Einstein nunca dijo “todo es relativo”. Seguro que se revuelve en su tumba cada vez que el indocumentado de turno lo suelta para zanjar un tema o dar por saco a un adversario dialéctico.
“Todo es relativo”, es lo mismo que decir “esa es tu opinión”. Como si todo pudiera relativizarse o como si todas las opiniones fueran válidas. Ni de coña, tío, ni siquiera en democracia. En España estamos viviendo situaciones límite, acontecimientos dramáticos y sucesos “inexplicables” (que diría Oscar Puente) hace muchos años ¿Cuántos? Yo creo que 8, pero se admiten apuestas. En todo caso, la política es el único espacio en el que cualquier argumento es opinable y relativo. Esta es precisamente su razón de existir. Y aquí lo dejo. A los columnistas de entretenimiento no nos pagan para filosofar.
Tampoco estoy segura qué temas se ajustan o exceden mis competencias, pero estoy acostumbrada a arriesgar. Hablando de sucesos extraordinarios, casi paranormales, me sorprende la devoción, fidelidad y preferencia morbosa que los ciudadanos vascos sienten por la literatura que recrea la intrahistoria del terrorismo etarra. Todos hemos vivido y conocido de cerca algunas de sus víctimas y el horror que provocaron. Yo escribo novelas (pronto te daré el turre con la última), pero siempre evito utilizar el victimismo sensiblero y los temas trillados y oportunistas. Ni ETA, ni Franco, ni la bola blanca, ni la bola negra. Salvo que me garanticen un pelotazo editorial.Entiéndeme, si hablamos de pasta todo es relativo, para qué te voy a engañar. La vida es corta, el arte es largo.