EL RINCÓN DE LA POESÍA

La compatibilidad del “realismo estricto” de Pérez Galdós con su profunda sensibilidad poética. VI

Retrato de Benito Pérez Galdós realizado haciua1898-1901 por Aurelio Arteta. Plumilla sobre cartulina. Se conserva en el Bilbao Museoa (Museo de Bellas Artes de Bilbao)

Nuestro poema de cada día

Pérez Galdós ante la “sinfonía coral” de la miseria y su espiritualización lírica

Fernando Carratalá | Viernes 30 de octubre de 2026

En la descripción de las tres viejas pordioseras que piden limosna a las puertas de la iglesia de san Sebastián -en la novela Misericordia-, Pérez Galdós sabe extraer poesía y belleza de la pobreza más extrema, que presenta impregnada de un lirismo que va más allá de lo puramente estético. Por muy desagradable que resulte la “mendicidad profesional”, Pérez Galdós se las ingenia para que el lector sienta una intensa “misericordia poética” ante el sufrimiento humano. El fragmento que reproducimos y comentamos a continuación, con una prosa de marcado calado rítmico, trasciende la mera visión costumbrista, insuflada por un aliento a la vez trágico y lírico.



[“Tres viejas pordioseras”]


-Cállate, mala lengua.

-Mala lengua tú, y... ¿quieres que te lo diga?... ¡adulona!

-¡Lenguaza!

Eran tres las que así chismorreaban, sentadillas a la derecha, según se entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas ciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todas vestidas de andrajos, y abrigadas con pañoles negros o grises. La seña Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien tiene o cree tener autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pues en donde quiera que para cualquier fin se reúnen media docena de seres humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás, y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata, siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando del envoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa mano de largas uñas. La que en el anterior coloquio pronunciara frases altaneras y descorteses tenía por nombre Flora y por apodo la Burlada, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla pequeña y vivaracha, irascible, parlanchina, que resolvía y alborotaba el miserable cotarro, indisponiendo a unos con otros, pues siempre tenía que decir algo picante y malévolo cuando los demás repartijaban, y nunca distinguía de pobres y ricos en sus críticas acerbas. Sus ojuelos sagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia. Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y subía al mover de labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en sus encías quedaban, parecían correr de un lado a otro de la boca, asomándose tan pronto por aquí, tan pronto por allá, y cuando terminaba su perorata con un gesto de desdén supremo o de terrible sarcasmo, cerrábase de golpe la boca, los labios se metían uno dentro de otro, y la barbilla roja, mientras callaba la lengua, seguía expresando las ideas con un temblor insultante.

Tipo contrario al de la Burlada era el de señá Casiana: alta, huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fácilmente su delgadez por llevar, según dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo de los pingajos. Su cara larguísima como si por máquina se la estiraran todos los días, oprimiéndole los carrillos, era de lo más desapacible y feo que puede imaginarse, con los ojos reventones, espantados, sin brillo ni expresión, ojos que parecían ciegos sin serlo; la nariz de gancho, desairada; a gran distancia de la nariz, la boca, de labios delgadísimos, y, por fin, el maxilar largo y huesudo. Si vale comparar rostros de personas con rostros de animales, y si para conocer a la Burlada podríamos imaginarla como un gato que hubiera perdido el pelo en una riña, seguida de un chapuzón, digamos que era la Casiana como un caballo viejo, y perfecta su semejanza con los de la plaza de toros, cuando se tapaba con venda oblicua uno de los ojos, quedándose con el otro libre para el fisgoneo y vigilancia de sus cofrades. Como en toda región del mundo hay clases, sin que se exceptúen de esta división capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo mismo. Las viejas, principalmente, no permitían que se alterase el principio de distinción capital. Las antiguas, o sea las que llevaban ya veinte o más años de pedir en aquella iglesia, disfrutaban de preeminencias que por todos eran respetadas, y las nuevas no tenían más remedio que conformarse. Las antiguas disfrutaban de los mejores puestos, y a ellas solas se concedía el derecho de pedir dentro, junto a la pila de agua bendita. Como el sacristán o el coadjutor alterasen esta jurisprudencia en beneficio de alguna nueva, ya les había caído que hacer. Armábase tal tumulto, que en muchas ocasiones era forzoso acudir a la ronda o a la pareja de vigilancia. En las limosnas colectivas y en los repartos de bonos, llevaban preferencia las antiguas; y cuando algún parroquiano daba una cantidad cualquiera para que fuese distribuida entre todos, la antigüedad reclamaba el derecho a la repartición, apropiándose la cifra mayor, si la cantidad no era fácilmente divisible en partes iguales. Fuera de esto, existían la preponderancia moral, la autoridad tácita adquirida por el largo dominio, la fuerza invisible de la anterioridad. Siempre es fuerte el antiguo, como el novato siempre es débil, con las excepciones que pueden determinar en algunos casos los caracteres. La Casiana, carácter duro, dominante, de un egoísmo elemental, era la más antigua de las antiguas; la Burlada, levantisca, revoltosilla, picotera y maleante, era la más nueva de  las  nuevas; y  con  esto  queda dicho que cualquier suceso trivial o palabra baladí eran el fulminante que hacía brotar entre ellas la chispa de la discordia.

