EL RINCÓN DE LA POESÍA

Jorge Manrique y la semblanza moral de don Rodrigo Manrique, su padre

JORGE MANRIQUE (1440-1479). Retratado por Juan de Borgoña. (Casa de la Cultura, de Toledo).

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Jueves 22 de enero de 2026

Jorge Manrique es el único poeta digno de mención -junto a su tío, Gómez Manrique, dedicado al teatro- del reinado de Enrique IV; un reinado que representa el punto más bajo en que se hunde la monarquía castellana durante los lustros que cierran la Edad Media. Al margen de sus Coplas, solo la prosa satírica alcanza amplio cultivo, precisamente porque la corrupción moral y la decadencia política son el mejor caldo de cultivo para el éxito del género satírico. Y lo que evidente es el hecho de que si no hubiera compuesto las Coplas, Jorge Manrique sería uno de entre los muchos poetas cuyo nombre y muestra de su poesía quedan recogidos -y olvidados- en los viejos cancioneros.



De él se conservan medio centenar de composiciones que no loe aportan la menor fama. Son composiciones amorosas que exhiben esa insinceridad, falta de vigor y exceso de retoricismo que suelen mostrar los poetas cortesanos; y también satírico-burlescas, tan frecuentes en la época. No obstante, junto a estas composiciones de carácter frívolo, hay algunas otras de tono melancólico en las que ya está presente el tema de la muerte y un cierto hastío ante la vida. Será en las Coplas donde Jorge Manrique sabe expresar como nadie la “temporalidad” del ser humano, el carácter efímero de su existencia, la inestabilidad de la caprichosa Fortuna, el poder igualitario de la muerte que trata a todos de la misma manera...; tópicos muy medievales, pero que en Manrique adquieren una extraordinaria hondura moral, capaz de sintetizar como nadie antes había hecho los principios fundamentales de la filosofía cristiana. Y de las 40 sextinas dobles de que se compone la obra, reservará la 17 finales para efectuar un elogio fúnebre de su padre. Y en ellas nos vamos a centrar.

Edición digital de la Las coplas en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, a cargo de Augusto Cortina:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/obra-completa--0/html/ff6c9480-82b1-11df-acc7-002185ce6064_5.html

Coplas que hizo don Jorge Manrique a la muerte del maestre de Santiago, don Rodrigo Manrique, su padre (XXV-XXXIII).

XXV
Aquél de buenos abrigo,
amado por virtuoso
de la gente,
el maestre don Rodrigo
Manrique, tanto famoso
y tan valiente;
sus hechos grandes y claros
no cumple que los alabe,
pues los vieron,
ni los quiero hazer caros,
pues el mundo todo sabe
cuáles fueron.
XXVI
Amigo de sus amigos,
¡qué señor para criados
y parientes!
¡Qué enemigo de enemigos!
¡Qué maestro de esforçados
y valientes!
¡Qué seso para discretos!
¡Qué gracia para donosos!
¡Qué razón!
¡Qué benigno a los subjetos!
Y a los bravos y dañosos,
¡un león!
XXVII
En ventura Octaviano;
Julio César en vencer
y batallar;
en la virtud, Africano;
Aníbal en el saber
y trabajar;
en la bondad, un Trajano;
Tito en liberalidad
con alegría;
en su braço, Aureliano;
Marco Atilio en la verdad
que prometía.
XXVIII
Antonio Pío en clemencia;
Marco Aurelio en igualdad
del semblante;
Adriano en elocuencia;
Theodosio en humanidad
y buen talante;
Aurelio Alexandre fue
en disciplina y rigor
de la guerra;
un Costantino en la fe,
Camilo en el grand amor
de su tierra.
XXIX
No dexó grandes thesoros,
ni alcançó grandes riquezas
ni baxillas;
mas hizo guerra a los moros,
ganando sus fortalezas
y sus villas;
y en las lides que venció,
muchos moros y cavallos
se perdieron,
y en este oficio ganó
las rentas y los vasallos
que le dieron.
XXX
Pues por su honra y estado,
en otros tiempos pasados,
¿cómo se uvo?:
quedando desamparado,
con hermanos y criados
se sostuvo.
Después que hechos famosos
hizo en esta dicha guerra
que hazía,
hizo tratos tan honrosos
que le dieron aun más tierra
que tenía.
XXXI
Estas sus viejas estorias
que con su braço pintó
en juventud,
con otras nuevas victorias
agora las renovó
en senectud;
por su grand abilidad,
por méritos y ancianía
bien gastada,
alcançó la dignidad
de la grand cavallería
del espada.
XXXII
Y sus villas y sus tierras
ocupadas de tiranos
las halló,
mas por cercos y por guerras
y por fuerça de sus manos
las cobró.
Pues nuestro rey natural,
si de las obras que obró
fue servido,
dígalo el de Portugal
y en Castilla, quien siguió
su partido.
XXXIII
Después que puso la vida
tantas vezes por su ley
al tablero;
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero,
después de tanta hazaña
a que no puede bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña,
vino la muerte a llamar
a su puerta [...]
Jorge Manrique: Poesía. Madrid, Ediciones Castalia, 2003. Colección Clásicos
Castalia, núm. 271, págs. 259-269. María Morrás, editora literaria.

