EL RINCÓN DE LA POESÍA

Rufino Félix Morillón: La elegancia hecha poesía. IV

RUFINO FÉLIX MORILLÓN (Mérida, 9 de enero de 1929-21 de junio de 2025)

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Lunes 22 de junio de 2026
Ayer, 21 de junio, fue el primer aniversario de la muerte de Rufino Féliz Morillón. Con este artículo queremos homenajear a este gran poeta emeritense.


Gaviotas
Se abren desde la arena
como redes lanzadas al espacio marino.
Vuelan cuando la tarde se aposenta
en su lejano lecho
y rezumando sal 5
se abandona a la espera de otra noche.
(Su soñoliento párpado
velado por la bruma).
Tensadas, animosas,
intentan las gaviotas recuperar la luz; 10
devolverla a la orilla
donde su llama enciende
la hoguera de la vida, su mágico latido.
No logran alcanzar el huidizo horizonte,
y en su oscura orfandad 15
son cruces que jalonan
un cielo desolado, donde yacen
las horas apagadas.

Rufino Félix Morillón: La soledad de las arenas.
Sevilla, Algaida Ediciones, 2007.

La soledad de las arenas es obra que se remonta a 2007. Con anterioridad, el poeta ha dado a la imprenta los siguientes títulos: Tarde cerrada. Poemarios Kylix, número 4. (Badajoz, Artes gráficas Boysu. 1998). Crestería de la sal. (Badajoz: Menfis Editores, 1990), Consumación del tiempo. Poemarios Kylix, núm. 18. Badajoz, Tecnigraf. 1991), Párpado de espumas (Badajoz: Menfis Editores. 1992), Voz distante (Badajoz: Colección Autores Extremeños. Universitas Editorial, 1992), Memoria de la luz (Madrid, Huerga & Fierro. 1998. Colección Zénit), Versos recobrados (Mérida, Archivo Gráfico Gómez-Aguayo. 2000), Las aguas litorales (Sevilla: Padilla Libros Editores y Libreros. 2001), Las ascuas (Sevilla, Algaida, 2002), Lírica taurina. Revista Clarines de Feria (Mérida, Club Taurino Emeritense. 2002). Y en el año 2003, el Ayuntamiento de Mérida publica el primer volumen de El tiempo y el mar, que recoge su obra poética hasta el momento de su edición. Y aún queda otro libro antes de llegar al que nos ocupa: Las puertas de la sangre (Sevilla: Algaida, 2005), obra con la que obtuvo el Premio de Poesía Ciudad de Badajoz en su XXIII edición.

En todos estos poemarios se aprecia la búsqueda de la originalidad del estilo desde la más absoluta sinceridad personal; y así lo ha declarado: “el poeta es siempre un farsante, un simulador que, en el acto de escribir, se despoja de lo perverso, de lo despreciable que hay en el hombre, para tomar un aura de elegancia, para entregar solo lo selecto, una parte ínfima de él…”; una “parte ínfima de él” es tanto como decir “lo más sublime”, de forma que a través de ese “fingimiento”, su poesía explora la auténtica belleza más allá de las imperfecciones humanas. Y también está presente la influencia de Antonio Machado, alejada de la copia servil, y a quien considera su maestro. Discípulo con la lección bien aprendida, no cabe duda: ausencia de retórica, sencillez extrema, humanización de la naturaleza, reflexiones sobre el devenir el tiempo (la poesía concebida como “Ni mármol duro y eterno, / ni música ni puntura, / sino palabra en el tiempo” (Antonio Machado, en Nuevas canciones, “De mi cartera, I).

La soledad de las arenas contiene 74 poemas. La obra está prologada por José Luis Álvarez Martínez. “El tiempo como tema predominante. Y el mar como imagen capital sobre la que aquel se proyecta. / A los pasos del tiempo, a los contrapuntos del amor, a los motivos de la intimidad continúa siendo fiel esta obra, con versos libres memorables, con estrofas perfectas, que ratifican la poesía de Rufino Félix Morillón como la de un poeta culto, que trasciende el rigor del momento, los gustos antojadizos de la moda y del presente, y se constituye en nuestra historia literaria como un poeta de siempre, y para siempre”.

Y no es extraño que un poeta sugestionado por el mar -“transido de mar”- haya reparado en las gaviotas; como han hecho otros muchos poetas (Antonio Machado, Rafael Alberti, José Hierro…). Precisamente el admirado Antonio Machado, en el poema que comienza con el verso “El casco roído y verdoso”, coloca en su final estos dos espléndidos versos: “La gaviota palpita en el aire dormido, y al lento / volar soñoliento, se aleja y se pierde en la bruma del sol.” (cf. Soledades. Galerías. Otros poemas; 1907); o en Campos de Castilla (Parábolas, II) escribe: “El otro [hombre] mira al agua. Su pensamiento flota: / hijo del mar, navega —o se pone a volar—. / Su pensamiento tiene un vuelo de gaviota, / que ha visto un pez de plata en el agua saltar. / Y piensa: Es esta vida una ilusión marina / de un pescador que un día ya no puede pescar".

