EL RINCÓN DE LA POESÍA

“En el nombre del Padre…”, un cuento de Emilia Pardo Bazán de marcado carácter naturalista en el que se entremezclan, por vía de contraste, elementos líricos. II

Emilia Pardo Bazán. Óleo sobre lienzo pintado en París en el año 1887 por el artista austríaco Gustav Wertheimer. Ubicaciòón: Casa Museo Emilia Pardo Bazán. A Coruña.

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Jueves 5 de noviembre de 2026

[Dada la extensión del cuento y de su comentario, lo hemos dividido en tres partes, fácilmente reconocibles en el texto. Reproducimos a continuación -y comentamos- la segunda parte].



En el nombre del Padre…

 

Al llegar a la edad en que la niña se transformaba en apetecible mujer, Margarita había descubierto, sola y sin ayuda ni consejo de nadie, el secreto de realzar la belleza con inocentes y baratos artificios, como el artístico peinado, la flor en el corpiño, el zapato bien hecho (tenía la fábrica en casa), el vestido de pobrísimo «guingán» o «zaraza», cortado con gracia y adornado… por la hermosura de quien lo vestía. Sin más arte ni más dispendios, Margarita era un sol, y casi me parece ocioso advertir que su padre la contemplaba, a hurtadillas, con pueril orgullo.

Y verán ustedes la composición de lugar que hizo para sí el zapatero: «Todos dicen que mi hija es muy bonita y muy preciosa. ¡Vaya si lo es! No dicen sino la verdad. Aún se quedan cortos, porque vale más que lo que piensan; como que reúne a esa belleza física otra cosa preferible: el genio de una santa y mucha alegría y mucho despejo, e igual disposición que su difunta madre para el gobierno y arreglo de la casa y el manejo de los cuartos. Como al mismo tiempo es tan buena y tan religiosa, ya sé yo que no tendrá un mal pensamiento ni una acción liviana. Reunida su fama de hermosa a su fama de honesta, no será ningún milagro que se prende de ella un señorito…, y si no un señorito, por lo menos un artesano acomodado, como Nicéforo el ebanista, que tantas vueltas anda dando alrededor de mi tienda. El que se enamore de ella, ¿qué ha de hacer sino venir inmediatamente a pegar conmigo y decirme: Señor Santiago, yo quiero a Margarita, y esto, y esto, y lo otro? Y yo ¿qué he de contestar? En siendo ella gustosa…, esto y aquello, y lo de más allá. Y a la iglesia…, y al año, nietos».

Muy orondo vivía con semejantes esperanzas Santiago Elviña. Nunca había tenido tanta ni tan lúcida parroquia. Toda la oficialidad de la guarnición puede decirse que se surtía allí, en términos que fue preciso tomar aprendices y velar muchas noches hasta las doce y la una. Los militares pagaban al contado, no regateaban nunca; alababan el género y, por añadidura, decían a Margarita cosas de miel. Santiago estaba prendado de tal clientela.

Uno de los mejores clientes era francés, y se llamaba Armando Deslauriers, maestro de armas del regimiento de Borbón. Tenía este tal muy arrogante muslo y pierna, y gustaba de realzarla cuando salía a caballo por las tardes, con ciertas botas de montar de arrugado charol, que, según decía, nadie sabía hacer en España sino Santiago. No era la bien trazada pierna el único atractivo que realzaba al profesor de esgrima; podía envanecerse y alabarse de unos bigotes castaños, lustrosos de cosmético, un cuerpo ágil y estatuario, que el diario ejercicio del florete volvía más airoso, y, en el ramo de indumentaria, preciarse de una colección de látigos con puño de plata, calzones de punto, corbatas flotantes y dijes de reloj en extremo caprichosos, todo lo cual hacia a Armando Deslauriers muy peligroso para el mujerío marinedino de cualquier estado y condición: señoras y artesanas, dueñas, casadas y doncellas. Hay que añadir que la profesión de Deslauriers infundía cierto terror a padres, maridos, hermanos y novios.

Como íbamos diciendo, el guapetón maestro de armas dio en aficionarse a las botas que fabricaba Elviña, y no pasaba momento sin que viniese a indicar alguna reforma o mejora en las que poseía o a examinar cómo marchaban las que el zapatero tenía en obra. Ya era un pespunte más apretado, ya un forro media pulgada más alto, ya la borla que se había estropeado y hacía falta una nueva… Cada episodio de este género daba pretexto a Deslauriers para divertir largos ratos en la zapatería, sentado sobre una silla medio desvencijada, charlando y refiriendo, con labia y acento francés, si bien en muy inteligible castellano, anécdotas de la guerra, cuentos chistosos, que hacían reír de bonísima gana a Elviña…

De pronto, pareció como si Deslauriers les hubiese perdido todo el cariño a sus botas de montar. Corrieron días, días y días…, y ni asomó por la tienda. Santiago no paró la atención en tal fenómeno, porque otro gravísimo para él le absorbía y preocupaba. Margarita estaba enferma, muy enferma.

¿Y de qué? ¡Vaya usted a averiguarlo! ¡Vaya usted a saber por qué una mocita de dieciséis o diecisiete adelgaza, rehúsa la comida, se vuelve más amarilla que un limón, tiene siempre ojos de llorar y cara de morir, se encierra en su cuarto y se pasa el día echada sobre la cama o sentada en un rincón oscuro, caídos los brazos, caída la cabeza, sin responder cuando le hablan y sin decir, por más que la acosen y pregunten, ni qué le duele, ni el origen de su mal!

Así razonaba Santiago Elviña y así contestaba a las vecinas que, en distintos tonos, preguntaban noticias de la muchacha o comentaban su retraimiento… Un día, casualmente, fue el zapatero a confiar sus pesares a la madre del ebanista Nicéforo, aquel pretendiente asiduo de Margarita, que un año antes le rondaba la calle sin descanso. La comadre callaba, rascábase el moño con las agujas de hacer media. Por último, respondió a las lamentaciones de Elviña, pero con palabras truncadas y reticentes.

-Y usted qué quiere, señor Santiago… Las muchachas que  son… así… piensan que el mundo es ancho y que no hay más que divertirse y campar… Les gustan los señoritos de bigote retorcido, los que gastan espuelas y trotan a desempedrar la calle… Desprecian a los artesanos honrados, a los hombres de bien, que las pretenden para casarse y hacerlas reinas de su casita… y se van con esos tunantes que están hartos de burlarse de todas… ¡Ya se ve!… Luego, las chicas se tiran de las orejas, ¡y las orejas no les sangran!

Digna era la cara de Santiago, en aquel momento, del pincel de un gran artista. Creo que hasta el ojo tuerto despedía chispas y lumbres.

-¡Señora Clara! ¡Señora Clara! -tartamudeó…, y de pronto, recobrando habla expedita y el uso de sus potencias, gritó con tal fuerza que se asustó a sí propio-:      

¡Embustera! ¡Embustera!

-¡Embustero usted! -replicó la mujer, furiosa, levantándose como una sierpe-. ¿Nos querrá dar la papilla de que no sabe la verdad? A los tontos con eso…, que aquí no nos chupamos el dedo, señor Santiago. ¡Y ya que habla tan gordo…, ha de oír! He de decir que estamos hartas las madres de familia del mal ejemplo de su hija y de verla escandalizando el barrio con el demontre del franchute allá por los bancos del Jardín a las doce de la noche. ¡Valiente «cara lavada»! Aquellos paseos, ¿en qué quería que acabasen? Vaya preparando -añadió con ironía sangrienta- pañalitos para lo que salga… De aquí a siete años, aprendiz nuevo en la zapatería…

Santiago no contestó. Afonía completa. Su garganta no podía formar sonidos. De pronto se llevó las manos a las sienes y partió corriendo, con toda la rapidez que consentía el pie lisiado. Entró en su casa lo mismo que un obús, y subió derecho al cuarto de Margarita…

Se ignora lo que hablaron hija y padre, aun cuando puede deducirse de los consiguientes sucesos. Cosa de una hora después de la conferencia, Santiago se puso camisa limpia, sacó del fondo del arca la ropa dominguera, se calzó un par de botas nuevas chillonas y, metiendo mucho ruido con suela y tacones, se dirigió desde su morada al cuartel de Borbón, situado detrás del Jardín. Preguntó por el maestro de armas «señor Delorié» y le hicieron pasar a un cuarto, donde el francés bebía y fumaba en compañía de varios oficiales.

