Muy poco sabemos del poeta renacentista encuadrado en la Escuela de Salamanca Francisco de la Torre (¿1534?-¿1594?); aunque conocemos sus poesías porque Francisco de Quevedo las editó, en 1631, junto a las de fray Luis de León, para combatir los excesos del Culteranismo. Y la poca información que poseemos de su vida hay que buscarla en el discurso de toma de posesión como académico de la RAE (21 de junio de 1857) de Aureliano Fernández-Guerra y Orbe.
https://www.rae.es/sites/default/files/Discurso_de_ingreso_Aureliano_Fernandez-Guerra_y_Orbe.pdf
Modernamente, Alonso Zamora Vicente editó y prologó las Poesías de Francisco de la Torre en la Colección Clásicos Castellanos de Espasa-Calpe, en 1944. Ofrecemos la reproducción digital -de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes- de la tercera edición, de 1969.
https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/poesias--51/html/
Y en 1993, María Luisa Cerrón Puga publica, en Ediciones Cátedra, la Poesía completa de Francisco de la Torre en la Colección Letras Hispánicas, núm. 207.
Y de los sonetos de Francisco de la Torre reproducimos y comentamos el número XX, un soneto convertido en una queja amorosa que tiene por confidente a la luna, a la que el poeta le ruega que oculte sus lágrimas.
Si hay un tema recurrente en las poesías de Francisco de la Torre es la noche, convertida en el escenario de sus versos, e idónea para acoger el adolorido lamento del poeta ante la ausencia de la amada y el desamor, canalizando una melancolía existencial casi de tono prerromántico.
Como buen poeta petrarquista, su dominio del soneto es absoluto: 14 versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos con rimas consonantes ABBA/ABBA y dos tercetos con rimas consonantes CDE/CED:
A: /-ádo/. Versos 1,4, 5 y 8:
“engalanado/turbado/cuidado/enamorado”.
B: /éna/. Versos 2, 3, 6 y 7: “llena/serena/pena/ajena”.
C: /-éllas/. Versos 9 y 12: “ellas/querellas”.
D: /-ío/. Versos 10 y 14: “mío/envío”.
E: /-ánto/. Versos 11 y 13: “manto/llanto”.
En el primer cuarteto hay encabalgamiento entre los versos 2 y 3, que contienen, además, una pausa interna (“llena / de oscuridad”) y entre los versos 3 y 4 (“serena / mansedumbre”). Otro encabalgamiento se encuentra en los versos 7 y 8 (“ajena / de amor”). Y también contienen pausa interna los versos 7, 9 y 13, mientras que el verso 12 es polipausado: “Tú, / con mil ojos, / noche, / mis querellas”.
Rítmicamente considerados, son sáficos los endecasílabos 2, 13 y 14; melódicos los endecasílabos 4, 6, 7 y 10; heroicos los endecasílbos 5. 8 y 11; enfáticos los endecasílabos 1, 9 y 11. Y solo acentúa en las sílabas 4.ª, 6.ª y 10.ª el endecasílabo 3. Por lo demás, son bastantes significativas las antirritmias que se producen en ellos versos 8 (“de amór tiéne su pécho enamorádo”) y 12 (“Tú, con míl ójos, nóche, mis queréllas”).
Ya anticipábamos la temática del texto: la noche como confidente silenciosa del dolor inútil del poeta ante su estado sentimental de desamor, a la que pide que oculte su llanto; una temática que se ajusta perfectamente a la estructura poliestrófica del texto, ya que se puede dividir en dos partes, coincidiendo con cuartetos y tercetos.
Primer cuarteto. Montado en apóstrofe lírico, el poeta se dirige directamente a la luna, completamente humanizada -incluso la califica de “amiga”-, con un tono que sucesivamente encierra aprobación/reprobación, ante su ambivalencia: unas veces “clara y amiga” (pareja de epítetos antepuestos) y, por tanto, embellecida con sus mejores atavíos (“engalanada”); y otras veces “llena de oscuridad y espanto” (pareja de complementos nominales pospuestos al adjetivo), perturbando “la serena / mansedumbre del cielo”. Esta simbiosis entre la naturaleza y los estados anímicos del poeta fue una aportación garcilasiana a la lírica renacentista española: de armónicas belleza cuando traduce el contento amoroso (en el poema, luminosidad, sosiego); agresiva y hasta tétrica cuando refleja el estremecimiento del desamor (en el poema, oscuridad, temor con sobresalto, perturbación anímica). Adviértase la propiedad en la selección del léxico para reflejar, por un parte, claridad, amistad, serenidad, apacibilidad y, por otra, oscuridad, terror, turbación extrema. Y, en ambos casos, las oraciones son exclamativas y van encabezadas por “cuántas veces”, usada para enfatizar algo que ocurre de nodo reiterado: “¡Cuántas veces te me has engalanado…!”/“¡Cuántas [veces]... me has turbado!”. Y añadamos tres observaciones: en primer lugar el hipérbaton en los versos 3-4: “la serena / mansedumbre del cielo me has turbado”; es decir, que se ha anticipado al verbo el complemento directo: “Tú (sujeto), [noche], (vocativo) me (complemento indirecto) has turbado (verbo transitivo) la serena mansedumbre del cielo (complemento directo)”; en segundo lugar, el empleo del dativo ético “me” en el verso 1 (“Cuántas veces te me has engalanado”), que cumple una función puramente expresiva y afectiva -sin función ni sintáctica ni semántica alguna-, transmitiendo una carga de emotividad hacia “la noche”, que es a quien se dirige el poeta; y en tercer lugar, no parece casual que el poeta haya dedicado a la “agresividad” de la naturaleza más del doble de versos que a su bonanza, anticipando su desconsuelo.
