FIRMA INVITADA

El largo camino de “La hija de Goya” hasta las librerías

Amelia Noguera
Amelia Noguera | Miércoles 18 de febrero de 2026

La primera de mis novelas que una editorial publicó, en 2014, fue La marca de la luna. Después vinieron cuatro más. Todas ellas en sellos importantes. La última, El Paseo de los Canadienses, llegó a las librerías justo antes de la pandemia.



En este tiempo, mi vida cambió. De trabajar en el mundo tecnológico, como ingeniera informática y traductora técnica, me convertí en escritora y terminé una carrera universitaria solo para aprender Teoría literaria, Narrativa, Literatura comparada y otras materias que me interesaban, como Historia o Historia del Arte. Ahora soy profesora de Lengua, Literatura e Historia en un instituto. Pero ese gran cambio fue, claro que sí, para escribir.

Esta fue la parte fácil, la difícil ha sido encontrar un editor que de verdad se interesara en mis novelas. Esto es lo que ha sucedido, después de tantos años, con Max Lacruz. ¡Un editor que adora la literatura! Yo también me enamoré de su sello, Funambulista. La forma en la que lo conocí daría para otro libro, quizás lo escriba algún día.

En este camino, seguí escribiendo. Llegué incluso a concluir hasta tres encargos de novelas históricas: una de una importante editora y dos más de dos agentes literarias de las más relevantes.

Para quien no sepa mucho de este complejo mundo del libro, las agencias son como los representantes de los futbolistas. Te buscan un equipo donde jugar y negocian por ti las condiciones económicas. Esos encargos estuvieron a punto de publicarse, pero siempre ocurría algo que lo impedía: se iba el editor, al nuevo no le atraía ya la idea, cambiaban la línea editorial, etc.

Pero la agente literaria que me interesa ahora es la última, a quien estoy muy agradecida porque me devolvió la fe en mi escritura. Con ella empecé a escribir esta novela. Fue también otro encargo para un grupo editorial gigantesco, planetario, diría yo. Mi agente me pidió varias ideas para ofrecérselas a una editora de un sello que cada vez tenía más interés por el género histórico. El proyecto de escribir sobre Rosario Weiss, la hija de Goya, fue el que más le gustó a la editora planetaria. Así empezó mi enamoramiento con este personaje real, que era una injusta desconocida, aunque ya la había descubierto años antes, mientras estudiaba mi oposición para profesora. Me fascinó entonces y, ¡maravilla!, tenía la oportunidad de contar su historia. ¿Qué podía fallar?

Siempre a través de la agente, la editora me pidió el guion de la novela completa, de más de quinientas páginas (trama, argumentos, escenas, personajes, etc.), lo que se llama una «escaleta », y solo unas veinticinco páginas de los primeros capítulos. Si le gustaban, firmaríamos el contrato para publicarla. Lo dejé todo, pero todo, por y para escribir la historia de esta artista. Cuando le entregué a la agente lo que la editora me había pedido, esta pidió más capítulos y algunos cambios en la idea inicial. Pasé el verano de 2024 trabajando en ellos. En septiembre, entregué más de cien páginas finales. Ya conocía a Rosario como si fuera mi hija.

Pero esta segunda versión no gustó a la editora. Entre otras pegas, era demasiado histórica. Ellas, la editora y mi agente, hablaron «largo y tendido» sobre mi novela. A partir de entonces, cambiamos la forma de trabajar: la agente se encargaría de leer y comprobar que yo escribía mi novela según ellas dos habían decidido y solo le pasaría a la editora la versión final, la que le gustara a la agente. Ahí empezó un trabajo de locos. Llegué a escribir doce versiones distintas que fui entregándole y cambiando según ella le diera o no el visto bueno; sobre todo, siguiendo sus indicaciones, casi eliminé del todo a Goya de la novela de su presunta hija. Así, cuando terminaba mi día de trabajo como profesora, me ponía con Rosario y su historia. Fines de semana, vacaciones y lo que hiciera falta. Cuando siete meses después a mi agente le satisfizo por fin mi última propuesta, la editora la rechazó.

Tenía que volver a empezar porque yo no había entendido lo que me habían pedido.

Entonces nació realmente esta novela. Agotada y sin saber ya ni qué quería escribir yo ni qué querían ellas que escribiera, rescindí el contrato de representación con la agente y, por tanto, renuncié a publicar La hija de Goya con el sello planetario. Empezó entonces otra odisea que, como digo, algún día contaré.

Lo más importante es que yo, como Ulises, regresé a Ítaca. Y allí encontré a un editor que leyó todas mis novelas. Estábamos a punto de publicar una de aventuras cuando me llegó la noticia de que Sergio del Molino iba a publicar un libro en marzo de 2026 sobre la hija de Goya. Me extrañó moderadamente: el Museo del Prado expone algunas obras de Rosario. En particular, desde otoño de 2024, su autorretrato al óleo de la alegoría La atención está en su colección permanente junto a uno de los autorretratos de Goya. El personaje merece no uno, sino varios libros. Sin embargo no pude dejar de pensar que tal coincidencia era una señal y que había que seguirla, así que le propuse a mi editor resucitar a Rosario Weiss y aceptó con entusiasmo.

Todavía cuando escribo estas líneas nada sé del libro de Del Molino (ni él del mío, espero), pero seguro que ambos arrojarán luz sobre un personaje tan fascinante.

Y no sé si esta novela es la que habría escrito de no haber pasado por los primeros meses de cambios y más cambios, pero sí sé que esta artista merece ser conocida y reconocida como lo que es, una pintora excepcional que, de no haber sido una mujer liberal y, sobre todo, si no existieran indicios de que podría ser la hija ilegítima del pintor maño, formaría parte de todos los libros de Historia del Arte y la historiografía estaría plagada de estudios sobre ella.

Espero haber cumplido mi objetivo cuando la descubrí, maravillada, al estudiar a Goya: que vosotros también os enamoréis de Rosario Weiss. Su novela, “La hija de Goya”, ha logrado recorrer el camino hasta las librerías. Allí estará el 18 de febrero.

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