EL RINCÓN DE LA POESÍA

“En el nombre del Padre…”, un cuento de Emilia Pardo Bazán de marcado carácter naturalista en el que se entremezclan, por vía de contraste, elementos líricos. I

Emilia Pardo Bazán. Foto capturada por el fotógrafo Alfonso Sánchez García (conocido simplemente como Alfonso) en 1910. (Foto: Alfonso Sánchez García).

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Miércoles 4 de noviembre de 2026

[Dada la extensión del cuento y de su comentario, lo vamos a dividir en tres partes, fácilmente reconocibles en el texto].



En el nombre del Padre...

 

[§1] A principios de este mismo siglo, que ya se acerca a su fin, algo después que echamos al invasor [1] con cajas destempladas, y un poco antes que se afianzase, a costa de mucha sangre y disturbios, el hoy desacreditado sistema constitucional, había en la entonces pacífica Marineda [2] cierto tenducho de zapatero, muy concurrido de lechuguinos y oficialidad, por razones que el lector malicioso no tendrá el trabajo de sospechar, pues se las diremos inmediatamente...

Llamábase el maestro de obra prima Santiago Elviña, y sería la más gentil persona del mundo si no adoleciese de dos o tres faltillas que, sin desgraciarle del todo, un tantico le afeaban. Eran sus ojos expresivos y rasgados; pero en el uno, por desdicha, tenía una nube espesa y blanca que le impedía ver; y su tez fuera de raso, a no haberla puesto como una espumadera las viruelas infames. El cabello (que en sus niñeces es fama lo poseyó Santiago muy crespo y gracioso) había volado, quedando sólo un cerquillo muy semejante al que luce San Pedro en los retablos de iglesia. Y aun con todas estas malas partes ostentaría el zapatero presencia muy gallarda, a no habérsele quedado la pierna izquierda obra de una pulgada más corta que la derecha y estar el pie correspondiente a la pata encogida algo metido hacia adentro y zopo. Hasta se asegura que de este defecto se originó la vocación zapateril de Santiago, puesto que necesitaba calzado especial, con doble suela de corcho, y por deseo de calzarse bien dio en aprender a calzar a los demás con igual perfección y maestría.

Porque, eso sí, de las manos y de los brazos no solamente no era zopo Santiago, sino tan listo y bien dispuesto, que no había forma que se le resistiese ni labor que no sacase acabada y primorosa. Así contorneaba el menudo chapín de tabinete negro que lucía en Semana Santa la mujer del comandante de armas o la sobrina del deán, como batía la fuerte suela de las recias botas de soldados y marineros. Daba gusto ver un par de calzados en el instante crítico en que Elviña, extrayéndolo de la hormaza, lo alineaba juntándole las punteras, y, echándose hacia atrás, se recreaba en contemplar el brillo charolado, la limpieza de los puntos, la pulcritud del encerado reborde de la suela y, en fin, todos los detalles que hermosean una obra maestra de zapatería.

Pero no le sacasen de su oficio al buen Santiago; fuera de la habilidad pedestre no se buscase en él otro mérito ni señal de agudeza, discreción, ingenio, oportunidad o donaire. Había nacido llano de entendimiento, pobre de espíritu, crédulo en demasía, más que por necedad y simpleza, por candidez y bondad de corazón; era su confianza en el género humano tan extremada, que, si teniendo manos de oro para su oficio no estaba ya rico, había que atribuirlo a los infinitos pufos y chascos que le costaba su ingenuidad inverosímil; y sería cuento de nunca acabar citar nombres de personas descaradas que andaban por Marineda,  calzadas  de  balde a cuenta del seráfico Elviña. Y es lo bueno que, si alguien le daba matraca sobre el asunto, respondía moviendo la cabeza (pues era, aunque tan infeliz, unas miajas terco y tozudo):

-Pues si me debe los escarpines peor para él. En el otro mundo tendrá que pagármelos con réditos. Sobre su alma van. A no ser que el infeliz no tenga; que entonces... Al que no tiene, el rey le hace libre. Allá arriba hay quien lleve cuentas... ¡y bien justas!

