EL RINCÓN DE LA POESÍA

La compatibilidad del “realismo estricto” de Pérez Galdós con su profunda sensibilidad poética. I

Retrato de Pérez Galdós con 51 años, realizado por Sorolla en 1894 (y usado en su día como imagen distintiva del billete de mil pesetas, lo que lo hizo muy popular). En él se representa al escritor sentado en un banco, en cuyo respaldo apoya el brazo derecho; en la mano derecha sostiene un cigarro con boquilla, y con la mano izquierda agarra la empuñadura de su bastón. De la pared situada a su espalda cuelga un cuadro que representa una marina, en clara alusión al origen canario del escritor. Adquirido por el Cabildo de Gran Canaria -en 1973-, hoy se puede contemplar en la casa museo del escritor, en su ciudad natal (Las Palmas). (Foto: Joaquín Sorolla).

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Domingo 25 de octubre de 2026

Pérez Galdós y la reanudación de la tradición novelística española del Siglo de Oro. Es necesario llegar a Benito Pérez Galdós (1842-1920) para que se restaure nuestra tradición novelística. “Entre ñoñeces y monstruosidades dormitaba la novela española por los años de 1870, fecha del primer libro del señor Pérez Galdós. Los grandes novelistas que hemos visto aparecer después eran ya maestros consumados en otros géneros de literatura, pero no habían ensayado todavía sus fuerzas en la novela propiamente dicha. No se habían escrito aún ni Pepita Jiménez [Juan Valera, 1874], ni Las ilusiones del doctor Faustino [Juan Valera, 1875], ni El escándalo [Pedro Antonio de Alarcón, 1875], ni Sotileza [José María Pereda, 1885], ni Peñas arriba [José María Pereda, 1885]”. [1] Y, en efecto, Pérez Galdóses nuestro mayor novelista después de Cervantes, y puede emparejarse concualquiera de su siglo (Dickens, Balzac, Zola, Flaubert, Doistoievski o Tolstoi); y pocos novelistas europeos    -más bien ninguno- pueden competir con él en capacidad creadora: así lo atestiguan los cerca de ocho mil personajes producto de su rica inventiva; unos personajes que sorprenden por su variedad y por su caracterización psicológica, que permite comprobar el interés que el autor siente por su condición humana.



Para Pérez Galdós estas son, en efecto, las notas más relevantes que debe poseer una novela: “Imagen de la vida es la Novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción” [2]. Y a continuación, Pérez Galdós exige del novelista que quiera realizar con éxito ese empeño una atención constante a la vida, más que a los libros. Tal procedimiento narrativo tiene sus ventajas e inconvenientes; el mayor de estos es cierta minuciosidad detallista que puede redundar en excesiva lentitud de la acción. Ventajas: la de hacer de cada novela un archivo documental de inestimable valor para el conocimiento de la vida española a finales del XIX; y también el hecho de que los personajes, con pocas excepciones, se mueven a impulsos de su psicología, y es muy difícil identificar al autor con ninguno de ellos, porque queda al margen de sus criaturas, lo que es todo un acierto.

El abigarrado mundo de la clase media española, tema central de la novelística galdosiana. Pérez Galdós describe la sociedad española de su época de manera minuciosa, resultado de una observación detallista de la que se sirve para retratar tipos humanos enormemente variados, internándose en sus rasgos psicológicos que el diálogo entre ellos pone de manifiesto. Y, de esta forma, coloca ante el lector una nítida imagen de las costumbres y valores espirituales de la España mesocrática del XIX. Y en esto se diferencia Pérez Galdós de sus coetáneos: prescinde de la descripción de paisajes rurales -y, por tanto, del costumbrismo regional que idealiza la realidad- para centrarse en los ambientes urbanos -y, más en concreto, en el Madrid de la clase media y de los barrios populares-, que traslada a sus novelas con total objetividad.

