EL RINCÓN DE LA POESÍA

El profundo aliento lírico de las obras narrativas de Juan Valera. III

JUAN VALERA Grabado en madera realizado por el ilustrador estadounidense Thomas Johnson. Este retrato fue publicado originalmente en 1884 en la revista estadounidense Harper's Weekly, coincidiendo con la época en la que el escritor y político español se desempeñaba como ministro de España en los Estados Unidos.

Nuestro poema de cada día

La “estética mesurada” del estilo de Valera: la  descripción de Rosita

Fernando Carratalá | Sábado 24 de octubre de 2026

Juan Valera publicó por entregas, entrre octubre de 1874 y junio de 1875, Las ilusiones del doctor Faustino, en la Revista España y, como libro impreso, en ese mismo año de 1875. El protagonista de la novela, Faustino es un personaje con sueños de grandeza, pero abúlico y perezoso, encorsetado en la debilidad de su carácter. Sirva como ejemplo lo que el doctor Faustino piensa de sí mismo: “Cuando miro el  centro de mi alma, el abismo que tal vez el orgullo abrió allí, me finjo que  soy grande como un dios. Cuando miro mis actos y los resortes de mi  voluntad, que a tales actos me inducen, se me antoja que soy más vil que  un perro. Por cierto que y en él se ha pretendido ver, al menos en su juventud, un trasunto del propio Juan Valera.



Una intensa relación se establece entre Faustino y Rosita -la hija del escribano del pueblo ficticio de Villabermeja-, que se queda en un fuerte “magnetismo erótico” -el doctor Faustino se siente profundamente embelesado por ella y la llega a idealizar en su entorno rural como si se tratara de una pastora de la Arcadia-, y que Valera, ante el desengaño amoroso de Rosita, trata con gran sutileza. Y de Rosita nos ofrece Valera     esta espléndida descripción.

 

[Rosita]

 

Respetilla se apresuró a poner en conocimiento de Rosita que su amo iría aquella misma noche de tertulia a su casa. No podía dar a Rosita más agradable nueva.

Rosita, soltera, con más de veintiocho años, sin haber hallado nunca en el lugar hombre a quien sujetar su albedrío, dominando despóticamente en su casa, mil veces más libre y señora de su voluntad y de sus acciones que una reina no constitucional, no se aburría, porque su actividad y la energía de su carácter no eran para que se aburriese, pero se divertía poquísimo: asistía a la vida, como quien asiste a la representación de un drama que le parece tonto y cuyos personajes no le interesan.

Era Rosita perfectamente proporcionada de cuerpo: ni alta ni baja, ni delgada ni gruesa. Su tez, bastante morena, era suave y finísima, y mostraba en las tersas mejillas vivo color de carmín. Sus labios, un poquito abultados, parecían hechos del más rojo coral; y cuando la risa los apartaba, lo cual ocurría a menudo, dejaban ver, en una boca algo grande, unas encías sanas y limpias y dos filas de dientes y muelas blancos, relucientes e iguales. Sombreaba un tanto el labio superior de Rosita un bozo sutil, y, como su cabello, negrísimo. Dos oscuros lunares, uno en la mejilla izquierda y otro en la barba, hacían el efecto de dos hermosas matas de bambú en un prado de flores.

Tenía Rosita la frente pequeña y recta como la de la Venus de Milo, y la nariz de gran belleza plástica, aunque más bien fuerte que afilada. Las cejas, dibujadas lindamente, no eran ni muy claras ni muy espesas, y las pestañas larguísimas se doblaban hacia fuera formando arcos graciosos. El conjunto de todo expresaba una mezcla de malicia, soberbia, imperio, alegría, ternura y deseo de amor, imposible de describir. Ojos negros y ardientes, lánguidos a veces, a veces activos y fulmíneos como dos ametralladoras, iluminaban aquella movible fisonomía.

Ramoncita, la otra hija del escribano, era blanca, no tenía lunares, tenía la boca pequeña, era más alta que Rosita, y pasaba también por más guapa: pero ni en media docena de años revelaba Ramoncita, ni al alma ni a los sentidos, lo que Rosita en un momento. Rosita, sólo con mostrarse, daba idea de la gloria y del infierno: Ramoncita, del limbo.