Al pronto nada vio el ofendido padre, tal era de espeso el humo de tabaco allí; pero no tardó en columbrar, al través de la niebla, a su ofensor, que se adelantaba copa en mano.

-Hola, señor Elviña… Qué agradable sorpresa, señor Elviña… Usted por aquí… ¡Qué honor tan grande!… Siéntese y acepte un sorbito de ron.

Aquella acogida dejó suspenso al zapatero. Conoció que solo ver el rostro del francés le hacía temblar de ira, y que otra vez le era «imposible» hablar. Maquinalmente aceptó la copa de ron, y maquinalmente se la echó al coleto…   

Los hombres sobrios disponen de un recurso más que los intemperantes. El ron soltó inmediatamente la lengua de Elviña.

-Tengo que decirle a usted… -pronunció en tono categórico-; pero aquí, no; ha de ser a solas.

-¡Oh! ¡A solas nada menos! -contestó el francés remedándole-. ¡Y para qué, señor! Todos saben aquí el objeto de su venida. ¡Nadie ignora que yo he «derogado» diciendo cuatro chicoleos a la señorita Margarita…, y usted y ella pensaban de tenerme cautivo! Y, a propósito, ¿cómo está?¿Siempre tan jolie? Preséntele usted mis cumplimientos…

Santiago se sintió temblar nuevamente. Sus dientes castañetearon…, ¡y no era de terror!…

-Otra copa de ron -contestó, alargando la mano.

Los oficiales se agruparon ya en torno de él, celebrando con risotas y bromas la escena. Elviña apuró el licor, y sintió que le encendía las entrañas.

-Ya que no quiere usted hablar a solas, hablaré delante de todos. Me es igual. No ha de ser más negro el cuervo que las alas. Vengo a que se case usted con mi hija en el término de veinticuatro horas. Si dentro de veinticuatro horas no se ha casado usted, le mato como a un perro.

 Redobló la algazara, y Deslauriers hizo una cortesía irónica.

-Señor Elviña, muy agradecido al honor que usted me dispensa pidiéndome mi blanca mano para su preciosa hija… ¡Y yo sería su marido con la mayor satisfacción!… Pero tengo hecho un voto… ¿no se dice así?, de castidad…; ¡vamos!, de permanecer doncello.

Aquí las risas de los circunstantes fue tan ruidosa, que hizo retemblar los sucios cristales de la estancia. Santiago calló, apretó los dientes, cogió la botella de ron, llenó otra copa, bebió otro sorbo, y de improviso, sin chistar, alzando la diestra, se arrojó sobre el maestro de armas… Diez o doce brazos se interpusieron entre él y Deslauriers, no tan a tiempo que la mano del zapatero no hubiese rozado ya ligeramente la sien de su enemigo. Al verse sujeto, por reacción impensada y súbita, el zapatero… ¡se echó a llorar, a llorar perdidamente! Y el maestro de armas, que había contraído las cejas cuando se viera amenazado de un bofetón, al oír los sollozos del padre se aproximó a él, no sin dirigir antes expresivo guiño a los oficiales que le cercaban.

 -¡Oh! ¡Señor Elviña! ¡Oh! Usted me ha ofendido gravemente… Usted me ha levantado la mano… Esto es muy serio, ¡ah!, entre gentilhombres… Sean testigos, señores, de la ofensa. ¡El señor Elviña me debe una reparación! Una reparación en el terreno del honor… ¡Ah!

-¿Oye usted, Elviña? ¡Que le debe usted una reparación al señor Deslauriers!

-¿Reparación? -balbució el zapatero sin comprender, con voz mojada en lágrimas.

-Sí… Que tiene usted que batirse.

-¿Batirnos? -contestó el padre-. ¡Claro que nos batiremos! ¡Había de quedar así! Ahora, sin tardanza… Salga usted ahí fuera… porque aquí me sujetan todos.

-¡Oh! No lo entendemos lo mismo, señor Elviña… No ha de ser una cachetina vulgar, sino un lance como entre caballeros. El honor lo exige.

-¿Y no me sujetarán los brazos? ¿No se meterán en medio estos señores? -gimió el mísero.

-¡Sujetar los brazos! ¡Cómo se entiende! ¿No le digo que se trata de un lance de honor?

-Pues corriente… ¡Vamos allá! De cualquier modo…

  -No, no; ahora no; no conoce usted las leyes de la cortesía, señor Santiago… Los lances son de madrugada siempre… Mañana por la mañanita en el Jardín… Estos señores serán padrinos… A las seis le aguardamos. Soy el ofendido y escojo el sable.

-¿Me dan ustedes palabra de no sujetarme? -repitió con desconfianza, asombrosa en él, Santiago Elviña.

Le aseguraron que al día siguiente nadie se colocaría ente él y Deslauriers…

-¡Pues hasta mañana!

-Verán ustedes que bonne farce -dijo el francés cuando el pobre diablo hubo salido-. Cet animal-là no ha visto un sable. Le daré una paliza para que no vuelva a molestarnos…, y luego le traeremos aquí y le emborracharemos con ron…, y le haremos bailar. A fin de que la broma sea completa y que vean que no quiero abusar de su bobería, como él es tuerto yo me vendaré un ojo… Nous allons rire!

Emilia Pardo Bazán: [“Nuevo Teatro Crítico”, núm. 11, 1891]. En Cuentos  de Marineda, 5. Obras completas, volumen 7. Madrid,  Fundación José Antonio de Castro, 2004. Darío Villanueva, editor literario.

 