En 1870, Pérez Galdós ya declaraba que la clase media española debía ser el gran tema de la futura novela española: “Pero la clase media, la más olvidada por nuestros novelistas, es el gran modelo, la fuente inagotable. Ella es hoy la base del orden social: ella asume por su iniciativa y por su inteligencia la soberanía de las naciones y en ella está el hombre del siglo XIX con sus virtudes y sus vicios, su noble e insaciable aspiración, su afán de reformas, su actividad pasmosa. La novela moderna de costumbres ha de ser la expresión de cuanto de bueno y malo existe en el fondo de esa clase, de la incesante agitación que la elabora, de ese desempeño que manifiesta por encontrar ciertos ideales y resolver ciertos problemas que preocupan a todos, y conocer el origen y el remedio de ciertos males que turban a las familias. La grande aspiración del arte literario en nuestro tiempo es dar forma a todo eso. / Hay quien dice que la clase media en España no tiene los caracteres y el distintivo necesarios para determinar la aparición de la novela de costumbres. Dicen que nuestra sociedad no tiene hoy la vitalidad necesaria para servir de modelo a un gran teatro como el del siglo XVII, ni es suficientemente original para engendrar un período literario como el de la moderna novela inglesa. Esto no es exacto. La sociedad actual, representada en la clase media, aparte de los elementos artísticos que necesariamente ofrece siempre lo inmutable del corazón humano y los ordinarios sucesos de la vida, tiene también en el momento actual, y según la especial manera de ser con que la conocemos, grandes condiciones de originalidad, de colorido, de forma.” [3] 

 

NOTAS. 

[1] Menéndez Pelayo, Marcelino: Discurso de contestación al de ingreso de Pérez Galdós en la Real Academia Española. Madrid, Est. Tip. de la viuda e hijos de Tello, 1897, pág. 30.

[2] Pérez Galdós, Benito: La sociedad presente como materia novelable. Discurso de toma de posesión como académico, el 7 de febrero de 1897; editado con el Discurso de contestación de Menéndez Pelayo, op. cit., pág. 8.

https://www.rae.es/sites/default/files/Discurso_ingreso_Benito_Perez_Galdos.pdf

[3] Pérez Galdós, Benito: “Observaciones sobre la novela contemporánea en España”.

https://serescritor.com/wp-content/uploads/2019/02/Observaciones-sobre-la-novela-contempor%C3%A1nea-en-Espa%C3%B1a-pdf.pdf

 

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La fuerza lírica de la introspección psicológica de los personajes.

Aunque Pérez Galdós es el maestro indiscutible del realismo en España, su escritura trasciende la mera observación de la realidad y se reviste de un lirismo que en no pocas ocasiones eleva su prosa a la categoría de “poema en prosa”. Basta comprobar el ritmo de la frase galdosiana, con una fluidez alejada de cualquier retoricismo y una notable cadencia eufónica artísticamente elaborada para percatarse de su inherente lirismo. Como ejemplo recogemos un fragmento de esa gran novela  que es Fortunata y Jacinta.

 

[“El mercado madrileño de la calle de Toledo”]

 

Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la distrajo de la atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía tan solo la imagen borrosa de los objetos diversos que iban pasando, y lo digo así, porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caían de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora; pelmazos de higos pasados, en bloques; turrón en trozos como sillares, que parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula, mostrando dos pajarillos amaestrados; y luego, montones de oro, naranjas en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo, intransitable, ponía obstáculos sin fin, pilas de cántaros y vasijas ante los pies del gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros parecían hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones enfáticos acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo largo de todas las paredes; percales azules, rojos y verdes tendidos de puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas de alfileres, toquillas de los colores vivos y elementales que agradaban a los salvajes. En algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa, el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento; el verde de panzas de lagarto, y ese amarillo tila que tiene cierto aire de poesía mezclado con la tisis, como en La Traviata. Las bocas de las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de ellas tan abigarrado como la parte externa; los horteras de bruces sobre el mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen graciosas combinaciones decorativas.

 

Pérez Galdós, Benito: Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas. Primera parte, IX, I (“Una visita al cuarto estado” -es decir, a los barrios obreros pobres de Madrid-). Madrid, Editorial Castalia, 2010. Colección Clásicos Castalia, núms. 305 y 306.

Edición digital de la obra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/fortunata-y-jacin-ta-dos-historias-de-casadas%E2%80%940/html/

 

Referencias culturales.