Segundo cuarteto. Para entender bien el contenido de esta estrofa es necesario precisar el valor semántico que el el Siglo de Oro tiene la palabra “cuidado”: aludía al estado de sufrimiento y desvelo producido por la zozobra amorosa. Pues bien, las estrellas, encarnación ideal de la belleza (verso 7), son conscientes del calamitoso estado de desamor en el que el poeta se encuentra -que es tanto como decir su soledad y desamparo (verso 5)-, compadeciéndose (“se han regalado”, es decir, han manifestado expresiones de afecto) (verso 6), hasta el extremo de que “la más ajena / de amor” -la que manifiesta mayor frialdad en su corazón- termina contagiada por un sentimiento amoroso, al contemplar el dolor que lo aqueja (versos 7-8). Adviértase cómo las estrellas, a través de la personificación, han desarrollado sentimientos humanos y han dejado de ser simples elementos decorativos inanimados, ya que se han convertido en “testigos cómplices” que se conduelen ante las desgracias emocionales del poeta y las comparten.
Primer terceto. El poeta otorga a las estrellas la capacidad de amar (verso 9), y ha glosado sus desventuras amorosas parejas a las suyas (verso 10), oculto bajo el amparo y la oscuridad de la noche (metafóricamente, “los dobleces de tu manto”; verso 11). Adviértase la doble figura retórica existente en el verso 9: por un lado, el retruécano (o conmutación), al invertir el orden de los términos de una oración en la siguiente (“Ellas saben… saben ellas”), creando en este caso un efecto de simetría; y, por otro -y en cierto modo-, la anadiplosis (o concatenación), ya que la forma verbal “saben” se repite al final de una cláusula y comienzo de la siguiente, de manera tal que el significado se enfatiza, creando, además, una sensación de continuidad lógica y reforzando rítmicamente la cadencia musical del verso: “Ellas saben amar, y saben ellas / [que]…”. La conexión entre el propio llanto del poeta y la inmensidad de un cielo estrellado en la noche, capaz de experimentar similar desolación anímica, queda, pues, afianzada en este terceto.
Segundo terceto. El poeta vuelve a invocar a la noche, haciendo más intenso aún el apóstrofe lírico (“Tú,… noche…”: verso 12); y le pide complicidad (“mis querellas / oye y esconde” (versos 12 y 13, en los que, merced al hipérbaton, el complemento directo se ha anticipado a las formas verbales). Y esos “mil ojos” de la noche son la alusión metafórica a las estrella -a las que el poeta ha dedicado el segundo cuarteto y el primer tercetos, unificando la frustración de los anhelos amorosos-. Los versos finales del soneto -tras la petición del poeta a la luna de que oculte sus lamentos- son desoladores: quejas y lágrimas no son sino el “fruto inútil” de un amor imposible.
Repárese en la interrelación semántica, expresada mediante un quiasmo “adjetivo+nombre/nombre+adjetivo”, entre “amargo llanto” y “fruto inútil”, y donde los conceptos de desamor e inutilidad alcanzan su grado máximo de manifestación: el poeta, que es capaz de conmover a las naturaleza con sus querellas, reconoce la absoluta total ineficacia de sus sentimientos.
El paisaje, por tanto, se ha convertido en una proyección psicológica del atormentado mundo interior del poeta, capaz de quebrar “la serena / mansedumbre del cielo”, sustituyéndola por una noche “llena / de oscuridad y espanto” -ambos encabalgamientos logran unos espectaculares efectos expresivos-. Por otra parte, los interlocutores del poeta son elementos personificados de la naturaleza -“la noche” y “las estrellas”-, y no la amada que le causa aflicción, ausente en el poema, lo que le da una mayor densidad conceptual. En cualquier caso, el sentimiento de melancolía que recorre todo el soneto, tan propio del despechado “amante petrarquista”, entra de lleno en el estilo manierista como antesala del Barroco; y Francisco de la Torre, por momentos, parece un poeta próximo a la futura sensibilidad romántica.
De Oda 1 de Francisco de la Torre ya nos ocupamos en un artículo publicado en esta misma revista digital el 18 de noviembre de 2025, y titulado “El carpe diem en el renacimiento español: Francisco de la Torre”, al cual puede accederse en el siguiente enlace:
Y ampliamos el comentario de dicha oda el 18 de mayo de 2026, en otro artículo titulado “La sencillez de la Oda 1 de Francisco de la Torre”, al que se accede en este otro enlace:
“Estrellas hay que saben mi cuidado”
[Es este un verso que encanta a Azorín. Su comentario sobre el soneto XX de Francisco de la Torre se encuentra en Pensando en España (Madrid, Biblioteca nueva, 1940); y, en concreto, en "El poeta en la ventana"]. (Daniel Pageaux dixit).