Con su cutis de criba, su nube en el ojo, su cabeza pelada y su pata coja, Santiago consiguió la dicha de encontrar una esposa no solo ejemplar, sino de harto buen palmito y más que medianas entendederas comerciales. Bajo su dirección prosperó la casa, creció el modestísimo peculio, hubo aseo en la tienda, y en el hogar, paz y abundancia. La zapatera discernía de parroquianos, dirigía la venta y entrega del género y precavía las inocentadas del marido, cobrando a toca teja. Convencida de la edad moral de su esposo, se había erigido en su protectora y solía decir:

-¡Qué sería sin mí de este «pobriño»!

La dura suerte quiso que pronto conociese Santiago cuánto perdía al faltarle el numen tutelar... Murió la esposa dando a luz una niña..., y Santiago quedó solo y con el quebradero de cabeza de sacar adelante a la rapaza.

Ésta -que se llamaba Margarita- se crió de milagro; el padre la alimentó con vasitos de leche y sopas, ayudado de las vecinas compasivas, que eran todas en aquel barrio del Jardín, y jugando con recortes de suela, retazos de cordobán, leznas y martillos, la muchacha creció; fue espigando, formándose, engruesando, echando carnes y lozaneando lo mismo que albahaca en tiesto o rosa en rosal. Si entonces se conociesen el poema de Goethe y la ópera de Gounod [3], no faltaría quien encontrase poética semejanza entre la amante de Fausto y la no menos  humilde  Margarita  zapateril,  porque  ésta tenía como aquélla el pelo rubio lo mismo que el  oro, el aire modesto y jovial a la vez. No era delgada ni pálida, sino fresca y mórbida, como suelen ser las hijas de Marineda; fina pelusa suavizaba su tez; sangre juvenil y pura coloreaba sus mejillas, y sus ojos verdosos y límpidos eran como dos «pocitas» de agua de mar en que se refleja el cielo.

¿Vas comprendiendo, sagaz lector, por qué estaba tan concurrida de oficiales y lechuguinos la tienda del buen Santiago Elviña?  

 

Emilia Pardo Bazán: [“Nuevo Teatro Crítico”, núm. 11, 1891]. En Cuentos  de Marineda, 5. Obras completas, volumen 7. Madrid,  Fundación José Antonio de Castro, 2004. Darío Villanueva, editor literario.

 

Cuentos de Marineda. Edición digital en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/cuentos-de-marineda--0/html/

 

Referencias culturales.

[1] “Después de que echamos al invasor”. Alusión a la retirada de las tropas napoleónicas de suelo español, tras las derrotas sufridas por los franceses de Vitoria (13/6/1813) y de San Marcial (31/8/1913), que suponen el final de la Guerra de la Independencia, iniciada con los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid.

[2] Marineda es el nombre literario que Pardo Bazán da a A Coruña. Estos cuentos datan de 1892 -y se suman a los muchos que escribió desde 1865 y que se fueron publicando en diferentes revistas-. Pardo Bazán no solo inmortaliza en ellos a su ciudad natal, sino que retrata la sociedad de su época con sus defectos y virtudes, desde una óptica realista que excluye el mal gusto, y con un innovador lenguaje, rico en procedimientos estilísticos y de gran fuerza plástica, al que no es ajeno, en muchos casos, un delicado lirismo.

[3] Fausto, de Goethe. La obra dramática de Goethe Fausto se publica en dos partes (1808 y 1832). El protagonista, que busca estar en posesión del conocimiento universal, vende su alma al diablo (Mefistófeles); y tiene  una relación sentimental con Margarita (Gretchen), en cuyos brazos morirá enloquecida, tras haber asesinado a su hijo ilegítimo. Al final de la obra, Fausto, “el esforzado trabajador”, se salvará, con la intervención de Margarita, y  pese  a  su  pacto  con  Mefistófeles. Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, con traducción y presentación de Manual Antonio Matta.