Apoyo Léxico. Corpiño. Prenda de vestir femenina sin mangas que cubre de forma ajustada desde los hombros hasta la cintura, suele ser abierta por delante y se cierra mediante cordones o botones. Fue una prenda exterior, usada sobre la blusa o camisa. Guingán [americanismo] o zaraza. Tela de algodón estampada (con cuadrículas blancas y oscuras intercaladas). Dispendio. Gasto innecesario. A hurtadillas. Furtivamente, sin que nadie lo note (locución adverbial). Hacerse alguien composición de lugar. Meditar todas las circunstancias que rodean una situación para trazar con este conocimiento el plan conducente a su más acertada dirección. (Locución verbal) ¡Vaya si lo es! La interjección “vaya”, en este caso, enfatiza el comentario por algo que satisface (Margarita es bonita y preciosa). Como que. Locución conjuntiva con valor causal explicativo. Despejo. Soltura en las acciones, desparpajo. Cuartos. Dinero. Liviana. De moral relajada en lo referente al sexo. Pegar con alguien. Charlar distendidamente. Y esto, y esto, y lo otro. / Esto y aquello y lo de más allá. Locuciones con pronombres neutros empleadas en este caso para indicar la variedad de temas de una conversación, las “muchas cosas” -y de ahí el uso de los pronombres demostrativos neutros- que se tratan en ella en una amplia horquilla espacio-temporal. Orondo. Lleno de presunción. Parroquia. Conjunto de personas que acuden asiduamente a una misma tienda. Guarnición. Tropa destinada permanentemente en una población para defenderla o protegerla. Por añadidura. Además (locución adverbial). Cosas de miel. Piropos en alabanza a la belleza de una mujer. Prendado. Entusiasmado. Maestro de armas. Maestro que enseña el arte de la esgrima. Este tal. Combinación de demostrativos para referirse a la persona que se acaba de mencionar. Florete. Arma blanca de hoja larga, ligera, flexible y de sección cuadrangular que se usa en esgrima (junto con la espada y el sable). Ramo de indumentaria. En lo tocante a la parte referida a la vestimenta de una persona. Corbata flotante. Cinta que se anuda alrededor del cuello, y cuyos extremos caen casi hasta la cintura, con fines estéticos. Dije de reloj. Joya pequeña (en este caso, un reloj) que se lleva colgada de una cadena.  Dueña. Viuda. Doncella. Mujer que no ha tenido relaciones amorosas. Tener en obra. Tener en fase de reparación. Pespunte. Puntadas unidas que se hacen volviendo la aguja hacia atrás después de cada punto, para meter la hebra en el mismo sitio por donde pasó antes. Pulgada. Medida  de  longitud  equivalente  en  España  a      23 mm. Divertir largos ratos. Hacer pasar el tiempo de manera  entretenida. Corrieron días y días y días… El tiempo transcurría con monotonía, sin novedad alguna. Parar la atención. Reparar en algo. Fenómeno. Hecho sorprendente. ¡Vaya usted a saber! Expresión usada para indicar que no se sabe algo; sirve para expresar incertidumbre con respecto a lo que se va a decir (que podría ser de índole negativa). Por más que. Locución conjuntiva usada para ponderar imposibilidad; puede adquirir el valor de la conjunción concesiva “aunque”. [Preguntar] en distintos tonos. Decir algo haciendo uso de todos los recursos, con repetición e insistencia (locución verbal). Retraimiento. Apartamiento (en este caso de las relaciones sociales). Un día. En cierta ocasión. Asiduo. Habitual, de presencia continuada en un determinado lugar. Rondar la calle. Pasearse por la calle donde vive la mujer a quien se galantea, haciéndose notar. Comadre. Vecina y amiga con quien tiene otra mujer más trato y confianza que con las demás. Por último. Finalmente  (locución  adverbial).  Campar. Moverse y actuar con total libertad. ¡Ya se  ve! Expresión  usada  para  manifestar asentimiento. A sí propio. A sí mismo (proposición+pronombre reflexivo+adjetivo). Dar la papilla. Engañar con cautela o astucia (locución verbal). Chuparse el dedo. Expresión utilizada normalmente en forma negativa para indicar que una persona no es tonta o ingenua, que no se la puede engañar. Hablar gordo. Dirigirse a alguien con palabras ofensivas. Mal ejemplo. Actuación indigna de imitación. El demontre del franchute. El sagaz del francés. (La interjección coloquial de carácter eufemístico “demontre” -por diablo o demonio- se ha sustantivado, por lo que la expresión pasa ser una locución sustantiva; la palabra “franchute” está empleada en sentido despectivo). ¡Valiente “cara lavada”! Expresión de sentido metafórico para aludir a la persona que parece apocopada, pero que saca provecho de las situaciones (similar a la frase coloquial “mosquita muerta”; o a la locución verbal “matarlas callando, es decir, hacer cosas indebidas con secreto y apariencia de bondad). Obús. Proyectil disparado por una pieza de artillería. Su sentido es metafórico y alude al estruendo que produce su explosión. Cosa de. Cerca de, o poco más o menos (locución prepositiva). Conferencia. Conversación. “Delorié”. Transcripción de la pronunciación francesa del apellido “Deslauriers”. Al pronto.  A primera  vista o en el primer momento (locución adverbial). Columbrar. Ver  sin  distinguir bien. Dejar suspenso. Dejar admirado, perplejo. Maquinalmente. De  manera indeliberada. Echarse algo al coleto. Bebérselo (locución verbal). Soltar la lengua. Decir cuanto a uno se le ocurre o le viene a la boca sin  consideración ni miramiento (locución verbal). Tono categórico. [Hablar] en forma que no admite objeción o discusión. ¡Nada menos! Expresión que se usa para enfatizar la importancia de lo dicho (locución adverbial). Remedar. Hacer las mismas acciones, visajes y ademanes que hace otra persona, por lo general con intención de burla. “Derogar”. Transgredir normas (en este caso de comportamiento social, y el entrecomillado subraya el empleo metafórico e irónico). Chicoleo. Dicho o donaire dirigido por un hombre a una mujer por galantería. Jolie. Voz francesa: bonita, hermosa. Risota. Risotada, carcajada estrepitosa. Ser igual. Dar igual, ser indiferente (locución verbal). No ha de ser más negro el cuervo que las alas. Refrán se usa para razonar que, cuando sucede un daño mayor, ninguno de los demás daños derivados que pudieran ocurrir son tan graves y pueden ser llevaderos. (Ya encontramos este refrán en la segunda parte de la novela picaresca Vida del Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán). Algazara. Griterío de muchas personas juntas por regocijo. Voto de castidad. Renuncia a toda posibilidad de mantener cualquier clase de relaciones sexuales. En el contexto significa “permanecer soltero”. ¡Vamos! Interjección que, en este caso, equivale a “es decir”, dado que se va a explicar un concepto anteriormente expuesto. Permanecer doncello. Por imitación de “doncella”, permanecer virgen un hombre. Los circunstantes. Los que están alrededor de un  a persona. Guiño. Cierre momentáneo de un ojo, manteniendo el otro abierto, y que lleva implícito un mensaje que no se expresa claramente. Levantar la mano. Amenazar con golpes a una persona. Gestileshombres. Plural de gentilhombre: hombres que se comportan de manera caballerosa. Reparación. Desagravio, satisfacción completa de una ofensa, injuria o daño. Terrero [campo] del honor. Sitio donde, ajustándose a a  ciertas reglas combaten dos personas; si es como consecuencia de un reto o desafío, entonces se produce el “duelo”. Balbucir. Hablar con pronunciación dificultosa y vacilante. Cachetería. Conjunto de golpes que se reciben en la cara y que  se dan con la mano abierta. Meterse en medio. Interponerse, cruzarse. El mísero. Candoroso, incauto, infeliz (el adjetivo está sustantivado). Pues corriente… El adverbio “corriente” se usa aquí para mostrar aquiescencia o conformidad. (No se trata, por tanto, del adjetivo “que corre”, empleado valor de gerundio: “corriendo”). ¡Vamos allá! Expresión de arenga  para  dar  ánimos  y para incitar  a  ponerse  a  hacer algo o ir a algún sitio. Mañana por la mañanita. A primerísima hora del día siguiente, al alba.   Padrinos.  Hombres  que  acompañan  a una persona cuando va a participar en una competición; en este caso, en un duelo. Dar palabra. Concertar de palabra algo entre dos personas. Bonne farce. Expresión francesa: buena broma, buena farsa. Pobre diablo. Hombre bonachón y de poca valía. Cet animal-là! Construcción francesa: ¡Este [pedazo de] animal! Nous allons rire. Construcción francesa: nos reiremos.

 

COMENTARIO.

La segunda parte del relato es el nudo propiamente dicho, en el que la acción empieza a complicarse. Y, en efecto, atraídos por la hermosura de la hija de Elviña -Margarita-, los oficiales del acuartelamiento de Borbón frecuenten con cualquier pretexto el tenducho del zapatero, que se sentía muy complacido y orgulloso con la clientela, porque pagaba “a tocateja” y además la piropeaban; entre ellos, el maestro de armas, señor Deslauriers, que con tantas ideas y venidas terminó dejando embarazada a Margarita, con gran escándalo de la vecindad. Enterado de lo sucedido, Elviña se presenta en el acuartelamiento para exigirle a Deslauriers que se case de inmediato con su hija, para evitar la deshonra. La situación se enreda de manera tal, que Deslauriers, tras un violento incidente en el que casi llegan a las manos, desafía a Elviña a batirse con él en duelo con sable al amanecer. En realidad todo este montaje es una farsa que solo pretende poner en ridículo a Elviña delante de la oficialidad. Y Elviña, sin saber dónde se mete, acepta el desafío. Ese “nous allons rire” con el que se cierra esta segunda parte, puesta en boca de Deslauriers, no es sino la conversión en cómica de una peripecia que tendrá un futuro desenlace tan imprevisto como dramático. Esto es, grosso modo, lo que nos cuenta Pardo Bazán. Entremos ahora a desmenuzarlo.

