EL RINCÓN DE LA POESÍA

Los “remansos líricos” de la prosa narrativa de Pío Baroja. VI

Pío Baroja

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Lunes 19 de octubre de 2026

Sorprende la rapidez y energía con que están trazados los perfiles físicos y psicológicos de los personajes de Pío Baroja. Y como ejemplo, ofrecemos el retrato de Yurrumendi.



 Yurrumendi, el fantástico

 

Eustaquio Yurrumendi había viajado mucho; pero era un hombre quimérico a quien sus fantasías turbaban la cabeza. Todos tenemos un conjunto de mentiras que nos sirven para abrigarnos de la frialdad y de la tristeza de la vida; pero Yurrumendi exageraba un poco el abrigo.

Era Yurrumendi un hombre enorme, con la espalda ancha, el abdomen abultado, las manos grandísimas, siempre metidas en los bolsillos de los pantalones, y los pantalones, a punto de caérsele, tan bajo se los ataba.

Tenía una hermosa cara noble, roja; el pelo blanco, patillas muy cortas y los ojos pequeños y brillantes.

Vestía muy limpio; en verano, unos trajes de lienzo azul, que a fuerza de lavarlos estaban siempre desteñidos; y en invierno una chaqueta de paño negro, fuerte, que debía de estar calafateada como una gabarra.

Llevaba una gorra de punto con una borla en medio. Era soltero, vivía solo, con una patrona vieja; fumaba mucho en pipa, andaba tambaleándose y llevaba un anillo de oro en la oreja. […]

Yurrumendi tenía una fantasía extraordinaria. Era el inventor más grande de quimeras que he conocido. Según él, detrás del monte Izarra, un poco más lejos de Frayburu, había en el mar una sima sin fondo.

Muchas veces él echó el escandallo; pero nunca dio con arena ni con roca. Se le decía que su sonda era, seguramente, corta; pero Yurrumendi aseguraba que, aunque fuera de cien millas, no se encontraría el fondo.

Respecto a la cueva que hay en el Izarra, frente a Frayburu, él no quería hablar y contar con detalles las mil cosas extraordinarias y sobrenaturales de que estaba llena; le bastaba con decir que un hombre, entrando en ella, salía, si es que salía, como loco. Tales cosas se presenciaban allí. Bastaba decir que las sirenas, los unicornios navales y los caballos de mar andaban como moscas, y que un gigante con los ojos encarnados tenía en la cueva su misteriosa morada. […]

Otras veces, el viejo marino nos contaba una serie de crueldades horribles: piratas que mandaban cortar la lengua o las manos a los que caían en su poder; otros que echaban al agua a sus enemigos, metidos en una jaula y con los ojos vaciados. Nos hacía temblar, pero le oíamos. Hay un fondo de crueldad en el hombre, y sobre todo en el niño, que goza oscuramente cuando la barbarie humana sale a la superficie. […]

Para Zelayeta y para mí, los relatos de Yurrumendi fueron una revelación. Estábamos decididos; seríamos piratas, y después de aventuras sin fin, de desvalijar navíos y bergantines, y burlarnos de los cruceros ingleses; después de realizar el tesoro de viejas onzas mejicanas y piedras preciosas, que tendríamos en una isla desierta, volveríamos a Lúzaro a contar, como Yurrumendi, nuestras hazañas. Si por si acaso teníamos loro, para que no nos denunciase, como contaba la Iñure, le ataríamos una piedra al cuello y lo tiraríamos al mar.

 

Pío Baroja: Las inquietudes de Shanti Andía. Libro Primero. Infancia. IX. Yurrumendi, el fantástico. Madrid, Caro Raggio/Ediciones Cátedra. Colección Letras Hispánicas, núm. 73. Julio Caro Baroja, editor literario.

 

[La novela se compone de siete libros y un epílogo -Baroja entiende por “libros” cada una de las etapas por las que pasa el protagonista, desde su infancia, Shanti Andía que, ya anciano, cuenta sus memorias-. Esta obra, de 1911, es la primera de las que integran la tetralogía  titulada “El mar”, compuesta, además, por las tituladas El laberinto de las sirenas (1923), Los pilotos de altura (1929) y La estrella del capitán Chimista (1930)].

