Hablar de Luis Alberto de Cuenca es hablar de persona de trato exquisito y cordialidad a raudales. Y si nos referimos al escritor, es innegable reconocer su talento literario. Leyendo sus poemas, podemos afirmar que tiene una sólida preparación intelectual cimentada en la cultura clásica; que se percibe su cosmopolitismo (de hecho, domina varias lenguas y ha traducido a grandes escritores clásicos y modernos); que elige cuidadosamente los vocablos de sus poemas para convertirlos en una fuente de sugerencias; que su sentido del humor se suele manifestar con una suave ironía...
Y por si todo esto fuera poco, en sus versos podemos encontrar cualquier tema, antiguo o actual, con o sin tradición literaria, que siempre sorprende al lector por su enfoque personal, supeditando la retórica estilística al enfoque comunicativo, Es de suponer que antes o después la RAE abrirá sus puertas a quien desde todas su facetas como escritor y crítico -es, además de poeta, filólogo, helenista. ensayista, columnista, conferenciante, editor literario...- se convierte en un referente indispensable del buen uso de nuestra lengua. Y si aludimos al poeta, basta con leer dos de las recopilaciones poéticas de su obra publicadas por Cátedra en la colección Letras Hispánicas: Poesía (1979-1996) -edición de Juan José Lanz-; y El triunfo de estar vivo. (Obra poética 1996-2012) -edición de Ricardo Virtanen-; o su voluminosa obra poética publicada en la Colección Visor de Poesía (https://www.visor-libros.com/collections/all/luis-alberto-de-cuenca).
Y vayamos con un poema, cuanto menos singular, en el que Luis Alberto de Cuenca desarrolla una visión un tanto irónica y desenfadada de un tema clásico: el “carpe diem”.
Collige, virgo, rosas
Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana.
Córtalas a destajo, desaforadamente,
sin pararte a pensar si son malas o buenas.
Que no quede ni una. Púlete los rosales
que encuentres a tu paso y deja las espinas
para tus compañeras de colegio. Disfruta
de la luz y del oro mientras puedas y rinde
tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico
que va por los jardines instilando veneno.
Goza labios y lengua, machácate de gusto
con quien se deje y no permitas que el otoño
te pille con la piel reseca y sin un hombre
(por lo menos) comiéndote las hechuras del alma.
Y que la negra muerte te quite lo bailado.
El título del poema trae a la mente, de inmediato, el recuerdo del poeta latino Ausonio y de su poema “De rosas nascentibus”, un poema en el que invita a cualquier mujer a disfrutar de su belleza aprovechando su juventud. El poema concluye así: “Collige, virgo, rosas, dum flos novus, et nova pubes, et memor esto aevum sic properare tuum” [“Coge las rosas, muchacha, mientras está fresca tu juventud, pero no olvides que así se desliza también tu vida”].
El poema de Décimo Magno Ausonio -la parte de mayor interés- podría quedar así, en versión castellana:
[…] Nos quejamos, Naturaleza, de que sea efímera la belleza
[de [las flores:
Les arrebatas rápidamente las gracias mostradas a los ojos.
La edad de las rosas es tan larga como un solo día,
la vejez inminente las agobia, aun jóvenes.
A la que el lucero brillante vio nacer,
a ésa la vio anciana al regresar por la tarde.
Mas no importa: aunque inexorablemente deba la rosa rápida morir,
ella misma prolonga su vida con los nuevos brotes.
Coge las rosas, muchacha, mientras está fresca tu juventud,
pero no olvides que así se desliza también tu vida.