 

En primer lugar, la autora completa el retrato de Margarita, pero ahora visto desde la perspectiva del padre. Margarita, que ha dejado de ser niña, es ya una “mujer apetecible”, es decir, con capacidad “femenina” para agradar a los demás; y consciente de su encanto, encontraba medios ingeniosos para destacar su figura, aunque resultaran “inocentes” (sin malicia) y, además, tienen un costo insignificante (“baratos”). Y este “aparataje” se traduce en un peinado hecho con arte, “flor en el corpiño”, zapatos artesanales y un pobre vestido, aunque de buen corte, de tela de algodón estampada (“zaraza”), de confección propia. En definitiva, Margarita “era un sol”: tal es la cantidad de cualidades que atesoraba en su persona, y que dejaban extasiado a su padre; y de ahí que la contemplara a escondidas “con pueril orgullo”. Pero aun siendo “muy bonita y muy preciosa”, y llena de alegría y desparpajo, a su belleza física agregaba dos rasgos que el padre consideraba fundamentales, heredados de su difunta madre: “disposición para el gobierno y arreglo de la casa y el manejo de los cuartos”; es decir, hacendosa en las tareas domésticas y buena administradora de la economía familiar. A todo ello habría que añadir su religiosidad y honestidad -fuera de toda duda-, por lo cual el padre está convencido de que su hija puede aspirar a que quede prendado de ella o bien un joven acomodado y de buena familia (“señorito”), o bien algún artesano de buena posición que la pida en matrimonio; como, por ejemplo, Nicéforo, el ebanista, que lleva tiempo rondándola. El caso es que Santiago Elviña ya se ve con nietos… Y en el diálogo imaginario que mantiene con quien se enamore de ella, es muy significativo que deje a la voluntad de su hija la decisión del matrimonio: “Y yo ¿qué he de contestar? En siendo ella gustosa…”. [1]

 

Y ahora se incorpora un nuevo protagonista al relato: Armando Deslauriers, maestro de armas del regimiento Borbón. Y Pardo Bazán nos ofrece unas características físicas de su persona que lo  hacen  enormemente  atractivo   para  cualquier  mujer  de Marineda, sin importar su estado civil o condición social. Porque, en efecto, el francés Deslauriers, uno de los mejores clientes de Elviña, cuando paseaba a caballo por las tardes, se calzaba unas excelentes botas de montar, hechas de arrugado charol (es decir, de piel muy lustrosa y brillante), con las que resaltaba su “arrogante muslo y pierna” (con el adjetivo “arrogante”, la autora pretende destacar una cualidad que es reflejo de su carácter: la altanería; y de nuevo alude a lo físico cuando insiste en que poseía una “bien trazada pierna” que lo hacía atractivo). Pero además, Deslauriers presumía (“podía envanecerse y alabarse”) de lo llamativo de sus resplandecientes bigotes -“trabajados” con productos de belleza-; de su estructura corporal ágil y gallarda -la soltura de movimientos era producto de sus habituales ejercicios de esgrima, que le otorgaban un cuerpo escultural, de gran belleza y armónicas proporciones-; de su vestimenta -“calzones de punto, corbatas flotantes”- e incluso de los accesorios que la complementan -látigos con empuñadura plateada y “dijes de reloj en extremo caprichosos”-. Todo ello convertía a Deslauriers en un personaje que resultaba comprometedor y arriesgado -“peligroso”- para las mujeres de Marineda, sin hacer distingos en el estado civil. Y llegados a este punto, la escritora contempla todas las posibilidades, en una enumeración que adquiere un irónico sentido hiperbólico: “señoras y artesanas, dueñas, casadas y doncellas”. Para colmo, la profesión de Deslauriers -maestro de esgrima- aterrorizaba a “padres, maridos, hermanos y novios”; y ahora la enumeración se contempla desde la óptica masculina. Es decir, que por unas u otras razones, Deslauriers no dejaba indiferente a nadie en Marineda. Y todavía hay que añadir algunas otras “cualidades” que adornaban su persona: valentón y atrevido (“guapetón”, que no es lo mismo que “guaperas” -guapo y presumido-, aunque Deslauriers lo fuera); embaucador y farsante (buscaba pretextos referidos al arreglo de su calzado para entrar en el tenducho de Elviña, cuando sus verdaderas intenciones eran las de “conquistar” a su hija Margarita, cautivando amorosamente su ánimo); buen conversador, con verbosidad persuasiva y gracia en el hablar (“labia”); con suficiente dominio del castellano como para hacerse entender con facilidad, aunque manteniendo el acento francés; en definitiva, un verdadero cuentista, cuya vanidad le llevaba a exagerar o falsear la realidad. Y todo ello con la complacencia de Elviña que, ajeno a los propósitos de Deslauriers, reía sus  gracietas con gran regocijo. El retrato del personaje se va, pues, completando, y son necesarias todas estas precisiones de  carácter prosopográfico y etopéyico para abordar adecuadamente los sucesivos sucesos que protagonizará, a mitad de camino entre la comedia y el drama.

 

El cese de las frecuentes visitas de Deslauriers al tenducho de Elviña coincidió con una repentina enfermedad de su hija, que presentaba síntomas muy preocupantes y nada normales en muchacha tan joven: adelgazamiento, inapetencia, amarillez en el rostro, ojos llorosos, aspecto cadavérico, apatía, movilidad reducida, actitud taciturna, ausencia de comunicación (“retraimiento”)…; y lo más desesperante de todo para un padre preocupado en exceso: Margarita guardaba silencio cuando se le preguntaba por el origen de sus dolencias.

 

Elviña comentaba a la vecindad la mala situación de salud de su hija, hasta que un día, y por azar, se topó con la madre de Nicéforo -“pretendiente asiduo de Margarita”-, a la que, de buena fe, le trasladó sus preocupaciones; y esta le puso al corriente de la verdadera situación de Margarita: simplemente estaba embarazada. Y la forma en que le da la noticia a Elviña la señora Clara, señalando a Deslauriers como el padre, empieza siendo de socarrona sutileza, porque, sin citar su nombre, se está refiriendo directamente al maestro de esgrima, pero hablando en plural genérico, sin aludir, aparentemente, a Margarita, y como si quisiera justificar -¡de nuevo, más que ironía, sarcasmo!- la conducta irresponsable de la juventud: “Las muchachas que son… así… piensan que el mundo es ancho y que no hay más que divertirse y campar… Les gustan los señoritos de bigote retorcido, los que gastan espuelas y trotan a desempedrar la calle…”. Desde luego, el personaje descrito no puede ser otro que Deslauriers. Y frente al comportamiento de Deslauriers, y también sin llamarlo por su nombre, pero pensando en su hijo Nicéforo, -“que un año antes le rondaba la calle sin descanso”- y usando otra vez el plural genérico, la señora Clara lo contrapone al de “los artesanos honrados”      -Nicéforo es ebanista-, “hombres de bien, que las pretenden para casarse y hacerlas reinas de su casita…”. Y sigue la crítica hacia lo que Deslauriers representa: “y se van con esos tunantes que están hartos de burlarse de todas…”. La palabra elegida para referirse indirectamente a Deslauriers no puede ser -en su mente- más acertada: “tunante”, es decir, pícaro, bribón, taimado. Y de las palabras irónicas de la señora Clara se pasa a los insultos entre ambos, una vez que Elviña, cuyo “ojo tuerto despedía chispas y lumbres”, aterriza en la realidad de la situación, recuperada el habla ágil y suelta, y en plenas facultadas físicas y mentales. Tras acusarse de mentirosos recíprocamente, la señora Clara, haciendo ahora uso de un lenguaje coloquial muy descriptivo y a la vez expresivo (“dar la papilla”, “no chuparse el dedo”, “hablar gordo”, “el demontre del franchute”, “¡valiente cara lavada!”…), le descubre a Elviña una verdad que solo los tontos podían ignorar. El final de su parlamento es un modelo de insultante mordacidad: “Vaya preparando pañalitos para lo que salga… De aquí a siete años, aprendiz nuevo en la zapatería…”.

