EL RINCÓN DE LA POESÍA

El profundo aliento lírico de las obras narrativas de Juan Valera. II

Monumento a Juan Valera en Madrid, en el Paseo de Recoletos. Erigido en 1928. Escultor: Lorenzo Coullant Valera, sobrino del escritor. La mujer esculpida en mármol blanco sentada al pie del busto es Pepita Jiménez, el personaje literario más famoso creado por Juan Valera.

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Viernes 23 de octubre de 2026

"Pepita Jiménez" (1874) es el máximo exponente de la prosa lírica de Juan Valera. De las tres partes de que se compone la obra (“Cartas de mi sobrino”, “Paralipómenos” y “Epílogo. Cartas de mi hermano”), la primera de ellas   -una recopilación de las cartas del seminarista don Luis de Vargas- posee fragmentos de un altísimo clima poético, ya sea cuando se describe idíìlicamente la naturaleza, ya sea cuando se manifiestan los conflictos que aquejan el alma del seminarista, ya sea en la forma en la que se expresa la idealización del amor.



Reproducimos seguidamente un fragmento de la carta del 8 de abril del joven seminarista Luis de Vargas a su tío, en la que le cuenta anécdotas de su relación con Pepita Jiménez, en este caso una merienda en su huerto.

 

[“Las manos de Pepita Jiménez”]

 

Asistimos a esta jira el médico, el escribano, mi tía doña Casilda, mi padre y yo; sin faltar el indispensable señor vicario, padre espiritual, y más que padre espiritual, admirador y encomiador perpetuo de Pepita.

Por un refinamiento algo sibarítico, no fue el hortelano, ni su mujer, ni el chiquillo del hortelano, ni ningún otro campesino quien nos sirvió la merienda, sino dos lindas muchachas, criadas y como confidentas de Pepita, vestidas a lo rústico, si bien con suma pulcritud y elegancia. Llevaban trajes de percal de vistosos colores, cortos y ceñidos al cuerpo, pañuelos de seda cubriendo las espaldas, y descubierta la cabeza, donde lucían abundantes y lustrosos cabellos negros, trenzados y atados luego formando un moño en figura de martillo, y por delante rizos sujetos con sendas horquillas, por acá llamados caracoles. Sobre el moño o castaña ostentaban cada una de estas doncellas un ramo de frescas rosas.

Salvo la superior riqueza de la tela y su color negro, no era más cortesano el traje de Pepita. Su vestido de merino tenía la misma forma que el de las criadas, y, sin ser muy corto, no arrastraba ni recogía suciamente el polvo del camino.

Un modesto pañolito de seda negra cubría también, al uso del lugar, su espalda y su pecho, y en la cabeza no ostentaba tocado, ni flor, ni joya, ni más adorno que el de sus propios cabellos rubios. En la única cosa que noté por parte de Pepita cierto esmero, en que se apartaba de los usos aldeanos, era en llevar guantes. Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad en tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uñas lustrosas y sonrosadas, pero si tiene esta vanidad, es disculpable en la flaqueza humana, y al fin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa tuvo la misma vanidad cuando era joven, lo cual no le impidió ser una santa tan grande. En efecto, yo me explico, aunque no disculpo, esta pícara vanidad. ¡Es tan distinguido, tan aristocrático, tener una linda mano! Hasta se me figura a veces que tiene algo de simbólico. La mano es el instrumento de nuestras obras, el signo de nuestra nobleza, el medio por donde la inteligencia reviste de forma sus pensamientos artísticos, y da ser a las creaciones de la voluntad, y ejerce el imperio que Dios concedió al hombre sobre todas las criaturas. Una mano ruda, nerviosa, fuerte, tal vez callosa, de un trabajador, de un obrero, demuestra noblemente ese imperio; pero en lo que tiene de más violento y mecánico. En cambio, las manos de esta Pepita, que parecen casi diáfanas como el alabastro, si bien con leves tintas rosadas, donde cree uno ver circular la sangre pura y sutil, que da a sus venas un ligero viso azul; estas manos, digo, de dedos afilados y de sin par corrección de dibujo, parecen el símbolo del imperio mágico, del dominio misterioso que tiene y ejerce el espíritu humano, sin fuerza material, sobre todas las cosas visibles que han sido inmediatamente creadas por Dios y que por medio del hombre Dios completa y mejora. Imposible parece que quien tiene manos como Pepita tenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto ruin que este en discordancia con las limpias manos que deben ejecutarle.

 

Juan Valera: Pepita Jiménez. Capítulo I (“Cartas de mi sobrino”).
Madrid, Ediciones Cátedra, 2018. Colección Letras Hispánicas.
Núm. 290. Leonardo Romero Tobas, editor literario.

