FIRMA INVITADA

Valle, ¿espía improbable?

Ramón del Valle-Inclán (Foto: Archivo).
José Joaquín Bermúdez Olivares | Domingo 01 de septiembre de 2019

Tras la lectura de la edición de ‹‹El ruedo Ibérico›› de Cátedra (Madrid, 2017), y al hilo de un comentario reciente de Gastón Segura en estas mismas páginas (o pantallas o como se llame esto del digital) sobre Daniel Defoe en el artículo "Dos maestros y el periodismo", se me ocurre esta pequeña fantasía sobre Valle-Inclán y el espionaje, un excurso que si non vero, espero les parezca ben trovato.



Todo escritor es, en principio, un espía, contrabandea información entre dos mundos: el de sus personajes y el de los presuntos lectores; como buen agente doble a veces traiciona a uno en beneficio del otro, cuando no a ambos a la vez. Si los artistas, por su libertad de movimiento —o su moral, siempre dudosa para el poder—, han sido usados tradicionalmente en misiones de inteligencia (ya el gran Rubens se ocupaba de estos menesteres en el siglo XVII), el citado Defoe, en su turbulenta vida —a veces más interesante que la de su héroe Robinson Crusoe—, fue espía, panfletista y polemista a sueldo de los whigs, como medio siglo después habría de serlo (al menos los dos últimos caracteres) el doctor Johnson, terciando en la guerra de Independencia de las trece colonias con su famoso libelo Gravámenes, no tiranos, con escaso éxito. Hasta nuestros días, el panorama británico ha sido fecundo en estas misiones dobles, véase el caso de Frederick Forsyth, John Le Carré o el propio Graham Greene y sus relaciones con el MI 5/6. En esa tradición hemos sido generalmente los españoles los perjudicados, a través de leyendas negras varias, a veces solapadas, como la oculta carga ideológica de Patrick O´Brian a través del doctor Maturin.

Puestos a elegir un candidato a escritor-espía, Valle parece de lo más improbable, se entiende que un agente secreto debe ser discreto, llevar una vida externamente callada y moverse mimetizado con el entorno para pasar desapercibido. Y Valle es todo lo contrario: su vocación de hacerse un personaje, su conducta atrabiliaria, su aspecto idiosincrásico, su ceceo, sus continuas polémicas…, todo parece alejarle de ese modelo de discreción que antes describíamos. Pero todo en Valle es confuso, cuando no inventado. Nacido como Ramón José Simón Valle Peña en Villanueva de Arosa (1866), el segundo apellido paterno era Bermúdez de Castro (lo que me da una pueril cercanía al maestro), toma el Inclán de algunos antepasados, así como las aspiraciones nobiliarias (rechazadas por el rey en 1915, lo que tal vez explique su deriva pro-republicana) a marquesados y señoríos. El hecho de que setenta años después otro rey Borbón otorgase el marquesado de Bradomín a su hijo es una forma de justicia poética. Pero este Bradomín (el personaje) es también, sobre trasunto del autor, buen candidato a espía, por su carácter de observador, su vinculación al carlismo, sus viajes.

Precisamente un primer viaje de Valle a Italia, no documentado de forma fehaciente pero probable por la coherencia interna de sus textos, de fines de 1890, justo antes del viaje a México (que nos descubren, por ejemplo, las páginas de Luis Antonio de Villena y margaritaxirgu.es); pudo ponerle en contacto con el esteticismo decadentista que tan grato habría de serle en sus Sonatas —pensemos que D´Annunzio es su contemporáneo estricto, también noble, y también errabundo en su ideología y comportamiento. Lo cierto es que Valle va a mostrar siempre un buen conocimiento de Italia (por ejemplo de la corte en Trieste del pretendiente Carlos VII en la mencionada obra El ruedo ibérico). Del mismo modo que su sí bien conocido primer viaje a Méjico le otorgará una cercanía al continente americano y un constante interés e información al respecto, de modo que antes del segundo viaje en 1922, invitado por el presidente Obregón para los fastos del bicentenario de la Independencia, había visitado en 1910 Argentina, Chile, Uruguay…, de gira con la compañía teatral donde figuraba Josefina Blanco, su esposa. Por cierto que Obregón, sensible a la importancia de la cultura en la política a través de figuras como Vasconcelos y Diego Rivera, sería asesinado (nada raro entre los mandatarios mejicanos de la época) en 1924, y posteriormente se ha hablado de una teoría conspirativa, no lejana de la famosa del magnicidio del general Prim —tema que se insinúa en El ruedo ibérico y que Valle conocía y seguía…, o de la posterior sobre J.F. Kennedy.

