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"El jardín de los cerezos" dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente: la realiad que se sumerge bajo las aguas de la vida

El jardín de los cerezos
Ángel Silvelo Gabriel | Miércoles 18 de marzo de 2026

La melancolía que atrapa a la felicidad perdida y compone una música de los días y las noches, la volatilidad de los sueños, y el afán por regresar al lugar donde una vez fuimos felices se dan la mano en esta magnífica obra de Antón Chéjov que representa como pocas la lucha del hombre contra el mundo. Desde su infancia en Taganrog hasta la última etapa de su vida en Yalta, el escritor ruso supo convivir con el ruido de la existencia ajena y refugiarse en un postergado e imaginario jardín de los cerezos en el que escribir sobre todo aquello que fuese cercano al alma humana. Hijo de tendero, el designio turbulento de su vida comenzó muy pronto en su miserable infancia en Taganrog rodeado de hermanos —era el tercero de seis—, de la violencia de su padre, o del sacrificio de su madre —una milagrosa cuenta-cuentos—.



Obligado a trabajar desde muy pequeño en la tienda del padre, Chéjov pronto encontrará alivio para su alma en la literatura y en las composiciones que desde edad temprana comienza a escribir. No nos debe extrañar, por tanto, el conocimiento que profesa del alma humana y la exploración que hace de la misma tanto en sus relatos cortos como en sus obras de teatro. En este sentido, la realidad que se sumerge bajo las aguas de la vida le persiguió hasta el final de sus días cuando justo poco después de morir salta el corcho de la botella de champán que le iba a servir de despedida como símbolo de todo aquello que dejamos inconcluso y que tan bien refleja Raymond Carver en su relato Tres rosas amarillas. Una indeterminación, que se hace patente en esta obra de teatro a la que Juan Carlos Pérez de la Fuente ha sabido, de una forma inteligente, dotar de esa poesía oculta que trasciende tras los movimientos y palabras del día a día y se nos escapan sin darnos cuenta. Gracias a ello, dota de un lirismo y una belleza simpar a la adaptación que de la misma ha realizado Ignacio García May, para ofrecernos, una vez más, la importancia que tiene el pulso narrativo de una acción y de unos personajes que en esta versión de El jardín de los cerezos lucen sobresalientes, porque aparte del texto o la dirección resalta sobremanera la coreografía de unos actores que entran y salen con ligereza y precisión a escena, y logran un equilibrio actoral inigualable —una característica que, por ejemplo, Irina Kouberskaya, también consigue en las obras que dirige—. Ese ballet de idas y venidas se conjuga a la perfección con un escenario maravilloso donde sin duda destacan los telones —con arcos pintados que nos invitan a pasar al fondo de lo que se nos muestra— cuyo máximo simbolismo alcanza su zénit en el tren que se proyecta sobre ellos antes de que comience la función como mejor metáfora del paso del tiempo y la distancia que marcan los años y los acontecimientos que se suceden en ellos, a lo que se une la imposibilidad de vuelta atrás de nuestras acciones que, más tarde, tomarán consistencia en unos personajes que nada más que hablan sin llevar a la práctica ninguna de las acciones de todo aquello que plantean, y que son el fiel reflejo de la inconsistencia y la negación de una realidad que les atropella y representa un cambio de época. Ellos, en su conjunto, son un magnífico ejemplo de lo que significa el camino de vuelta de la fantasía a la realidad, o de París a Rusia, en su vertiente geográfica, en esta obra.

Antón Chéjov, el «más humano de los hombres», como le definió Irène Némirovsky en la biografía, La vida de Chéjov, retrata a la perfección en El jardín de los cerezos la decadencia, tanto del ser humano como de una época, por más que en la misma se dé voz al deseo de avance de los intelectuales, porque en ella las vidas de sus personajes sucumben ante la gran metáfora de la existencia y su destino, como por ejemplo ocurre cuando se hace mención al billar y el acierto o no de introducir una bola en su hueco correspondiente. Juegos azarosos y sutiles que se convierten en redentores cuando vuelven su mirada a la infancia y al poder que sobre muchos de los personajes tiene el guiñol y las marionetas que se suspenden sobre unos hilos invisibles. Hilos movidos por el azar de unas vidas en constante huida. Primero, de sus sentimientos y, más tarde, de una tierra que los vio crecer felices y ahora los expulsa por su indeterminación. Territorios, oníricos y reales, que de alguna forma ya no existen, como tampoco lo hace la infancia que se les escapó entre sus sueños y, que ahora se contrapone, entre el juego del columpio y su balanceo y el progreso que representa el ferrocarril y la posibilidad que éste tiene de acortar los tiempos y sus tragedias. Este ditirambo de la nostalgia es igual a la brisa que lo impulsa, o a la imperiosa necesidad que nos obliga de una forma inconsciente de ir contracorriente y volver atrás: a esa primera caricia, al primer amor, o al primer hijo esta vez sepultado por el presente y su amargo final. Rasgos, todos ellos, magníficamente interpretados por Carmen Conesa que da vida a Liuba Andreyevna Ranevskaia y que, a través de esa mirada que parece perderse en el horizonte, nos interroga sobre el secreto mejor guardado de toda una vida. Una incertidumbre a la que se contrapone la firmeza de un extraordinario Chema León en su papel de Lopajin como mejor contrapunto a la realidad que se sumerge bajo las aguas de la vida.

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