Edición digital:

https://es.wikisource.org/wiki/Las_inquietudes_de_Shanti_Andía

 

Apoyo léxico. Quimérico. Fabuloso, que inventa cosas carentes de realidad y que solo existen en la imaginación. Turbar. Alterar el ánimo de una persona, aturdiéndola. Abdomen abultado. Vientre con mucho volumen. Calafatear. Cerrar las junturas de las maderas de una embarcación con estopa y brea para que no entre el agua. Gabarra. Barco pequeño y chato destinado a la carga y descarga en los puertos. Borla. Conjunto de hebras o pequeños cordones reunidos y sujetos por uno de sus extremos y sueltos por el otro que se emplea como adorno en sombreros. Quimera. Aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo. Escandallo. Parte de la sonda que lleva en su base una cavidad rellena de sebo, y sirve para reconocer la calidad del fondo del agua, mediante las partículas u objetos que se sacan adheridos. Sonda. Cuerda con un peso de plomo, que sirve para medir la profundidad de las aguas y explorar el fondo. Milla. Medida de longitud itineraria, que adopta distintos valores según los usos. Si se aplica el concepto milla a la “marina o náutica -que es la que se emplea en navegación-, la sonda de Yurrumendi tendría una longitud de 1852 m x 100, lo cual es un buen ejemplo del carácter fabuloso del personaje. Unicornio de mar (o marino). Narval: cetáceo de unos seis metros de largo, con cabeza grande, hocico obtuso, boca pequeña, sin más dientes que dos incisivos superiores, uno corto y otro que se prolonga horizontalmente hasta cerca de tres metros; cuerpo robusto, liso, brillante, blanco y con vetas pardas por el lomo, dos aletas pectorales y cola grande y ahorquillada. Caballo de mar. Pez teleósteo de pequeño tamaño y cuerpo comprimido lateralmente, cola prensil, que nada en posición vertical, y cuya cabeza recuerda a la del caballo. Ojos vaciados. Que están fuera de sus cuencas. Barbarie. Fiereza, crueldad. Revelación. Manifestación de una verdad secreta u oculta. Zelayeta y Recalde. Amigos de la infancia de Shanti Andía, todos ellos oriundos del pueblo marinero de Lúzaro. Sin fin. Innumerables. Bergantín. Buque de dos palos y vela de forma cuadrangular o redonda. Realizar. Vender, convertir en dinero mercaderías u otros bienes. Úsase más comúnmente hablando de la venta a bajo precio para reducirlos pronto a dinero. Onza. Su peso equivale a 28,75 gramos. En España, la onza de oro se acuñó desde el tiempo de Felipe III hasta el de Fernando VII, y valía 329 reales.

El texto tiene dos partes: una puramente descriptiva, en la que Baroja traza la descripción del aspecto exterior de Yurrumendi; y otra narrativa, en la que se completa su retrato con algunas actuaciones que permiten hacerse una idea del carácter de Yurrumendi, completado con otros rasgos de su personalidad que aporta el propio Baroja; es un marino viejo y experimentado en su profesión -un auténtico “lobo de mar”- dotado de una increíble imaginación para urdir fantásticas historias que desvelan, además, su espíritu aventurero.

El aspecto prosopográfico del retrato de Yurrumendi se monta a base de enumeraciones de partes de su cuerpo, calificadas con toda exactitud para sugerir la idea de que se trata de un hombretón, esto es, de un hombre grande y corpulento: hombre enorme; espalda ancha; abdomen abultado; manos grandísimas; pero también de que es un hombre en cuyo gesto se aprecia la hermosura de la nobleza -hermosa cara noble, roja-; y su semblante lo completan pelo blanco, patillas muy cortas, y ojos pequeños y brillantes. Queda claro, también, por la adjetivación empleada, que Yurrumendi es aficionado a la bebida: el abultamiento del abdomen, la rojez de la cara y el brillo de sus ojos son rasgos corporales característicos de la persona que bebe en exceso; y esos excesos en la bebida se reflejan, asimismo, en la forma de andar: Yurrumendi andaba tambaleándose, apostilla más adelante Baroja.

Terminada la descripción de las señas de identidad corporales, Baroja se adentra en la descripción del atavío de Yurrumendi, haciendo gala de un profundo conocimiento gramatical -ese que tantas veces le ha negado la crítica “academicista”, que además le ha censurado injustamente su incorrección, vulgaridad y falta de pulcritud estética-, así como de una sorprendente capacidad plástica tras la que se esconde un estilo sobrio, de múltiple y vigorosa eficacia expresiva.

