EL RINCÓN DE LA POESÍA

Algunos procedimientos retóricos de Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre (1898-1984)

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Sábado 11 de abril de 2026

Sinestesias, desplazamientos calificativos e hipálages [1] -tan propios del estilo simbolista de Juan Ramón Jiménez- encontramos en las primeras obras de Vicente Aleixandre. [2] Citaremos un par de ejemplos de poemas tomados de La destrucción o el amor (Madrid, Signo, 1935).



Juventud
Así acaricio una mejilla dispuesta.
¿Me amas? Me amas como los dulces animalitos
a su tristeza mansa inexplicable.
Ámame como el vestido de seda
a su quietud oscura de noche.
Cuerpo vacío, aire parado, vidrio que por fuera
llora lágrimas de frío sin deseo.
Dulce quietud, cuarto que en pie, templado,
no ignora la luna exterior, pero siente sus pechos
oscuros no besados sin saliva ni leche.
Cuerpo que sólo por la mañana, dolido,
sin fiebre, tiene ojos de nieve tocada
y un rosa en los labios como limón teñido,
cuando sus manos quisieran ser flores casi entreabiertas.
Pero no. ¡Juventud, ilusión, dicha, calor o luz,
piso de mármol donde la carne está tirada,
cuerpo, cuarto de ópalo que siente casi un párpado,
unos labios pegados mientras los muslos cantan. [3]

Reproducción digital del poema.

https://www.poesi.as/va350207.htm

Repárense en los siete versículos que constituyen el primer agrupamiento estrófico del poema. Todo él está dominado por un sentimiento de tristeza que aflora por doquier y, por eso, la “quietud” de la “noche” se ha hecho “oscura” (oscura quietud). (Este poema se publicó por primera vez en la Revista de Occidente (CXVIII, abril de 1933).

Veamos ahora otro agrupamiento estrófico (versículos 40-44) con el que concluye el poema titulado “Las águilas”, publicado inicialmente en Los cuatro vientos, 3 (Madrid, junio de 1933).

Las águilas
El mundo encierra la verdad de la vida,
aunque la sangre mienta melancólicamente
cuando como mar sereno en la tarde
siente arriba el batir de las águilas libres.
Las plumas de metal,
las garras poderosas,
ese afán del amor o la muerte,
ese deseo de beber en los ojos con un pico de hierro,
de poder al fin besar lo exterior de la tierra,
vuela como el deseo,
como las nubes que a nada se oponen,
como el azul radiante, corazón ya de afuera
en que la libertad se ha abierto para el mundo.
Las águilas serenas
no serán nunca esquifes,
no serán sueño o pájaro,
no serán caja donde olvidar lo triste,
donde tener guardado esmeraldas u ópalos.
El sol que cuaja en las pupilas,
que a las pupilas mira libremente,
es ave inmarcesible, vencedor de los pechos
donde hundir su furor contra un cuerpo amarrado.
Las violentas alas
que azotan rostros como eclipses,
que parten venas de zafiro muerto,
que seccionan la sangre coagulada,
rompen el viento en mil pedazos,
mármol o espacio impenetrable
donde una mano muerta detenida
es el claror que en la noche fulgura.
Águilas como abismos,
como montes altísimos
derriban majestades, troncos polvorientos,
esa verde hiedra que en los muslos
finge la lengua vegetal casi viva.
Se aproxima el momento en que la dicha consista
en desvestir de piel a los cuerpos humanos,
en que el celeste ojo victorioso
vea sólo a la tierra como sangre que gira.
Águilas de metal sonorísimo,
arpas furiosas con su voz casi humana,
cantan la ira de amar los corazones,
amarlos con las garras estrujando su muerte. [4]

Reproducción digital del poema.

https://www.poesi.as/va350603.htm

Es obvio que el adjetivo “furiosas”, que debería acompañar al nombre “águilas”, ha pasado a calificar al nombre “arpas” (arpas furiosas), en tanto que la combinación sintagmática “de metal sonorísimo” se está aplicando al nombre “águilas”, en lugar de al nombre “arpas” (águilas de metal sonorísimo). De esta manera -potenciando la sinestesia con un doble desplazamiento calificativo- Aleixandre obtiene unos versículos de gran expresividad, que contribuyen a crear el ascensional clímax emocional con que se cierra el poema.