 

De vuelta a casa, enmudecido, desesperado y veloz -“corriendo, con toda la rapidez que consentía el pie lisiado”, apunta cómicamente la escritora-, penetró con estruendo en la habitación de Margarita (“como un obús”), y tras una charla   -cuyo contenido Pardo Bazán no desvela y deja a la imaginación del lector-, se vistió y calzó de forma “elegante” para encaminarse, a renglón seguido, al acuartelamiento de Borbón y pedirle cuentas a Deslauriers;  un cuartel que se encontraba precisamente detrás del Jardín, cuyos bancos frecuentaban Deslauriers y Margarita a la doce de la noche, dando mal ejemplo a la vecindad -según testimonio de la señora Clara-. Y vestido para la ocasión: “camisa limpia, ropa dominguera y botas nuevas chillonas”, más aún, las botas “metían mucho ruido con suela y tacones”, como si no quisiera “ser menos” que Deslauriers, siempre tan presuntuoso, y calzado con las botas fabricadas por Elviña.

 

Y, al fin, Elviña y Deslauriers se encuentran frente a frente, este en compañía de la oficialidad. Tras los protocolarios e hipócritas saludos por parte de Deslauriers (“-Hola, señor Elviña… Qué agradable sorpresa, señor Elviña… Usted por aquí… ¡Qué honor tan grande!…”), que dejan desconcertado a Elviña, y la aceptación por parte de este de un par de copas de ron, es Deslauriers el que toma la palabra, en publico, aclarándole que es cierto que se ha saltado las normas sociales (el verbo “derogar”/“déroger” tiene en francés y en castellano el mismo significado, pero el entrecomillado tal vez pueda sugerir una desvalorización del concepto de transgresión), piropeando galantemente a su hija (“chicolear”), pero que ello no les ni a la hija ni al padre el menor derecho sobre su persona (“tenerme cautivo”, es decir, con su libertad comprometida). A partir de aquí, la actitud de Deslauriers es cada vez más humillante para Elviña (“Y, a propósito, ¿cómo está [Margarita]? ¿Siempre tan jolie? Preséntele usted mis cumplimientos…”). Por contra, Elviña, ante las burlas de la oficialidad por la situación planteada, está cada vez más enfadado (castañeteo de dientes, entrañas encendidas…). Y haciendo gala del lenguaje proverbial (“No ha de ser más negro el cuervo que las alas”) y coloquial (“le mato como a un perro”), que contrasta con la exquisitez de Deslauriers, le conmina a que despose a su hija en el plazo de veinticuatro horas, ante el alborozo de la oficialidad. Y Deslauriers pone como pretexto para no ser su marido que tiene hecho voto de castidad (“de permanecer doncello”), disparatada ocurrencia que todos los presentes acogieron con estrepitosas risotadas. Considerándose más agraviado aún si cabe, Elviña intenta agredir a Deslauriers, lo que impiden sus compañeros de armas, aunque tuvo ocasión de rozar su cara, lo cual fue suficiente para que Deslauriers le exigiera el desagravio a tal ofensa en el campo del honor. Ese “expresivo guiño a los oficiales que le cercaban” es el comienzo del desarrollo de una broma -batirse con él en duelo- ante unos hechos que Elviña se ha tomado muy en serio; y acepta el desafío sin saber realmente dónde se se va a meter. Y es necesario que le expliquen a Elviña en qué consiste una reparación de honor mancillado entre caballeros, tan alejada de “una cachetina vulgar”, y que se rige por un ceremonial bien definido (celebración al alba, con asistencia de padrinos, elección de arma por el ofendido    -que, en este caso, es el sable-...). Las seis de la mañana es la hora, y el Jardín el lugar. Queda, pues, todo apalabrado. Y Deslauriers augura un futuro muy poco halagüeño para Elviria: “Le daré una paliza para que no vuelva a molestarnos…, y luego le traeremos aquí y le emborracharemos con ron…, y le haremos bailar”. Y puesto que Elviña no ve por un ojo, afectado por una catarata, Deslauriers, para llevar la broma a extremos esperpénticos, decide que acudirá con un ojo vendado.  La expresión en un perfecto castellano, entreverado con palabras francesas (“bonne farce”, “cet animal-là”, “nous allon rire”) muestran el desprecio que Deslauriers siente por Elviña y su deseo de reírse de quien considera un “pobre diablo” (además de un “animal” y de un bobo). Hay demasiada soberbia y un exceso de mala educación tras la conducta del maestro de esgrima, que pasa por ser un caballero y que se ha venido aprovechando del candor de Elviña para atraerse a Margarita.

 

Repasemos ahora algunos de los rasgos de estilo exhibidos por Pardo Bazán en esta segunda parte.

 

En busca de una mayor complicidad entre escritora y lectores, Pardo Bazán o bien se dirige expresamente a ellos [i]; o bien interviene directamente en el texto aportando sus propios puntos de vista [ii]; o bien usa el plural de modestia -un nosotros que encubre un yo- [iii]; o bien “se esconde” tras afirmaciones categóricas [iv]; o bien utiliza formas impersonales que enmascaran su personalidad [v]. Podemos encontrar claros ejemplos de todos estos casos:

 

[i] “y verán ustedes la composición de lugar que se hizo para sí el zapatero”. “Vaya usted a averiguarlo! ¡Vaya usted a saber por qué…!”.

[ii] “y casi me parece ocioso advertir…”. Creo que hasta el ojo tuerto despedía chispas y lumbres”.

[iii] “Como íbamos diciendo…”.

[iv] “Los hombres sobrios disponen de un recurso más que los intemperantes”.

[v] “puede deducirse que…”; “hay que añadir…”; “cuanto puede deducirse…”.

 

Todas estas manifestaciones retoricas, hábilmente combinadas, son la constatación del papel de una narradora omnisciente que se entromete en los hechos y busca captar el interés del lector y hacer más ameno el relato.

 

Y a la hora de perfilar física y psíquicamente a los personajes, Pardo Bazán obtiene retratos que casan perfectamente con las conductas que exhiben. Ahora se completa el retrato de Margarita, se amplía el de Santiago Elviña, se perfila el de Armando Deslaunriers, e incluso se caracterizan personajes secundarios, como son la madre de Nicéforo, el ebanista -la señora Clara- o los oficiales compañeros del maestro de esgrima. Y es el propio Elviña quien pergeña la descripción de las cualidades de su hija: agraciada en su belleza, hacendosa y diligente, virtuosa y alegre, clara de entendimiento y con soltura en el trato, honesta y de intachable moralidad, de habla dulce y apacible… (Lo que en el texto no se explicita es el contenido de la conversación entre padre e hija cuando este se entera de que Deslauriers la ha dejado embarazada; de su boca no sale ningún improperio hacia ella). Para Deslauriers, Margarita es, simplemente, una muchacha “jolie”, merecedora, a lo sumo, de algún piropo.