Aunque Rosita tuvo tentación de adornarse un poco más que de costumbre para recibir a D. Faustino, vencida la tentación por su orgullo, aguardó la llegada del nuevo visitante con el mismo traje de percal, con el mismo pañuelo de seda al cuello y con el mismo peinado que de costumbre. Ni siquiera renovó las rosas que tenía en el pelo desde por la mañana y que estaban ya marchitas. No hizo más que lo que hacía todas las noches, antes de acudir a la tertulia; limpiarse los dientes, que ella cuidaba mucho, y lavarse las manos, que por andar con las llaves de la despensa o contando el dinero, ya para recibirle, ya para pagar a los trabajadores, requerían este cuidado en mujer tan pulcra. Conviene advertir, sin embargo, que ni las manos ni la cara de Rosita se echaban a perder fácilmente con las faenas caseras,  con  el  aire  del  campo  y  de  los  corrales,  y  con  andar  por las despensas y las bodegas. Rosita no era un ser delicado; era una hermosura de bronce.

Juan Valera: Las ilusiones del doctor Faustino (XV: “La tertulia de los tres dúos”). Madrid, Ediciones Castalia, 1995. Colección Clásicos Castalia, núm. 26. Cyrus DeCoster, editor literario.

 

Apoyo léxico. Poner [venir] en conocimiento de algo. Llegar a enterarse de ello. Albedrío. Capacidad de decisión, sin sujeción a la voluntad de otros. Despóticamente. De forma autoritaria. Bozo sutil. Bello imperceptible sobre el labio superior. Venus de Milo. Atribuida a Alejandro de Antioquía, es una escultura de 211 cm de alto, en mármol blanco, de la diosa Afrodita, que posee las características propias del estilo de finales de la época helenística. Fulmíneo. Que participa de las propiedades del rayo.

Valera efectúa una detallada descripción física de Rosita Posee una perfecta armonía corporal (“ni alta ni baja, ni delgada ni gruesa”), colores muy vivos en el rostro “(“tez bastante morena”, “mejillas color de carmín”) y en los labios, “que parecían hecho del más rojo coral”, “dientes y muelas blancos, relucientes e iguales”, “cabello negrísimo”; e incluso los dos lunares -uno en la mejilla izquierda y el otro en la barba-, lejos de afear su rostro, “hacían el efecto de dos hermosas matas de bambú en un prado de flores”; y su frente es pequeña y recta”, como la de la Venus de Milo, comparación que le permite a Valera enmarcar la belleza de Rosita en el ámbito de la tradición grecolatina, muy en la línea de su estilo refinado. Quizá lo más sugestivo de esta descripción se refiere a los ojos: “negros y ardientes, lánguidos a veces, a veces activos y fulmíneos como dos ametralladoras” (la comparación con “dos ametralladoras” le permite a Valera calificarlos como “fulmíneos”. para aludir a una mirada intensa, brillante y penetrante, comparable con la fuerza o el resplandor de un rayo). Y para poner en pie esta descripción, Valera ha recurrido a los adjetivos epítetos que recalcan la beldad de Rosita, así como a símiles y metáforas que terminan por convertir una simple muchacha pueblerina en la representación viviente del más sublime concepto de belleza.

Puede tener interés comparar la descripción de Rosita, de Juan Valera, con la que Pérez Galdòs hace de Tristana, en la novela del mismo título, que data de 1892: porque responden a dos concepciones bien opuestas de la fisonomía femenina y de su caracterización psicológica, de lo cual se es perfectamente consciente si se leen ambas novelas en su totalidad. Ofrecemos a continuación la descripción de Tristana, que también presenta claros matices de prosa lírica, aun cuando la estética de Pérez Galdós sea bien diferente a la de Valera.

 

[Tristana]

 

[…] En su domicilio [don Juan Lope Garrido] sabía hermanar las palabras atentas y familiares con la autoridad de amo indiscutible.