 

Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/pepita-jimenez--0/html/

 

Apoyo léxico. Jira. Merienda, especialmente campestre, entre amigos, con regocijo y bulla. Sibarítico. Aficionado al regalo o al placer (sibarita se dice de la persona que se trata con mucho regalo y refinamiento). “Criadas confidentas de Pepita”. El DRAE solo recoge la palabra “confidente”, en referencia a la persona a quien otra confía sus secretos o le encarga la ejecución de cosas reservadas. Percal. Tela de algodón, blanca o pintada y más o menos fina, de escaso precio. Merino. Tejido de  cordoncillo fino, en que la trama y urdimbre  son de lana escogida y peinada.

La lectura del párrafo -una loa a las manos de Pepita, “que parecen casi diáfanas como el alabastro”- pone de manifiesto los conflictos internos en que se mueve don Luis de Vargas, confrontando lo material -su fascinación por Pepita, utilizando como pretexto la belleza de sus manos- con lo espiritual -su vocación religiosa-. Y para justificar el autoengaño recurre a la vanidad juvenil de santa Teresa, que también se preocupaba por el arreglo de sus manos, “lo cual no le impidió ser una santa tan grande”. Y, a partir de aquí, descarga su conciencia atribuyéndole a las manos un poder simbólico de naturaleza teológica: “La mano es el instrumento de nuestras obras, el signo de nuestra nobleza, el medio por donde la inteligencia reviste de forma sus pensamientos artísticos, y da ser a las creaciones de la voluntad, y ejerce el imperio que Dios concedió al hombre sobre todas las criaturas”. En este sentido, la simple contemplación de Pepita le sirve como justificación para mantenerse firme -más bien menos que más- en su ascetismo espiritual, aun cuando en realidad está cayendo rendido amorosamente ante ella. Se plantea así el conflicto entre el amor divino y el humano en el que se desarrolla la trama de la novela. Así pues, algo puramente anatómico -las manos- da pie a un poema en prosa que se convierte en el punto de partida de la manifestación inevitable de la fuerza del amor terrenal, disfrazado inicialmente de contemplación mística por  parte del joven seminarista don Luis de Vargas.

Y cuando hablamos de “poema en prosa”, nos referimos, por ejemplo, a la forma en que están descritas las manos de Pepita, en la línea del canon de belleza clásica y renacentista, con una adjetivación que casi “diviniza” esas manos, convirtiéndolas en la más sublime obra de arte (“diáfanas como el alabastro", con "leves tintas rosadas" y un "ligero viso azul" en sus venas); y están espiritualizadas hasta el extremo de que “Imposible parece que quien tiene manos como Pepita tenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto ruin que este en discordancia con las limpias manos que deben ejecutarle”. Y para enfatizar la delicadeza espiritual de Pepita, Velera  establece una contraposición entre sus manos, símbolo de la más pura belleza arìstica, y la de cualquier trabajado manual: “una mano ruda, nerviosa, fuerte, tal vez callosa, de un trabajador, de un obrero, demuestra noblemente ese imperio; pero en lo que tiene de más violento y mecánico”.


MATERIALES AUDIOVISUALES.

 

RTVE. Pepita Jiménez en cinco capítulos.

Serie de TVE, emitida en el espacio NOVELA en noviembre de 1978, dirigida por Manuel Aguado e interpretada por Tina Sáinz, Luis Prendes, Jaime Blanch, Manuel Tejada, Blanca Sendino…

 

Capítulo 1.

https://www.rtve.es/play/videos/pepita-jimenez/pepita-jimenez-capitulo-1/3921302/

 

Capítulo 2.

https://www.rtve.es/play/videos/pepita-jimenez/pepita-jimenez-capitulo-2/3921363/

 

Capítulo, 3.

https://www.rtve.es/play/videos/pepita-jimenez/pepita-jimenez-capitulo-3/3921397/

 

Capítulo 4.

https://www.rtve.es/play/videos/pepita-jimenez/pepita-jimenez-capitulo-4/3921387/

 

Capítulo 5.

https://www.rtve.es/play/videos/pepita-jimenez/pepita-jimenez-capitulo-5/3921390/

 

“Pepita Jiménez” es una “comedia lírica” en tres actos del compositor Isaac Albéniz, con libreto de Francis B. Money-Coutts, basado en la novela de Juan Valera.  Albéniz escribió la obra en 1895. Se estrenó en una versión italiana de un acto en el Gran Teatr5o del Liceo de Barcelona el 5 de enero de 1896. Albéniz la revisó y la convirtió en una versión alemana de dos actos en Praga (1897) y en una versión francesa de gran éxito en Bruselas (1905). Finalmente, el compositor Pablo Sorozábal adaptó la obra en una versión trágica de tres actos con libreto en español, que se estrenó en el Teatro de la Zarzuela el 6 de junio de 1964.

Bajo su dirección, en este enlace puede escucharse la obra.

 

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