Desde una perspectiva métrica, el poema es una silva arromanzada -tan del gusto de Bécquer y de Antonio Machado-. De los 24 versos, hay 6 son heptasílabos (8, 10, 11, 14, 16 y 17), y los 16 restantes, endecasílabos (1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 9, 12, 13, 15, 18, 19, 20, 21 y 22), que presentan diferentes ritmos. Por ejemplo, son endecasílabos sáficos (con acentos obligados en 4.ª, 8.ª y 10.ª sílabas) el 5 (“El albañíl de yéso humílde y blánco”), el 6 (“como la lúz. El impresór de tínta”), el 7 (“que en el sendéro del papél se ordéna”), el 12 (“el pescadór. El leñadór de astíllas”) y el 21 (“una ilusión de amór y, al fin, la rosa”); endecasílabos heroicos (con acentos en 2.ª, 6.ª y 10.ª sílabas) el 1 (“Cada uno en el rumor de sus talleres”), el 4 (“labrada y con virutas amarillas”) y el 9 (“De pan y de sudor oscuro el grave”); endecasílabos melódicos (con acentos en 3.ª, 8, y 10.ª sílabas) el 2 (“a diário la pátria se fabríca”), el 15 (“el minéro. De indómitas verdádes”) y el 20 (“herramiénta. Los vívos materiáles”); etc., etc. Por otra parte, los encabalgamientos aportan una aceleración del ritmo poético; y son frecuentes en el poema: así sucede en los versos 3-4 (“de madera / labrada”), 9-10 (“el grave / campesino”), 10-11 (“de fría / plata), 12-13 (“de astillas / con forestal aroma”), 18-19 (“la sumisa / herramienta”), 19-20 (“los vivos materiales / de su quehacer”), 21 22 (“la rosa / de la esperanza”); hay, además, un encabalgamiento oracional en los versos 6-7 (“el impresor de tinta / que en el sendero del papel” [el pronombre relativo “que” tiene como antecedente “el impresor”]). Algunos de estos encabalgamientos concluyen en el verso encabalgado con pausa interna: así sucede en los encabalgamientos de los versos 9-10 (“El grave / campesino. De fría”), 18-19 (“la sumisa herramienta, / los vivos materiales), 19-20 (“los vivos materiales / de su quehacer. Un vaho de fatiga”) y 21-22 (“la rosa / de la esperanza, aún en la sonrisa”). De esta manera, las palabras que intervienen en el encabalgamiento (rápida aceleración seguida de pausa brusca) quedan en una situación de relevancia significativa y expresiva. Además, los hiperbatos facilitan el dinamismo del poema, tal y como puede comprobarse en los versos 9-12 (“De pan y de sudor oscuro el grave / campesino. De fría / plata húmeda y relente / el pescador”) y 14-15 (“De hondas plumas sombrías / el minero. De indómitas verdades / y hermosura, el artista”). A todo lo cual hay que añadir la rima asonante /í-a/ en todos los versos pares a lo largo de toda la composición. El plano fónico de la lengua adquiere, pues, una especial significatividad y es el responsable de que los versos fluyan produciendo una sensación de grata eufonía, muy adecuada para destacar el tema tratado: la patria la construimos diariamente entre todos -es un esfuerzo colectivo- con nuestro trabajo individual.
El propio poeta divide el poema en dos partes: versos 1-16 y versos 17-22. En la primera parte aparecen diversos trabajadores “en plena faena”: carpintero, albañil, impresor, campesino, pescador, leñador, minero, artista… (la enumeración sería interminable y el poeta “se conforma” eligiendo siete “profesionales” y reserva para el final “el artista”. Porque “Cada uno en el rumor de sus talleres / a diario la patria se fabrica” (versos 1-2). Tras ese “rumor” se esconde, en realidad, una laboriosidad febril en el puesto de trabajo (“el taller de cada cual”), y entre todos “fabricamos” la patria “día tras día” (adviértase la propiedad con la que está empleado, el verbo “fabricar”: producir cosas útiles como resultado de la actividad laboral, que es la mejor forma, para el poeta, de “hacer patria”).
