Del texto “El abuelo Azorín” reproducimos y comentamos solo una parte, más que suficiente para extraer el retrato literario del “bisabuelo paterno”, que Azorín hace de él, basado en la interpretación de un cuadro, original de un pintor desconocido que un día pasó por Yecla, en la primera mitad del siglo XIX y, de manera casual, se topó con tan interesante personaje y tuvo la ocasión de inmortalizarlo.
El abuelo Azorín
Una vez, allá en la primera mitad del siglo XIX, pasó por Yecla un pintor y retrató a mi bisabuelo paterno. No hemos podido averiguar quién era este pintor; pero su obra es un lienzo extraño que ha cautivado a Pío Baroja, el gran admirador del Greco. Se trata de un lienzo simple, sobrio, de coloración adusta; mi bisabuelo es un viejecito con la cara afeitada, encogido, ensimismado: tiene el pelo gris, claro, largo, peinado hacia atrás; sus ojos son pequeños, a medio abrir, como si mirara algo lejano y brillante (y ya veremos luego que, en efecto, lo que él estaba mirando siempre era algo brillante y lejano); su boca es grande, y la nariz hace un pico sobre la larga comisura.
Este pequeño viejo está con la cabeza suavemente inclinada; se ve en su indumentaria una corbata negra, de lazo: por encima de ella, tocando las mandíbulas, aparecen dos pequeños triángulos blancos del cuello, y por debajo, sobre el pecho, otro triángulo, que es la pechera. El traje de mi bisabuelo es negro; lleva también una capa negra, de cuello enhiesto, y por entre sus pliegues, a la altura del pecho, aparece la mano amarilla y huesosa del pequeño viejo, medio extendida, como señalando, pero sin afectación, cuatro o seis infolios que se destacan a la derecha con sus tejuelos rojos y verdes.
El artista misterioso que pintó este lienzo quiso hacer una obra maestra retratando a este viejo, lleno de cultura, filósofo terrible, que inopinadamente encontró en esta ciudad gris un día que pasó por ella. Mi bisabuelo trabajaba reciamente con el cerebro: lo lejano y brillante a que he aludido más arriba, y que él contemplaba a todas horas, era la esencia divina. Dios y su gloria, el Creador de todas las cosas con sus atributos de amor y de sapiencia. Lo diré en dos palabras: mi bisabuelo, ante todo, era un teólogo. [...]
Apoyo léxico y referencias culturales. El Greco (Doménikos Theotokópoulos (1541-1614) está considerado como el gran pintor de la Contrarreforma y uno de los mayores artistas de la civilización occidental. Pío Baroja sintió por él una enorme fascinación. En 1900 publicó en el diario El Globo tres artículos, con los siguientes títulos: “Cuadros del Greco I. Los retratos del Museo del Prado”, “Cuadros del Greco II. Asuntos religiosos del Museo del Prado”, y “Cuadros del Greco. Tierra castellana. En Santo Tomé”. Baroja -que se quejaba del estado de abandono en que se encontraban los cuadros del Greco en El Prado, arrinconados e intitulados-, fue precisamente quien puso título al célebre cuadro “El caballero de la mano en el pecho”, al que dedica Manuel Machado un espléndido soneto en Alma. Y en la obra Camino de perfección, de 1902, Baroja convierte a Toledo y al Greco en un relevante marco de referencia simbólico. Sobrio. Sencillo. Adusta. Austera. Ensimismado. Absorto en una meditación, contemplación, etc.; sumido o recogido en la propia intimidad. La nariz hace un pico sobre la larga comisura. Nariz corva que desciende hasta los labios. Corbata de lazo. Corbata que se anuda en forma de lazo corto sin caídas (pajarita). Mano huesosa. Mano de huesos muy grandes y visibles. Cuello enhiesto. Cuello alto. Infolio. Libro cuyas páginas son de tamaño folio. Tejuelo. Cuadro de piel o de papel que se pega al lomo de un libro para poner el rótulo. Misterioso. Desconocido. Obra maestra. La mejor de las producidas por un artista. Terrible. Riguroso, estricto. Inopinadamente. Que sucede sin ser esperado. Reciamente. De modo intenso. Atributos de la esencia divina: perfecciones de Dios, tales como su omnipotencia, su sabiduría, su amor, etc. Teólogo. Persona que se dedica al estudio de Dios. En la Iglesia católica es la autoridad de su Magisterio -en materia de dogma y moral- la que autoriza los criterios -a través del papa y de los obispos- para la reflexión teológica, pues está encargada de transmitir e interpretar la “revelación” decir, la “Palabra de Dios”, apoyada en la fe.