Entre 1891 y 1922 nuestro hombre ha cambiado mucho, si en el primer viaje tiene problemas por oponerse a cierto sentimiento antiespañol (incluyendo algún posible lance de honor, no en vano Valle ha tomado clases de esgrima desde muy joven con el florentino Pontinari, clases que no habían de servirle en el famoso episodio del bastonazo de Manuel Bueno), en el segundo participa del entusiasmo independentista del mundo oficial mejicano. Y es que, como la mayoría de escritores —y de espías—, Valle se rige por simpatías/antipatías personales más que por líneas ideológicas nítidas y continuas. Si el sucesor de Carlos VII, Jaime de Borbón y Borbón-Parma le otorga el grado de caballero de la Orden de la legitimidad proscrita (fascinante nombre), será también nombrado Presidente de Honor de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética; si en 1914 despotrica de los actores españoles ‹‹para los que nunca escribiré, decía, porque no han aprendido todavía a hablar, balbucean››, será luego amigo y admirador de la Xirgu; enemistado con Pérez-Galdós, a la sazón director del Teatro Español por rechazarle una obra (de ahí el luego lamentado mote de Benito el garbancero), propone también fusilar a los hermanos Álvarez Quintero, se cartea con Rivas Cherif (al que llama querido Cipri), cuñado de Azaña.

Sin duda el personaje más apto para la condición de espía, dentro de la enorme panoplia de el Ruedo, donde aparecen desde Isabel II a Bakunin, y de la monja de las llagas, sor Patrocinio, hasta el general Serrano, es Benjamín Fernández Vallín, hijo de hacendados asturianos en Cuba, político de la Unión Liberal, consumado duelista y enviado por Serrano ante Novaliches, al principio de la revolución Gloriosa de 1868 a Montoro para intentar un acuerdo (similar al del abrazo de Vergara treinta años antes), será fusilado en episodio novelesco de por sí por algún asunto oscuro que le enemistaba con su captor, el coronel Ceballos Escalera (de sonoros apellidos) ante el desconcierto de los mandos. Valle a tomar al personaje para usarlo en su ficción, sin apartarse mucho de una vida que casi superaba al arte. Paúl y Angulo, Salvochea, el citado Bakunin y otros personajes ‹‹reales›› son también usados por el escritor para su enorme, aunque inconcluso fresco, al modo de Galdós en los Episodios Nacionales.

Atrabiliario hasta el fin, siempre necesitado y enfadado, rechazando puestos creados ad hoc para él, fuera en Aranjuez, la Academia de San Fernando o la Española en Roma, amargado por su escaso éxito teatral y su divorcio, enfermo y tal vez de vuelta de todas sus andanzas políticas, Valle-Inclán se retirará de vuelta a Galicia donde fallece a principios de 1936, casi diríamos que por suerte antes de la Guerra Civil, donde hubiese sufrido episodios tal vez peores que los de su coetáneo Unamuno. Carlista, fascista, republicano, comunista…¿qué importa? Tenemos sus obras, y ahora disponemos de biografías de referencia, alguna de fuente familiar como la de Joaquín del Valle-Inclán (Espasa 2015), y de ediciones, si no críticas si bastante completas como la citada de Cátedra, algo atosigada de notas excesivas y no siempre pertinentes. Me gusta pensar que don Ramón …de barbas de chivo como le llamó ya para siempre su amigo Rubén Darío, renovador de la prosa española como sus paisanos Torrente, Cela o Cunqueiro, fuese un espía de la palabra y de la vida, movido por intereses tanto estéticos como prácticos que, como en el caso de todo genio de la escritura, acaso nunca llegaremos a conocer del todo. Porque los espías de verdad nunca llegan a ser descubiertos, así que tal vez Valle era un auténtico ‹‹as de espías››, por encima de su contemporáneo Sidney Reilly, del que se dice pudo trabajar para cuatro potencias distintas, sucesiva o simultáneamente.

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