Benito Pérez Galdós: Misericordia. Edición definitiva preparada por la RAE. Madrid, editorial Alfaguara, 2013. Antonio Muñoz Molina (Prólogo). Gonzalo Sobejano (Estudio introductorio).

 

Edición digital:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/misericordia--0/html/

 

Apoyo léxico. Mala lengua. Murmuradora o maledicente. Adulona. Servil y baja. Lenguaza. Lenguaraz, deslenguada, atrevida en el hablar. Cegata. Corta de vista, o de vista escasa. Andrajo. Prenda de vestir vieja, rota o sucia. (El vocablo se emplea más en plural con el mismo significado que en singular). Pañolón. Pañuelo grande, de abrigo. Señá. Señora. Huesuda. Que tiene los huesos muy marcados. Hablar con arrogancia. Con tono altanero y soberbio. Cotarro. Conjunto de personas con determinadas características comunes (en este caso, pobres y pedigüeñas; alborotar el cotarro: causar inquietud y agitación a un grupo de personas). Picante. Que tiene cierto carácter mordaz u obsceno que resulta gracioso. Repartijar. Repartir algo entre varias persona en forma desordenada. (El DRAE solo recoge el nombre coloquial repartija). Acerbo. Cruel o duro en exceso. Sagaz. Astuto y prudente, que prevé y previene las cosas. Irradiar. Transmitir, difundir. Vertiginoso. Que se hace con mucha rapidez o intensidad. Perorata. Discurso o razonamiento, generalmente pesado y sin sustancia. Desdén. Indiferencia y despego que denotan menosprecio. Sarcasmo. Burla sangrienta, ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien. Insultante. Ofensivo, vejatorio. Pingajo. Ropa de mala calidad, astrosa. Reventón. Que parece que va a reventar. Nariz de gancho (aguileña). Nariz delgada y algo corva, a semejanza del pico del águila, que le da al rostro una apariencia envejecida y ruda Fisgoneo. Acción de husmear indagando. Cofrade. Colega. Capital. Esencial, fundamental. Jerarquía. Gradación de personas. Preeminencia. Privilegio, exención, ventaja o preferencia que goza alguien respecto de otra persona por razón o mérito especial. Ronda. Patrulla destinada a rondar las calles para vigilar el mantenimiento del orden, Coadjutor. Clérigo destinado a ayudar al cura párroco en la atención espiritual a los feligreses. Jurisprudencia. Doctrina establecida normativamente. Caer qué hacer. Sobrevenir trabajos o adversidades.

 

COMENTARIO

Pérez Galdós describe a la ciega -“o por lo menos cegata”- Crescencia, a Flora, de apodo la Burlada, y a la señá Casiana   -ambas con buena vista-, tres viejas  harapientas que, junto a otros grupos de pordioseras -antiguas y nuevas-, y formando grupo aparte, piden limosna en una de las puertas de la iglesia de San Sebastián.

El texto se inicia con un breve diálogo entre las tres mendigas, que se lanzan afilados reproches: “mala lengua” (maldiciente), “adulona” (zalamera) y “lenguaza” (deslenguada). Y aun cuando “mala lengua” y “lenguaza” sean, hablando con propiedad gramatical, nombres, los tres vocablos se emplean con valor adjetival muy marcado y funcionan como vocativos. Pérez Galdós ha preferido la variante adulona, en vez de aduladora -que sería de uso más corriente- para hacer más vivo ese mínimo diálogo en el que el contenido es tan elemental como la sintaxis en la que se expresa.  Además, el absoluto predominio de la función conativa de la lengua  se manifiesta en el uso del verbo en presente de imperativo por parte de una de las interlocutoras -“Cállate”-, y del pronombre de segunda persona con carácter enfático -“tú”-, así como de la interrogación apelativa -“¿quieres que te lo diga?”- por parte de otra de las mendigas.  Si a ello unimos  el énfasis expresivo de la entonación exclamativa y la eficacia de los puntos suspensivos en el escueto parlamento de una de esas interlocutoras, obtendremos el trasfondo lingüístico de un diálogo que, por sí mismo, ya caracteriza la catadura moral de unos personajes que Pérez Galdós pasa a retratar inmediatamente, combinando los aspectos prosopográficos y etopéyicos con singular maestría y descarnado realismo.

