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Fernando Marías presenta "La isla del padre", Premio Biblioteca Breve 2015

Fernando Marías (Foto: Julia María Labrador Ben).

"Esa palabra que mi padre no pronunció es este libro"

Julia María Labrador Ben | Miércoles 18 de marzo de 2015
"La isla del padre", novela autobiográfica en que Fernando Marías relata una parte decisiva de su vida ocurrida in illo tempore y revivida a partir de unos sucesos familiares acaecidos en los últimos años, “trata del miedo que nos teníamos mi padre y yo y de cuándo lo perdimos”.


Asimismo es una novela sobre la casa de una familia marcada por una fecha repleta de doces, cuatro en concreto: 12 del 12 del año 12 a las 12 de la mañana, la fecha en que se casó su abuela marsellesa. Pero lo que se le escapó a su familia durante un siglo fue la existencia de un quinto doce: el resultante de sumar los dígitos que componen esos cuatro doces y que genera lo que podríamos denominar “El enigma del quinto doce”, algo que, sin duda, dará lugar a nuevos textos, pues Marías siente el deseo de seguir indagando y buscando en él.

En febrero de 2009 el padre de Fernando Marías, un viejo marino mercante, fue operado a vida o muerte de una grave enfermedad. Tan sólo le pronosticaron una esperanza de vida de año y algo, pero se alargaría hasta algo más de cuatro años, hasta junio de 2013, en que de repente dejó de reconocer y de ver; la enfermedad había entrado en fase tan extrema que le impidió hablar el día previo a su fallecimiento, le impidió despedirse verbalmente. De ahí que esa palabra que su padre no pronunció sea este libro.

Desde que su progenitor enfermó Marías comenzó a tomar notas mentales, no por escrito. El criterio de selección para utilizarlas en este libro fue sencillo: incluir aquellas que volvieran dos veces a su memoria.

La historia se remonta a 1913, año en que su abuela alquila la casa familiar, en la que nacieron su madre y sus tíos, él y sus hermanos, y si no físicamente ya allí, sí emocionalmente, sus sobrinos. Ocurrió un hecho sorprendente cuando la vendieron tras la muerte de su padre: el comprador le ofreció esperar a que acabara tranquilamente el libro antes de ocupar la casa, algo decisivo para esta novela.

El libro se va componiendo sobre una mesa llena de anotaciones, ubicada en la habitación en que escribía desde niño y en la que soñaba con ser director de cine.

Entre los simbolismos vitales cotidianos Fernando Marías destacó uno: esa bombilla que se funde y que, puesto que en esa casa ya no vive nadie, resulta absurdo cambiar. Y a continuación de suceder ese hecho, cerró el ordenador, cerró el secreter sobre el que estaba escribiendo y, por último, cerró la puerta como si fuera de nuevo el momento en que su abuela compró la casa: un instante circular, cíclico, en que se concluye una historia iniciada un siglo antes.

Un episodio ocurrido en la infancia de Fernando Marías que resultó decisivo en su vida, resaltada tal importancia por su psicoanalista al señalarle que el mero hecho de recordarlo toda su vida ya es prueba de ello, fue la aparición de su padre en el ático de Bilbao en que vivía bajo el cuidado en exclusiva de su madre y su abuela. El diálogo que marcaría para siempre a Fernando y que traumatizó a su padre de por vida fue el siguiente:
— MADRE: Es Papá.
— FERNANDO: ¿Y se va a quedar?
Su padre no esperaba un recibimiento tan frío, tan inadecuado por parte de su hijo, lo que le obligó a tener que ganárselo, cosa que hizo a través de contarle historias de aventuras, mientras subían y bajaban el Monte Pagasarri.
“El cine en una ciudad gris me salvó la vida”, nos dice Fernando justo antes de rememorar que estudió en un colegio de curas, durante un tiempo de desesperanza cuando él ni sabía que existiera tal sentimiento vital. Ello explica por qué esta obra habla mucho de cine.

La isla del padre es tan personal que es el mejor libro que ha hecho, en el que más libre se ha sentido, lo que genera la siguiente duda: ¿Hay un retorno después de haber atravesado esa frontera?, pregunta ante la que casi se impone una respuesta negativa, pues Fernando Marías duda si puede volver atrás tras sentirse tan libre después de haber roto todas las reglas.

Este libro es un streaptease: se ha sentido como un profesional de su cuerpo, parte de una profesionalidad absoluta. Tras diez años psicoanalizándose, publica este libro en el que planea el deseo de contar todo aquello de lo que deseaba hablar, de ahí que se haya propuesto ser completamente sincero: “es un libro que es la verdad”.

Toda obra necesita reposar y agradece un punto de vista externo para ser mejorada: esto último fue precisamente lo que le sucedió a Marías cuando estaba a punto de estancarse porque la novela estaba en un orden que no le convencía. Fue entonces cuando quedó con un conocido suyo que le preguntó qué estaba escribiendo y, tras contárselo, éste le sugirió que lo contara en una línea recta en la que la fluidez del relato impondría cuándo habría que incluir saltos en el tiempo. Seguido este acertado consejo, la novela cobró la forma que realmente le correspondía.

Fernando Marías salió de Bilbao y fue a Madrid en busca de aventuras, porque no hay que ser un joven ballenero en busca de una ballena blanca para ir en busca de aventuras. Fue precisamente la narración de la aventura la que generaría la fluidez que le estaba solicitando su obra, que así llegó al punto de cocción justo porque el libro ya se podía resumir en línea y media.

Su padre era un personaje oscuro, pero no tenebroso, con una rareza que a Fernando le costó comprender hasta que la experimentó por sí mismo: iba él solo a pasear por la ciudad cuando atracaban en un puerto, por ejemplo por Buenos Aires o Nueva York, observando la urbe mientras comía una hamburguesa.

Este libro supone darle una vida añadida a su padre, prolongar su memoria, como si siguiera de manera extrema la máxima de que toda persona fallecida permanecerá viva mientras una persona que la quisiera la recuerde. La foto de portada fue hecha por su madre cuando padre e hijo vivían esa etapa de miedo mutuo tan decisivo en ese medio siglo de vida vivida que se nos va a narrar en esta obra, repleta de recuerdos que importan, los que se han quedado en la memoria y que determinan la vida posterior.

Fernando Marías recordó a modo de ejemplo un suceso vital que le marcó según su psicoanalista: su padre estaba enfadado y Fernando pensó que no querría ir al cine, pero resulta que sí fueron, a ver una película de romanos mala, y al acabar su padre pronunció esta frase demoledora: “No vale ni el negativo en que fue filmada”. El hecho de que recuerde la frase exacta es la prueba de cuánto le marcó.

También han resultado decisivos en su vida películas y libros. Dos ejemplos significativos son la película Soldado azul, que provocó su enamoramiento platónico de Candice Bergen, actriz que entonces tenía veintiséis años, doce más que él, y el libro Los cañones de Navarone en la colección Reno, que fue el primer libro que leyó sin ilustraciones, nada menos que más de cien páginas. También cabe citar otra, El álamo, porque fue la primera película que vio en el cine.

Por supuesto, ha merecido la pena la aventura de escribir este libro. Fernando Marías quiso ser estrella de rock, director de cine, pero son profesiones que le irían mucho menos que la de escritor, quizá porque considere que éste es el mejor oficio que existe a causa de ser algo que nadie impone, que se gesta desde la más absoluta libertad en casa.

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