EL RINCÓN DE LA POESÍA

La “Ofrenda”, de Gerardo Diego

Gerardo Diego

Nuestro poema de cada día

Poesía de Semana Santa, II. Sábado de Dolores (28 de marzo de 2026)

Fernando Carratalá | Sábado 28 de marzo de 2026
El poema "Ofrenda a la Virgen María" de Gerardo Diego expresa una profunda conexión emocional con la figura de María, intercalando ruegos y recuerdos familiares. A través de imágenes vívidas, el poeta refleja el dolor de la Madre ante la condena de su Hijo, fusionando lo religioso con lo personal en un itinerario de sufrimiento y amor.


Dame tu mano, María,

la de las tocas moradas.

Clávame tus siete espadas

en esta carne baldía.

Quiero ir contigo en la impía

tarde negra y amarilla.

Aquí en mi torpe mejilla

quiero ver si se retrata

esa lividez de plata,

esa lágrima que brilla.

Déjame que te restañe

ese llanto cristalino,

y a la vera del camino

permite que te acompañe.

Deja que en lágrimas bañe

la orla negra de tu manto

A los pies del árbol santo

donde tu fruto se mustia.

Capitana de la angustia:

No quiero que sufras tanto.

¡Qué lejos, Madre, la cuna

y tus gozos de Belén!

-No, mi Niño. No, no hay quien

de mis brazos te desuna.

Y rayos tibios de luna

y tus dos manos de miel

le acariciaban la piel

sin despertarle. Qué larga

es la distancia y qué amarga,

de Jesús muerto a Emmanuel.

¿Dónde está ya el mediodía

luminoso en que Gabriel

desde el marco del dintel

te saludó: -Ave, María?

Virgen ya de la agonía,

tu Hijo es el que cruza ahí.

Déjame hacer junto a ti

este augusto itinerario.

Para ir al monte Calvario,

cítame en Getsemaní.


A ti, doncella graciosa,

hoy maestra de dolores,

playa de los pecadores,

nido en que el alma reposa,

a ti ofrezco, pulcra rosa,

las jornadas de esta vía.

A ti, Madre, a quien quería

cumplir mi humilde promesa.

A ti, celestial princesa,

Virgen sagrada María.

Directorio franciscano. La oración de cada día.

La presentación con que Gerardo Diego abre la serie de poemas del Víacrucis es una oración a la Dolorosa. Se suceden las frases breves, firmes, con que, desde la compasión, interpela a María en amoroso acompañamiento, en forma de ruegos imperativos: «Dame tu mano», «Clávame tus espadas», «Déjame», «Permite»... La técnica cambiante de afectos encontrados que se agolpan rompe el presente de la proximidad para recuperar, en desordenado recuento de escenas familiares, los momentos históricos en que la Madre gozaba de su presencia viva: el niño dormido en su cuna, el gozo de verlo nacido en Belén, la llamarada de Gabriel anunciante de la Encarnación...

La vuelta al presente es indicativa de la presencia del Hijo que pasa ya ante Ella, engarzando con una plegaria final, llena de invocaciones, a manera de ofrenda de las dolorosas jornadas que vienen a continuación. [Fr. Ángel Martín, o.f.m.]

Tiziano: La dolorosa con las manos abiertas. 1550. Oleo
sobre mármol. 68 x 53 cm. Museo del Prado.

Viacrucis: Primera estación.

Tras las cinco décimas de la ”Ofrenda a la Virgen María”, Diego inicia propiamente el «Viacrucis», del que comentamos la primera estación: Jesús es condenado a muerte (décimas 1 y 2). El comentario trasciende lo estrictamente religioso -que Diego versifica en la primera de cada una de las dos estrofas de que consta cada estación- para adentrarnos, aunque sea de manera superficial, en lo puramente estético.

Evangelio de San Mateo, 27: 22-23, 26.

Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!». Pilato insistió: «pues ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!». Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Primera estación: Jesús es condenado a muerte.

Jesús sentenciado a muerte.
No bastan sudor, desvelo,
cáliz, corona, flagelo,
todo un pueblo a escarnecerte.
Condenan tu cuerpo inerte,
manso Jesús de mi olvido,
a que, abierto y exprimido,
derrame toda su esencia.
Y a tan cobarde sentencia
prestas en silencio oído.

En esta primera estrofa, Diego nos sitúa ante el espectáculo de la flagelación de Jesús y su coronación como «rey de los judíos», con corona de espinas. Pilato, el único autorizado legalmente para ordenar ejecuciones, cede a los adversarios de Jesús y ordena su crucifixión. El escarnio de la figura de Jesús (adviértase el valor semántico del verbo «escarnecer»: burlarse, mofarse, ridiculizar), a cargo de «todo un pueblo» se hace más angustioso y visible con una especie de enumeración caótica de nombres en relación asindética: «[No bastan] sudor, desvelo, / cáliz, corona, flagelo». La sentencia dictada por Pilato es calificada por Diego como «cobarde», al proceder de un Pilato algo pusilánime y temeroso ante los desórdenes públicos; mientras que el cuerpo de Jesús permanece «inerte» -sin capacidad de reacción, inmóvil- y en silencio -sin rebelarse contra lo injusto de la sentencia- («prestas en silencio oídos»; y de ahí que el poeta destaque su mansedumbre, sin perder en ningún momento su afabilidad («manso Jesús de mi olvido»). La décima constituye un apóstrofe lírico, pues el poeta se dirige a Jesús, en un «monodiálogo» íntimo, lo que acrecienta la tensión emocional; y para ello emplea el pronombre personal átono de segunda persona («escarnecerte») y los determinantes posesivos, bien de segunda persona («tu cuerpo»), bien de primera («mi olvido»). Por lo demás, la décima presenta las siguientes rimas consonantes en versos octosílabos: a (/-érte/) b (/-élo/) b (/-élo/) a (/-érte/) / a (/érte/) c (/-ído/) / c (/-ído/) d (/-éncia/) d (/-éncia/) c (/-ído/).

**********

Y soy yo mismo quien dicto
esa sentencia villana.
De mis propios labios mana
ese negro veredicto.
Yo me declaro convicto.
Yo te negué con Simón.
Te vendí y te hice traición,
con Pilato y con Judas.
Y aún mis culpas desanudas
y me brindas el perdón.

En la segunda décima, el propio poeta («soy yo mismo») se confiesa metafóricamente coautor de la sentencia dictada por Pilato, y de hecho se declara «convicto» -es decir, culpable-. Y se identifica con Simón, teniendo presente lo que dice el evangelio de San Lucas (22: 14): «[Simón] le contestó [a Jesús]: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo incluso a la cárcel y a la muerte». Jesús le replicó: «Te digo, Pedro, que hoy, antes de que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces»; es decir: “Yo te negué con Simón»; y también con Judas, que vendió a Cristo en el Huerto de los olivos por treinta monedas de plata (tal y como nos recuerda san Mateo en su evangelio: «Uno de los doce discípulos, el que se llamaba Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes y les dijo: —¿Cuánto me quieren dar, y yo les entrego a Jesús? Ellos le pagaron treinta monedas de plata. Y desde entonces Judas anduvo buscando el momento más oportuno para entregarles a Jesús»).

Francisco Herrera, el Mozo: Jesús sentenciado a muerte.
Ca 1660-ca. 1680. Óleo sobre lienzo, 306 x 346 cm.
Museo Cerralbo, Madrid.

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