Zamorano de nacimiento (1852) y con arraigo en Oviedo hasta su muerte (1901), Leopoldo Alas -conocido por el seudónimo de “Clarín” [1]-, además de ser uno de los más grandes escritores de la tendencia realista, fue un agudo crítico literario en la prensa periódica de la época, desde la que, además, lanzaba duras diatribas contra la clase política de la Restauración -lo cual le granjeó no pocas enemistades-; y fue también un severo docente -ejerció como catedrático en la universidad de Oviedo con total honradez y sentido de la responsabilidad-. Y aunque cultivó con acierto la novela corta [2] y el cuento [3], le cabe el honor de haber escrito La Regenta (1884-1885), considerada por la crítica como la mejor novela en lengua castellana del siglo XIX -solo comparable, en su tiempo, con Fortunata y Jacinta, de Pérez Galdós-, aun cuando en su época -e incluso con posterioridad- no gozó de gran popularidad, sin duda por razones de índole extraliteraria e ideológica.
En efecto, para el el escritor Ricardo Labra, la recepción en la ciudad de Oviedo de La Regenta fue nefasta y constituyó un auténtico escándalo -de hecho, la obra se publicó en Barcelona-, y a ello contribuyeron varios factores: “la conducta teocrática del obispo Ramón Martínez Vigil [que publicó una pastoral contra la novela], el precoz olvido en que cayó la obra de Clarín, el ignominioso fusilamiento del rector [de la Universidad de Oviedo] Alas [Leopoldo García-Alas García-Argüelles, hijo de Clarín, que fue miembro del Partido Republicano Radical Socialista y fusilado el 20 de febrero de 1937], la vil e iconoclasta vejación a la memoria del autor de La regenta, la lamentable historia de su busto y de su monumento [inaugurado el 21 de septiembre de 1908 y destruido por falangistas a finales de febrero de 1937], la larga noche del franquismo con su explícita o subrepticia censura a la que con honradez, clarividencia y pertinacia, procuraron oponerse y resistir algunas fuerzas intelectuales de casa y de fuera”. [4]
La regenta, un fresco de tipos, ambientes y costumbres, reflejo de toda la sociedad española de la época.
El ambiente de Vetusta, que no es sino la ciudad de Oviedo, erigida en el paradigma de cualquier ciudad provinciana de la época -repárese en el sentido irónico del nombre elegido por “Clarín”: “Vetusta” es la sustantivación de un adjetivo que significa “extremadamente vieja y anticuada”- se convierte en un factor esencial que condiciona los comportamientos de los personajes, tanto principales -el antiguo Regente de la Audiencia, Don Víctor Quintanar, hombre abúlico, tan bondadoso como maniático, y nada preocupado por su relación conyugal -más bien por el teatro y la caza-, pues veía a su mujer con ojos paternales; Ana Ozores, “la Regenta”, mucho más joven que su marido, frustrada en su matrimonio e insatisfecha ante la mediocridad que la rodea [5]; el Magistral Don Fermín de Pas [6], confesor de Ana Ozores, y un personaje de ambición desmedida; y el seductor Don Álvaro Mesía, que no pasa de ser un donjuán provinciano sin escrúpulos- como secundarios, que superan el centenar y que contribuyen a poner en pie ese variopinto enjambre humano que constituye el alma de la ciudad; creados todos ellos con esa capacidad de penetración psicológica inigualable que caracteriza a “Clarín”. [7] El escritor nos adentra en todos los escenarios posibles de la ciudad: catedral, casino, casonas señoriales son sus elegantes salones, calles y paseos, barrios populares, zonas rurales…; y lo hace con pormenorizadas descripciones que confieren mayor viveza al relato; un relato que que no escamotea la realidad social en que viven inmersos los personajes: la corrupción de la aristocracia, la vulgaridad de la burguesía, el materialismo del clero, la falsa religiosidad, la mediocridad de un ambiente provinciano; y todo ello captado con una gran objetividad, sin que se entremezclen reflexiones personales del autor, aunque haya no pocas ocasiones en las que no pueda impedir que su voz se deje sentir.
La ciudad de Vetusta como protagonista.
