El poema "San Gabriel" está dedicado a AgustÍn Viñuales Pardo. Con motivo de la obtención de la Cátedra de Economía Política y Elementos de Hacienda Pública de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada, se trasladó a esta ciudad en 1918, y fue profesor de Federico García Lorca, con el que trabó una gran amistad.
En el Romancero gitano “irrumpen de pronto” las tres grandes ciudades andaluzas, representadas por tres arcángeles: Granada/San Miguel, Córdoba/San Rafael, y Sevilla/San Gabriel. A este respecto, escribe García Lorca: “San Miguel rey del aire, que vuela sobre Granada, ciudad de torrentes y montañas; San Rafael, arcángel peregrino que vive en la Biblia y en el Korán, quizá más amigo de musulmanes que de cristianos, que pesca en el río de Córdoba; San Gabriel Arcángel, anunciador, padre de la propaganda, que planta sus azucenas en la torre de Sevilla. Son las tres Andalucías...” (cf. Obras completas, III, op. cit., pág. 183). Y así surgen tres poemas herméticos -por la dificultad de su complejo lenguaje metafórico-, aunque de tono irónico y guasón. En el tercero de estos romances -el número 10, de los 18 que componen la obra lorquiana-, la Anunciación es vista desde una óptica gitana, y todos los elementos que conforman el poema están sometidos a una profunda agitanización. A Anunciación de los Reyes la visita San Gabriel para anunciarle la Encarnación cristiana del Verbo: “Dios te salve, Anunciación. / Morena de maravilla. / Tendrás un niño más bello / que los tallos de la brisa” (versos 43-46). Y ese niño será, como buen gitano, no solo caballista, sino fundador de dinastía: “Dios te salve, Anunciación, / Madre de cien dinastías. / Áridos lucen tus ojos / paisajes de caballista” (versos 59-62).
A la descripción de la hermosura del del arcángel San Gabriel dedica el poeta los primeros catorces versos del romance, un arcángel transmutado en un joven gitano. En los versos 1-6 se subraya su galanura: de cintura delgada -“niño de junco” (verso 1), “fino de talle” (verso 2)-; con ese color cetrino tan característico de los gitanos -“piel de nocturna manzana” (verso 3, en el que no debe pasar desapercibida la relación “manzana-lujuria”)-; dotado de fuerza y vigor masculinos -“nervio de plata caliente” (verso 5, un oxímoron en el que el adjetivo “caliente” añade un componente erótico); sevillano galán donjuanesco -“ronda la calle desierta” (verso 6)-. La descripción del arcángel continua en los cuatro siguientes versos (7-10), y ahora se centra en sus andares lentos; pero su taconeo es lúgubre, porque presiente la futura Pasión que, en alguna forma, contiene el mensaje que trae a la Virgen: de ahí el contraste entre los “zapatos de charol” -con su color negro, de muerte- y “las dalias”, que aportan connotaciones vitales.
En los ocho versos siguientes (11 a 18) prosigue la descripción del arcángel por medio de un proceso de mitificación que le rodea de extraordinarias cualidades; y así, el poeta nos lo presenta como un personaje único e irrepetible, que no admite comparación con nadie (versos 11-14, que contienen una comparación por negación altamente expresiva: “En la ribera del mar / no hay palma que se le iguale, / ni emperador coronado / ni lucero caminante”); y ante cuya belleza la naturaleza toda se inclina (versos 15 a 18, que encierran una original hipérbole que contribuye a acrecentar el aludido proceso de mitificación: “Cuando la cabeza inclina / sobre su pecho de jaspe, / la noche busca llanuras / porque quiere arrodillarse”).
Suenan las guitarras en honor de San Gabriel (versos 19-20), al que el poeta, en intrincadas metáforas, llama “domador de palomillas / y enemigo de los sauces” (verso 21): la palomilla es la Virgen -por su inocencia y dulzura-, que es domada, al aceptar de buen grado el anuncio del nacimiento de Jesús que el ángel le transmite (“Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices”; en En el Evangelio según San Lucas [1, 26-38] se relata el episodio de la Anunciación]); ángel de figura esbelta -esbeltez ya aludida metafóricamente en el verso 1: “niño de junco”, es decir, alto y delgado-, y no curvada, como la del sauce.
La primera parte del romance se cierra con los presentimientos de la muerte de Jesús, que reaparecen de nuevo -“El niño llora / en el vientre de su madre” (versos 23-24)-, y la petición del poeta a la imagen de San Gabriel de que proteja al niño y muestre, así, su gratitud a los gitanos, que le regalaron las ropas que viste (versos 25-26; téngase en cuenta que entre las costumbres religiosas de tipo popular se encuentra la de regalar trajes a las figuras sagradas).