Con él vivían dos mujeres, criada la una, señorita en el nombre la otra, confundiéndose ambas en la cocina y en los rudos menesteres de la casa, sin distinción de jerarquías, con perfecto y fraternal compañerismo, determinado más bien por humillación de la señora que por ínfulas de la criada. Llamábase ésta Saturna, alta y seca, de ojos negros, un poco hombruna, y por su viudez reciente vestía de luto riguroso. Habiendo perdido a su marido, albañil que se cayó del andamio en las obras del Banco, pudo colocar a su hijo en el Hospicio, y se puso a servir, tocándole para estreno la casa de don Lope, que no era ciertamente una provincia de los reinos de Jauja. La otra [Tristana], que a ciertas horas tomaríais por sirviente y a otras no, pues se sentaba a la mesa del señor, y le tuteaba con familiar llaneza, era joven, bonitilla, esbelta, de una blancura casi inverosímil de puro alabastrina; las mejillas sin color, los negros ojos más notables por lo vivarachos y luminosos que por lo grandes; las cejas increíbles, como indicadas en arco con la punta de finísimo pincel; pequeñuela y roja la boquirrita, de labios un tanto gruesos, orondos, reventando de sangre, cual si contuvieran toda la que en el rostro faltaba; los dientes, menudos, pedacitos de cuajado cristal; castaño el cabello y no muy copioso, brillante como torzales de seda y recogido con gracioso revoltijo en la coronilla. Pero lo más característico en tan singular criatura era que parecía toda ella un puro armiño y el espíritu de la pulcritud, pues ni aun rebajándose a las más groseras faenas domésticas se manchaba. Sus manos, de una forma perfecta -¡qué manos!-, tenían misteriosa virtud, como su cuerpo y ropa, para poder decir a las capas inferiores del mundo físico: la vostra miseria non mi tange [“Tu miseria no me destroza”]. Llevaba en toda su persona la impresión de un aseo intrínseco, elemental, superior y anterior a cualquier contacto de cosa desaseada o impura. De trapillo, zorro en mano, el polvo y la basura la respetaban; y cuando se acicalaba y se ponía su bata morada con rosetones blancos, el moño arribita, traspasado con horquillas de dorada cabeza, resultaba una fiel imagen de dama japonesa de alto copete. Pero ¿qué más, si toda ella parecía de papel, de ese papel plástico, caliente y vivo en que aquellos inspirados orientales representan lo divino y lo humano, lo cómico tirando a grave, y lo grave que hace reír? De papel nítido era su rostro blanco mate, de papel su vestido, de papel sus finísimas, torneadas, incomparables manos.

Falta explicar el parentesco de Tristana, que por este nombre respondía la mozuela bonita, con el gran don Lope, jefe y señor de aquel cotarro, al cual no será justo dar el nombre de familia. En el vecindario, y entre las contadas personas que allí recalaban de visita, o por fisgonear, versiones había para todos los gustos. Por temporadas dominaban estas o las otras opiniones sobre punto tan importante; en un lapso de dos o tres meses se creyó como el Evangelio que la señorita era sobrina del señorón. Apuntó pronto, generalizándose con rapidez, la tendencia a conceptuarla hija, y orejas hubo en la vecindad que la oyeron decir papá, como las muñecas que hablan. Sopló un nuevo vientecillo de opinión, y ya la tenéis legítima y auténtica señora de Garrido. Pasado algún tiempo, ni rastros quedaban de estas vanas conjeturas, y Tristana, en opinión del vulgo circunvecino, no era hija, ni sobrina, ni esposa, ni nada del gran don Lope; no era nada y lo era todo, pues le pertenecía como una petaca, un mueble o una prenda de ropa, sin que nadie se la pudiera disputar; ¡y ella parecía tan resignada a ser petaca, y siempre petaca...!

Pérez Galdós, Benito: Tristana. Madrid, Ediciones Cátedra, 2017. Colección Letras Hispánicas. Isabel Gonzálvez y Gabriel Sevilla, editores literarios.

 

Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/tristana--0/html/

 

Apoyo léxico. Jauja. Denota todo lo que quiere presentarse como tipo de prosperidad y abundancia. Alabastrina. Semejante al alabrastro y, por tanto, de gran blancura.  Torzal. Cordoncillo delgado de seda, hecho de varias hebras torcidas, empleado para coser y bordar. Revoltijo. En el contexto, moñete mal peinado, aunque gracioso. Un puro armiño. Alusión metafórica a la suavidad y delicadeza. De trapillo, zorro en mano. Con vestido llano y casero, y con un plumero para sacudir el polvo de muebles y paredes. Cotarro. Conjunto de personas. Petaca. Tabaquera (que te acompaña y usas cuando quieres; y de aquí el valor metafórico de la comparación).

Puedes comprar el libro en:

 

TEMAS RELACIONADOS:


Noticias relacionadas