 

En cuanto a Santiago Elviña, sabe ponderar objetiva y adecuadamente la hermosura de su hija (¡Vaya si es bonita y preciosa!” -como todos dicen-), a la considera capacitada para ser una buena esposa; se preocupa por el cambio brusco en su salud (un padre entregado al cuidado de su hija, huérfana de madre; el diagnóstico que de su enfermedad emite Pardo Bazán es tan detallado como expresivo); defensor a ultranza de su honestidad (aunque le afeen el mal ejemplo que con su conducta con Deslauriers viene dando por las noches en los bancos del Jardín); capaz de enfrentarse a quien sea, donde sea y como sea, con tal de reparar el honor de su hija (la deshonra se lava con el matrimonio, y la comicidad del texto parece adquirir ribetes calderonianos, solo compensados por la habilidad humorística de la escritora); cándido ante situaciones desconocidas, pero valiente en el campo del honor, a pesar de su cojera y de su ojo tuerto (es capaz de enfrentarse con un maestro de esgrima, tan diestro en el uso de las armas como Elviña en la confección de zapatos). Y como más adelante veremos, religioso ante circunstancias desesperadas (lo que da titulo al texto: “En el nombre del Padre…”); y feroz en la defensa de lo que considera justo para preservar los intereses de su hija (al final, Deslauriers paga con la muerte su osadía).

 

Vayamos ahora con el retrato que del “franchute” Deslauriers traza Pardo Bazán. Si hubiera que definirlo con un a sola palabra, sería la de “fantasmón”, es decir, presuntuoso en exceso, arrogante; con gran atractivo físico, cuerpo escultural y cuidada vestimenta -hasta las botas hechas por Elviña eran de resplandeciente charol-, adornada con hermosos complementos; y muy echado para adelante, perturbando el ánimo del “mujerío marinedino de cualquier estado y condición”; ameno y divertido conversador en buen castellano, aunque sin poder ocultar la procedencia francesa de su acento, lengua a la que recurre de manera ocasional cuando pretende desprestigiar a Elviña y mofarse de él; algo desvergonzado en su comportamiento; bebedor de ron y fumador; sarcástico -pretende convencer a Elviña de que no se casa con su hija porque tiene hecho voto de castidad-; hipócrita -finge haber sido agredido por Elviña para exigirle la reparación de la ofensa en el campo del honor-; y sobre todo, cruel ante los defectos físicos de los demás -para reírse de Elviña, decide que se tapará un ojo en el duelo que van a mantener, porque de esta manera, al ser Elviña tuerto, se batirán en igualdad de condiciones; pero a la cojera de Elviña no alude en ningún momento-; y, además de todo lo anterior, Deslauriers es maestro de esgrima en el cuartel de Borbón -lo que tiene aterrorizada a la población-, mientras que Elviña es un zapatero artesano desconocedor del mundo de las armas blancas. Pardo Bazán, para establecer un claro contraste entre las cualidades de físicas y morales de Elviña y de Deslauriers, ha diseñado con todo esmero la figura de este, que no pasa de ser un miserable fanfarrón.

 

Personaje secundario es doña Clara, la madre del ebanista Nicéforo, pero necesario para el desarrollo de la trama, ya que es ella la encargada de informar a Elviña de que su hija Margarita está embarazada del “demontre del franchute” -al que ni siquiera cita por su nombre, en señal de desprecio-. Y lo más sangrante de la situación es que Nicéforo “un año antes le rondaba la calle sin descanso”-. De todo el vecindario no es, pues, casual que Pardo Bazán haya elegido a la señora Clara como la comadre que “destapa” el affaire entre Margarita y Deslauriers. En su primer parlamento, la señora Clara le habla  a Elviña “con palabras truncadas y reticentes”. Los puntos suspensivos no sirven en este caso para interrumpir el discurso creando un cierto clima de suspense, sino que se utilizan con intención enfática o expresiva alargándolo entonativamente (“palabras truncadas”). Pero, además, la escritora está recurriendo a la figura retórica de la “reticencia”, porque los enunciados incompletos dan a entender el sentido de lo que no se dice, y a veces más de lo que se calla (“palabras reticentes”): “-Y usted qué quiere, señor Santiago… Las muchachas que  son… así… piensan que el mundo es ancho y que no hay más que divertirse y campar… […]”; “esos tunantes que están hartos de burlarse de todas… ¡Ya se ve!…”. Todo el parlamento está, pues, pronunciado con un grado de ironía superlativo, pero sin perder el sentido de la buena educación. En cambio, en su segundo parlamento cambia la actitud de la señora Clara; y si bien se continúa recurriendo a los puntos suspensivos -ahora con el deseo de dejar el enunciado incompleto y en suspenso-, se echa mano del insulto (“¡Embustero usted!”) y de un lenguaje coloquial demasiado plagado de tópicos, aunque muy eficaz a la hora de expresar un estado de furia: “dar la papilla”, “chuparse el dedo”, “hablar gordo”, “el demontre del franchute”, “¡Valiente «cara lavada»!”; y tras ese exceso de construcciones fosilizadas puede haber un bajo nivel cultural.

 

También los oficiales del acuartelamiento de Borbón desempeñan un papel muy secundario, prestándose a la broma urdida por Deslauriers. De entrada, “celebran con risotas y bromas” el primer intercambio de golpes dialécticos entre Elviña y Deslauriers; y conforme la situación se va tornando más tensa, en el ambiente “redobló la algazara”, con risas cada vez más desmedidas. Se interponen entre ambos para evitar que lleguen a las manos; pero ese “Nous allons rire!” con que se cierra la segunda parte del texto pone de manifiesto su grado de complicidad.

 

En cuanto al léxico empleado, es muy significativo cómo elige la escritora las palabras que mejor expresan lo que quiere decir; es, por tanto, un léxico el suyo que sorprende por su riqueza y variedad, propiedad y precisión; un léxico que es capaz de hacer compatible el uso del registro culto con el coloquial, el valor denotativo con el connotativo de los vocablos (en particular en el uso de adjetivos); y que introduce cuando lo estima conveniente expresiones y palabras francesas -en las intervenciones del franchute Deslauriers- para “recrear” un ambiente que pretende ser refinado. Entresaquemos del texto solo algunas oraciones elegidas al azar:

 

“Deslauriers podía envanecerse y alabarse de unos bigotes castaños, lustrosos de comético”. (Narradora).

“Señor Santiago, yo quiero a Margarita, y esto, y esto, y lo otro? Y yo ¿qué he de contestar? En siendo ella gustosa…, esto y aquello, y lo de más allá. Y a la iglesia…, y al año, nietos”. (Elviña, hablando para sí mismo; lenguaje coloquial)

“Les gustan los señoritos de bigote retorcido, los que gastan espuelas y trotan a desempedrar la calle”. (Señora Clara).

“¿Nos querrá dar la papilla de que no sabe la verdad? A los tontos con eso…, que aquí no nos chupamos el dedo, señor Santiago. ¡Y ya que habla tan gordo…, ha de oír!”. (Señora Clara; lenguaje coloquial).

“Digna era la cara de Santiago, en aquel momento, del pincel de un gran artista. Creo que hasta el ojo tuerto despedía chispas y lumbres”. (Narradora).

“Santiago no contestó. Afonía completa. Su garganta no podía formar sonidos”. (Narradora)

“¡Nadie ignora que yo he «derogado» diciendo cuatro chicoleos a la señorita Margarita…, y usted y ella pensaban de tenerme cautivo!”. (Deslauriers).

“Ya que no quiere usted hablar a solas, hablaré delante de todos. Me es igual. No ha de ser más negro el cuervo que las alas. Vengo a que se case usted con mi hija en el término de veinticuatro horas”. (Santiago Elviña)

“No ha de ser una cachetina vulgar, sino un lance como entre caballeros”. (Deslauriers).

