Definitivamente nos hemos desprendido del cuerpo. No nos interesa toda su dimensión y sustancia. Ese envoltorio superfluo que hospeda a la vida. Igual que determinados totalitarismos creían que existían seres superfluos con aspecto humano que pisaban el suelo común. Aunque se ha de reconocer que, en cierta medida, el Covid-19 nos lo devolvió en forma de tristeza y suplicio, cuasi medievalizante, en un mundo que había disparado el ego y sus posibilidades a la estratosfera. El cuerpo es una puerta de entrada sensorial y cognitiva y bien pulsado da acceso a las cámaras recónditas del espíritu. Para Platón era el inicio del amor a través del contacto visual, para los místicos la casilla de salida de la transformación y del viaje hacia lo divino. Sensorialidad y cognición se nutren en primera instancia del cuerpo.
Navegamos y nos movemos por el ciberespacio sin cuerpo, sin ojos reales, sin oídos naturales, sin manos reales, táctiles hasta la extenuación, pero sin tacto real y concreto. Y la distancia social, de la que tanto se habló durante la pandemia, ya era distancia individual y propia de nosotros mismos. Es razonable que nos pongamos en modo Hamlet y que empecemos a tener dudas radicales (de raíz) de si por un modelo de vida innegociable estamos desechando o nos están echando los sentidos del cuerpo con todas sus implicaciones y asociaciones semánticas: sensación, sensibilidad, sensualidad. -Esa es la cuestión-. Y estamos mutando en una especie de fantasmagoría presuntuosa que atraviesa las páginas y los enlaces de Internet a velocidad de vértigo como si fueran muros de papel. La teología cristiana medieval convirtió el cuerpo en una funda inmunda y pecaminosa, sin fundamento ni fin. Era el disfraz del demonio. La 'tecnolatría' del siglo XXI lo ha degradado todavía más: no hay cuerpo desarrollado o por hacerse, somos larvas perpetuas de las pantallas, en el sentido más etimológico del término larva, el de fantasma.
Heidegger escribió que el hombre es un ser de lejanías. De lejanías y exilios contra sí mismo. Vivimos a lo lejos y desde lejos. Porque ya no sabemos hacerlo de otra forma o quizá porque no nos dejan intentarlo de otra manera. Esa es la cuestión.