Leer a Rubén Darío es entrar en un mundo artístico de exquisita perfección en el que el lenguaje poético brilla por su belleza plástica (riqueza cromática, musicalidad de sonoridad estridente…). Y de la estética modernista de Darío hemos escogido dos textos propios de la Navidad: el poema “Los tres Reyes Magos”, formado por cuatro serventesios de perfecta andadura rítmica con los que el poeta se acerca al tema de los Reyes Magos -unos reyes que contemplan en silencio el triunfo del amor en la figura de Cristo-; y el poema -completo- “La Rosa Niña”, en el que también figuran los Reyes Magos; un poema en el que los recursos modernistas de sugestiva belleza sensorial no logran obstaculizar la profunda espiritualidad que rezuman sus versos.
Cantos de vida y esperanza, obra publicada en 1906, representa un giro en la trayectoria poética de Darío, ya que abandona la poesía impersonal, brillante en la forma pero vacía de contenido humano, para descubrir las honduras de su propia alma. “El mérito principal de mi obra -escribe en su Historia de mis libros, al referirse a este volumen-, si alguno tiene, es el de una gran sinceridad, el de haber puesto 'mi corazón al desnudo', el de haber abierto de par en par las puertas y ventanas de mi castillo interior para enseñar a mis hermanos el habitáculo de mis más íntimas ideas y de mis más caros ensueños”.
Conforman el poema 16 endecasílabos de perfecta andadura rítmica, distribuidos en cuatro serventesios de rimas cruzadas y notable sonoridad. Los tres Reyes Magos contemplan el triunfo del amor en la figura de Cristo. Cada Rey Mago trae a Dios su ofrenda: Gaspar, el incienso (verso 1); Melchor, la mirra (verso 5, que incluye una sugestiva aliteración de la consonante nasal n); y Baltasar, el oro (verso 9). Dario ha introducido una pequeña variante en las ofrendas de los Reyes, ya que según la tradición, es Melchor el que ofrenda el oro (reconociendo así a Jesús como Rey, ya que el oro es un tributo de su soberanía y poder); Gaspar, el incienso (con el que honra su divinidad, pues el incienso es propio de ceremonias religiosas para honrar a la divinidad; y Baltasar, la mirra (resina usada para ungir el cuerpo de los muertos, en alusión no solo a su humanidad, sino también anticipando el sacrificio de la Redención).
Y los tres Reyes coinciden en afirmar la existencia de Dios: «Existe Dios» —versos 3 y 6, puestos respectivamente en boca de Gaspar y de Melchor—; y «Aseguro / que existe Dios» —versos 9 y 10, y ahora es Baltasar quien habla—. Pero lo importante en el poema es la irrupción, en el último serventesio, y tras el soliloquio de cada uno de los tres Reyes Magos, de una voz —celestial— que les ordena callar, para identificar a Cristo con el amor, del que todos estamos llamados a participar —dándole un carácter universal al contenido del verso 14: «que a su fiesta os convida»—; es el Cristo vencedor de las tinieblas («hace la luz del caos» —verso 15—, iluminando el camino de la Verdad, expresado en términos metafóricos); y también de la muerte, ya que «tiene la corona de la vida» —verso 16—, en alusión a la vida eterna).
Música para el poema compuesta por César García-Rincón de Castro, responsable del proyecto “Y el verso se hizo canto”, musicalización de poemas navideños de grandes autores y autoras del siglo XVI al XX.
El largo poema “La Rosa Niña” tiene todos los ingredientes de la mejor poesía modernista. Los tres Reyes Magos ya han adorado y ofrecido sus presentes a Jesús de Nazareth recién nacido. A su regreso a sus países de origen, y en las peroximidades de Belén, el cortejo se detiene: “una dulce niña de belleza rara / surge ante los magos, todo ensueño y fe” les pide prestada la estrella para que la guíe hasta el establo; pero una vez en él y viendo al Dios recién nacido cara a cara, comprueba que no tiene nada que poder ofrendarle. Y el milagro se produce: la niña “se fue convirtiendo poco a poco en rosa, / en rosa más bella que las de Sarón […] / su cuerpo hecho pétalos y su alma hecha olor”. A la belleza de la historia urdida por Darío -y a la que contribuye el ambienta de refinamiento que la rodea y el exquisito léxico seleccionado-, hay que añadir el acierto de la métrica empleada: 74 versos dodecasílabos con diferentes esquemas rítmicos, agrupados en 17 serventesios, que culminan con una variante de la sextina, según el esquema de rimas AAB’AAB’.