Primera  parte: http://www.cervantesvirtual.com/obra/fausto-i/

Segunda parte: http://www.cervantesvirtual.com/obra/fausto-ii/

 

Fausto, de Gounod. El músico francés convertirá la primera parte de la obra de Goethe en una ópera en cinco actos, con libreto en francés de Jules Barbier y Michel Carré. La obra se estrenó en el Téâtre-Lyrique de París, el 19 de marzo de 1859. [Versión de Fausto subtitulada en español. Opera de Chicago, 1980.

 

Apoyo léxico. Echar a alguien con cajas destempladas. Despedirlo o echarlo de alguna parte con gran aspereza o enojo. Las cajas destempladas son los tambores cuyo parche ha sido aflojado para adquirir un sonido más seco. (Según José María Iribarren, “al son de cajas destempladas eran llevados los reos al patíbulo.”; cf. El porqué de los dichos: sentido, origen y anécdota de los dichos, modismos y frases proverbiales de España con otras muchas curiosidades. Gobierno de Navarra. Fondo de publicaciones, 2000 [1994]. José María Romero, editor literario). Afianzar. Hacer firme, consolidar algo. A costa de. Con el esfuerzo causado por algo (locución prepositiva). Disturbio. Alteración, turbación de la paz y concordia. “El hoy desacreditado sistema constitucional”. Se refiere Pardo Bazán a la Constitución de 1876, que reemplazó a la de 1869, y se mantuvo en vigor 47 años, hasta 1923, que es cuando se produjo el Golpe de Estado de Primo de Rivera. En la entonces. En ese tiempo (locución adverbial). Tenducho. El sufijo -ucho se ha añadido al nombre tienda para que este adquiera un significado despectivo. Lechuguino. Persona joven que se compone mucho y sigue rigurosamente la moda; muchacho imberbe que se mete a galantear aparentando ser hombre. Oficialidad. Conjunto de oficiales del ejército o parte de él. Malicioso. Que adopta intenciones ocultas, de ordinario con gracia y picardía. Maestro de obra prima. Zapatero de nuevo (vocablo en desuso). Adolecer. Tener o padecer algún defecto. (El verbo rige la preposición de). Del todo. Enteramente (locución adverbial). Un tantico. Un poco (locución adverbial coloquial). Ojos rasgados. Que tienen muy prolongada la comisura de los párpados. Tez de raso. Rostro sin desniveles ni asperezas. Espumadera. Paleta ligeramente cónica y con agujeros (con que se quita la espuma del caldo o de cualquier otro líquido para purificarlo, o se saca de la sartén lo que se fríe en ella). Viruela. Enfermedad caracterizada por la erupción de gran número de pústulas (vejigas inflamatorias de la piel que están llenas de pus). Infame. Muy malo. Niñeces. Niñerías, acciones propias de niños. Pelo crespo. Ensortijado o rizado de forma natural. Presencia gallarda. Figura [disposición del cuerpo] airosa. Pie zopo. Torcido o contrahecho. Doble suela de corcho. Parte del calzado que toca el suelo, hecha en este caso no de cuero fuerte y adobado, sino de corcho, y algo más elevada de  lo  normal.  Maestría.  Destreza  en  la  ejecución  de  algo. Forma. Configuración,  aspecto  o  apariencia  externa  de  algo. Labor. Trabajo ejecutado a mano. Primorosa. Excelente, delicada y perfecta en su realización. Contornear. Hacer los perfiles o líneas que limitan una figura (en este caso, los de los zapatos). Chapín. Calzado con suela gruesa de corcho o madera, sin talón y con el empeine de piel fina, terciopelo o tela bordados, en el que se introduce el pie calzado para protegerlo del barro o la suciedad de la calle; era un calzado utilizado antiguamente sobre todo por las mujeres. Tabinete. Tela parecida al raso, con trama de algodón y urdimbre de seda, que se usaba para el calzado de las señoras. Comandante de armas. Responsable militar de las tropas asentadas en un determinado lugar. Deán. Canónigo que preside el cabildo (comunidad de eclesiásticos) de una catedral. Dar gusto. Producir satisfacción o admiración (locución verbal). Batir. Golpear con ímpetu y fuerza. Horma. Molde