  • Fábrica de San Juan de Alcaraz, en Riopar (Albacete). Los trabajos de esta Real Fábrica comenzaron en 1773, y de ella salieron extraordinarias piezas de bronce, famosas en el mundo entero. Cf. Claramunt González, Jesús; y Zúñiga Ana Isabel: “Las minas de San Jorge y las reales Fábricas de Alcaraz”. Revista Foresta, de la Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales, núms. 47-48, 2010. Especial Castilla-La Mancha.
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  • La Traviata. Ópera de Giuseppe Verdi basada en La dama de las Camelias, de Dumas hijo. La protagonista –Violetta Valéry– muere afectada de tuberculosis.
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  • Hortera. Denominación aplicada al dependiente, mancebo o mozo, en el Madrid del floreciente comercio de la burguesía del XIX y primer tercio del XX. (A partir de la década de 1970, el vocablo ya no alude a un personaje pintoresco y castizo madrileño, sino que se emplea para adjetivar lo que se considera vulgar o de mal gusto).
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    Apoyo léxico. Bulla. Concurrencia de mucha gente y ruido que genera. Armar. Unir o ajustar adecuadamente entre sí las piezas que componen algo para que pueda cumplir su función. Nicho. Concavidad en el espesor de un muro, para colocar en ella alguna cosa. “Y lo digo así”. Clara intromisión del narrador     –omnisciente, típico de la novela decimonónica–, que abandona el uso de la tercera persona para recalcar su presencia, por lo demás continua, en el texto. Correrse. Dicho de una cosa, pasarse, deslizarse con suma o demasiada facilidad. Pelmazo. Cosa apretada o aplastada más de lo conveniente. Sillar. Cada una de las piedras labradas, por lo común en forma de paralepípedo rectángulo, que forma parte de una construcción, asentados unos sobre otros y en hilera. Montones de oro. En el contexto, naranjas amontonadas. Sereta. Serete: sera pequeña (espuerta grande, regularmente sin asas). Hacinado. Amontonado, juntado sin orden. Adoquín. Piedra labrada en forma de prisma rectangular con se se forma el pavimento. Sarta. Serie de cosas metidas por orden en un hilo, en una cuerda, etc. Taladrar. Dicho de un sonido agudo, herir los oídos fuerte y desagradablemente. Percal. Tela de algodón blanca o pintada más o menos fina, de escaso precio. Rúbrica. Señal encarnada o roja. Bermellón. Color rojo vivo. Rasguñar. Arañar con las uñas. De bruces. Boca abajo; en este caso, dando con la cara sobre el mostrador. Refajo. En los pueblos, falda corta y vueluda, por lo general de bayeta o paño, que usan las mujeres encima de las enaguas; y en las ciudades, falda interior que usaba la mujer para abrigo; se considera vulgar o de mal gusto.

     

    COMENTARIO. 

    El fragmento requiere de una adecuada contextualización. Jacinta, acompañada de Guillermina Pacheco, calle de Toledo abajo, se encamina al patio de vecindad donde se encuentra el supuesto hijo natural de su marido –Juanito Santa Cruz, alias el Delfín–, fruto de sus relaciones sentimentales con Fortunata, y que desea adoptar, ya que ella no puede tener hijos; lo que justifica que esté abstraída de la realidad circundante y que no repare en el entorno físico, en ese bullicioso mercado, con sus puestos animados y gente vocinglera.

    Pérez Galdós se vale, pues, del personaje de Jacinta –que camina absorta en sus pensamientos–, para efectuar una animada descripción de un popular mercado madrileño del siglo XIX, sumido en ese caos vital que se deriva de la propia ebullición ciudadana, y que el escritor resalta con largas series enumerativas, un predominio de las sensaciones auditivas y visuales, y una falta de dinamismo que los verbos en imperfecto ayudan a subrayar. Y es la habilidad de Pérez Galdós como narrador omnisciente la que nos sitúa ante una doble realidad, al describir, por un lado, el mundo exterior que envuelve a Jacinta, a la que le resulta indiferente esa algarabía que define al mercado en plena ebullición; y, por otro, su propio mundo interior, que parece traslucir un estado anímico lleno de agobiantes preocupaciones.

    En efecto, “Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la distrajo de la atención que a su propio interior prestaba”; y “los veinte mil cachivaches que [en el mercado] aparecían dentro de aquellos nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran”. Más aún: “Recibía tan solo la imagen borrosa de los objetos diversos que iban pasando”; porque “era como si ella estuviese parada y la pintoresca vía se corriese delante de ella como un telón”. Huelga decir que ese mercado lleno de burdos objetos y de gente chillona contrasta con la sensibilidad aburguesada de Jacinta, y se ajusta mejor a la de Fortunata, precisamente por su carácter popular y vitalista.

