EL RINCÓN DE LA POESÍA

Pedro Salinas y la humanización de la naturaleza en sus versos

Pedro Salinas

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Sábado 25 de abril de 2026
El poema "El chopo y el agua enamorados" de Pedro Salinas describe la relación amorosa entre un chopo y el agua de una alberca, reflejando sus altibajos según las estaciones. En primavera, se besan en silencio, pero un pajarillo interrumpe su serenidad, simbolizando la fragilidad del amor.


El chopo y el agua enamorados
El agua que está en la alberca
y el verde chopo son novios
y se miran todo el día
el uno al otro.
En las tardes otoñales, 5
cuando hace viento, se enfadan:
el agua mueve sus ondas,
el chopo sus ramas;
las inquietudes del árbol
en la alberca se confunden 10
con inquietudes de agua.
Ahora que es la primavera,
vuelve el cariño; se pasan
toda la tarde besándose
silenciosamente. Pero 15
un pajarillo que baja
desde el chopo a beber agua,
turba la serenidad
del beso con temblor vago.
Y el alma del chopo tiembla 20
dentro del alma del agua.
Pedro Salinas: Presagios. Madrid,
Biblioteca Índice, 1924.

Antes de que la voz poética de Pedro Salinas alcanzara gran altura lírica, el poeta inicia su andadura con tres libros: Presagios (Madrid, Biblioteca Índice, 1924), Seguro azar (Madrid, Revista de Occidente, 1929) y Fábula y signo (Madrid, editorial Plutarco, 1931). En el caso de Presagios, al que pertenece el poema que hemos seleccionado -“El chopo y el agua enamorados”-, se percibe la influencia de la poesía pura juanramoniana. De hecho, Salinas había estado componiendo poemas con bastante anterioridad, hasta que un día decidió seleccionar una cincuentena, que puso en manos de Juan Ramón Jiménez, encargado de organizar el libro tal cual se publica.

La naturaleza, a través del chopo y del agua, se humaniza de tal manera, que uno y otra pueden desarrollar una intensa pasión amorosa compartida con sus correspondientes altibajos, en función de las estaciones del año (tardes otoñales/enfado), primavera/cariño). Sea como fuere, el poema condensa una bella -y sorprendente- historia de amor, con sentimientos y vivencias humanos, y en cuyos versos finales se alcanza un intenso clímax lírico, fuertemente espiritualizado (versos 20-21: “Y el alma del chopo tiembla / dentro del alma del agua”).

El poema consta de 21 versos, todos octosílabos excepto dos: el 4, que es pentasílabo (“el uno al otro”, verso que acentúa el concepto de reciprocidad), y el 8, que es hexasílabo (“el chopo sus ramas”). El encabalgamiento -el único en el poema- de los versos 18-19 (“turba la serenidad del beso con temblor vago”) alcanza una alta expresividad, al haberse suprimido la pausa versal y, en consecuencia, acelerado el ritmo (un pajarillo rompe el encanto del plácido beso que, en silencio, se intercambian el chopo y el agua)

La grata eufonía que envuelve estos versos deriva de la acertada distribución de las asonancias:

/á-a/: versos 1, 6, 8, 11, 13, 16, 17 y 21 (8 versos, lo que equivale al 38 % del total);

/ó-o/: versos 2 y 4;

/á-e/: versos 5-14;

/á-o/: versos 9, 19;

/é-a/: versos 12, 20.

Y no repiten asonancia los versos 3 (/í-a/), 7 (/ó-a/), 10 (/ú-e/), 15 (/é-o/) y 18 (el único verso agudo: /á/; es decir, 5 versos, el 24 % del total).

Y si se repara en el léxico seleccionado por Salinas para organizar su poema, se puede comprobar que las categorías gramaticales básicas -ya sean nombres o verbos- implican rasgos esencialmente humanos:

Nombres:

novios” (verso 2), “inquietudes” [ ] (versos 9 y 11), “cariño” (verso 13; mimo, demostración de ternura), “beso” (verso 19), “alma” (verso 20).

Verbos:

se miran” (verso 3), “se enfadan” (verso 6), “besándose” (verso 14). Obviamente, el pronombre “se” aporta a los verbos una significación recíproca: el uno con respecto al otro”, “el uno con el otro”. “entre sí”.