“Verán ustedes que bonne farce -dijo el francés cuando el pobre diablo hubo salido-. Cet animal-là no ha visto un sable”. (Deslauriers, introduciendo palabras y construcciones de la lengua francesa).

  

 

Tanto los diminutivos como las comparaciones se han reducido notablemente, aunque su valor expresivo es grande en los respectivos contextos: “mocita”, “pañalitos”, “señorito” -con el sufijo lexicalizado-, “cachetina” [cacha+ete+ina]; “se vuelve más amarilla que un limón” (la cara de Margarita), “levantándose como una sierpe (la señora Clara), “entró en su casa lo mismo que un obús” (Elviña), “lo mato como a un perro” (Elviña a Deslauriers). En cambio, proliferan las locuciones adverbiales (que expresan significados más específicos que los propios adverbios, por lo que, en la mayoría de los casos, no pueden reemplazarse por adverbios en -mente): “a hurtadillas”, “por lo menos”, “al contado”, “por añadidura”, “de pronto” (usada en tres ocasiones), “por último”, “al pronto”, “al través”, “a solas”, “nada menos”, “en torno de”, “de improviso”, “a tiempo”, “en medio”, “de cualquier modo”; y, en menor número las locuciones verbales (“andar dando vueltas”, “rondar la calle”, “dar la papilla”, “chuparse el dedo”, “echarse algo al coleto”) y alguna locución pronominal (“esto y aquello y lo demás allá”, “este tal”). Más que el mero inventario de locuciones, lo que nos interesa subrayar es el valor semántico que, a modo de precisión,  añaden a la expresión, más allá de su función sintáctica.

 

En la selección léxica efectuada por la escritora pueden rastrearse al menos

dos campos semánticos, relativos a unidades léxicas que comparten un núcleo de rasgos de significado:

 

Indumentaria.

Margatita: flor en el corpiño, zapato bien hecho, zapato de gringán o zaraza.

Deslauriers: botas de montar de arrugado charol (pespunte, forro, bola), espuelas (en las botas de montar), látigos con puño de plata, corbatas flotantes, dijes de reloj.

Elviña: camisa limpia, ropa dominguera, botas nuevas chillonas (con suela y tacones).

Antecedentes de un duelo.

Maestro/profesor de esgrima (Deslauriers), deber una reparación en el campo del honor, batirse, lance de honor, padrinos, sable.

 

Y con respecto al uso del adjetivo, sigue siendo constante en el texto. Prescindiendo de los adjetivos de carácter atributivo y predicativo, y ciñéndonos solo a los adjetivos que acompañan al nombre como adjuntos, observamos que Pardo Bazán ha preferido la anteposición, si bien prima, casi exclusivamente, el valor denotativo sobre el connotativo; pongamos ejemplos: “artístico peinado”, “pueril orgullo”, “lucida parroquia”, “arrogante muslo y pierna”, “arrugado charol”, “bien trazada pierna”, “único atractivo”, “diario ejercicio”, “largos ratos”, “inteligible castellano”, “bonísima gana”, “distintos tonos”, “gran artista”, “consiguientes sucesos”, “ofendido padre”, “agradable sorpresa”, “blanca mano”, “preciosa hija”, “sucios cristales”, “expresivo guiño”; y solo en un caso, son dos los adjetivos antepuestos al nombre: “inocentes y baratos artificios”. [En el caso de “mal ejemplo” (actuación cuya imitación debe evitarse) y “pobre diablo” (hombre bonachón y de poca valía), se trata de expresiones pluriverbales que designan un concepto unitario]. Y pongamos ahora ejemplos de posposición del adjetivo al nombre, algo más frecuente en el texto: “acción liviana”, “artesano acomodado”, “pespunte más apretado”, “forro más alto”, “silla medio [no enteramente] desvencijada”, “cuentos chistosos”, “fenómeno gravísimo”, “pretendiente asiduo”, “bigote retorcido”, “artesanos honrados”, “ojo tuerto”, “habla expedita”, “aprendiz nuevo”, “afonía completa”, “pie lisiado”, “camisa limpia”, “hombres sobrios/intemperantes”, “tono categórico”, “cortesía irónica”, “voz mojada”, cachetina vulgar”; y, en contados casos, es una pareja de adjetivos la que se pospone al nombre, ayudando a lograr un ritmo más eufónico en las correspondientes oraciones : “bigotes castaños, lustrosos de cosmética”, “cuerpo ágil y estatuario”, “palabras truncadas y reticentes”, “botas nuevas chillonas”, “reacción impensada y súbita”. [En el caso de “mujerío marinedino”, “acento francés” y “ropa dominguera”, consideramos que los adjetivos no tienen valor calificativo, sino determinativo]. Sea como fuere, toda esta profusa adjetivación tiene un carácter especificativo y añade matices singulares que completan adecuada y significativamente a los nombres a los que acompañan.

  En cuanto al lenguaje metafórico, es mínimo y fácilmente comprensible, porque Pardo Bazán ha preferido cargar las tintas en los aspectos irónicos del texto. Podemos, no obstante, señalar algunas imágenes: “Margarita es un sol” (posee cualidades extraordinarias, en opinión de su padre); “No sería ningún milagro que se prenda de ella un señorito” (no resultaría extraño…); “Los oficiales decían a Margarita cosas de miel” (la obsequiaban con piropos atractivos y deleitables); “De pronto pareció como si Deslauriers les hubiera perdido todo el cariño a sus botas de montar” (el despego hacia las botas que tanto cuidaba, con tal de estar cerca de Margarita, se traduce ahora en indiferencia hacia ella); “Digna era la cara de Santiago, en aquel momento, del pincel de un gran artista” (expresión que se le queda a Elviña cuando se entera de que su hija está embarazada, y de Deslauriers, merecedora de ser inmortalizada en un retrato de un maestro de la pintura); “Creo que hasta su ojo tuerto desprendía chispas y lumbres” (reflejo en los ojos de Elviña de una fuerte indignación). Esta imagen puede tener su continuidad cuando, delante de Deslauriers, “sintió que se le encendían las entrañas” (es decir, que sentía un gran dolor); “el demontre del franchute” (locución sustantiva empleada para desacreditar a Deslauriers); “vaya preparando pañalitos para lo que salga…, de aquí a siete años, aprendiz nuevo en la zapatería” (irónica alusión al progreso del embarazo y a su resultado con el paso del tiempo: “pañalitos” y “aprendiz”); “No tardó en columbrar a través de la niebla a su opositor” (Elviña distingue a Deslauriers entre el humo del tabaco que invade la estancia en la que este se encuentra con los demás oficiales); “y usted y ella pensaban tenerme cautivo” (referencia al compromiso que conlleva el matrimonio y la paternidad, considerados desde una doble perspectiva: la de Margarita y su padre, y la de Deslauriers); “Aquí las risas de los circunstantes fue tan ruidosa [el defecto de concordancia está en el texto original], que hizo temblar los sucios cristales de la estancia” (descripción hiperbólica de los efectos de las risotadas de los oficiales: que los cristales tiemblen). Todas estas imágenes deben ser cuidadosamente contextualizadas, porque su fuerza expresiva radica en la ironía, sin la cual es texto no sería entendible.

 

Desde el punto de vista sintáctico, el texto, los periodos oracionales son largos [i], y predominan las construcciones hipotácticas (subordinación) cuando es la narradora la que refiere los hechos [ii]. Sin embargo, los diálogos son breves y dinámicos, y reflejan a la perfección la personalidad de los interlocutores [iii]. (Por cierto, Margarita, como si de una Dulcinea se tratara, es “la ausente siempre presente”: sabemos cómo es y qué es lo que le ocurre, pero a través de lo que dicen y hacen los demás protagonistas del relato). Para no ser exhaustivos, veamos solo algunos ejemplos:

 

[i] “Al llegar a la edad en que la niña se transformaba en apetecible mujer, Margarita había descubierto, sola y sin ayuda ni consejo de nadie, el secreto de realzar la belleza con inocentes y baratos artificios, como el artístico peinado, la flor en el corpiño, el zapato bien hecho (tenía la fábrica en casa), el vestido de pobrísimo «guingán» o «zaraza», cortado con gracia y adornado… por la hermosura de quien lo vestía”.