    Para describir el mercado, Pérez Galdós recurre a las series enumerativas [1]. En la primera de ellas, el novelista es enormemente escueto y se limita a presentar los objetos sin más detalles –no hay adjetivos que los caractericen–: “las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los veinte mil cachivaches...”. Y solo al final de esta primera enumeración (que encierra una cierta apreciación despectiva, ya que se incluyen baratijas –objetos pequeños y de poco valor– y cachivaches –utensilios algo inservibles–, hay una referencia a los puestos en los que se venden: “nichos de mal clavadas tablas y lienzos peor dispuestos”, recurriendo al lenguaje metafórico –nichos, lienzos– y a un perfecto quiasmo, en el que los miembros de dos secuencias consecutivas se disponen en orden inverso: “adjetivo+adjetivo-nombre” (“mal clavadas tablas”)/“nombre+adjetivo+adjetivo” (“lienzos peor dispuestos”). En cualquier caso, todos estos objetos abigarrados, así como los puestos en los que se exhiben, no suscitan en Jacinta la más mínima curiosidad.

    En la segunda de las enumeraciones, Pérez Galdós ofrece más detalles de todo cuanto se acumulaba en la “pintoresca vía” por la que transita Jacinta –dátiles, puntillas, higos, turrón, aceitunas, naranjas–, y de la que solo percibe imágenes borrosas: “racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caían de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora; pelmazos de higos pasados, en bloques; turrón en trozos como sillares, que parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles rezumados. (...). Y luego, montones de oro, naranjas en seretas o hacinadas en el arroyo”. Obviamente, es el narrador omnisciente el que va perfilando ante los ojos del lector las características de unos comestibles –a excepción de las puntillas– que pasan desapercibidas ante los de Jacinta; comestibles en los que, en cierta manera, se presentan –casi todos– con referencias a su forma o disposición. Y así, los dátiles están arracimados colgando de una percha; los higos, aplastados forman bloques compactos; los trozos de turrón se asemejan a sillares recién extraídos de una cantera; las aceitunas rezuman por las grietas de los barriles que las contienen; y las naranjas se apilan en dorados montones. Del léxico empleado, los nombres tienen una apariencia física que incide en lo geométrico(percha –palo largo–, bloques y sillares –piezas compactas en forma de paralepípedos rectángulos–, barriles –recipientes cilíndricos–, montones –conjunto de piezas superpuestas y sin orden–); el símil “como sillares” con que se comparan los trozos de turrón no puede tener un fundamento más exacto; y en cuanto a las naranjas –término real–, se alude a ellas con la metáfora apositiva “montones de oro” –término irreal–. Y a los comestibles hay que añadir, entremezclados con ellos, las puntillas blancas “que caían de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora” –nuevo símil caracterizado por la exactitud de su fundamento objetivo–; y la imagen de una mujer, sobre una silla, delante de una jaula en la que hay dos pajarillas amaestrados. Todo ello forma un caótico conjunto que estrecha la calle y dificulta el tránsito, en medio de ese agitado fluir de personas –Jacinta entre ellas, aunque ensimismada– entre las más variadas mercancías; un caos que va in crescendo conforme el texto avanza, y que aturulla a Jacinta como si estuviera inmersa en un mundo tan hostil como avasallador.

    Y ahora Jacinta se topa con “pilas de cántaros y vasijas” que obstaculizan el movimiento del “gentío presuroso”; con “carros” que producen tal vibración en el pavimento que “parecían hacer bailar a personas y cacharros” –comparación esta muy acertada por su componente auditivo y sentido plástico–; con “hombres con sartas de pañuelos que se ponían delante del transeúnte como si fueran a capearlo” –nueva comparación de gran fuerza expresiva–; y con “mujeres chillonas” que “taladraban el oído con pregones enfáticos acosando al público” –y la imagen auditiva se completa ahora con otra de carácter hiperbólico; “poniéndole en la alternativa de comprar o morir”–. Pérez Galdós ha logrado expresar, pues, con gran exactitud el ruido causado por la concurrencia de  mucha gente en el mercado, así como la presión de los vendedores sobre los posibles compradores, en ajetreado torbellino.

