LOS IMPRESCINDIBLES - Álvaro Bermejo

“BESOS QUE MATAN”

Luis Rubiales
Álvaro Bermejo | Viernes 01 de septiembre de 2023

El beso nefando que distinguía a los adoradores de Satán. El beso templario, un equívoco beso entre caballeros. Y el que los armaba como tales, recibido de los labios de su señor con todas las bendiciones. Ciertamente, ya en la Edad Media el beso comportaba atributos ambivalentes. Jean Gerson se duele del signo de los tiempos: “No hay ninguna virtud que se haya perdido más que la ‘discretio’”. Discreción, delicadeza. Lo que tanto le ha faltado a ese pobre gañán marcado por su fatídico oxímoron: ser calvo y apellidarse Rubiales.



Allá por el 1430, una reina de Francia besa en la boca al poeta Alain Chartier, beneficiándose de que está dormido, y se disculpa así ante su marido: “No he besado al hombre, sino a la preciosa boca de la cual han salido tan bellas y virtuosas palabras”. Cuesta imaginar a Rubiales implementando una justificación de este porte: “No he besado a la mujer, sino a la centrocampista cuyos puntapiés han esculpido la gloria de la Selección”.

El amor cortés se vive en la Edad Media con una devoción comparable a la de la Escolástica. Es así como el romanticismo de la caballería cabalga al compás de la santidad. ¿Qué los amenaza? Esa “cupiditas”, la concupiscencia, raíz de todos los males. ¿Qué la contenía? Una superestructura simbólica que estaba por encima de los hombres que hacían la historia. Estos podían ser abusivos, sanguinarios, atroces. Pero a sus magníficos pecados seguía una sanción moral.

Un rey de Nápoles paga sus desmanes haciéndose conducir públicamente en el dornajo de los excrementos -eso sí, seguido por un fastuoso cortejo-. Hasta Gilles de Rais, el infanticida, funda una misa en honor de los Santos Inocentes, por la salvación de su alma.

¿Qué sucede hoy? Vivimos dentro de otro oxímoron. Hipersexualización a todas las escalas, hiperpuritanismo al acecho. Pero siempre a favor de obra. Cien violadores en la calle, nadie dimite. Prostitución encubierta en centros de memores tutelados, la responsable es elevada a la presidencia del Congreso con todos los parabienes. Un beso a todas luces abusivo, pero nada más que un beso, pena de muerte social. ¿Quién marca los límites?

Jean Varenne -siglo XIII- advierte veintitrés pecados asociados al matrimonio. No es pecado que Catalina de Siena declare haber bebido la sangre de las llagas de Cristo.

Cristina de Pisan, defensora de los derechos de la mujer en el siglo XIV, dirige una epístola poética al dios del Amor denunciando las ignominias que sufren sus hermanas por un libro de culto, el ‘Roman de la Rose’. Pero es una mujer, Margarita de Borgoña, quien le responde diciéndole que preferiría perder la camisa, antes que ese libro.

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