En primer lugar, Baroja repara en los pantalones en los que siempre llevaba metidas las manos, unos “pantalones, a punto de caérsele, tan bajo se los ataba”, periodo sintáctico en el que el adverbio comparativo tan pondera la intensidad de la cualidad indicada por el adverbio al que precede: bajo (= a poca altura). Por otra parte, la construcción a punto de+infinitivo (“a punto de caérsele”) expresa la proximidad de la acción indicada por dicho verbo.

Analicemos, en segundo lugar, la oración “Vestía muy limpio”. La palabra limpio, morfológicamente considerada, es un adjetivo de dos terminaciones (limpio/limpia). Sin embargo, inmovilizado en su forma masculina singular, ha sufrido un proceso de adverbialización y, como palabra invariable, se emplea adverbialmente para completar la significación del verbo vestir: “vestía limpio (= limpiamente)”; y, en calidad de adverbio, limpio va precedido por otro adverbio, muy, para denotar en él grado superlativo de significación de aquel: “vestía muy limpio”. Además, la  locución preposicional a fuerza de, seguida de un verbo, se usa para indicar la insistente reiteración de la acción expresada por el verbo: “A fuerza de lavar los trajes de lienzo azul, estaban siempre desteñidos”. 

En tercer lugar, especialmente significativa resulta la siguiente comparación, ejemplo de precisión léxica: “La chaqueta de paño negro, fuerte [que vestía en invierno Yurrumendi] debía de estar calafateada como una gabarra”. Dada la significación del vocablo calafatear, al afirmar de la chaqueta de Yurrumendi que "debía de estar calafateada como una gabarra", Baroja alude, sin duda, a que estaba bien forrada, por lo que resultaría idónea para protegerse del frío invernal. (Repárese en que, al comienzo del texto, Baroja escribía: “Todos tenemos un conjunto de mentiras que nos sirven para abrigarnos de la frialdad y de la tristeza de la vida; pero Yurrumendi exageraba un poco el abrigo.”; es decir, que si al verbo “abrigar” le corresponde el significado de “proteger”, Yurrumendi estaba bien protegido -“exageradamente protegido”- frente a la “frialdad” y a la tristeza de la vida”; nuevo caso de coherencia semántica y de un fino sentido para la expresión metafórica). 

Y, en cuarto lugar, Baroja emplea con toda corrección la perífrasis verbal deber de+infinitivo, que expresar suposición, conjetura o creencia. Cuando escribe que “la chaqueta que vestía Yurrumendi debía de estar calafateada como una gabarra”, alude a que "presumiblemente estaba calafateada..." [1].

La parte prosopográfica del retrato de Yurrumendi se completa con el tipo de tocado  -“una gorra de pinto con una borla roja en medio”-, el anillo de oro colocado en un oreja [2],  y una inseparable pipa que lo identifica como fumador intenso. Y Barajo apunta su soltería, que le lleva a vivir solo, “con una vieja patrona” en cuya casa se hospeda. 

La segunda parte del texto es de tipo narrativo, pero permite completar el retrato de Yurrumendi con referencias a su manera de ser, que puede inferirse de las fantásticas historias que cuenta: es un buen conversador; con un sentido del humor algo truculento, capaz de inventar “crueldades horribles”-; y con una notable  imaginación que le lleva a inventar grandes “quimeras”, “mil cosas extraordinarias y sobrenaturales” con las que retener la atención de los niños, que lo escuchan, entre  tembloros os  y  fascinados, y cuya influencia sobre ellos les llevó a quererse dedicar a la marinería  aventurera,   proclive  a  las  grandes  hazañas  propias   de   piratas.  En  definitiva, Yurrumendi es “un hombre quimérico a quien sus fantasías turbaban la cabeza”; “el inventor más grande de quimeras” que ha conocido Shanti Andía.

Hay, con todo, en el texto, cierto tono pesimista y escéptico, que se concreta en algunas frases que expresan esa amarga toma de posición existencial tan propia de Baroja: “Todos tenemos un conjunto de mentiras que nos sirven para abrigarnos de la frialdad y de la tristeza de la vida”; “Hay un fondo de crueldad en el hombre, y sobre todo en el niño, que goza oscuramente cuando la barbarie humana sale a la superficie”. Toda una manifestación del pensamiento de Barajo que, como narrador omnisciente, se deja sentir en la narración.