con que se fabrica o forma algo, especialmente zapatos. (El sufijo -aza expresa aquí un sentido ponderativo: hormaza). Puntera. Parte del zapato que cubre la punta del pie. Punto. Cada un de las partes de dos tercios de centímetro de longitud en que se divide el cartabón de los zapatos. [Cartabón. Regla graduada, con dos topes, uno fijo y otro movible, que los zapateros usan para medir la longitud del pie]. Encerado. Lustroso, brillante. Reborde. Faja estrecha y  saliente a lo largo del borde  de algo. En fin. En Suma, en resumidas cuentas, en pocas palabras (locución adverbial). Habilidad pedestre. Destreza para realizar zapatos (pedestre: relativo al pie). Donaire. Soltura y agilidad para la realización de algo. Llano de entendimiento. Simplón (sencillo, ingenuo), corto de entendederas. Pobre de espíritu. Apocado, tímido. Crédulo. Que cree ligera o fácilmente (candoroso, inocente). En demasía. Excesivamente (locución adverbial). Género humano. Conjunto de todas las personas. Tener manos de oro. Poseer una gran destreza  manual. Pufo. Estafa, engaño. El cuento de nunca acabar. Asunto o negocio que se dilata y embrolla  del  oído  que  nunca  se le ve el fin. Descarada. Que  obra  con  desvergüenza. De balde. Gratuitamente, sin costo alguno (locución  adverbial). A cuenta de. A costo de alguien (locución preposicional). Seráfico. Angelical, por su candor e inocencia. Es lo bueno que (= lo bueno es que). Expresión para indicar que algo es curioso, gracioso o chocante. Dar la matraca. Zaherir o reprender a alguien con burlas. Miajas. Porciones pequeñas de algo (del diminutivo de miga). Terco/tozudo. Pertinaz, obstinado, testarudo. Escarpín. Zapato de  una sola suela y de una sola costura. En el otro mundo. En distintas tradiciones religiosas, lugar adonde se va después de morir. (Locución sustantiva). Réditos. Beneficios o intereses que proporciona un capital. A no ser que. A menos que (locución condicional). Al que no tiene, el rey le hace libre. Refrán que se dice para significar que la persona insolvente suele quedar indemne. Llevar cuentas. Hacerse cargo de la contabilidad. Cutis de criba. Cutis agujereado (en este caso, debido a las pústulas de la viruela, que dejan la cara como la malla agujereada que sirve para cribar; estar algo hecho una criba: estar lleno de agujeros). Harto buen palmito. Con el talle muy esbelto. Peculio. Bienes propios de una persona. Discernir. Distinguir, diferenciar. Parroquiano. Persona que acostumbra a ir siempre a una misma tienda. Precaver(se). Prevenir un riesgo para guardarse de él y evitarlo. Inocentada. Engaño ridículo en que alguien cae por descuido o falta de malicia. A toca teja. En dinero contante, sin dilación en el pago, con dinero en mano, en efectivo (locución adverbial coloquial). “Pobriño” (voz gallega con el sufijo diminutivo -iño, cargado de afectividad). Pobre hombre, de cortos talentos. Numen tutelar. Musa protectora (como si se tratara de una deidad dotada de un poder fascinador). Quebradero de cabeza. Aquello que perturba e inquieta  el ánimo. Sacar adelante. Proteger a una persona  en su crianza y educación. (Locución verbal). Rapaza. Muchacha de corta edad. Retazo. Pedazo, trozo. Cordobán. Piel curtida de macho cabrío o de cabra. Lezna. Instrumento que se compone de un hierro con punta muy fina y un mango de madera, que usan los zapateros y otros artesanos para agujerear, coser y pespuntar. Espigar. Crecer notablemente una persona. Engruesar/Echar carnes (locución verbal coloquial). Ir engordando. Lozanear. Ostentar un aspecto saludable. Fresca. Mujer lozana, pero sin facciones delicadas (acepción poco usada). Mórbida. Delicada, suave. Pelusa. Vello tenue que aparece en la cara de las personas. Ojos como dos “pocitas” de agua de mar. De un verde/azul profundo. El bueno de. Empleado con sentido irónico, y referido a una persona, simple, bonachona o chocante.