Vayamos, sin más dilación, al poema de Félix Morillón. Está escrito en versos blancos, pues carecen de rima (salvo la casual asonancia /é-a/ de los versos 1 y 3 (“arena/aposenta”); pero no en versículos, dada su extensión (no sobrepasan las 14 sílabas) y el hecho de que domina el poema un marcado ritmo heptasilábico. En efecto, de los 18 versos que lo componen, distribuidos en tres agrupamientos estróficos (de 8, 5 y 5 versos), todos son heptasílabos, a excepción de tres alejandrinos (versos 2, 10 y 14, uno por estrofa, que la cesura central divide en dos hemistiquios heptasilábicos) y otros dos endecasílabos: uno enfático -el 7-, con acentos en las sílabas 1.ª, 6.ª y 10.ª (“se abanna a la esra de ótra nóche”), y otro -el 17- heroico, con acentos en las sílabas 2.ª, 6.ª y 10.ª, endecasílabo pausado (“un ciélo desodo, donde cen”). La combinación de este tipo de versos es frecuente en el poeta, y su marcado ritmo despliega una suave musicalidad que se extiende por todo el poema, ajena a estridencias sonoras. Parece como si el poeta hubiera querido comunicar a su versos -en su armonía- ese vuelo sincronizado que adoptan las gaviotas cuando van en grupo.

Leyendo la información que proporciona el DRAE de la gaviota (“Ave palmípeda, de unos 75 cm de largo desde el pico hasta el fin de la cola y un metro de envergadura. Tiene plumaje muy tupido, blanco en general, dorso ceniciento; negras, pero de extremo blanco, las tres penas mayores de las alas, pico anaranjado y pies rojizos. Vive en las costas, vuela mucho, es muy voraz y se alimenta principalmente de los peces que coge en el mar”), y, seguidamente, el poema de Félix Morillón, se percibe con tal nitidez la diferencia que existe entre la lengua discursiva con la que se transmiten conocimientos y la lengua literaria, en la que la significación connotativa de las palabras sugieren todo tipo de emociones estéticas. Porque estos versos presentan una visión melancólica del mar a la hora del crepúsculo vespertino (versos 3-6) “cuando la tarde se aposenta / en su lejano lecho y rezumando sal / se abandona a la espera de otra noche” (versos 3-6), momentos en los que las gaviotas dejan las arenas de las playas (verso 2) y vuelan hacia las alturas y sobre el mar, como si fueran redes que se expanden por la inmensidad del medio marino (versos 1-3); imagen esta de gran fuerza plástica en la que las gaviotas bien pudieran simbolizar un espacio de libertad. En efecto, el vuelo de las gaviotas, impregnadas sus alas de la humedad salina del mar, coincide con el ocaso -el sol parece como si se recostara en el horizonte marino”-, integrándose en los ciclos de la naturaleza (La tarde […] se abandona a la espera de otra noche” (versos 3 y 6). El clímax poético se alcanza en l,os dos versos que cierran esta estrofa (7 y 8): la bruma, a modo de velo (verso 8), contribuye a crear en los ojos de las gaviotas una atmósfera de ensueño (verso 7), y de ahí que el poeta aluda a “Su soñoliento párpado”, combinación esta de palabras que aportar una nota de serena musicalidad, acorde con la escena descrita. En esta primera estrofa la palabra “gaviotas” no figura en ningún verso, pero contemplamos sus acciones, expresadas en presente de indicativo, que inician verso: “Se abren” (verso 1), “Vuelan” (verso 3). También figuran a comienzo de verso “rezumando” (verso 5) y “se abandona” (verso 6), verbos que se refieren a “la tarde”, formas verbales de aspecto igualmente imperfectivo. La ubicación de la mayor parte de los adjetivos bien puede responder a razones puramente eufónicas: posición al nombre (“espacio marino”, verso 2), anteposición (“lejano lecho”, verso 4), o anteposición y posposición simultánea (“soñoliento párpado / velado”, versos 7-8).

“[Las gaviotas] vuelan cuando la tarde se aposenta / en su lejano lecho / y rezumando sal se abandona a la espera de otra noche” (versos 3-6)].

Las gaviotas se elevan libremente en el cielo y se integran en la imagen armónica de la naturaleza.

Sin embargo, las gaviotas, en tensión física (verso 7: (“tensadas”) y resueltas (verso 7: “ansiosas”), pretenden recuperar la luminosidad y traerla de nuevo a la orilla, porque esa luz simboliza el hálito vital (versos 12-13: “su llama enciende / la hoguera de la vida”); expresado metafóricamente: “su mágico latido” (verso 13). El poeta ha sometido a las gaviotas a un proceso de humanización, y las ha dotado de un espíritu voluntarioso y valiente con el que enfrentarse a los elementos de la naturaleza para restaurar el equilibrio vital que se apaga cuando desaparece la luminosidad del día. Las quiere convertir en “portadoras de la luz” como fuente de vida: “recuperar la luz, / devolverla a a la orilla” (versos 10-11): una orilla que se asocia con la tierra firme desde la que partieron las gaviotas (conjunto estrófico 1).

El tercer agrupamiento estrófico expresa la constatación de una decepción: las gaviotas fracasan en su intento: “No logran alcanzar el huidizo horizonte” (verso 14), y el firmamento se humaniza para recoger su tristeza (verso 17: “cielo desolado”). El léxico seleccionado se va llenando de connotaciones negativas: “oscura orfandad” -como si las gaviotas hubieran perdido su impulso vital, extraviadas en las tinieblas-, “cruces” -en alusión a su figura en pleno vuelo, pero connotando sufrimiento-, “cielo desolado” -que asume el esfuerzo baldío de las gaviotas-, “yacen” -están sepultadas”, “horas apagadas” -ausencia total de un tiempo luminoso-. Es, sin duda alguna, la manifestación más intensa de la quiebra de las ilusiones que “habíamos depositado” en las gaviotas, esas aves cuyas evoluciones en el “espacio marino” solemos contemplar absortos. Pero el horizonte es inasible -también para las gaviotas- y el tiempo se percibe como algo inerte que abre la puerta al vacío existencial: orfandad y desconsuelo a partes iguales.

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