[ii] “Y el maestro de armas, que había contraído las cejas cuando se viera amenazado de un bofetón, al oír los sollozos del padre se aproximó a él, no sin dirigir antes expresivo guiño a los oficiales que le cercaban”. 

[iii] -¡Oh! No lo entendemos lo mismo, señor Elviña… No ha de ser una cachetina vulgar, sino un lance como entre caballeros. El honor lo exige.

-¿Y no me sujetarán los brazos? ¿No se meterán en medio estos señores? -gimió el mísero.

-¡Sujetar los brazos! ¡Cómo se entiende! ¿No le digo que se trata de un lance de honor?

-Pues corriente… ¡Vamos allá! De cualquier modo…

 

Pardo Bazán logra que su prosa tenga un ritmo fluido, sostenido y armónico empleando reiteraciones léxicas, construcciones bimembres, paralelismos -cuyos elementos morfosintácticos están casi siempre simétricamente dispuestos-; y todo ello apoyado por lo general en enumeraciones que parecen no tener fin, precisando situaciones, acciones...  Sirvan estos ejemplos de los muchos que se pueden entresacar del texto:

 

“Como al mismo tiempo es tan buena y tan religiosa, ya se yo que no tendrá un mal pensamiento ni una acción liviana”. [En la construcción “tan+adjetivo”, “tan” funciona como adverbio demostrativo con el significado de “así o en tal grado”; obsérvese, además, el quiasmo formado por “adjetivo+nombre/nombre+adjetivo”].

 

“Reunida a su fama de hermosa su fama de honesta…”. [Construcción bimembre con la reiteración del mismo nombre acompañado de complemento nominal].

 

“y en el ramo de la indumentaria [podía] preciarse de una colección de látigos con puño de plata, calzones de punto, corbatas flotantes y dejes de reloj en extremo caprichosos”. [Enumeración de cuatro elementos: “látigos”, “calzones”, “corbatas” y “deje”; nombres acompañados de adjuntos].

Deslauriers [era] muy peligroso para el mujerío marinedino de cualquier estado y condición: señoras y artesanas, dueñas, casadas y doncellas. Hay que añadir que la profesión de Deslauriers infundía cierto terror a padres, maridos, hermanos y novios”. [Paralelismo en la enumeración de cuatro nombres sin adjuntos].

 

“Ya era un pespunte más apretado, ya un forro media pulgada más alto, ya la borla que se había estropeado y hacía falta una nueva…”. [Serie ternaria ligada por la conjunción disyuntiva “ya”].

 

 “charlando y refiriendo, con labia y acento francés, si bien en muy inteligible castellano, anécdotas de la guerra, cuentos chistosos…”. [Construcción bimembre verbal y nominal].

 

“una mocita de dieciséis o diecisiete adelgaza, rehúsa la comida, se vuelve más amarilla que un limón, tiene siempre ojos de llorar y cara de morir, se encierra en su cuarto y se pasa el día echada sobre la cama o sentada en un rincón oscuro, caídos los brazos, caída la cabeza, sin responder cuando le hablan y sin decir, por más que la acosen y pregunten, ni qué le duele, ni el origen de su mal. [Larga enumeración con diez verbos principales; además, se establecen varios paralelismos con perfecta simetría morfosintáctica: “caídos los brazos, caída la cabeza”, “sin responder y sin decir”, “por más que la acosen y pregunten”].

 

“Les gustan los señoritos de bigote retorcido, los que gastan espuelas y trotan a desempedrar la calle… Desprecian a los artesanos honrados, a los hombres de bien, que las pretenden para casarse y hacerlas reinas de su casita…”. [Tres construcciones bimembres, aunque con diferente estructura morfosintáctica].

 

“y de pronto, recobrando habla expedita y el uso de sus potencias…”. [Construcción bimembre].

 

“Santiago se puso camisa limpia, sacó del fondo del arca la ropa dominguera, se calzó un par de botas nuevas chillonas y, metiendo mucho ruido con suela y tacones, se dirigió desde su morada al cuartel de Borbón”. [Enumeración de cuatro elementos apoyada en verbos principales].

 

“Maquinalmente aceptó la copa de ron, y maquinalmente se la echó al coleto…”. [Construcción bimembre[.

 

“Señor Elviña, muy agradecido al honor que usted me dispensa pidiéndome mi blanca mano para su preciosa hija…”. [Paralelismo formado por una estructura bimembre: “determinante posesivo+adjetivo+ nombre”].

 

“Santiago calló, apretó los dientes, cogió la botella de ron, llenó otra copa, bebió otro sorbo, y de improviso, sin chistar, alzando la diestra, se arrojó sobre el maestro de armas…”. [Enumeración de cuatro elementos apoyada en verbos principales].

 

“Le daré una paliza para que no vuelva a molestarnos…, y luego le traeremos aquí y le emborracharemos con ron…, y le haremos bailar”. [Enumeración de cuatro elementos apoyada en verbos principales, y en la que el polisíndeton aporta una mayor expresividad].

 

Y, desde luego, es fundamental la división en parágrafos, gracias a los marcadores discursivos, confieren al texto la trabazón interna que originan los diversos mecanismos de valor gramatical, de manera que se facilita así el proceso de su comprensión. Veamos, pues, ejemplos:

 

[Y a la iglesia…, y al año nietos.

Muy orondo vivía con semejantes esperanzas Santiago Elviña].

[Santiago estaba prendado de tal clientela.

Uno de los mejores clientes era francés].

 

Y no hay más que seguir leyendo el texto para reparar en el empleo de unidades lingüísticas especializadas en encadenar los diferentes parágrafos, y que sirven para señalar específicamente el tipo de relación sintáctico-semánticas que hay entre ellos: “Como íbamos diciendo”, “De pronto”, “¿Y de qué?”, “Así razonaba Santiago Elviña”, ¿Y usted qué quiere, señor Santiago?”; etc., etc.

 

 

 

NOTAS.

 

[1] No está tan alejada en el tiempo, en relación con este cuento, publicado en 1892, uno de los nueve que reunió Pardo Bazán con el título de “Cuentos de Marineda” para configurar el V tomo de sus Obras completas, la obra de Leandro Fernández de Moratín El sí de las niñas”, estrenada en Madrid en 1806 con gran éxito de público (alrededor de 37.000 espectadores en menos de cuatro semanas de representación). Frente al matrimonio impuesto por convención social, triunfa el verdadero amor.

 

Bibliografía.

 

Cervantes Virtual/UNED. Vida y obra literaria de Emilia Pardo Bazán.

 

RTVE/La 2. Emilia Pardo Bazán, feminista comprometida. (Mujeres en la Historia).

https://www.rtve.es/play/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-emilia-pardo-bazan/849428/

 

Instituto Cervantes. Darío Villanueva. El papel de Emilia Pardo Bazán en la intelectualidad española entre siglos.

 

Biblioteca Nacional de España. Isabel Burdiel. Emilia Pardo Bazán. El reto de la modernidad.

 

RAE. Emilia Pardo Bazán en la RAE. Con motivo del centenario de su muerte, la RAE dedica a la escritora Emilia Pardo Bazán una jornada literaria coordinada por la académica Carme Riera, en la que se desgrana su vida y sus obras. (Duración del vídeo: 2 horas y 22 minutos).

 

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