EL RINCÓN DE LA POESÍA

Maite García-Nieto: Una voz lírica que fusiona naturaleza y emociones en Hilos de colores

Marta García-Nieto

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Martes 13 de enero de 2026
El poema de Maite García-Nieto refleja el despertar de la protagonista a través del canto insistente de los pájaros, simbolizando libertad. Su lírica destaca por musicalidad, sencillez y un profundo lirismo, fusionando emociones y naturaleza en una obra que invita a la reflexión sobre el desasosiego y el anhelo de libertad.


Llegan de madrugada
diciéndome: “¡Despiértate, ya es hora!”
Los oigo vagamente y sigo con mi sueño.
Los pájaros insisten,
hasta que me levanto y cierro la ventana.
Todo queda en silencio durante unos instantes...
Pero siguen cantando y me desasosiegan.
Ya no puedo dormir.
Abro de nuevo la ventana
y me escapo con ellos.

Maite García-Nieto: Hilos de colores. Madrid,
Ediciones de la Torre, 2013. Colección Nuestro mundo/Lírica, núm. 8.

Una luminosa voz poética.

Maite García Nieto ha tenido el privilegio de nacer en una familia culta y, en su niñez y juventud, la ocasión de frecuentar el trato con los mejores humanistas y escritores de nuestro país, a partir de las relaciones personales de su padre, el poeta José García Nieto, académico de la Real Academia Española (desde enero de 1982) y Premio Cervantes (en 1996). Y este legado cultural ha condicionado su formación lingüística y literaria, rentabilizada en las aulas universitarias de la Complutense madrileña. Fácil sería, pues, afirmar que “de casta le viene al galgo”. Pero Maite -genes aparte- tiene su propia voz poética, y empieza a componer versos cuando su padre ya no está entre nosotros (fallecía en febrero del 2001), versos que son una mezcla de música, plástica y lirismo. La musicalidad de sus versos deriva de su hábil manejo del ritmo, incluso cuando abandona el verso rimado, sometido a la regularidad silábica y al agrupamiento estrófico convencional y afronta el versículo. El carácter plástico de sus versos se logra mediante un cromatismo propio de paleta impresionista -son los suyos versos de grata luminosidad- y una cuidadosa concepción arquitectónica del poema en la que todos los planos lingüísticos están perfectamente interrelacionados. Y, por fin, el acendrado lirismo que recorre sus poemas es consustancial a su personalidad, amante de la belleza por sí misma, y puesta al servicio de contenidos amorosos con un toque de fina sensualidad que convierte cada poema en una pequeña obra de arte. Si a todo ello añadimos un uso moderado de recursos retóricos, obtenemos una poesía de un elevado poder de comunicación que deja en el lector un aroma de vital neorromanticismo.

Pero Maite es “poetisa a rachas”; y un enorme pudor le ha venido impidiendo aflorar sus versos para conocimiento del gran público; unos versos hasta ahora reducidos al disfrute de sus círculos más íntimos. Ha sido necesario que se aliaran felizmente el interés de un editor -José María de la Torre, con amplia experiencia en la edición de poesía-, el afecto compartido que mantenemos desde que Maite era una niña -y que se inició en aquellos veranos literarios de la Playa de Muchavista, en Alicante, hace... ¡demasiado tiempo!, y que siempre ha continuado vivo-, y esa mezcla de admiración y pasión amorosa de su marido -Toño Ulibarri- para que, finalmente, dos pequeñas muestras de su talento poético salieran a la luz, en una publicación que se concibe como una obra de arte integral en la que la poesía se adorna con la plasticidad -la fuerza expresiva, más bien- de unas ilustraciones de sugestiva belleza (originales de Ales Santos) oque sirven de adecuado complemento a una palabra poética apasionada.

“Hilos de colores”.

Componen el primero de los poemarios, Hilos de colores, 19 poemas, por lo general breves (19 ágiles versículos, fundamentalmente heptasílabos, tiene el poema que cierra el libro -el 19-, el de mayor extensión, y cuyo título se traslada al conjunto; y 10 versículos el poema 6, “Ausencia”, el más corto). Con preferencia se recurre al poema poliestrófico, en agrupamientos estróficos convencionales no sujetos a canon métrico prefijado, con versículos que prescinden de la rima en la mayor parte de los poemas. Y solo en contadas ocasiones los poemas presentan rima asonante (por ejemplo, la asonancia en los versos pares de las tres estrofas de cuatro versos alejandrinos del poema 1: “Tu luz”; o el romance octosilábico con asonancia en los impares del poema 3: “Tarde de otoño”). La caprichosa combinación de versículos tiende a la heterometría, salvo en aquellos poemas en los que el heptasílabo (poema 7, “Polvo de oro” y poema 8, “Mi silencio) y el octosílabo (poema 3, “Tarde de otoño” y poema 4, “La tormenta”) se mantienen de forma sostenida.