Aleixandre siguió empleando estos procedimiento retóricos en obras posteriores a Sombra del paraíso (Madrid, Adán, de 1944); y, como ejemplo, nos centramos en el tercer agrupamiento estrófico (versículos 10-22) del poema “No existe el hombre”, incluido en Mundo a solas (Madrid, Clan, 1950).

No existe el hombre
Sólo la luna sospecha la verdad.
Y es que el hombre no existe.
La luna tantea por los llanos, atraviesa los ríos,
penetra por los bosque.
Modela las aún tibias montañas.
Encuentra el calor de las ciudades erguidas.
Fragua una sombra, mata una oscura esquina,
inunda de fulgurantes rosas
el misterio de las cuevas donde no huele a nada.
La luna pasa, sabe, canta, avanza y avanza sin descanso.
Un mar no es un lecho donde el cuerpo de un hombre
/puede tenderse a solas.
Un mar no es un sudario para una muerte lúcida.
La luna sigue, cala, ahonda, raya las profundas arenas.
Mueve fantástica los verdes rumores aplacados.
Un cadáver en pie un instante se mece,
duda, ya avanza, verde queda inmóvil.
La luna miente sus brazos rotos,
su imponente mirada donde unos peces anidan.
Enciende las ciudades hundidas donde todavía se pueden oír
(qué dulces) las campanas vividas;
donde las ondas postreras aún repercuten sobre los pechos
/neutros,
sobre los pechos blandos que algún pulpo ha adorado.
Pero la luna es pura y seca siempre.
Sale de un mar que es una caja siempre,
que es un bloque con límites que nadie, nadie estrecha,
que no es una piedra sobre un monte irradiando.
Sale y persigue lo que fuera los huesos,
lo que fuera las venas de un hombre,
lo que fuera su sangre sonada, su melodiosa cárcel,
su cintura visible que a la vida divide,
o su cabeza ligera sobre un aire hacia oriente.
Pero el hombre no existe.
Nunca ha existido, nunca,
Pero el hombre no vive, como no vive el día.
Pero la luna inventa sus metales furiosos. [5]
Reproducción digital del poema:

El influjo de la luna sobre el mar se expresa con este excelente versículo (el 14): “Mueve fantástica los verdes rumores aplacados”; es decir, que las olas marinas, de tono verdoso, producen un leve sonido -“rumores”-, que puede ser, por tanto, calificado con el epíteto “verdes” que las caracteriza; y así se origina la inusitada combinación sintagmática “verdes rumores”.

NOTAS.

[1] José Antonio Mayoral considerar la hipálage como una imagen que “consiste en un peculiar artificio de intercambio entre los epítetos asignados a unos determinados sustantivos en el interior de un enunciado.” (cf. Figuras retóricas. Madrid, Síntesis, 1994, pág. 251); aunque matiza que el mismo procedimiento observado en el intercambio de epítetos “se hace extensivo también al ámbito de las categorías verbales o, si se prefiere, de los predicados respecto de sus sujetos o complementos, en el espacio de un mismo enunciado.” (ibídem, pág. 252).

Por su parte, Saad Mohamed Saad, discrepando de la opinión tradicional que condiciona la hipálage a la existencia de un adjetivo calificativo, amplía su radio de acción a otras categorías gramaticales y, en base a criterios puramente formales, la define como “una figura que consiste en la atribución de un rasgo semántico (o conjunto de rasgos) a un lexema que —en propiedad— no puede ser combinado con dicho rasgo, al ser éste rasgo propio de otro lexema”. (cf.: “La hipálage: estudio lingüístico con especial atención a las obras de Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti”. Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica. Servicio de publicaciones de la Universidad Complutense de Madrid, 2005, núm 23, págs. 165-179.

https://revistas.ucm.es/index.php/DICE/article/view/DICE0505110165A/12038

[2] López Martínez, María Isabel: “Sinestesias en la poesía de Vicente Aleixandre”. Anuario de estudios filológicos, volumen 14. Servicio de publicaciones de la Universidad de Extremadura, 1991, págs. 283-300. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=58725

[3] Vicente Aleixandre: La destrucción o el amor. Madrid, editorial Castalia, 1993. Colección Clásicos Castalia, núm. 43; pág. 148. José Luis Cano, editor literario.

[4] Vicente: Aleixandre: La destrucción o el amor. Op, cit., págs. 216-217.

[5] Vicente Aleixandre: Mundo a solas. Madrid, Ayuntamiento de Madrid, 1998.

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