Lo cierto es que el tema del poema de Ausonio ha sido recreado por poetas de todas las épocas, por lo general con seriedad. Recuérdense, en nuestra literatura del Siglo de Oro, por ejemplo, poemas de Garcilaso de la Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo… Incluso el propio Luis de Góngora se acerca también al tema con un enfoque grotesco (“Que se nos va la pascua, mozas, / que se nos va la pascua”). Pero, desde luego, Luis Alberto de Cuenca va aún más lejos y, con un lenguaje desenfadado, le aconseja a la mujer que disfrute cuanto pueda, “desaforadamente”; y a plasmar esta idea en toda su intensidad -no hay más que reparar en los verbos elegidos- dedica 13 de los 14 versos de que consta el poema: y solo en el último verso aparece la muerte, que se afronta de manera sarcástica: “Y que la negra muerte te quite lo bailado” (verso de gran eficacia expresiva, con la repetición de la sílaba “te”, que sugiere una especie de tartamudeo silábico: “muerte te quite”). De hecho, la expresión coloquial “que me [te, le, etc.] quiten lo bailado” se emplea para indicar que, sean cualesquiera las contrariedades que hayan surgido o surjan a alguien, no pueden invalidar el placer o satisfacciones ya obtenidos.
Y hasta métricamente está afortunado el poeta. Porque ha empleado 14 versos, que no constituyen un soneto. El poema lo componen 14 alejandrinos casi todos esticomíticos, con cesura central que los divide en dos perfectos heptasílabos, y carentes de rima (es decir, que se trata de versos blancos). Y es la puntuación ortográfica la que ayuda a establecer una división conceptual en cuatro partes: versos 1-3, 4-9, 10-13, y 14. Y, efectivamente, no se aprecia la menor coincidencia a efectos de timbre en la palabra final de cada verso: algunas de estas palabras tienen en sus sílabas finales combinaciones algo estridentes, poco dadas a facilitar rimas consonantes: /-úta/ (vertsop 6), /-índe/ (verso 7), /-ólico/ (verso 8), /-óño/ (verso 11), /-ómbre/ (verso 12).
El poema se concibe, estructuralmente, como un apóstrofe lírico en el que el poeta se dirige a una mujer joven (el vocativo “niña” bien pudiera representar a una persona que ha pasado de la niñez). Y todos los verbos fundamentales del poema o bien están en presente de imperativo, o bien en la forma negativa del presente de subjuntivo; y, además, entran en el registro coloquial o desarrollan singulares matices connotativos -en relación, por tanto, con el tono provocador del texto-, aun cuando el tema tratado sea un tópico clásico:
“arranca” (verso 1: implica violencia; es decir: desgarra);
“no esperes [a mañana]” (verso 1: comienza a actuar ya mismo; es decir: no te aguantes, no te reprimas);
“cortalas [a destajo]” (verso 2: es decir: pon empeño en separarlas con brusquedad del arbusto en que brotan; es decir: trónchalas);
“no te pares a pensar” [sin pararte a pensar] (verso 3; actúa sin meditación, irreflexivamente; es decir: no te detengas por cautela);
“pulete” (verso 4: no escatimes; es decir: derrocha en exceso y sin miramiento);
“deja [las espinas / para tus compañeras]” (versos 5-6: que otras [tus compañeras] se encarguen de ellas [de las espinas]; es decir: prescinde);
“disfruta” (verso 6: deja que tus sentidos y tu ánimo se embelesen; es decir, regocíjate);
“rinde / [tu belleza a]” (versos 7-8: pon(la) a disposición de; es decir: entréga(se)la) -porque el paso del tiempo es inmisericorde-;
“goza” (verso 10: disfruta placenteramente; de decir: saborea);
“machácate [de gusto]” (verso 10: sumérgete con tenacidad en el placer; es decir: deléitate);
“no permitas… que te pille” (verso2 11-12: evita que suceda; es decir, impide).
Todos estos verbos, ya por su propio significado, o bien por el que adquieren en función de los complementos que los acompañan pretenden subrayar que el paso del tiempo hace estragos en el ser humano -y. por seguir con el tópico clásico, en la mujer-, y que, por y tanto, hay que “atrapar el da” (“carpe diem”) y gozar con intensidad el presente, “antes que el tiempo airado / cubre de nieva la hermosa cumbre” (en palabras de Garcilaso de la Vega), y nos convirtamos “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada” (según el patético verso de Luis de Góngora).