Y si ahora juzgamos el estilo con que está escrito este breve texto, observamos esa tendencia antirretórica -compartida por otros escritores coetáneos de la Generación del 98- que le conduce a rechazar los largos periodos sintácticos -tan característicos de los narradores del Realismo-, sustituidos por otros más cortos, en los que la subordinación escasea, en aras de la sencillez y economía expresiva. [3]

 

NOTAS.

 

[1] La perífrasis verbal deber de+infinitivo se va confundiendo cada vez más en el habla coloquial con deber+infinitivo, construcción de sentido claramente oblativo, en la que el verbo deber no funciona como auxiliar, ya que conserva su acepción propia de “hallarse obligado”. La RAE insiste en la necesidad de mantener la distinción entre la perífrasis verbal hipotética deber de+infinitivo ("Luis debe de encontrarse en casa" expresa la suposición de que Luis se encuentre en casa) y la construcción obligativa deber+infinitivo ("Luis debe encontrarse en casa" significa que Luis tiene la obligación de encontrarse en casa). El habla popular llega incluso a distinguir entre deber de+infinitivo y deber+infinitivo, pero en sentido diametralmente opuesto al que se tiene por correcto. Y así, puede oírse: *"Tú lo que debes de hacer es callarte" (con sentido obligativo); y también: *"Me marcho, que debe ser tarde" (para expresar suposición).

[2] El Cabo de Hornos, situado en el extremo sur del continente americano, y el Cabo de Buena Esperanza, al sur de África, eran dos de los lugares del planeta más dificultades de atravesar. En el siglo XVI se puso de moda, entre navegantes y piratas, colocarse un aro de oro en el lóbulo de la oreja cada vez que pasaban por uno de estos dos cabos. Algunos cronistas indican que fue el pirata Francis Drake, en 1578, el primero en colocarse un aro de oro en su oreja, tras cruzar el Cabo de Hornos. Y, en efecto, Yurrumendi había atravesado el Cabo de Hornos, tal y como escribe Baroja: “Yurrumendi había formado parte de la tripulación de un barco negrero; navegado en buques franceses, armados en corso; vivido en prisión por sospechoso de piratería. Yurrumendi era un lobo de mar. El Atlántico le conocía desde Islandia y las islas de Lofoden hasta el cano de Buena Espezanza y el Hornos”.

[3] Intentemos efectuar el retrato plástico de Yurrumendi, el fantástico, a partir de la información suministrada por Baroja en su retrato literario. Las siguientes sugerencias pueden servir de referencia. 

Se dibuja primero el contorno de la figura, empezando por la cabeza y procurando que la altura del cuerpo sea, aproximadamente, seis veces la de aquella. Se sigue dibujando después la boina -de color gris oscuro-. Por el contorno de la misma debe verse un poco el pelo blanco, color que también será el de las patillas, muy cortas. Se dibujar luego la cara, rojiza; los ojos, pequeños pero bien definidos, y de color claro; la nariz, ancha; la boca, grande como un buzón, y sosteniendo entre los labios, intensamente rojos, una gran pipa de la que sale un hilo de humo. Finalmente, se dibuja el traje azul, la camisa blanca y los zapatos negros. No deben olvidarse la curva de su vientre, el anillo -pendiente de la oreja- y, sobre su brazo izquierdo, plegada, una chaqueta de paño negro.

 

“Elogio sentimental del acordeón”, o cómo ensalzar la belleza de lo humilde frente a lo pretencioso: una meditación melancólica sobre la vida cotidiana.

¿No habéis visto, algún domingo al caer de la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín o en la borda de un patache  tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón?

Yo no sé por qué, pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne.

A veces, el viejo instrumento tiene paradas, sobrealientos de asmático; a veces, la media voz de un marinero le acompaña; a veces, también, la ola que sube por las gradas de la escalera del muelle, y que se retira después murmurando con estruendo, oculta las notas del acordeón y de la voz humana, pero luego aparecen nuevamente y siguen llenando con sus giros vulgares y sus vueltas conocidas el silencio de la tarde del día de fiesta, apacible y triste.