    Los puestos del mercado se van a convertir ahora en un abigarrado universo cromático que incide negativamente sobre la sensibilidad de Jacinta; y así, veía “percales azules, rojos y verdes, tendidos de puerta en puerta”; “toquillas de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes” –precisión esta algo pintoresca–. Y, a partir de aquí los objetos se diluyen, y Jacinta solo percibe sus colores agresivos, que Pérez Galdós enumera en construcciones paralelísticas que incluyen símiles y sinestesias de indiscutible eficacia expresiva: “el naranjado [anaranjado: de color semejante al de la naranja], que chilla como los ejes sin grasa”; “el bermellón nativo [de color rojo vivo], que parece rasguñar los ojos”; “el carmín [de color rojo  encendido], que tiene la acidez del vinagre”; “el cobalto [de color gris o blanco rojizo], que infunde ideas de envenenamiento”; “el verde de panzas de lagarto”; “ese amarillo tila [tirando a blanquecino] que tiene cierto aire de poesía mezclado con la tisis, como en La Traviata” [Violetta, la protagonista, muere de tuberculosis]. Adviértase la reiteración de la misma construcción sintáctica (“que chilla como los ejes...”, “que parece rasguñar los ojos”, “que tiene la acidez...”, “que infunde ideas...”, “que tiene cierto aire de poesía...”), gracias a la cual el periodo presenta una gran coherencia interna. En definitiva, los objetos quedan subsumidos en esa amorfa atmósfera cromática que todo lo llena de manera estridente; y el léxico elegido por Pérez Galdós- resulta por momentos desagradable al oído (“chilla”, “rasguñar”). Y sigue el escritor con su larga enumeración: ahora son “las bocas [expresiva metonimia de la parte por el todo, que reviste   esperpénticas] de las tiendas [que], abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior tan abigarrado como la parte externa”, y que pueden simbolizar el aturdimiento interior de la propia Jacinto; y “los horteras de bruces sobre el mostrador, o vareando telas, o charlando”; unos horteras que, en símil visual, “braceaban como si nadasen en un mar de pañuelos”.

    Quizá lo más atractivo del texto radique en la habilidad de Pérez Galdós para describir ese agitado mercado madrileñ a través del sentimiento de congoja que embarga a Jacinta: ese caos organizativo de objetos y personas no es sino la expresión externa de su abatido mundo interior, a causa de las circunstancias personales que atraviesa. Y es al final del texto, al “entrar en escena” los horteras, cuando Pérez Galdós abandona el mundo onírico en que se desenvuelve Jacinta y muestra habilidades de los horteras para decorar las columnas de las tiendas con corsés multicolores y refajos. Con esta mezcla de la visión objetiva del narrador y de la subjetiva del personaje (recordemos: “y lo digo así, porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca vía se corriese delante de ella como un telón” –afirma el narrador, que sabe entrometerse en el relato–), Pérez Galdós logra convertir el deambular de Jacinta por el mercado de la calle de Toldo en toda una manifestación de las más depurada técnica realista. [2]

     

    NOTAS.

    [1] En relación con las enumeraciones elásticamente descriptivas de Pérez Galdós, véase el epígrafe “El ritmo en la prosa de Pérez Galdós”, del capítulo “Lenguaje y técnica”, de la obra de Ricardo Gullón, Galdós, novelista moderno (Barcelona, Editorial Taurus -Penguin Random House Grupo Editorial-, 1987, 4.ª edición. Colección Persiles, núm. 13), con ejemplos tomados de las novelas El doctor Centeno, El amigo Manso y Torquemada en la hoguera).

    [2] RTVE. Fortunata y Jacinta (en diez capítulos). Intérpretes principales: Ana Belén y Maribel Martín; Fernando Fernán Gómez, Paco Rabal y Manuel Alexandre. Para la filmación de esta serie se construyeron 20.000 metros cuadrados de decorados en Prado del Rey.

    http://www.rtve.es/television/fortunata-jacinta/

     

    Capítulo 1.

    https://www.rtve.es/play/videos/fortunata-y-jacinta/fortunata-jacinta-capitulo-1/5558993/

     

    Capítulo 2.

    https://www.rtve.es/play/videos/fortunata-y-jacinta/fortunata-jacinta-capitulo-2/4177078/

    Capítulo 3.

    Capítulo 4.

    https://secure-embed.rtve.es/drmn/embed/video/5563813/

    Capítulo 5.

    https://www.rtve.es/play/videos/fortunata-y-jacinta/fortunata-jacinta-capitulo-5/4181839/

    Capítulo 6.

    Capítulo 7.

    Capítulo 8.

    https://www.rtve.es/play/videos/fortunata-y-jacinta/fortunata-jacinta-capitulo-8/4189598

     

    Capítulo 9.

    https://www.rtve.es/play/videos/fortunata-y-jacinta/fortunata-jacinta-capitulo-9/4191538/

    Capítulo 10.

    https://www.rtve.es/play/videos/fortunata-y-jacinta/fortunata-jacinta-capitulo-10/4194118/

     

    Información de la grabación.

    https://es.wikipedia.org/wiki/Fortunata_y_Jacinta_(serie_de_televisi%C3%B3n)

     

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