El poema está formado por 40 estrofas llamadas coplas de pie quebrado, cada una de las cuales consiste en doce versos distribuidos en dos sextillas en las que los versos tercero y sexto de cada una son tetrasílabos -los versos de pie quebrado- y los demás -es decir, los versos 1, 2, 4 y 5- octosílabos; y ambas sextillas tienen rima consonante independiente (versos primero con cuarto, segundo con quinto y tercero con sexto: abcabc / defdef). Esta forma métrica aporta un cierto ritmo fúnebre al poema, muy acorde con su contenido elegíaco: una reflexión moral acerca de lo inestable de la Fortuna, de la fugacidad de las glorias terrenales y del poder igualatorio de la muerte, que no hace distinciones sociales.

Las coplas XVI a XXIV ofrecen como particularidad relevante la presentación ante los ojos del lector de personajes contemporáneos del propio Rodrigo Manrique, lo que produce una sensación de emotiva veracidad. El poeta se está refiriendo a Juan II de Castilla, bajo cuyo reinado las artes -y especialmente la literatura- vivió momentos de gran esplendor; y a los poderosos hijos -don Enrique y don Juan- de Fernando I de Antequera -heredero de la corona de Aragón, gracias al Compromiso de Caspe (1412)-, que tanto influyeron en la política castellana; y también alude a celebraciones cortesanas de ambiente caballeresco -quizá a las que tuvieron lugar en Valladolid, en 1438-. Y así, la vida de los poderosos y las brillantes fiestas palaciegas son tan efímeras como “verduras de las heras”, incapaces de subsistir; y las interrogaciones retóricas -de la copla doble XVI- se erigen en el vehículo apropiado para hacer más expresiva esa idea de caducidad de todo lo terrenal -personas y ambientes-, por muy fastuoso y deslumbrante que fuera en su momento. Y lo mismo ocurre con los personajes cortesanos -“damas” elegantemente vestidas y ataviadas, “amadores” que se rigen por los cánones del amor cortés...-: nada queda ni de “aquel trobar” ni de “aquel dançar”; y nuevamente las interrogaciones retóricas -cuatro en la copla doble XVII: “Qué se hizo.../ Qué se hizieron...”- sirven para evocar un mundo ya desaparecido.

Así pues, y frente a la nómina de castellanos ilustres del ubi sunt?, cuyo recuerdo se desvanece con su muerte, “esta otra enumeración del panegírico [de Manrique] da a entender lo contrario: los afamados permanecen y la glorificación terrenal resiste a los tiempos” (cf. Pedro Salinas: Jorge Manrique o tradición y originalidad. Barcelona, Editorial Seix Barral, 1981, pág. 169). Por eso, la fama de Rodrigo Manrique resistirá -como la de los ya lejanos emperadores y gobernantes romanos- la impetuosa acometida del olvido.

A partir de la copla XXV, Jorge Manrique, transido de dolor por la muerte de su padre -Rodrigo Manrique, Maestre de la Orden de Santiago-, efectúa un emotivo epicedio (composición poética en la que se llora y alaba a una persona muerta) de su persona, mostrando una gran entereza. [Y será la propia muerte la que consuele al “buen caballero” que fue su padre con una doble esperanza (coplas XXXIV a XXXVII): la de “el vivir que es perdurable” -ganado con el ejercicio de la virtud personal en este mundo-; y la de “otra vida más larga / de la fama glorïosa”, que queda en la tierra, como resultado de sus buenas acciones, desafiando el paso del tiempo].

Manrique comienza en la copla XXV, alabando su valor y sus hazañas guerreras (“sus grandes hechos y claros”), de las que se hicieron eco algunos textos literarios de la época; si bien, no los encarece en exceso, porque son sobradamente conocidos (“ni los quiero hacer caros / pues el mundo todo sabe / cuáles fueron”). Sin duda, el efecto dilatorio que provocan el hipérbaton y el pronombre catafórico (“Aquel de buenos abrigo...”) delatan el halo de grandeza con que Manrique presenta a su padre.