¿Y como la hacen los profesionales elegidos por el poeta? Cada cual con los materiales propios de su oficio u ocupación. Y estos materiales -sus nombres concretos- se describen mínimamente con una delicada adjetivación que sorprende porque los ricos matices connotativos que evoca: el carpintero tiene en sus manos “madera labrada / y virutas amarillas” (versos 3-4 que conforman unas construcción bimembre “nombre+adjetivo pospuesto”; para labrar la madera ha sido necesario sacar virutas, por lo común arrolladas en espiral); el albañil emplea “yeso humilde y blanco” (verso 5, en el que consideramos como una expresión pluriverbal “yeso blanco” para designar un concepto unitario: es el que se usa en albañilería para el enlucido exterior de de los tabiques y muros de las habitaciones; y ese yeso se califica como “humilde” y, por su blancura, se lo compara con la luz; el impresor usa “tipos móviles”, metafóricamente convertidos en “menudas hormigas”, que se entintan y se presionan contra “el sendero de papel” -de nuevo la expresión metafórica- para transferir la tinta -procedimiento hoy obsoleto, pero que aún tiene cierta vigencia como marchamo de calidad artesanal- (versos 6-8); el campesino que, con mucho esfuerzo (“sudor oscuro”), trabaja la tierra para obtener cosechas -el sustento diario, metonímicamente aludido con el vocablo “pan”- (verso 7, en el que el adjetivo “grave”, aplicado a “campesino”, describe a la perfección la dureza de las condiciones del trabajo agrícola); al pescador se lo presenta (versos 10-11) faenando en el mar -aludido con la sinestesia “fría plata”-, envuelto en la humedad de las noches serenas (“relente”); el leñador hace astillas la madera de los árboles -y de ahí el empleo del participio con valor adjetivo “cercenada”- (versos 12-13; en el 13, el nombre “aroma”, para referirse al buen olor que desprende la madera recién cortada, va flanqueado por adjetivos muy apropiados “florestal” relativo a los bosques y al aprovechamiento de la leña- y “cercenada”, como resultado de haber talado árboles); al trabajo del minero se hace referencia con dos adjetivos que aluden a la profundidad de la mina y a la oscuridad de su interior, y que califican las afiladas herramientas que se necesitan para extraer el mineral ((verso 14: “De hondas plumas sombrías”); y, finalmente, cuando el poeta llega al artista, lo presenta como artífice de belleza y, a la vez, como ser auténtico a la búsqueda de la verdad siempre difícil de reprimir (verso 15: “indómitas verdades”). Y así, cada uno, desde su ámbito personal, contribuye a que la patria sea una construcción comunitaria. Hasta aquí la primera parte del poema, cargada de sugestivas sugerencias merced a la adjetivación empleada, como antes apuntábamos. Y llegados a este punto, quizá el lector pueda plantearse, desde el ejercicio de su profesión, cuál es su aporte al concepto de patria. Porque acaso sea lo que el autor ha pretendido…
La segunda parte del poema comprende los versos 17-22. Obviamente, “Cada uno hace la patria / con lo que tiene a mano” (verso: 17-18, que vienen a resumir la primera parte). Y el poeta ha seleccionado cuidadosamente las palabras que emplea: “sumisa herramienta” (verso 18), “vivos materiales” (verso 19), “vaho de fatiga” (verso 20), “ilusión de amor” (verso 21), “rosa / de la esperanza” (versos 21-22). Y todo ello sin dejar de sonreír (verso 22). Así fabricamos entre todos una patria: aportando el quehacer nuestro de cada día, indomeñables ante la fatiga, con amor y esperanza, y una sonrisa en los labios. El poema se escribió 18 años después de terminada la Guerra Civil, y leído hoy cobra una rabiosa -y necesaria-actualidad.
En este poema, como en otros muchos de Leopoldo de Luis, se pone de manifiesto el enfoque humano y social de sus versos, marcados siempre por un compromiso ético que persigue la anuencia del lector, y para ello recurre a un lenguaje sencillo, fácilmente comprensible, tras el cual se observa el manejo de una depurada técnica literaria.
Por qué será que la lectura del poema de Leopoldo de Luis -al fin y al cabo, poeta social-, nos trae a la memoria otro de Antonio Machado, escrito en 1913 e incorporado a Campos de Castilla tras su edición de 1912. Lleva por título “El mañana efímero”; y aunque ofrecemos un enlace para tenerlo a mano, los reproducimos. https://www.poesi.as/amach135.htm
Porque Machado está denunciando el atraso en todos los órdenes de la sociedad de su época -“esa España inferior que ora y bosteza, / vieja y tahur, zaragatera y triste”-; y anhela “Una España implacable y redentora” que acabe con su letargo. Para Machado, “Otra España nace, / la España del cincel y de la maza”. Quizá haya que preguntarse dónde está esa “España de la rabia y de la idea” de la que el poeta andaluz no pudo disfrutar.