Azorín se refiere al cuadro como una “obra maestra”. De hecho, el propio Pío Baroja, gran admirador -y conocedor- de El Greco, se había quedado deslumbrado ante tan “extraño” lienzo, que Azorín califica como “simple, sobrio”, y de una “coloración adusta” -lo que, por otra pate, y sabido el asombro extraordinario que la pintura de El Greco ejercía en Baroja, puede justifar que el autor de Camino de perfección quedara gratamente impresionado ante él-. Y Azorín comienza describiendo su aspecto físico: cara, ojos, boca y nariz; y para ello emplea una certera adjetivación que le permite calificar las sensaciones que le produce el viejecito retratado, y que el pintor anónimo supo captar: la cabeza “suavemente inclinada”; la cara “afeitada” -esto es, con mejillas rasuradas-; pelo canoso y largo (“gris claro, largo, peinado hacia atrás” -lo que implica la frente despejada-); los ojos “pequeños” y entreabiertos; la boca “grande”; la nariz aguileña; y la mano pálida y de huesos grandes (“amarilla y huesosa”). Pero es la expresión de los ojos lo que llama la atención: “a medio abrir; como si mirara[n] algo lejano y brillante”, lo cual -según sabremos más adelante- está relacionado con su condición de teólogo, dedicado a la contemplación -y al estudio- de la esencia divina (de Dios-Creador con todos sus atributos y perfecciones); y de ahí su aspecto retraído (“encogido”) y su condición de “ensimismado”, ajeno al mundo exterior.
En cuanto a la indumentaria, el personaje retratado lleva la propia de un hombre elegante del primer tercio del siglo XIX, en la que prima el color negro: la pajarita (“corbata de lazo”), el traje y la capa con cuello alto son negros, por lo que la pechera blanca destaca por sí misma. Y para darle al personaje cierta pose intelectual, por entre los pliegues de su capa negra sobresale la mano medio extendida con sencillez y naturalidad (“sin afectación”), señalando varios libros de tamaño folio con los rótulos de diferentes colores (“rojos y verdes”).
El tercer párrafo lo dedica Azorín a destacar la enorme cultura del bisabuelo paterno, al que llama “filósofo terrible” para denotar su rigurosa preparación intelectual, ejercitada en el ámbito de la Teología. Y ahora cobra especial sentido que Azorín hablara -y de nuevo remacha- de su dedicación a “lo lejano y brillante” que ocupa su cerebro: nada menos que la esencia divina.
Y en este texto, como en los anteriores, quedan patentes algunos rasgos propios del estilo antoniniano: léxico culto, con amplia adjetivación fuertemente descriptiva, responsable en parte de la premiosidad en el avance del texto, a la que contribuyen algunos adverbios en -mente (“suavemente”, “inopinadamente”, “reciamente”); y una ausencia de nexos subordinativos complejos, que originan una sintaxis fluida, a base de oraciones breves, unidas por coordinación y yuxtaposición fundamentalmente, con sus elementos morfosintácticos distribuidos de forma progresiva (sujeto-verbo-complementos), y organizadas con cierto sentido rítmico y un empleo de los signos de puntuación de sorprendente eficacia estética.
En 1908 publicaba Azorín El político, obra compuesta por XLVII epígrafes, titulados con gran exactitud en relación con el contenido, y un “Epílogo futurista”; y en ellos se recogen consejos y advertencias que Azorín da a los políticos, de acuerdo con lo que él entiende que debería ser un “político ideal”. En estas páginas se perciben “ecos conceptuales” de Gracián, de Maquiavelo y de Saavedra Fajardo, entre otros. Del epígrafe VI titulado “Remediar la inadvertencia” y prescindiendo de la anécdota narrada por Azorín, entresacamos la parte final: En ella, Azorín recomienda al político “corregir a tiempo la inadvertencia”. Pero hay más, mucho más, en el texto de Azorín, tal y como podrá comprobar la curiosidad del lector.
Remediar la inadvertencia
Se ha dicho que no es necio el que hace la necedad, sino el que, hecha, no la sabe enmendar. Ocurrirá muchas veces que, estando de mal humor, demos una repuesta agria a quien no la merece: corrijamos a tiempo con afabilidad y cortesía nuestro desavío. Sucederá también que, fundados en falsos razonamientos, obremos como no debimos obrar; venga inmediatamente una rectificación cauta y discreta de nuestra conducta. La pasión, la ira, el despecho, puede llevarnos a extremos que no estén de acuerdo con nuestra ecuanimidad; sepamos encontrarles un pretexto, una justificación, una lógica, y esforcémonos en seguida con actos justos, sosegados, dignos, en borrar del ánimo de las gentes el mal efecto producido.