La señá Casiana está descrita con rasgos muy cercanos a los que emplea Quevedo para abultar desmesuradamente la fealdad física de algunas de sus estrambóticas criaturas: alta y con los huesos muy marcados debido a su delgadez (“huesuda”); rostro alargado, desagradable (“desapacible”), que causa aversión por su deformidad (“feo”); con carrillos enjutos; ojos saltones como si estuvieran a punto de salirse de sus cuencas (“reventones”), que infunden miedo (“espantados”), y de tal inexpresividad (“sin brillo ni expresión”) que parecen ciegos aun cuando no lo sean; nariz curvada en forma de gancho y de aspecto ridículo (“de gancho, desairada”); boca distanciada de la nariz y con labios de poco espesor “delgadísimos”); y maxilar que completa el carácter alargado del rostro y su aspecto huesudo. La grotesca descripción de la señá Casiana concluye sometiéndola a un proceso de embrutecedora animalización, por medio de un símil en el que la compara con los caballos empleados en la lidia por los picadores: uno de los ojos quedaba tapado y el otro no, para poder husmear y vigilar a sus colegas [1].

Esta descripción del aspecto exterior de las señá Casiana -prosopografía enormemente sarcástica- se adereza con rasgos de su carácter: su habla traducía altanería (“hablaba con cierta arrogancia”, aunque matiza Pérez Galdós: “como quien tiene o cree tener autoridad”), su comportamiento era despótico y dominante, al imponer siempre su voluntad sobre la de los demás, como si estos tuvieran que rendirle pleitesía; y a la dureza de su temperamento hay que añadir su feroz egoísmo: el ser la más antigua de las pedigüeñas antiguas cree que le da derecho a salvaguardar exclusivamente sus intereses -económicos, propios de la mendicidad-, sin preocuparse de los del resto de los menesterosos como ella. Y a esta descripción tanto de su carácter como de sus costumbres -etopeya que traza una personalidad mezquina-, hay que añadir otro rasgo: su hipocresía, que la conduce a fingir lo que no es, pues corría el rumor de que debajo de los harapos llevaba “mucha y buena ropa”, por lo que su flacura podía resultar no tan evidente.

Hay en el retrato de la señá Casiana un predominio de grupos nominales, así como una sorprendente economía léxica que le lleva a Pérez Galdós a eliminar la mayor cantidad posible de palabras en una frase, con lo que a la densidad conceptual se une la maligna capacidad para el sarcasmo. El resultado está a la vista: un expresivo retrato de la señá Casiana en el que se amontonan imágenes hiperbólicas destinadas a degradar al personaje -en realidad, una grotesca y desaforada caricatura del mismo-, convertido así en un ser verdaderamente deleznable, tanto en su naturaleza física como anímica.

La segunda mendiga descrita es Flora, motejada con el apodo de la Burlada aunque no se sepa la razón, pero dado que un apodo obedece a circunstancias personales, no es descabellado suponer que podría deberse a una seducción con engaño de tipo  sentimental.  El  retrato  comienza  con  la  descripción del carácter  de esta viejecilla, diminutivo desprovisto de valor afectivo, y que más bien alude a su estatura, recalcada con el adjetivo “pequeña”; era avispada y despierta (“vivaracha”); propensa a la ira (“irascible”); excesivamente locuaz (“parlanchina”); enredadora (hábil para meter cizaña) e intrigante (astuta en su modo de actuar para lograr sus fines): “resolvía y alborotaba el miserable cotarro, indisponiendo a unos con otros”; y  mordaz y malintencionada en sus comentarios (“picante y malévola”) a la hora del reparto de limosnas.

En cuanto a su descripción física, Pérez Galdós repara en sus ojos, calificados con una triada de adjetivos: “sagaces” (perspicaces), “lacrimosos” (lastimeros, que mueven a llanto) y “gatunos” (traicioneros); a los que hay que añadir dos calificativos más: desconfiados y maliciosos (presentados en construcciones nominales que complementan el significado del verbo irradiar: “irradiaban [es decir, reflejaban] la desconfianza y la malicia”). Y seguidamente resalta los gestos de su rostro cuando hablaba con rapidez: el movimiento de los labios implicaba a su vez el de la nariz -“reducida a una bolita roja”- de abajo arriba, así como el de los pocos dientes que le quedaban -“que parecían correr de una lado a otro de la boca-; y cuando acababa su insustancial monserga, tan desdeñosa como sarcástica, la boca se cerraba bruscamente, entremetiendo los labios, y la barbilla -roja como la nariz- continuaba manifestando  sus ideas de manera insolente.