A propósito del libro al que pertenece este poema -Teatro Real-. Gerardo Diego emitía la siguiente valoración crítica: “
“El título mismo está lleno de sugestión múltiple, profundamente, irónicamente equívoca. Esto es, un teatro, un gran teatro de ópera. Teatro real con todo lo que tiene de grandeza fáustica, de lujo espectacular, de feria de los sentidos, de guardarropía, que es muestrario de historia y de poesía universal. Pero a la vez... «real» en español quiere decir no sólo regio, derivado de rey, sino existente, comprobable, derivado de «res», cosa. Teatro de la realeza y teatro de la realidad. Y así, robándole al oficio su vocabulario, sintiéndose actor, explotando todas las posibilidades del tema en creciente patetismo, va desfilando el gran poema y nos va envolviendo en el vértigo de su dinamismo ejemplar”.
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El poeta. Leopoldo [Urrutia] de Luis (Córdoba 1918-Madrid, 2005), fue poeta -la mayoría de sus obras se inscriben en la línea de la poesía social- y crítico literario. Su amplia trayectoria poética se inicia en 1946, con la publicación de Alba del hijo. A este título siguieron Huésped de un tiempo sombrío, (1948), Los imposibles pájaros (1949), Los horizontes (1951), Elegía en otoño (1952), El árbol y otros poemas (1953), El padre (1954), El extraño (1955) y Teatro real (1957), poemario del que hemos extraído “Patria de cada día”.
Tras la publicación de Juego limpio (1961), La luz a nuestro lado (1964) y Aquella primavera (1967), Plaza & Janés edita, en 1968, Poesía (1946-1968). Con la obra Aquí no se va nadie obtiene el Premio Ausias March, 1971. De nuevo Plaza & Janes, en 1975, vuelve a editar una antología de su obra: Poesía (1946-1974). En 1979 obtiene el Premio Nacional de Literatura con Igual que guantes grises; y en 1981 el Premio Francisco de Quevedo con Entre cañones me miro. A estos títulos siguen Una muchacha mueve la cortina (1983), Del temor y de la miseria (1985), Viaje a la casa cerrada (1987), Los caminos cortados (1989, nueva antología de su obra, editada por Plaza & Janés), Reformatorio de adultos (1990), Aquí se está llamando (1992), El viejo llamador (1996). Y se publican tres antologías de su obra poética, con estos títulos: En las ruinas del cielo de los dioses. Antología 1946-1998 (Hiperión, 1998), Obra poética (1946-2003), (Visor, 2003) y Libre voz. Antología poética 1941-2005) (Cátedra, 2019).
El crítico literario. La “intuición poética de Leopoldo de Luis le ha permitido elaborar antologías poéticas y estudios críticos de gran rigor técnico y acertadas valoraciones estilístico-lingüísticas. Entre sus antologías destacan las tituladas Antología de la poesía social española contemporánea (Madrid, Alfaguara, 1965), Poemas amorosos de Miguel Hernández (Madrid, Alfaguara, 1965), Antología de la poesía religiosa española contemporánea (Madrid, Alfaguara, 1969) y Miguel Hernández, obra poética completa, en colaboración con Jorge Urrutia (Madrid, Zero, 1976). De gran interés son sus monografías Biografía de Vicente Aleixandre (Madrid, Espasa-Calpe, 1970), Vida y obra de Vicente Aleixandre (Madrid, Espasa-Calpe, 1977) y Antonio Machado, ejemplo y lealtad (Madrid, SGEL, 1975). Destaquemos también su edición crítica de la obra de Vicente Aleixandre Sombra del paraíso (Madrid, Castalia, 1976; obra de gran trascendencia en el ámbito educativo) y Miguel Hernández: El hombre acecha. Edición facsímil sobre la primera edición de 1939, con estudio y notas, en colaboración con Jorge Urrutia (Santander, Ediciones de la Casona de Tudanca, Institución Cultural de Cantabria, 1981). Y no deben olvidarse sus colaboraciones en revistas como Garcilaso, Espadaña, Índice, Revista de Occidente...
Bioblibliografía.
Concha Zardoya: Leopoldo de Luis. Biografía y selección [de poemas].
https://www.cervantesvirtual.com/obra/leopoldo-de-luis-1214099/
Francisco Javier Dícz de Revenga: “La poesía aprendida: en torno a la obra crítica y ensayística de Leopoldo de Luis”.
https://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/deluis/acerca/diezrevenga.htm
Leopoldo de Luis se incorporó en 1936, estallada la guerra, al ejército de la República, en el que llega a alcanzar el grado de capitán de Estado Mayor. Acabada esta, fue internado en el campo de concentración (plaza de toros) de Ciudad Real y recluido después en el penal de Ocaña. Finalmente, en 1941 se le destinó, por seis meses, al Batallón de Trabajadores en Marruecos y Campo de Gibraltar, para ser después liberado.