En la copa XXVI, y para hacer más patente la expresividad del elogio a su padre, Jorge Manrique recurre a frases exclamativas en las que ha prescindido del verbo copulativo (“es”): don Rodrigo rinde culto a la amistad; observa un comportamiento digno tanto con la servidumbre como con las personas de alcurnia (“parientes”); es fiero con sus adversarios; modelo de valor para los osados, de prudencia para los sensatos, de afabilidad para los amables; de recto proceder en sus acciones (“razón”); es comprensivo ante las vicisitudes (“subjetos”, prósperos y adversos) e imperioso con los que causan perjuicios. Jorge Manrique ha elegido, pues, cuidadosamente las palabras con las que caracteriza las virtudes del carácter de su padre, que se convierten en “ejemplares” y, por tanto, dignas de ser imitadas.

En las coplas XXVII y XXVIII, Jorge Manrique selecciona una serie de personajes de la antigüedad que se han incorporado a la Historia -y cuyo recuerdo no se ha desvanecido con su muerte-, en los que rastrea bondades que son aplicables a su padre. En la copla XXVII se alude a Octaviano, a Julio César, a Escipión el Africano y a Aníbal, a Trajano, a Tito, a Aureliano y a Marco Atilio. En efecto, Octaviano (Octavio César Augusto, 63 a.C./14 d.C.) fue el primer emperador de Roma y un trabajador incansable al servicio de su grandeza; Julio César (100-44 a.C.) es el paradigma del militar victorioso; el Africano (Publio Cornelio Escipión, 236-183 a.C.) destruyó Cartago y venció a Aníbal (247- a.C.) en la batalla de Zama -ambos tenían fama de ser grandes estrategas militares-; el emperador Trajano (53-117 d.C. -el primero de origen hispano- era conocido por su actividad filantrópica; el emperador Tito (39-81 d.C.) alcanzó una enorme popularidad debido a la generosidad que mostró con las víctimas de los desastres sufridos por el imperio durante su reinado -la erupción del Vesubio y el incendio de Roma, en los años 79 y 80 d.C., respectivamente-; el emperador Aureliano (214-275 d.C.) recibió el apodo de “mano de hierro” por sus continuas victorias -contra los bárbaros; contra el imperio de Palmira, en el desierto de Siria...- que ayudaron recuperar su prestigio al imperio romano; el general romano Marco Atilio Régulo (299-250 a.C.), tras algunos éxitos militares, fue apresado por los cartagineses, que lo enviaron a Roma para negociar un intercambio de prisioneros, con el compromiso de volver a Cartago en caso de no lograrlo; pero cuando habla ante el Senado adopta una actitud contraria a la esperada: no se puede pactar con el enemigo; tras de lo cual, y como hombre de honor, regresa a Cartago a sabiendas de que le aguarda una muerte horrible.

En la copla XXVIII, Jorge Manrique sigue seleccionando emperadores y gobernantes romanos en los que encuentra cualidades excepcionales -en su carácter y buen hacer- que, de hecho, considera que pueden ser aplicables a su padre; y así, en Antonio Pío (138-161 d.C.) -que recibió el cognomen de Pío por su acción de convencer al Senado para que concediera honores divinos a su predecesor, Adriano- elogia su apacibilidad de ánimo -era poco amigo de contiendas bélicas y promovió el desarrollo de las artes y de las ciencias-; de Marco Aurelio (121-180 d.C.) -otro de los emperadores de origen hispano- alaba sus planteamientos filosóficos acordes con el estoicismo; de Adriano (117-138 d.C.) -también de origen hispano- ensalza su conocimiento de la cultura helena, hasta tales extremos que le apodaron Graeculus -“grieguecillo”-; y de Teodosio (“el grande”, 347-395 d.C.) -último emperador en gobernar todo el mundo romano-, su humanidad -es decir, su sentido de la humildad, cualidad esta necesaria en todo buen gobernante-. De Aurelio Alexandre (Aurelio Severo, 208-235 d.C.) traslada Manrique a su padre sus virtudes como soldado, pues había recibido una buena instrucción militar -recordemos que, como persona de ánimo tranquilo, difundió la célebre máxima “Quod tibi fieri non vis, alteri ne feceris” [No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti]-; del emperador Constantino (272-337 d.C.), su fe -convocó el Primer Concilio de Nicea, en el año 325, que otorgó por primera vez al cristianismo legitimidad oficial en el imperio romano-; y del militar y político romano Marco Furio Camilo (446-365 a.C.), el amor a su propia tierra -a su muerte fue honrado con el título Segundo Fundador de Roma.