Hay que tener en cuenta, además, que esta proliferación de verbos le otorga al poema un ritmo vertiginoso, como si se pretendiera sugerir que el tiempo pasa velozmente y que toda belleza es efímera-; y que, junto a 22 nombres, solo contiene el poema 6 adjetivos (verso 3: [“rosas] malas o buenas”; verso 8: “dios rechoncho y melancólico”; verso 11: “piel reseca”; verso 14: “negra muerte”, adjetivo antepuesto que, más que un epitheton ornans, subraya el carácter aciago de la muerte).
Luis Alberto de Cuenca recurre a un lenguaje metafórico que no es, precisamente, embellecedor de la realidad, sino que pretende presentarla en sus aristas más desfavorables. Así, por ejemplo: ese “disfruta / de la luz y del oro” (versos 6-7) -es decir, de la belleza en todo su esplendor- queda neutralizado por la presencia del adverbio “mientras”, que pone límites temporales: “mientras puedas”. Y ¿quien ese “dios rechoncho y melancólico /
que va por los jardines instilando [esparciéndolo gota a gota] veneno”? (versos 8-9). En el poema no se menciona de manera expresa, pero bien podría tratarse de una alegoría del tiempo: el adjetivo “rechoncho” (grueso y de poca altura) quizá vega motivado por el hecho de que devora la belleza; y el adjetivo “melancólico” (que manifiesta tristeza permanente) puede aludir a la finitud que implica muerte segura. Otra metáfora de carácter premonitorio se encuentra en los versos 11-12: “no permitas que el otoño /
te pille con la piel reseca”: “el otoño” es el periodo de la vida humana en que esta declina de la plenitud hacia la vejez; y la “piel reseca” simboliza, precisamente, esa decrepitud del cuerpo. Pero, sin duda, la metáfora de mayor intensidad expresiva es la que conforma los versos 11-13: “[no permitas que el otoño /
te pille] sin un hombre / (por lo menos) comiéndote las hechuras del alma”. El poeta desea para la mujer que, “por lo menos un hombre” la haya llenado plenamente en los mejores momentos de su vida, llenándola física y espiritualmente; y que, por eso, cuando llegue “la negra muerte”, pueda en cierto modo reírse de ella espetándole “que me quiten lo bailado” .
En definitiva, el poeta ha elaborado una visión del “carpe diem” en la que ha sabido combinar ironía y sensualidad, recomendándole a la mujer -más bien incitándola- que, ante la inexorabilidad de la muerte, disfrute sin remordimientos y “cuanto más pueda, mejor”, con un espíritu vitalista y desenfadado, lo cual se expresa con toda contundencia en dos versos (10-11) que sirven como resumen: “machácate de gusto / con quien se deje”. Y la originalidad de Luis Alberto de Cuenca radica, por una parte, en que no ha centrado su poema en la idea tan manida de que la vida humana es tan efímera como la vida de la rosa -que en breves instantes pasa de su esplendor a su declive-; y, por otra, en ofrecerle a la mujer toda una retahíla de de consejos, convertidos en auténticas exhortaciones con carácter imperativo para evitar aquello que sentenciaba Francisco de Quevedo: “Tu edad se pasará mientras lo dudas, / de ayer te habrás de arrepentir mañana, / y tarde, y con dolor, serás discreta”. Nada nuevo bajo el sol, pero con una lente diferente que es la que emplea Luis Alberto de Cuenca.
El propio autor recita su poema:
El pasado 6 de septiembre de 2025 publicamos en esta misma revista digital el artículo titulado "Un poeta que celebra la cotidianidad en El desayuno"; artículo sobre Luis Alberto de Cuenca en el que se comenta su difundido poema "El desayuno". Puede accederse a su lectura en el siguiente enlace: