De cómo una carta de José Antonio Coppen Fernández -escritor y cronista local de Lugones (Asturias)-, titulada “¿Que cuántos años tengo?”, y publicada en La Nueva España el 26 de febrero de 2016, se termina convirtiendo en un poema falsamente atribuido al escritor portugués José Saramago. La falsificación, de autor(es) desconocido(s), tuvo gran difusión por internet, y aun hoy en día se presta a confusión, aunque el estilo de Saramago y el contenido de sus poemas sean muy diferentes.
La carta
¡Qué importa eso! Una cosa nos interesa adelantar a nuestros lectores: no se nace joven, hay que adquirir la juventud mediante la constante evolución. En buena parte de la sociedad existe un afán desmedido por conocer la edad ajena. No sé por qué se les ocurre tal ocurrencia, valga la redundancia incluida deliberadamente. A nuestro entender, la edad forma parte del patrimonio de la humanidad y nadie, o casi nadie, se toma la licencia de preguntarle por su patrimonio, salvo Hacienda. Cuando alguien osa en preguntarnos tal dato, nuestra contestación es llevar el dedo índice a la frente y decir de “aquí” tengo 30 años. Así despejo el interés de los curiosos.
A este respecto, hemos recepcionado una serie de argumentos curiosos para rebatir el interés por la edad ajena: ¿que cuántos años tengo? Ahí les va la contestación resumida, para no extendernos demasiado:
-Tengo la edad que quiero y siento.
-La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
-Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.
-No quiero pensar en ello. Unos dicen que ya soy viejo/a, y otros, que estoy en el apogeo.
-Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro.
-Tengo los años necesarios para hacer lo que quiero, para reconocer errores viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos. -Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, peo con el interés de seguir creciendo.
-Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones se convierten en esperanza.
-Tengo los años en que el amor a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada y otra, en un remanso de una pasión deseada… y otras en un remanso de paz, como el atardecer en la playa,.
-¿Que cuántos años tengo? No necesita marcarlos con un número, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que derramé por el camino al ver mis ilusiones truncadas ¡valen mucho más que eso.
-¡Qué importa si cumplo 50, 60 o más, pues lo que importa es la edad que siento! -Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.
-¿Que cuántos años tengo? ¡Eso a quién le importa! Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento. ¿Qué importa cuántos años tengo o cuántos espero alcanzar? Si con los años que tengo aprendí a querer lo necesario y a tomar sólo lo bueno.
Que tengan todos nuestros lectores un hermoso día.
¿Qué cuántos años tengo?
¡Qué importa eso!
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido...
Pues tengo la experiencia de los años vividos
y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo! ¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo, y otros “que estoy
/en el apogeo”.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,
sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,
para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos,
rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo
/lograrás!...
¡Estás muy viejo, ya no podrás!...
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,
pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños,
se empiezan a acariciar con los dedos,
las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada,
ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
y otras… es un remanso de paz, como el atardecer en la
/playa...
¿Qué cuántos años tengo? No necesito marcarlos con un
/número,
pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos,
las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones
/truncadas...
¡Valen mucho más que eso! ¡Qué importa si cumplo cincuenta,
/sesenta o más!
Pues lo que importa: ¡es la edad que siento!
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero,
pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza
/de mis anhelos
¿Qué cuántos años tengo? ¡Eso!... ¿A quién le importa?
Tengo los años necesarios para perder ya el miedo y hacer lo
/que quiero y siento.
Qué importa cuántos años tengo. o cuántos espero,
si con los años que tengo,
¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!
[Así organizado, el texto podría pasar por un poema en versículos].
Un poema de Saramago.
Este poema sí es de Saramago. Se titula “Pasado, presente, futuro” (“Passado, presente, futuro”), y forma parte del libro Poemas posibles (Os Poemas possíveis), de 1966. Ofrecemos el original en portugués, acompañado de la traducción española.
Yo fuí…, yo soy… qué seré… José Saramago reflexiona en este poema sobre la constatación, desde el presente dolorosamente frágil, de su pérdida de identidad referida al pasado: ni siquiera hay vivencias alojadas en la memoria de lo que fue, y que el paso inexorable del tiempo ha sumergido en un vacío; y además, sin expectativas ante un futuro decepcionante.