La segunda parte del romance se inicia aludiendo a la Virgen con un gracioso nombre: Anunciación de los Reyes (verso 27); nombre que aúna la tradición cristiana -Anunciación- con la gitana -ya que el apellido Reyes es frecuente entre gitanos y, por otra parte, el niño que va a nacer será, precisamente, Rey de Reyes-; y “bien lunada y mal vestida” (verso 28), que encierra una clara bisemia: “nacida con buena luna” -por el destino afortunado que le aguarda: ser la madre de Cristo-, y también, ya fértil -en el primer ciclo lunar de la gestación-; y, además, humilde -por la modestia de su indumentaria, de acuerdo con la pobreza evangélica-. La Virgen acoge, pues, al Arcángel San Gabriel que la visita (versos 29-30), y que simboliza la pureza que encarna la azucena -“entre azucena y sonrisa” (verso 32)-; de ascendencia marcadamente sevillana -“biznieto de la Giralda” (verso 33)-; y que se presenta vestido con un chaleco de lentejuelas cuyo fulgor es comparable a la estridencia del canto de los grillos -“en su chaleco bordado / grillos oscuros palpitan” (versos 35-36)-; mientras las estrellas, convertidas en gratas campanillas, pierden cualquier connotación dañina (“Las estrellas de la noche, / se volvieron campanillas” (versos 37-38; la comparación de las estrellas con las campanillas puede tener su origen en la gran belleza de sus flores púrpuras y blancas).
A partir del verso 39, y hasta el 62, tiene lugar un rápido diálogo entre la Virgen y el Arcángel San Gabriel, conformado por tres intervenciones alternativas de cuatro versos cada una, introducidas sin verba dicendi. En la primera, la Virgen alude ya a los clavos de la Pasión -“Aquí me tienes / con tres clavos de alegría” (versos 39-40); así como al resplandor que despide el Arcángel, ante el que palidece el color rojo subido de la cara de la Virgen -“Tu fulgor abre jazmines / sobre mi cara encendida” (versos 41-42)-. San Gabriel le anuncia a continuación la Encarnación cristiana del Verbo: dará a luz “un niño más bello / que los tallos de la brisa” (versos 45-46; repárese en el aliento poético de la comparación, de altísima eficacia estética).
En su nuevo parlamento, la Virgen trata al Arcángel con gran familiaridad (versos 47-50). Este es, no obstante, portador también del anuncio de la futura crucifixión: “Tu niño tendrá en el pecho / un lunar y tres heridas” (versos 53-54; el lunar y las tres heridas corresponden a la llaga en el costado y a los clavos de las manos y pies). La Virgen acepta la maternidad -“En el fondo de mis pechos / ya nace la leche tibia” (versos 57-58); y el Arcángel se despide de ella augurándole que el niño que nazca traerá al mundo el Cristianismo -“Dios te salve, Anunciación, / madre de cien dinastías”- (versos 59-60); pero anticipándole también el sacrificio del Monte Calvario, aludido en los “áridos paisajes” que lucen en sus ojos (versos 61-62).
Los ocho versos finales -tercera parte del romance- nos presentan al niño cantando en el seno materno con voz llorosa, porque va a venir al mundo para morir clavado en una cruz -“Tres balas de almendra verde [los clavos] / tiemblan en su vocecita” (versos 65-66); y también al Arcángel San Gabriel que, cumplida su misión anunciadora, asciende a los cielos por la escala de Jacob (versos 67-68; cf. Génesis, XXVIII, 12: “Entonces Jacob de Berseba tuvo un sueño: veía una escalinata que, apoyándose en tierra, tocaba con su vértice el cielo. Por ella subían y bajaban los ángeles del Señor”). Y si en los versos 37-38 “Las estrellas de la noche, se volvieron campanillas”, ahora -emplean do una construcción paralelística-, en los versos 69-70 retoman sus connotaciones maléficas -tan frecuentes en García Lorca-, y se convierten en siemprevivas -símbolos en el poeta de malos presagios y de muerte-: “Las estrellas de la noche / se volvieron siemprevivas”. [Recordemos, al respecto, este fragmento de un diálogo en el acto II de Doña rosita la soltera: TÍA: La madreselva te mece, / la siempre viva te mata. MADRE. Siempreviva de la muerte, / flor de las manos cruzadas].
Insistimos, una vez más, en que muchos de los recursos aprendidos por García Lorca en nuestro Romancero Viejo están presentes en este poema: uso del imperfecto solo con valor durativo y de coexistencia con el presente (“Anunciación de los Reyes, / bien lunada y mal vestida, / abre la puerta al lucero / que por la calle venía”); introducción directa de las palabras de los personajes sin verba dicendi -como puede comprobarse en el diálogo de la Virgen con el Arcángel San Miguel; sintagmas aposicionales que ejercen una función similar a la del epíteto épico (“Dios te salve, Anunciación. Madre de cien dinastías”); versos octosílabos con rima asonantada en los pares (I: /á-e/; II y III: /í-a/); etc., etc.
Versiones musicales.
Vicente Pradal.
El Arcángel San Gabriel (Sevilla). Tomasa Guerrero “La Macanita”. Fernando Terremoto. Parrilla de Jerez.
Recitaciones.
Margarita Xirgu.
Guitarra: Erik Derza. Bailarina: Amaia Bolumburu. Recita: Maite Lorenzi.
Miguel Herrero.