Tras las cuatro estrofas en las que efectúa la semblanza moral de su padre, Jorge Maniqueo repasa algunos hechos de su biografía: no hizo alarde de poseer riquezas, y los bienes de que dispuso los ganó por méritos propios, luchando contra los moros “y ganando sus fortalezas / y sus villas” (copla XXIX); pasó tiempos difíciles -en los que Álvaro de Luna le confiscó sus bienes-, pero, finalmente, sus tierras le fueron devueltas e incluso mejoró sus posesiones (copla XXX); en la guerra civil castellana por la sucesión en el trono apoyó a Isabel la Católica, y obtuvo la dignidad de Maestre de la Orden de Santiago -en 1474-, cuya insignia era una cruz de color rojo en forma de espada (estrofa XXXI); y este apoyo supuso que no aceptara como rey de Castilla a Alfonso V de Portugal -casado con la hija de Enrique IV, Juana la Beltraneja, tildada de bastarda por el bando isabelino para restarle legitimidad; de hecho, aunque Alfonso V, en mayo de 1475, ya había sido proclamado en Plasencia rey de Castilla, la entronización de Isabel y Fernando tuvo lugar en Segovia, en diciembre de 1474- (copla XXXII) . Y con la llegada de la muerte, Manrique cierra la biografía de su padre atribuyéndole tres rasgos ejemplares: hombre de gran religiosidad, súbdito leal y heroico guerrero (copla XXXIII).

En la valoración literaria de las Coplas el elogio de la crítica ha sido unánime. Incluso Lope de Vega llegó a decir que merecían estar escritas con letras de oro. La verdadera originalidad de Manique deriva de su inconfundible personalidad; porque ha sido capaz de expresar de forma magistral los tópicos de la literatura ascética: lo breve de nuestra existencia y lo huidizo de los bienes temporales. Todo contribuye, además del tema, a que las Coplas sean consideradas como una de las obras maestras de la lírica castellana de todos los tiempos: la expresión sobria; la llaneza del lenguaje, sin retorcimientos conceptistas ni altisonantes compasiones, sin asomo de afectación, sin pedantes cultismos, casi sin hipérbaton, con supresión total de vanos adjetivos; e incluso la estrofa ideada: una sextina cuya lentitud de andadura, interrumpidos los octosílabos por los versos tetrasílabos, le confieren un carácter de ritmo fúnebre muy adecuado para la transmisión de los sentimientos que traduce, elevándose desde del dolor particular que le produce la muerte de su propio padre a consideraciones de carácter universal válidas en todo momento y situación. Y todo ello en un marco de perfección formal e insuperable belleza estética.

Interpretaciones.

Joaquín Dicente recita “Las Coplas”, de Jorge Manrique.

Paco Ibáñez canta “Las Coplas”, de Jorge Manrique.

Amancio Prado “interpreta” “Las Coplas”, de Jorge Manrique, desde el teatro de la Abadía.

Bibliografía.

Monografía de Natalia Galbis en el blog Elbolsillodelazarillo.com

https://www.elbolsillodelazarillo.com/2024/01/topicos-literarios-coplas-la-muerte-de.html

José María Micó: “Las pretericiones de Jorge Manrique”. En este artículo se rastrean lugares comunes).

https://www.insula.es/sites/default/files/articulos_muestra/INSULA%20713.htm

Marco Aurelio Ramírez Vivas: “Las Coplas de Jorge Manrique: reivindicación de una familia noble en la primera Elegía Moderna”.

https://www.redalyc.org/journal/200/20063285003/html/

César Augusto Ayuso Picado.

El tiempo y más allá del tiempo. Las coplas de Jorge Manrique, I y II.

https://www.almudi.org/articulos/15563-el-tiempo-y-mas-alla-del-tiempo-las-coplas-de-jorge-manrique-i

https://www.almudi.org/articulos/15568-el-tiempo-y-mas-alla-del-tiempo-las-coplas-de-jorge-manrique-ii

Ramsés Jabín Oviedo Pérez: “Jorge Manrique: Una aproximación a la poética de las Coplas”. Revista de poesía El humo.

https://www.revistaelhumo.com/2018/01/jorge-manrique-una-aproximacion-la.html

Un ejemplo de “poesía de cancionero”, de Jorge Manrique

Yo soy quien libre me vi

Yo soy quien libre me vi,
yo quien pudiera olvidaros,
yo so el que por amaros
estoy desque os conoscí,
“sin Dios, y sin vos y mí”.
Sin Dios, porque en vos adoro,
sin vos, pues no me queréis,
pues sin mí ya está de coro
que vos sois quien me tenéis.
Así que triste nascí,
pues que pudiera olvidaros,
yo soy el que por amaros
estó, desque os conoscí,
“sin Dios y sin vos y mí”.

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