Es decir, que el chopo y el agua se intercambian miradas, pasan por periodos de ansiedad, se disgustan, pero también se besan como manifestación de cariño y, además, tienen alma.

Y los periodos de alternancia desamor/amor coinciden con determinadas estaciones del año: el enfado “en las tardes otoñales” obedece al hecho de que el viento mueve la superficie del agua y sacude las ramas del chopo, lo que sugiere un estado de intranquilidad (versos 9-11: “las inquietudes del árbol en la alberca se confunden con inquietudes de agua”). Sin embargo, al llegar la primavera surgen los momentos de sosiego, y “vuelve el cariño; se pasan toda la tarde besándose silenciosamente” (versos 13-15). Y ese idilio de primavera solo se ve momentáneamente interrumpido por la presencia de “un pajarillo que baja / desde el chopo a beber agua” (16-17). Parece como si los amantes se sintieran ruborizados ante ese pajarillo que “turba la serenidad / del beso” (el encabalgamiento de los versos 18-19 acentúa la idea de turbación), y que pone una nota de ingravidez en el ambiente, recogida por Salinas en dos acertadas palabras: “temblor vago” (verso 19).

Pocos adjetivos ha empleado Salinas, pero los ha ubicado con habilidad, buscando la mejor eufonía en cuanto a anteposición o posposición con respecto al nombre al que acompañan, teniendo además en cuenta las imposiciones métricas y rítmicas: “verde chopo” (verso 2), “tardes otoñales” (verso 5), “temblor vago” (verso 19). Y la fluidez sintáctica, con una mínima subordinación, se inscribe en la línea de “depuración formal” tan buscada por la poesía pura del momento.

En definitiva, Pedro Salinas, exhibiendo una alta dosis de ternura y de sencillez en todos los planos lingüísticos, nos ha descrito con una inigualable maestría los apasionados -e imposibles- amoríos entre un chopo y el agua de una alberca. Porque hasta los seres más aparentemente insignificantes, en el ámbito poético, son capaces de manifestar un corazón enamorado (versos 20-21: “Y el alma del chopo tiembla / dentro del alma del agua. Y esto es, precisamente, lo que ha logrado Salinas: que el lector vaya más allá de la simple contemplación de un paisaje para adentrarse en el profundo sentimiento que esconde la verdadera esencia de la realidad, de la que forman parte el chopo, el agua, el pajarillo...

La lectura del poema de Pedro Salinas nos trae a la memoria un otro de Juan Ramón Jiménez, incluido en Baladas de primavera (1907). Quizá pueda haber un paralelismo entre ambos poemas:

JUEGO
(EL DÍA Y ROBERT BROWNING)
El chamariz en el chopo
—¿Y qué más?
El chopo en el cielo azul
—¿Y qué más?
—El cielo azul en el agua
—¿Y qué más?
—El agua en la hojita nueva
—¿Y qué más?
—La hojita nueva en la rosa
—¿Y qué más?
La rosa en mi corazón
—¿Y qué más?
¡Mi corazón en el tuyo!

“Y el alma del chopo tiembla / dentro del alma del agua”.

El 3 de octubre de 2025, en esta misma revista digital, comentamos el poema de Pedro Salinas que comienza con el verso “No te veo. Bien sé…”, y que está incluido en su primer libro, Presagios. Puede accederse a dicho comentario en este enlace:

https://www.todoliteratura.es/noticia/61602/el-rincon-de-la-poesia/pedro-salinas-el-gran-poeta-del-amor-de-la-generacion-del-27.html

Y nuevamente comentamos poemas de Salinas en el artículo titulado “El poeta del amor y sus inspiraciones en La voz a ti debida”, publicado el 7 de noviembre de 2025. En dicho artículo comentamos los siguientes poemas: “La forma de querer tú…”, “¡Qué paseo de noche / con tu ausencia a mi lado!”, “La noche es la gran duda…” y “¡Qué gran víspera del mundo!…”. En el siguiente enlace se puede acceder a su lectura:

https://www.todoliteratura.es/noticia/61766/el-rincon-de-la-poesia/pedro-salinas-el-poeta-del-amor-y-sus-inspiraciones-en-la-voz-a-ti-debida.html

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