“Clarín” quiere presentar a los ojos del lector una ciudad -Vetusta- que simboliza lo que podría ser una ciudad provinciana cualquiera de la época de la Restauración; y destripa su funcionamiento tedioso hasta en las diversiones, recogiendo con no poca dosis de ironía sarcástica hasta sus más insignificantes detalles (envidias, odios ancestrales, corrillos de correveidiles…); pero haciendo siempre gala de una pasmosa objetividad que la precisión y exactitud del lenguaje empleado se encarga de acentuar. Detalles que sus múltiples descripciones intercaladas en el relato se prodigan con generosidad. Y no hay más que abrir la primera página de La Regenta para comprobarlo. Porque si sorprendente es la torre de la catedral de Oviedo -esa “aguja” que se eleva hacia el cielo y que, indefectiblemente, permanece en la memoria de quienes la hayan visto “en vivo”-, más lo es la descripción que de ella efectúa “Clarín”, ante la cual el objetivo de la mejor cámara fotográfica existente queda “ensombrecido”. Porque el valor literario de la descripción de “Clarín” -en la que abundan los adjetivos que, además de aportar morosidad al texto, le insuflan un carácter peculiar en el que coexisten su carga semántica tanto objetiva como afectiva- va mucho más allá, al recoger y descubrir aspectos que ese objetivo fotográfico sería incapaz de reflejar. Y estos son, precisamente, los párrafos iniciales de La Regenta.
Al fondo, la catedral Metropolitana de San Salvador, de Oviedo, situada en la plaza de Alfonso II, el Casto. En primer plano, la escultura que representa a Ana Ozores (recreación de una dama de finales del siglo XIX), hecha en bronce, obra de Mauro Álvarez Fernández, de 1997. Está situada directamente sobre el pavimento, con una placa a sus pies que sirve de homenaje no solo al personaje, sino también a Leopoldo Alas.
[La torre de la catedral de Vetusta]
[§1] La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.
[§2] Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
[§3] Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme botella de champaña. Mejor era contemplarla en clara noche de luna, resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies.
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Portal de Leopoldo Alas, Clarín.
https://www.cervantesvirtual.com/portales/leopoldo_alas_clarin/
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Leopoldo Alas, Clarín: “La regenta”. Con prólogo de Benito Pérez Galdós (1901).
Apoyo léxico. Plomo. El bastidor que contiene las vidrieras que se colocan en las ventanas está hecho de plomo, para darles peso. Vetusta, corte en lejano siglo. El reino de Asturias surge en una colina llamada Avetao, y fue erigido por Fruela I, que reinó desde el año 757 al 768. Fundó varios monasterios de la Orden de San Benito, entre ellos el de San Vicente de Oviedo, origen de la ciudad de Oviedo. Olla podrida. Olla que, además de la carne, tocino y legumbres, tiene en abundancia jamón, aves, embutidos y otras cosas suculentas. Zumbido. Sonido continuado y bronco. Cabildo. Comunidad de eclesiásticos capitulares de una iglesia catedral.
En el párrafo primero de La Regenta, “Clarín” describe “el rumor estridente de los remolinos de polvo”, que coincide con la hora de la siesta en Vetusta; descripción que atiende al detalle y a la prolijidad, en un intento de reflejar la realidad de la manera más exacta posible, utilizando el pretérito imperfecto de indicativo por su valor aspectual imperfectivo, y siguiendo un orden meticuloso (de lo general a lo particular y de abajo arriba); pero una realidad transida de aliento literario, y de ahí, por ejemplo, la calidad estética de los símiles (los remolinos de polvo iban “revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles”), las migajas de basura se juntaban en un montón “cual turba de pilluelos”); o la expresividad de la adjetivación (“viento caliente y perezoso”, “rumor estridente de los remolinos de polvo, “migadas de basura […] sobresaltadas”, “cristales temblorosos de los faroles…
Por otra parte, el ritmo sintáctico binario se extiende a todo el párrafo. Por ejemplo, al grupo nominal “la torre de la catedral” siguen otros grupos nominales con claro valor especificativo y, en cualquier caso, altamente poético; y así, “la torre de la catedral” es “poema romántico de piedra”, “delicado himno” (los nombres “poema” e “himno” dan continuidad a una metáfora que tiene por objeto la exaltación entusiasta de dicha torre); y es, además, “un índice de piedra que señalaba al cielo” (el dedo índice, situado entre el pulgar y el cordial, sirve, entre otros usos, para señalar direcciones u objetos, por lo que la metáfora está aquí muy bien traída, y amplía, ocasionalmente, el ritmo binario a ternario, pues son tres las nada prosaicas aposiciones de grupos nominales que engrandecen “la torre de la catedral”: “poema romántico”, “delicado himno” e “índice de piedra”); por ejemplo: “Vetusta hacía la digestión del cocido [A] y de la olla podrida [B]” (en este caso, dos complementos nominales de “digestión”); “de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia [A] y armonía [B]” (de nuevo, dos complementos nominales de “instinto”); “torre maciza […] inimitable en sus medidas [A] y proporciones [B]” (ahora son dos complementos preposicionales del adjetivo “inimitable”); “Como haz de músculos [A] y nervios [B]” (otra vez dos complementos nominales de “haz”). Sin duda, este esquema sintáctico le confiere a la prosa un armonioso ritmo sintáctico que mantiene cohesionado el texto.