Y junto al emocionado lenguaje metafórico -que posee la hermosura de la sencillez-, muchos de los poemas tienen una profunda trabazón interna lograda por medio de paralelismos sintácticos, que se convierten en uno de los recursos poéticos de la lengua de Maite García Nieto, con el que consigue crear el adecuado clímax emocional (tal es el caso de los poemas 5 -“Tiempo de rosas”-, 11 -“Ven”-, 12 -“Cuando llegue”, etc.).

Pero quizá para comprender en toda su dimensión el quehacer poético de Maite García Nieto, sería conveniente analizar con cierto detalle -desde una perspectiva estilístico-lingüística- cualquiera de los poemas de este libro; y hemos elegido, para tal fin, el poema 16, titulado “Los pájaros del amanecer”.

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Tema eterno el de esta sencilla composición poética: la algarabía de los pájaros al alba, oída entre sueños, despiertan a la protagonista, que cierra la ventana; pero el desasosiego que le provocan sus voces reiteradas -que la despiertan del todo-, hace que su alma, abierta de nuevo la ventana, les acompañe. La ventana adquiere, pues, en este poema un valor simbólico, que añadir al canto de los pájaros: ambos se convierten en un símbolo de libertad. De ahí que en el último verso converja el clímax poético: la protagonista “se escapa con ellos”, en un verdadero despertar a la vida libre y pletórica.

Atendiendo al aspecto rítmico, el poema está escrito en versos libres, agrupados en dos combinaciones estróficas de cinco versos cada una. El anisosilabismo afecta a ambas estrofas, con versos entre 7 y 14 sílabas. Los versos, en su 50 %, son de arte menor: cuatro heptasílabos y un octosílabo; el otro 50 % lo integran un verso de arte mayor (endecasílabo heroico, con acentos en 2.ª, 6.ª, 9.ª y 10.ª sílabas, con una antirritmia de especial relevancia significativa en la sílaba 9.ª: “ya és hóra”) y cuatro versos compuestos (tres de trece sílabas y uno de catorce -dividido por una cesura central en dos hemistiquios de siete sílabas-).

La aliteración de dentales en el verso segundo de la primera estrofa (diciéndome: “¡Despiértate, ya es hora!) sugiere el piar de los pájaros, y su insistencia reiterada se intensifica merced a la sonoridad que aportan los vocablos esdrújulos (diciéndome, despiértate, jaros) y el adverbio vagamente, con sus dos cúspides prosódicas. De igual manera, en el cuarto verso de la segunda estrofa -el noveno del poema-, la aliteración de la bilabial [b] (Abro de nuevo la ventana) permite “escuchar” el ruido que produce el volver a abrir una ventana previamente cerrada, ruido que se incorpora al del canto de los pájaros. Precisamente en esta segunda estrofa la musicalidad resulta menos estridente, y a ello contribuyen los versos primero y segundo (sexto y séptimo del poema, de 14 y 13 sílabas, respectivamente): aquél con una sugerente asonancia interna /á-e/ (durante/instantes) y unos evocadores puntos suspensivos que prolongan la pausa versal; y este con una perífrasis durativa (siguen cantando) y una forma verbal (desasosiegan) en la que la leve aliteración de la [s] subraya, por contraste, la situación de insomnio que la algarabía pajarera produce en la protagonista, pórtico de un arrebatado vuelo hacia la más absoluta libertad.

No deja de ser curiosa la “inversión de papeles” que se produce en el poema. Porque no se puede hablar con propiedad de la estructura poemática propia del apóstrofe lírico, ya que no es el “yo poético” el que interpela a un “tú” -en este caso, los pájaros- para lograr una eficaz tensión comunicativa; sino que es ese “tú” ajeno a la intimidad de la protagonista -los pájaros, con su canto- quien entabla un aparente diálogo con ella -“¡Despiértate, ya es hora!”-, incitándola a un “renacer a la vida”, en una sucesión de acciones que van ganando en intensidad emotiva hasta el desbordamiento absoluto coincidiendo con el verso que cierra el poema: primero oye entre sueño el canto de los pájaros; a continuación la intranquilizan con su insistencia; seguidamente la desvelan, porque no cejan en su empeño; y, al final, logran que huya con ellos. De aquí que sean dos las personas verbales implicadas: la tercera persona, empleada por el “yo poético” para referirse, en plural, como “voz narrativa” -llamémosla así-, a las acciones de los pájaros (“llegan” -verso 1-, “insisten” -verso 4-, “siguen cantando” -verso 7-) y, en singular, al entorno silencioso que el cierre de la ventana garantiza momentáneamente (“queda” -verso 6-); y la primera persona del singular, a la que la protagonista recurre para dejar actuar a su “yo poético”, y como respuesta a la llamada “imperativa” (“Despiértate”; verso 2) de los pájaros: “oigo”/“sigo” (verso 3), “me levanto”/“cierro” (verso 5), “no puedo [dormir]” (verso 8), “abro” (verso 9), “me escapo” (verso 10). Por otra parte, el uso del presente de indicativo -ya sea la primera persona o la tercera- mantiene en permanente actualidad el contenido poemático y rompe la distancia espacial y temporal que separa a la autora de sus lectores.