El retrato de Flora, la más nueva entre las nuevas pedigüeñas, se completa con cuatro adjetivos enormemente descriptivos: “levantisca” (de genio inquieto y turbulento), “revoltosilla” (alborotadora, enredadora), “picotera” (que habla sin sustancia ni razón) y “maleante” (granuja, bellaca, ruin); y con la comparación de su rostro con el de un gato “que hubiera perdido el pelo en una riña, seguida de un chapuzón”, imagen de gran expresividad que deja reducida a la Burlada a la condición de animal felino, ya anticipada en la descripción de unos ojos calificados de “gatunos”.

Mucho más breve es la descripción de Crescencia -la ciega o cegata-, de la que Pérez Galdós ofrece solo su imagen física: siempre aovillada -muy encogida-, de rostro extremadamente pequeño, y mano escuálida y arrugada, con afiladas uñas. La imagen de Crescencia hecha un ovillo permite presentar su “arrollado cuerpo” como un “envoltorio” del que sobresalía dicha mano con sus largas uñas; foco de atención de un complejo grupo nominal de gran eufonía a la que no es ajena la colocación de los adjetivos: “la flaca y rugosa mano de largas uñas”. [2]

El resto del texto es de tipo narrativo. Pérez Galdós clasifica a las pedigüeñas en dos grupos: las antiguas -que llevan pidiendo no menos de veinte años- y las nuevas; porque hasta en la distribución de la pobreza existe el principio de jerarquía, que no se puede eludir: preeminencia -en el caso de las antiguas- frente a conformismo -en el caso de las nuevas-; aquellas disfrutaban de los mejores lugares para pedir, incluso podían hacerlo en el interior de la iglesia y junto a la pila de agua bendita, lo que estaba vedado para las nuevas, hasta el extremo de que si a alguna de estas se le ocurría ocupar un espacio que no era el que por rango de antigüedad le correspondía, se organizaba un multitudinario alboroto que requería la intervención de las autoridades encargadas de mantener el orden. Esta era la jurisprudencia establecida para el normal funcionamiento de las pedigüeñas, que ni sacristán ni coadjutor podían alterar. Las antiguas hacían valer sus privilegios en limosnas colectivas, en aquellas en que no era posible dividirlas equitativamente -llevándose ellas la mejor parte-, en el reparto de bonos para cubrir necesidades básicas... Y de ahí la reflexión final de Pérez Galdós, extrapolada a cualquier ámbito de la vida: “Siempre es fuerte el antiguo, como el novato siempre es débil”; o en el caso que nos ocupa, es “la preponderancia moral, la autoridad tácita adquirida por el largo dominio, la fuerza invisible de la anterioridad”. Y Pérez Galdós remata el texto aludiendo al carácter de Casiana -entre las antiguas- y de la Burlada -entre las nuevas-: “duro, dominante, de un egoísmo elemental” el de aquella; mientras que la Burlada era “levantisca, revoltosilla, picotera y maleante”; y esta vehemencia en la idiosincrasia de cada una de ellas era suficiente para provocar encendidas discordias ante los más triviales hechos en conflicto, cuando de aceptar la caridad del prójimo se trataba. 

 

NOTAS 

[1] En la actualidad, al caballo de picar se le vendan los ojos y se le tapan los oídos, y no porque salga atemorizados al ruedo  -pues está entrenado para realizar su cometido-, sino para que no se estrese con el bullicio de los tendidos y la embestida del toro.

[2] Como contraste, traemos a colación el cuarto terceto -y en especial el último verso- con el que Manuel Machado concluye su poema “Felipe IV”: Y, en  vez  de  cetro  real,  sostiene apenas / con  desmayo galán un guante de ante / la blanca mano de azuladas venas. [“Felipe IV” es el primero de los tres poemas del capítulo “Museo” -subtitulado "Retratos de época"-, que está incluido en Alma (Madrid, ediciones Cátedra, 1988. Colección Letras Hispánicas, núm. 283.) En este poema en tercetos, dedicado a Antonio Zayas, Manuel Machado efectúa la descripción del retrato del rey pintado por Velázquez. En realidad, el rey no sostiene un guante, sino un papel. Es el infante don Carlos, también retratado por Velázquez, y muy parecido al rey, el que sostiene el guante.

Francisco de Goya: Dos mujeres y un hombre (pintura negra conocida popularmente como Mujeres riendo), realizada entre 1820 y 1823. Originalmente pintada al óleo al seco sobre el yeso de la pared, y posteriormente trasladada a lienzo en 1873. Se encuentra en el Museo del Prado.

 

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