 

COMENTARIO.

En los primeros párrafos aparece como lugar de referencia un “tenducho de zapatero”, que logra prosperar y pasar a ser un “modestísimo peculio, con aseo en la tienda, y en el hogar paz y abundancia”. Pero lo realmente interesante son las descripciones que Pardo Bazán efectúa del zapatero, de su mujer y de su hija.

De Santiago Elviña nos ofrece un auténtico retrato, con su parte física y psíquica, perfectamente delimitadas; de su esposa -que aparece en el relato sin nombre-, solo atiende a sus cualidades de naturaleza espiritual; y de su hija Margarita se limita a reparar en cuantas cualidades físicas son capaces de atraer hasta el tenducho de su padre a “lechuguinos y oficialidad”.

Elviña poseía algunas taras que afeaban su aspecto físico: pese a la expresividad de sus ojos rasgados, en uno de ellos la opacidad del cristalino le dificultaba la visión normal (la referencia a la “catarata” es del todo explícita: “en uno tenía una nube espesa y banca que le impedía ver”); su rostro estaba desfigurado por las cicatrices de viruelas (que había quedado tan agujereado como una “espumadera”, símil de gran mordacidad); se había quedado prácticamente calvo (y ahora la comparación es un tanto risible (pues tan solo le quedaba “un cerquillo muy semejante al que luce San Pedro en los retablos de iglesia”). Pero con todo, lo más llamativo era su cojera, debido a que la pierna izquierda era más corta que la derecha, y con el pie torcido, lo cual intentaba paliar, en la medida de lo posible, usando un alza para el zapato -de fabricación propia-, a base de “doble suela de corcho”. Y fue tal la maestría que adquirió en este menester, que condicionó su decisión de ejercer el oficio de zapatero, porque “deseaba calzar a los demás con igual perfección y maestría”.  Y aunque, en efecto, tuviera “su cutis de criba, su nube en el ojo, su cabeza pelada y su pata coja” -en escueto resumen de su físico-, poseía, sin embargo, una enorme habilidad con manos y brazos para la fabricación de distintos tipos de calzado (chapines para damas distinguidas, botas para soldados y marineros, escarpines...), convertidos en verdaderas obras maestras de zapatería.

Y llegados a este punto, Pardo Bazán pasa a la descripción del carácter de Elviña, que define con todo detalle: “Había nacido llano de entendimiento, pobre de espíritu, crédulo en demasía, más que por necedad y simpleza, por candidez y bondad de corazón”. Dicho de otro modo, que aunque era una nulidad intelectual, poseía grandeza de ánimo, de la que algunos se aprovechaban de su buena fe, abusando de su “ingenuidad inverosímil”, para no remunerar su trabajo, que con demasiada frecuencia hacía “de balde”, confiando en la misericordia divina para cobrarlo en la vida eterna.

