).
En el capítulo 16, «Lope cuenta un chiste malo», se juzga que «el Quijote de 1605 no es un libro escrito contra Lope de Vega, ni tampoco a pesar de este; pero sí – en cierta medida – en conflicto con él y con lo que su arte nuevo representa» (Cervantes y la ternura…, 137).
El capítulo 17, «La risa de Avellaneda», dilucide que «el misterioso Avellaneda hubo de reírse lo suyo escribiendo su Quijote apócrifo (1614), aunque con risa muy diferente de la de Cervantes, sus respectivas obras son espiritualmente antagónicas, mucho más incluso de lo que puedan serlo en lo literario; su humor no es como el cervantino, y no solo porque él mismo lo reconozca ya desde el prólogo: “tengo opuesto humor también al suyo. Pluma en mano, Cervantes reía pensando en el disfrute del lector; Avellaneda se regodea pensando en el daño que le iba a causar al alcalino» (Cervantes y la ternura…, 143).
En el capítulo 18, «¿Sin amigos?», se demuestra que «Cervantes elogió más de lo que fue elogiado, esto es innegable. Sus colegas de la pluma opinaron por escrito poco acerca del Quijote, al menos en proporción a la popularidad del libro. Un español de hoy – y quizás también de entonces – lo achacaría a la envidia, y desde luego hubo de despertarlas, más que a la indiferencia: “todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias (Q II, VIII)» (Cervantes y la ternura…, 150-151).
El capítulo 19, «Fe en el humor, humor en le fe», aclara que «en el ámbito de los estudios académicos, la religiosidad o no del escritor sigue siendo un tema de controversia, aunque ya no lo es tanto su posible linaje como la sinceridad – o no – de las convicciones católicas expresadas en sus obras; a mi entender, el humor cervantino fue gran manifestación de su fe» Además de esto, Eduardo añade que «a mi entender, como vengo recalcando, es en el humor cervantino, donde vemos expresado con sutil nitidez su religiosidad: en su ironía compasiva y en su sentido del perdón como herramienta resolutiva de los conflictos» y termina con una hermosa frase que reza que «sí, Cervantes tuvo fe en el humor y humor en la fe» (Cervantes y la ternura…, 153, 159, 161).
En el capítulo 20, «Normal, mal non troppo» Eduardo indica que «Cervantes no fue un hombre normal, sino profundamente humano. Una bella paradoja barroca» (Cervantes y la ternura…, 169) y en el capítulo 21, «Pobre Cervantes pobre» proclama que «el humor cervantino tiene una de sus raíces emocionales en la adversidad económica del escritor; curiosamente, esta es una de las penalidades que algunos biógrafos hoy más niegan o rebajan, por considerarla una hipérbole de este, que luego fue hinchada aún más por los románticos. No es así, en mi sentir» (Cervantes y la ternura…, 171).
En el capítulo 22, «Héroe del humor» Eduardo confiesa que «el humor cervantino tiene una raíz religiosa – canalizada a través de la ternura humorística -, la vivencia de lo heroico en Cervantes tiene, a mi entender, esa misma procedencia, aunque su obra nunca es púlpito de papel» y le llama el héroe del humor, entre otras cosas, porque «se rio primero de sí mismo, aunque su vida nunca fue tan placentera como la del caballero del Verde Gabán» (Cervantes y la ternura…, 176, 183-184).
En el capítulo 23, «Lope relee el Quijote», el cervantista informa que «imaginemos a Lope anciano, en su casa de Madrid, debilitado por las pérdidas familiares y por la culpa…, saca de su biblioteca el ejemplar del Quijote, que quizá llevaba años sin coger… lo abre al azar… lee y ríe… vaya con Miguel… sigue leyendo y vuelve a reír, conmovido por todo aquello que antes no supo o no quiso ver, le vienen a la memoria sus encontronazos – que ahora le parecen pueriles -, pero aún más tantas gratas conversaciones; ahora, en ese momento, ya en la senectud, percibe con nitidez, quizá con vergüenza, toda la alegría limpia que el Quijote contiene… y de ese sentimiento surgirá la necesidad de escribir obra a la cervantina» (Cervantes y la ternura…, 185).
En el capítulo 24, «Misterioso Persiles», Eduardo opina que «el Persiles aún no ha mostrado toda su grandeza literaria; hacerlo no dependerá de modas, sino de misión. Si la tiene, y estoy convencido de que así es, llegará. El Persiles es una joya, que contiene dentro tesoros» (Cervantes y la ternura…, 189), y el capítulo 25, «Y el dolor» prueba que «no hay humor cervantino sin caridad, aunque nada sea tan sencillo en el corazón humano… y el buen ánimo cervantino no era de piedra, sino de sonrilágrimas» (Cervantes y la ternura…, 200).
En el capítulo 26, «Reír en el ocaso» Eduardo piensa que «Cervantes anciano ríe mientras escribe…, pero ante lo demás, quizá solo lo hicieses con la boca semicerrada» y añade que «el humor cervantino no es un estilo literario, sino una proclamación vital» (Cervantes y la ternura…, 201-202), y en el capítulo 27, «Una furtiva sonrilágrima», confirma que «es la ternura humorística, esa nueva ruta que abrió Cervantes entre la maleza de la risa de la superioridad; observe el lector que no he escrito descubrió; del mismo modo que Colón, Cervantes no descubrió nada, solo llegó. Y sí, había que llegar a ella en la literatura, mediante una obra maestra» (Cervantes y la ternura…, 214).
Antes de terminar cito las hermosas palabras de sabiduría del magnífico escritor Eduardo Aguirre Romero, el máximo experto del humor cervantino, que rezan que:
«Cervantes murió con la ternura humorística intacta y teniendo aún alegres los ojos, aunque – quizá – antes de cerrarlos para siempre, derramó una sonrilágrima. Y si esto es romantizar…. pídasele cuentas a Cervantes, no a mí» y en sus conclusiones declara que «rio mientras escribía muchos pasajes del Quijote… Lo sé porque también yo he reído al transcribirlos» (Cervantes y la ternura…, 223, 225).
En conclusión, importa dejar sentado con toda sinceridad que la obra maestra de Eduardo, célebre autor leonés de origen madrileño, investigador eficaz e incansable y ejemplar profesor de curiosidad sin límite, es la primera obra en la historia del cervantismo científico que nos ilumina el camino del corazón de Cervantes, nos embellece espiritualmente, y documenta que es indispensable leer las obras del brillante Miguel, genio de la literatura universal, donde su humor sapientísimo rima con amor y con dolor, divierte al lector y se basa en la ternura humorística, humana y compasiva. Mis más sinceras felicitaciones por su magnífica obra y su íntegra pluma que brilla y forma al ciudadano global. ¡Enhorabuena!
«Laus in Excelsis Deo»,
Krzysztof Sliwa
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