Y mientras el señorío del pueblo torna del paseo; mientras los mozos campesinos terminan el partido de pelota, y más animado está el baile en la plaza, y más llenas de gente las tabernas y las sidrerías; mientras en las callejuelas, negruzcas por la humedad, comienzan a brillar debajo de los aleros salientes las cansadas lámparas eléctricas, y pasan las viejas, envueltas en sus mantones, al rosario o a la novena, en el negro quechemarín, en el patache cargado de cemento, sigue el acordeón lanzando sus notas tristes, sus melodías lentas, conocidas y vulgares, en el aire silencioso del anochecer.

¡Oh la enorme tristeza de la voz cascada, de la voz mortecina que sale del pulmón de ese plebeyo, de ese poco romántico instrumento!

Es una voz que dice algo monótono, como la misma vida; algo que no es gallardo, ni aristocrático, ni antiguo; algo que no es extraordinario ni grande, sino pequeño y vulgar, como los trabajos y los dolores cotidianos de la existencia.

¡Oh la extraña poesía de las cosas vulgares!

Esa voz humilde que aburre, que cansa, que fastidia al principio, revela poco a poco los secretos que oculta entre sus notas, se clarea, se transparenta, y en ella se traslucen las miserias del vivir de los rudos marineros, de los infelices pescadores; las penalidades de los que luchan en el mar y en la tierra con la vela y con la máquina; las amarguras de todos los hombres uniformados con el traje azul sufrido y pobre del trabajo.

¡Oh modestos acordeones! ¡Simpáticos acordeones! Vosotros no contáis grandes mentiras poéticas como la fastuosa guitarra; vosotros no inventáis leyendas pastoriles como la zampoña o la gaita; vosotros no llenáis de humo la cabeza de los hombres como las estridentes cornetas o los bélicos tambores.

Vosotros sois de nuestra época: humildes, sinceros, dulcemente plebeyos, quizá ridículamente plebeyos; pero vosotros decís de la vida lo que quizá la vida es en realidad: una melodía vulgar, monótona, ramplona ante el horizonte ilimitado.

 

      Pío Baroja: Paradox, rey (1906). Madrid, Caro Raggio, Editor, 1973.

 

Apoyo léxico. Quechemarín. DRAE: “Embarcación pequeña de dos palos, con velas al   tercio,  algunos foques  en  un  botalón  a  proa,  y  gavias  volantes   en   tiempos bonancibles”. Patache. DRAE: “Embarcación pequeña que suele utilizarse en faenas y  servicios  portuarios”. Grumete.  Muchacho  que  aprende  el  oficio de  marinero ayudando  ayudando a la tripulación en sus faenas. Sobrealiento. Respiración difícil  y fatigosa. Zampoña.  Instrumento rústico, a modo de flauta.

El “Elogio sentimental del acordeón” es uno de los pasajes literarios más difundidos de Pío Baroja, y está intercalado, como fragmento lírico,  en su novela Paradox, rey (1906), que pertenece a la trilogía La vida fantástica. Durante su travesía en barco hacia África,  Silvestre Paradox escucha a un grumete que, en cubierta, está tocando un viejo acordeón, y ello le da pie al novelista para, utilizando el acordeón como pretexto, efectuar reflexiones que, más allá de lo puramente estético, entran en el terreno de lo moral: la voz de un instrumento, tan plebeya como auténtica, “revela poco a poco los secretos que oculta entre sus notas, se clarea, se transparenta, y en ella se traslucen las miserias del vivir de los rudos marineros, de los infelices pescadores; las penalidades de los que luchan en el mar y en la tierra con la vela y con la máquina; las amarguras de todos los hombres uniformados con el traje azul sufrido y pobre del trabajo”. Esta solidaridad hacia los que sufren, en la que se entrelazan a partes iguales desencanto y humanidad, es consustancial a la estética barojiana.


Análisis de Silvia Alonso.

https://www.acordeon.xyz/Public/meta/lite/elog.htm

Bibliografía general.

Caro Raggio, editor, tiene publicadas las obras de Pío Baroja. https://caroraggioeditor.com/catalogo/

[Esta histórica editorial española fue fundada en Madrid en 1917 por Rafael Caro Raggio, esposo de Carmen Baroja (hermana del novelista Pío Baroja y del pintor Ricardo Baroja). La editorial se especializa en la preservación y publicación de las obras, memorias y el legado de la brillante familia Baroja.

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