Pardo Bazán ha extremado la candidez de Elviña para preparar adecuadamente la irrupción de la mujer que va a convertirse en su esposa y que, con su sentido práctico, va a poner cierto orden en su vida; una esposa “no solo ejemplar, sino de harto buen palmito y más que medianas entendederas comerciales”, que son las que le faltaban al marido. Y gracias a esas “entendederas comerciales”, cambia radicalmente la situación económica de Elviña con su nuevo entorno familiar; porque, en efecto, “Bajo la dirección [de su esposa] prosperó la casa, creció el modestísimo peculio, hubo aseo en la tienda, y en el hogar, paz y abundancia”. Y al carácter de esta mujer dedica Pardo Bazán unas cortas pero sustanciosas líneas, que se reflejan en sus actitudes vitales, erigida en protectora de su marido -un auténtico “numen tutelar”, en expresiva metáfora-, cuya “edad moral” respetaba con ternura (“¡Qué sería sin mí de este pobriño!”). Y, por eso, “La zapatera discernía de parroquianos, dirigía la venta y entrega del género y precavía las inocentadas del marido, cobrando a toca teja”. Hasta que un día falleció, en el parto de su hija Margarita, y Elviña volvió a quedar inicialmente desamparado. Y gracias a la ayuda “compasiva” de algunas vecinas, fue criando a Margarita, que iba creciendo en el mejorado tenducho de su padre, rodeada de sus instrumentos de trabajo; un crecimiento que Pardo Bazán expresa con una cadena de perífrasis durativas (ir+gerundio) que concluyen con una poética comparación: “fue espigando, formándose, engruesando, echando carnes y lozaneando lo mismo que albahaca en tiesto o rosa en rosal”. Y aunque la hija de Elviña -la “Margarita zapateril”- solo tenga en común con el personaje de Goethe su nombre -en el drama de Goethe la pasión de Margarita por Fausto, alentada por  Mefistófeles, la conduce a una irrefrenable locura que la lleva a asesinar al hijo de ambos-, Pardo Bazán la toma como referencia para describir su hermosura con adjetivos, símiles y metáforas de gran poder evocador: pelo rubio -“lo mismo que el oro”-; “aire jovial”; de aspecto saludable, y delicada (“fresca y mórbida, como suelen ser las hijas de Marineda”); con el rubor de la juventud en las mejillas (“sangre juvenil y pura coloreaba sus mejillas”); y con unos ojos “tan verdosos y límpidos eran como dos «pocitas» de agua de mar en que se refleja el cielo”. No es de extrañar, pues, que lechuguinos y oficiales, ante su beldad, rondaran el lugar de trabajo de Elviña.

El léxico empleado por Pardo Bazán es variado y de una sorprendente propiedad y exactitud (por ejemplo, no existe sinonimia absoluta entre los nombres de la siguiente enumeración, ya que cada uno de ellos añade al conjunto una significación particular: “fuera de la habilidad pedestre no se buscase en él otro mérito ni señal de agudeza, discreción, ingenio, oportunidad o donaire.”); y marcado, asimismo, por una tonalidad irónica cuando lo estima oportuno (valga como ejemplo este breve periodo: “Había nacido llano de entendimiento, pobre de espíritu, crédulo en demasía, más que por necedad y simpleza, por candidez y bondad de corazón;”, y de ahí “su ingenuidad inverosímil”. Y son frecuentes los vocablos diminutivos (faltillas, tantico, tenducho, cerquillo, miaja, pobriño, vasitos, pocitas), que aportan un innegable valor afectivo y demuestran el hábil manejo que Pardo Bazán sabe hacer de la sufijación apreciativa (en el caso de hormaza, el contexto explica por sí mismo la contundencia del aumentativo: “Daba gusto ver un par de calzados en el instante crítico en que Elviña, extrayéndolo de la hormaza, lo alineaba juntándole las punteras, y, echándose hacia atrás, se recreaba en contemplar el brillo charolado, [...]”).

Y puesto que el oficio de Santiago Elviña es el de zapatero -y no remendón, sino más bien de carácter artesanal (es un “maestro de obra prima”), abunda en el texto el léxico referido al ámbito del zapato: pie zopo, pedestre, zapateril (creación léxica formada con el sufijo -il, que indica relación o pertenencia), zapatero-/zapatería/zapatera, calzar/calzado/calzazadas, chapines, escarpines, botas, punteras, puntos, suela, tabinete, cordobán, lezna, hormaza...  Y también hay cabida para el lenguaje proverbial, con algún que otro modismo (“echar a alguien con cajas destempladas”), refrán (“Al que no tiene, el rey lo hace libre”) y expresión irónica coloquial (“lo bueno es que”).

Son frecuentes, por otra parte, diferentes tipos de locuciones: adverbiales (a principios de, en la entonces, del todo, en fin, en demasía, de balde, a toca teja [la RAE prefiere la variante formal a tocateja); verbales (dar gusto, sacar adelante); prepositivas (a costa de, a cuenta  de); y alguna que otra sustantiva (en el otro mundo), e incluso condicional (a no ser que).