Hay, además, comparaciones muy sugerentes; así, por ejemplo, “esas torres […] más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé” (el amaneramiento de ciertas torres se compara con la cursilería femenina, tomando como pretexto el corsé apretujado que permite a las mujeres parecer más flacas de lo que realmente están; frente a la esbeltez de la torre de la catedral ovetense, cuya figura, alta y delgada, está totalmente proporcionada). La ascensión de la torre hacia la altura (torre que, mediante sinécdoque de la materia por la obra, se denomina “piedra” -ya antes se la había llamado metafóricamente “índice de piedra”- se percibe como un “haz de músculos y nervios” enroscados, lo que da muestras de su fortaleza; y ademas, “trepaba haciendo equilibrios de acróbata en el aire”, símil implícito que se prolonga coherentemente con ese “prodigio de juegos malabares” para rematar la cúspide de la torre con dos bolas de bronce de distinto tamaño, coronadas por una cruz de hierro (adviértase la relación semántica entre “equilibrios de acróbata” y “juegos malabares”: los acróbatas ejecutan ejercicios gimnásticos, algunos de ellos sobre la cuerda floja; y los juegos malabares requieren de la destreza suficiente como para mantener diversos objetos en equilibrio inestable). Lo que queda claro es que, para “Clarín” resulta del todo impensable que la “maciza” torre de la catedral, con su figura esbelta -concepto este que recalca en dos ocasiones-, y que la vista nunca se cansa de contemplar, pudiera venirse abajo.
En las líneas iniciales del tercer párrafo, la torre de la catedral es una “romántica mole” -antes la llamó “poema romántico de piedra”-, con un perfil de “inefable elegancia” -el valor connotativo del nombre “elegancia” recoge en sí mismo algunos de los rasgos con los que “Clarín” identifica a la torre: esbeltez, armonía, proporcionalidad… (adviértase que al referirse a los “segundos corredores”, el escritor habla de “elegante balaustrada”)-; es un “fantasma gigante que velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies” (la palabra “fantasma” está tomada aquí en su acepción de “imagen de un objeto que queda impresa en la fantasía”). Y no le gustaba a “Clarín” la visión de la torre iluminada artificialmente con “faroles de papel y vasos de colores”, que se instalaban por orden del cabildo para destacar la celebración de “solemnidades” litúrgicas, ya que entonces la torre se asemejaba a una “inmensa botella de champaña” que le hacía perder lo que con anterioridad llamó “espiritual grandeza”. Prefiere contemplarla “en clara noche de luna, resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su aureola”, precisamente porque ese resplandor luminoso -propio de la aureola- la dota de una imagen sagrada. Ese sentido “ascensional”, propio de la espiritualidad, está difundido por todo el texto: “la campana de coro retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica”, “índice de piedra que señalaba al cielo”, “subía como fuerte castillo”, “la piedra trepaba a la altura”…
Y para subrayar la monumentalidad de la torre, “Clarín” ha ido diseminando por el texto nombres y adjetivos que aluden a su carácter majestuoso, precisamente para infundir en el lector la idea de admiración y respeto por su solemnidad, elegancia y grandiosidad: “maciza”, “grandeza”, “castillo”, “pirámide”, “mole”, “enorme”, “gigante”…
Hay también en el texto una selección léxica a base de vocablos con los que “Clarín” pretende dejar absorto y con el ánimo embelesado a quienes tienen la oportunidad de contemplar la torre de la catedral; por ejemplo: “de dulces líneas de belleza pura y perenne” (el adjetivo sinestésico “dulces”, aplicado a “líneas”, hace más intensa la pureza y perennidad de la belleza de la torre); “de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura” (“Clarín” alaba que la torre del XVI pertenezca a un estilo gótico más primigenio, ajeno a retorcimientos posteriores -sin duda se refiere al gótico florido, mucho más exuberante-); “era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza” (repárese en el valor semántico de la combinación sintagmática adjetivo -“espiritual”- + nombre -“grandeza”-; “pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones” (es decir, que en “medidas y proporciones” la torre no admite comparación con ninguna otra, ya que la sobrepasaría en cuanto a su concepción armónica); “prodigio de juegos malabares”, con respecto al perfecto equilibrio de sus diversos componentes; “con estas galas [faroles de papel y vasos de colores] perdía la inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme botella de champaña” (si antes se hablaba de “inimitable”, ahora se complementa el concepto con el de “inefable”).
