Llegó la era de los lentes metiches — METAches — y nadie dijo nada.
Son elegantes. Son caros. Son poder.
El marco reconocerá el rostro que miras y te dirá quién es, qué hace, qué fue y grabará lo que ves y lo guardará.
Caminaremos por la vida vestidos de la ropa nueva del emperador, no habrá necesidad de un: te presento a… ya que sabremos a quién nos están presentando, quién está presentando y quién es el metiche que nos está observando.
Por supuesto, las grandes compañías juran que están estudiando los límites de la información que recogen y comparten de la vida del observado —usted, yo, mi vecino, o ese desconocido que nos observa —para proteger nuestra privacidad.
No es la IA, no es el hermano mayor; es el nuevo sastre de la humanidad, el nudismo universal de la in-desinformación. Nada que ocultar. Nada que imaginar.
Antes era el color de la piel, la ropa que llevaban, el olor, los zapatos, de marca o imitación, el lenguaje, el peinado; la curvatura de la espalda entregaba la edad, la piel estirada, la sonrisa dentada o desdentada también. Todos pequeños detalles que in-desinformaban y nos permitían construir una imagen de prejuicios sobre el próximo.
Hoy-mañana serán los lentes metiches que alimentarán nuestros prejuicios, que nos aislarán, que nos agruparán en grupos cerrados, entre nosotros los hoy día poseedores de los archivos secretos de la Dina, del KGB, de la CIA, de la Stasi, de la Gestapo, de la mukhabarat, del Mossad, del ICE; de su vida, su pasado y su presente.
Hoy nos toman una foto, mañana bastará con mirarnos y nos extenderán una mano, nos negarán una mano, nos darán un abrazo o la espalda.
Afortunadamente yo, con mis lentes inteligentes, estaré desnudando la vida del metiche. Y correré a perderme en el mar donde un sonriente pez con lentes inteligentes me estará observando.
Y sabrá quién soy.