Pardo Bazán recurre a menudo a las comparaciones, pero las establece con diferentes estructuras sintácticas, lo que le da variedad al texto y lo hace más dinámico; a lo que hay que añadir, en mucho casos, la fuerza plástica de tales comparaciones. Veamos algunos ejemplos:

 

“a no haberle puesto [su tez] como una espumadera las viruelas   infames”. Comparar las pústulas de las viruelas con los agujeros de una espumadera, y más si estas afean el rostro, es un símil de una gran fuerza plástica, aparte de ocurrente.

“El cabello había volado [...], quejando solo un cerquillo muy semejante al que luce San Pedro en los retablos de la iglesia”. Nuevo símil original es la comparación de la calvicie de Santiago Elviña -o más bien el poco pelo que le queda en la parte central de la cabeza- con el escaso pelo que suelen lucir las tallas de San Pedro, reducido a un cerquillo (literalmente, “círculo de cabello que queda después de rapar la parte superior e inferior de la cabeza, como se estilaba en algunas órdenes religiosas masculinas”).

“y por deseo de calzarse bien dio en aprender a calzar a los demás con igual perfección y maestría”. Ahora la comparación se centra en trasladar la idea de que Santiago Elviña puso a disposición de los demás sus habilidades en la elaboración de calzado, una vez experimentadas en sí mismo, y convirtiéndolas en el éxito de su nuevo oficio.

“Así contorneaba [...] como batía [...]. En esta ocasión se ha recurrido a una amplia oración comparativa de modo (nexos adverbiales así... como).

“la muchacha [Margarita] creció; fue espigando, formándose, engruesando, echando carnes y lozaneando lo mismo que albahaca en tiesto o rosa en rosal”. En este caso, es la expresión “lo mismo que” la que introduce la comparación, pero referida a “lozaneando”, y por eso, y con cierto lirismo, se compara el proceso de “ponerse lozana” -vigorosa  y frondosa, en referencia a una planta- con el de  “albahaca en un tiesto  o rosa en rosal”; y el sentido figurado no hace sino revelar, una vez más, la propiedad con que Pardo Bazán emplea el léxico.

[Margarita] tenía [...] el pelo rubio lo mismo que el oro”. Reiteración de la comparación con la expresión “lo mismo que”, aunque en este caso el símil no deja de ser un tópico clásico.

“No era delgada ni pálida, sino fresca y mórbida, como suelen ser las hijas de Marineda”. El adverbio relativo “como” introduce el significado de “en el modo o la manera que”. En este caso, y aunque sigue un sintagma nominal acompañado de complemento nominal (”las hijas de Marineda”), no se ha elidido el predicado (“suelen ser”).

“sus ojos verdosos y límpidos eran como dos «pocitas» de agua de mar en que se refleja el cielo”. La conjunción “como” introduce el segundo término en una oración comparativa de igualdad. La oración de relativo subsiguiente completa la expresividad de la comparación y aumenta su lirismo y sentido plástico.

 

Desde un punto de vista sintáctico, hay en el texto, sin embargo, un cierto abuso de construcciones con verbo en pretérito imperfecto de subjuntivo (con la variante temporal y modal -se), que le aportan al texto -leído hoy- un cierto carácter arcaizante, aun cuando sea rasgo estilístico propio de Pardo Bazán; sirvan como ejemplo los siguientes casos: “antes que se afianzase [...] el hoy desacreditado sistema constitucional”; “si no adoleciese de dos o tres faltillas”; ”y  su  tez fuera de raso” (en este  caso  la  variante  es  el sufijo -ra): “no había forma que se le resistiese ni labor que no sacase acabada y primorosa”; “Pero no le sacasen de su oficio al buen Santiago; fuera de la habilidad pedestre no se buscase en él otro mérito”; “La dura suerte quiso que pronto conociese Santiago cuánto perdía al faltarle el numen tutelar...”; “Si entonces se conociesen el poema de Goethe y la ópera de Gounod, no faltaría quien encontrase poética semejanza entre la amante de Fausto y la no menos humilde Margarita  zapateril”. Y, desde luego, alguna que otra construcción sintáctica pediría en la actualidad un uso diferente de las preposiciones (pongamos por caso: “a no haberla puesto [la tez] como una espumadera las viruelas infames”; “a no habérsele quedado la pierna izquierda obra de una pulgada más corta que la derecha”); o tal vez fuera preferible, en algún caso, el uso de ser, en lugar de estar (por ejemplo: “si teniendo manos de oro para su oficio, no estaba ya rico”).