Proponemos al lector una singular experiencia con el texto de “Clarín”: reemplazar los puntos suspensivos por adjetivos, seleccionando aquellos que sean más expresivos, más plásticos; en definitiva, de mayor calidad literaria. No se trata de ver coincidencias, sino de poner al lector ante las limitaciones de su propia capacidad de adjetivación -y de observación, pues las actividad hay que realizarla contemplando la torre de la catedral de Oviedo, y, de esta manera, se podrá valorar en su justa medida la perfección constructiva, la seguridad de la técnica empleada y los valores puramente estilísticos que identifican a “Clarín”.
La [...] ciudad dormía la siesta. El viento Sur, [...] y [...], empujaba las nubes [...] que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor […] de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues [...]. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como […] un momento y brincaban de nuevo [...], dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales [...] de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal […] a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, [...] a un plomo.
Vetusta, la muy [...] y […] ciudad, corte en […] siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el […] y […] zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la […] torre en la [...] Basílica. La torre de la catedral, poema […] de piedra, […] himno, de […] líneas de belleza […] y [...], era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, [...] por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las […] exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de [...], más [...] que [...], [...], como señoritas [...] que aprietan demasiado el corsé; era […] sin perder nada de su […] grandeza, y hasta sus segundos corredores, […] balaustrada, subía como [...] castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo [...], […] en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual [...], una bola [...] de bronce [...], y encima otra más [...], y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
Cuando en las [...] solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en las tinieblas, aquella [...] mole; pero perdía con estas galas la [...] elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una [...] botella de champaña. Mejor era contemplarla en [...] noche de luna, resaltando en un cielo [...], rodeada de estrellas que parecían su aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma [...] que velaba por la ciudad [...] y [...] que dormía a sus pies.
NOTAS.
[1] Desvelemos la anécdota que le lleva a Leopoldo Alas a adoptar el seudónimo de “Clarín”. En marzo de 1875 -y una vez producida la Restauración de la monarquía en la figura de Alfonso XI-, Antonio Sánchez Pérez fundó un periódico que no tuvo la menor relevancia: “El solfeo”; y quiso que los colaboradores tomaran el nombre de un instrumento musical. Y Leopoldo Alas optó por el seudónimo de “Clarín”, lo que no deja de ser una metáfora de su personalidad, ya que el clarín tiene un sonido más agudo que el de la trompeta, y la mordaz voz de “Clarín”, con sus críticas siempre “zahirientes”, se dejó oír en los más variados lugares de la corte, para desesperación de muchos. (El 2 de octubre de 1875 firmo con dicho seudónimo por primera vez un artículo para la sección “Azotacalles de Madrid”).
[2] Gullón, Ricardo “Las novelas cortas de Clarín”.
[3] Alas, Leopoldo: Cuentos. (Textos digitales completos). En Ciudad Seva.
https://ciudadseva.com/autor/leopoldo-clarin-alas/cuentos/
Clarín: ¡Adiós, “cordera”! y otros relatos. Madrid, Editorial Castalia, 2011. Colección Castalia Prima. Maria Teresa Otal, editora literaria.