La continua presencia de verbos en forma personal, así como el predominio de la construcción paratáctica -a base de oraciones breves, unidas por yuxtaposición y por coordinación- confiere al poema una enorme movilidad -claro ejemplo de lo que Carlos Bousoño llama “dinamismo sintáctico expresivo positivo”-, de forma que hay un claro paralelismo entre el ritmo sintáctico y el contenido conceptual expresado: los pájaros revolotean con un piar ensordecedor hasta lograr que el “yo poético”, plenamente consciente, deje volar su alma en su compañía. La sencillez sintáctica facilita un complejo proceso psicológico -duermevela, silencio y soledad, desasosiego, escapismo- que, de esta manera, parece más sencillo de lo que en realidad es.

Además de la oposición abro/cierro la ventana -símbolo de la oposición clausura/libertad-, cierto interés semántico tiene el adverbio “vagamente” del verso tercero -“Los oigo vagamente [a los pájaros]”-, metábasis del adjetivo “vago”, que crea una atmósfera de “inconcreción” acorde con el sueño ligero en que está inmersa la protagonista. Y, en cuanto al verso sexto, los “instantes” de tranquilidad -cerrada una ventana que deja “aislados” en el mundo exterior a los pájaros- se expresan con la máxima propiedad: “Todo queda en silencio” (el verbo “queda”, con su carga semántica que connota “pasividad”, acrecienta la sensación de “silencio ambiental”); y los puntos suspensivos que cierran el verso, con su sugestivo poder evocador, subrayan esos breves instantes de quietud, hasta que, nuevamente, la apertura de la ventana permite volver a escuchar “la llamada” de los pájaros, cuando el “yo poético” experimenta un profundo desasosiego: “me desasosiegan” -verbo que sintetiza, con gran acierto, incluso fónico y rítmico, su situación emocional-. En el último verso del poema asciende aún más la tensión emocional acumulada a lo largo del mismo: “y me escapo con ellos”, en una alegoría de la libertad; y, de esta manera, el espíritu de la protagonista “vuela” hacia el mundo libre que los pájaros simbolizan.

El perfecto ajuste entre contenido y expresión y la sencillez de los recursos estilísticos empleados son valores literarios de un poema que, con su aparente intrascendencia, conmueve a cualquier lector, ante el esteticismo de la palabra poética.

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“Encuentros imposibles”.

Este otro poemario representa un mayor nivel de elaboración formal. Son ahora 21 los poemas, que no llevan título sino numeración romana, con un total de 383 versículos, ya que se prescinde de la rima. La voz poética adquiere un mayor dramatismo para cantar el amor imposible, la renuncia voluntaria, la soledad infinita, los anhelos amorosos condenados a la frustración...; todo lo cual acrecienta ese sentimiento de melancolía que recorre los poemas.

Métricamente se observa un predominio del poema monoestrófico (solo los poemas I, II, VIII, XVIII, XIX y XX están divididos en atípicos agrupamientos estróficos); y aunque persiste la heterometría, el heptasílabo es el versículo más recurrente (de hecho, los poemas III, V, VI, XV, XVI, XVII y XX están compuestos solo por heptasílabos; y el heptasílabo es el versículo dominante en los poemas XIV y XXI). En general, los poemas han ganado en extensión (los poemas II, VIII, XIII, XV, XVI, XX y XXI superan los veinte versículos; veinte precisamente tienen los poemas III, XII y XIX); aunque persiste el empleo del versículo corto, de ligera andadura rítmica (y solo en el poema XII, el versículo amplio sirve para elevar el tono emocional).

Los recursos estilísticos aumentan, aun cuando no le hacen perder a los poemas su naturalidad y sencillez. Los paralelismos y otros tipos de recurrencias sintácticas y léxicas se multiplican -y hacen que algunos poemas recuerden las estructuras de las cantigas de amor primitivas -en las que una enamorada confía a la Naturaleza sus anhelos amorosos-. Y gracias a la intensificación de la reiteración de las estructuras sintácticas se obtienen poemas tan brillantes como el VII, el XI o el XX. Por otra parte, las interrogaciones retóricas hacen acto de presencia en varios poemas (en el III, el V, el XV...), contribuyendo a generar un clima altamente afectivo. Y también asoman las contraposiciones (poema IV), las paradojas (poema XXI) y un contenido lenguaje metafórico que convierten muchos poemas en un dolorido sentir con una insuperable capacidad de comunicación.

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