Si hubiera hecho una porra del ataque a Irán, me habría forrado. Las apuestas estaban 5 a 1. Cinco, a favor de que Trump bombardeaba a lo bestia. Y uno, mi apuesta, que recularía y todo eran pajas mentales de los Medios. Pero el mérito no es mío.
Hace unos días pillé en Movistar un biopic del presidente de EE.UU. y me río yo de los expertos que nos dan la brasa poniendo cara de sobraos. Lo sé todo de Donald Trump. Su formación financiera comenzó en la zona más chunga del Bronx, cobrando, puerta a puerta, los alquileres de los apartamentos que tenía su padre. Muchas veces terminaba a leche limpia con los inquilinos y tenía que salir huyendo con la poli en los talones.
Pero Trump es un tipo práctico y expeditivo. Cuando dejó el negocio familiar, se lo montó a su bola. Enseguida llegaron los negocios turbios, el dinero, el lujo salvaje, su agitada vida sentimental y su fascinación por el oro. Aunque su verdadero y gran amor es la Bolsa de Wall Street. Nunca pondrá en peligro ni traicionará un valor en alza del Dow Jones. Y esto lo tendrían que saber los ayatolás, la OTAN, la UE y Sánchez, antes de acojonar a la gente con el apocalipsis y la 3ª guerra mundial. Menos creer lo que dice Trump y más estudiar a tu adversario. Un poco de psicología barata, tío ¿Qué pasará? Pues lo mismo que pasa en Ucrania. Nada. Trump ganará las elecciones de medio mandato y todos pactarán sus contubernios indignos, como siempre. Perro no come perro.