[4] Labra, Ricardo: El caso Alas «Clarín». La memoria y el canon literario. Luna de abajo, Oviedo, 2021. [Entre corchetes hemos añadido una mínima información para situar al lector en el contexto del texto]. En esta obra, Labra disecciona el trauma de Oviedo con La regenta y el borrado que sufrieron su autor, su familia y su memoria, que llega hasta nuestros días; porque, en efecto, habrá que esperar prácticamente al año 1980 para que, a partir de entonces, la figura de “Clarín” brille en todo su esplendor, con ayuda de algunas instituciones culturales asturianas, así como de su propia familia). Lo cierto es que aunque la mirada de Clarín sea implacablemente ácida y la novela cuente con muchos momentos de gran crudeza -más propios del Naturalismo que del Realismo-, el propio “Clarín” insistía en afirmar: “Yo creo que mi novela es moral, porque es sátira de malas costumbres”.
[5] Ana Ozores es algo así como una “hermana espiritual” de Emma Bovary, la protagonista de la obra de Gustave Flaubert Madame Bovary, publicada por entregas en La Revue de Paris entre el 1 de octubre y el 15 de diciembre de 1856, y como libro en 1857.
[6] Don Fermín de Pas escapó del mísero ambiente minero de su infancia ingresando en el sacerdocio sin la menor vocación. Es más que posible que “Clarín” hubiera tenido presente la novela de Émile Zola La conquête de Plassans [“La conquista de Plassans” -el pueblo es puramente ficticio-], obra de 1874. [En su ponencia “La Conquête de Plassans de Zola y La regenta”, Robert Jammes plantea de manera rigurosa y matizada aquella “influencia” desde la hipótesis siguiente: estudiar no lo que Clarín debe a Zola sino lo que no le debe. (Cf. Realismo y naturalismo en España en la segunda mitad del siglo XIX. Coordinación de Yvan Lissorgues. Barcelona, Anthropos, 1988; págs. 385-399)]. En cualquier caso, es un personaje de gran fuerza literaria, emparentado con algunas de las creaciones de Stendhal [Henri Beyle], por el agudo análisis de la psicología de los personajes que efectúa el escritor francés en obras como Le Rouge et le Noir: chronique de 1830 [“Rojo y negro”], La Chartreuse de Parme (1839) [“La cartuja de Parma”], o la inacabada Lucien Leuwen (1834), publicada por primera vez, a título póstumo, en 1894.
[7] Argüelles, Juan Benito: “Nómina de personajes de La Regenta”. Los Cuadernos del Norte. Revista cultural de la Caja de Ahorros de Asturias, año 5, núm. 23, 1984, págs. 10-18.
https://cvc.cervantes.es/literatura/cuadernos_del_norte/pdf/23/23_10.pdf
Frederick, Paulina: “Personajes de La Regenta. (Publicación del 14 de diciembre de 2010). http://quijotina.blogspot.com/2010/12/personajes-de-la-regenta.html
Producción para RTVE de la obra de “Clarín” La regenta.
Capítulo 1.
https://www.rtve.es/play/videos/la-regenta/regenta-capitulo-1/4162778/
Capítulo 2.
https://secure-embed.rtve.es/drmn/embed/video/4175579
Capítulo 3.
https://secure-embed.rtve.es/drmn/embed/video/4186669
Los secretos del rodaje.
https://www.rtve.es/play/videos/la-regenta/regenta-secretos-del-rodaje/453571/
Ficha técnica del telefilme.
https://es.wikipedia.org/wiki/La_Regenta_(telefilme)
Bibliografía.
Bollaín Pérez-Mínguez, Marina: “La regenta, de Leopoldo Alas Clarín. Estudio crítico y análisis comparado de sus adaptaciones en los medios”. Tesis doctoral. Universidad Complutense de Madrid. Facultad de Ciencias de la Información. Programa de doctorado del Departamento de Filología Española III. 2016.
https://eprints.ucm.es/id/eprint/41816/1/T38571.pdf
Lissorgues, Yvan: “La filosofía del institucionalismo en el pensamiento y en la obra de Leopoldo Alas (1875-1901). Clarín y el Grupo de Oviedo”.