Pero estas apreciaciones -un tanto subjetivas- no restan, a  nuestro juicio, calidad estilística a un texto en el que la sintaxis presenta múltiples construcciones paralelísticas que le aportan un ritmo equilibrado y, por momentos, casi musical; por ejemplo:

 “Elviña [...] se recreaba en contemplar el brillo charolado, la limpieza de los puntos, la pulcritud del encerado reborde de la suela y, en fin, todos los detalles que hermosean una obra maestra de zapatería”;

 “el buen Santiago fuera de la habilidad pedestre no se buscase en él otro mérito ni señal de agudeza, discreción, ingenio, oportunidad o donaire. Había nacido llano de entendimiento,  pobre de espíritu, crédulo en demasía, más que por necedad y simpleza, por candidez y bondad de corazón”; 

“Con su cutis de criba, su nube en el ojo, su cabeza pelada y su pata coja, Santiago [...]”.

“Bajo la dirección [de su esposa] prosperó la casa, creció el modestísimo peculio, hubo aseo en la tienda, y en el hogar, paz y abundancia. La zapatera discernía de parroquianos, dirigía la venta y entrega del género y precavía las inocentadas del marido, cobrando a toca teja”.

“jugando con recortes de suela, retazos de cordobán, leznas y martillos, la muchacha creció; fue espigando, formándose, engruesando, echando carnes y lozaneando lo mismo que albahaca en tiesto o rosa en rosal”.

Y queda todavía un recurso estilístico de primer orden, cual es la implicación directa del lector en el texto, solicitada por la propia autora, y al que le plantea, al comienzo del texto, la pregunta -que no se formula de modo explícito- de por qué el tenducho de Santiago Elviña está “muy concurrido de lechuguinos y oficialidad” (expresamente dice: “por razones que el lector malicioso no tendrá el trabajo de sospechar, pues se las diremos inmediatamente...”). Y, en efecto, tras la minuciosa descripción de Santiago Elviña y de su hija Margarita, queda claro que son las prendas físicas de esta -su singular hermosura- la que atrae a “oficiales y lechuguinos” (y así lo declara la autora, taxativamente, cerrando la primera parte del texto; y ahora sí, mediante una interrogación retórica algo “maliciosa”  -hemos pasado de “lector malicioso” a “sagaz lector”-, lo que coloca en el mismo plano a la autora y al lector, logrado una comunicación altamente eficaz.

 

Bibliografía.

Cf. Ponce Ochoa, Rebeca. “La descripción paisajística en los cuentos de Emilia Pardo Bazán”. Universidad de Alicante, Facultad de Filosofía y Letras, 2015. [La autora del trabajo analiza, además de Cuentos de Marineda, Cuentos de la tierra].

https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/47857/1/Descripcion_paisajistica_de_los_cuentos_de_Emilia_Pardo_PONCE_OCHOA_REBECA.pdf

 

Sotelo Vázquez, Marisa: “Emilia Pardo Bazán y el folklore gallego”. Garoza: Revista de la Sociedad Española de Estudios Literarios de Cultura Popular, núm. 7. 2007, págs. 293-314.

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2377987

 

García, Carmen: “Galería de mujeres en los cuentos de Emilia Pardo Bazán”.

https://cdsa.aacademica.org/000-108/64.pdf

 

Noya Taboada, Ruth: “La violencia en los cuentos de Emilia Pardo  Bazán”.

https://minerva.usc.gal/rest/api/core/bitstreams/9eafcc32-54c9-4b06-9b64-cf2737da1114/content

 

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