Desde mi sillón orejero me traslado de nuevo a Cerdeña con su premio Nobel de 1926 Grazia Deledda (1871-1936) y la lectura de su novela Mariana Sirca.
Su descriptiva prosa me traslada a esas montañas con su monte bajo impenetrable de alcornoques, acebuches, lentiscos y bandoleros por donde discurre toda la novela, fiel descripción de su Nuoro natal. Decimos que no es tanto el destino sino el camino recorrido y así lo pude comprobar visitando allí la casa museo de Grazia Deledda. Una gran casa de pueblo con su espacioso jardín y sus muros de piedra tal como ella lo escribe en la novela: “Todos los aposentos estaban húmedos por el gran emparrado que cubría el patio situado entre la casa y la calle…”, leo y veo su propia habitación: “La ventanita baja, con cuatro pequeños vidrios, daba detrás de la casa sobre huertecillos…”, y la amplia cocina al uso de la época: “Situada en la planta baja que daba sobre un huerto orientado hacia levante era cálida y alegre…”. Grazia, de familia acomodada, vivió allí su juventud quedando empapada de esas montañas, de esa costa y de esa esa sociedad “isleña”, que a principios de 1900 suponía malas comunicaciones, cerrados clanes familiares y sociedades muy diferenciadas con el consiguiente retraso social.
Ella así lo cuenta en sus numerosas novelas y más de quinientos cuentos; historias de campesinos, personajes solitarios que viven en la montaña con raíces ancestrales de fiestas primitivas con máscaras arcaicas, los mamuthones, que dan mucho miedo y posiblemente vienen de las leyendas de los nuraghe, su autóctona y atávica civilización que ha dejado estructuras circulares, túmulos de piedras incluso con adarves y varias estancias, enclavadas por toda la isla y que todavía son incógnita para muchos arqueólogos.
Efectivamente es la Cerdeña actual un poso de muchas culturas; fenicios, romanos, griegos, hispanos, franceses e italianos sin olvidar a los piratas, que por cierto estaban muy bien controlados desde las 200 torres vigías que salpican la costa y que construyeron los españoles. Todo ello lo podemos comprobar en las ruinas de Tharros, pisando la calzada romana que ya quisiéramos que estuviera así la A-3 dentro de dos mil años. Comprobamos la cloaca romana e incluso el precioso capitel colocado, para que no se quejen los turistas, sobre una falsa columna romana. Así me lo contaron.
Fue la isla uno de los tres graneros de Roma, junto con Egipto y Sicilia y su historia, según me dice mi guía Francesco, es diversa, y, aunque son hijos de todos estos foráneos que llegaron y se establecieron, son ante todo “sardos”, orgullosos de su raíz atacando a los romanos y escondiéndose en la zona montañosa Barbaria. En el medievo destacó Leonora de Arborea (1340 -1404) gran dama que dictó la Carta de Logu, casi como una precursora constitución. Luego llegaron los Saboya imponiendo nuevas restricciones al campo que antes era de libre disposición, e incluso expropiando tierras de la montaña. Los sardos aguantaron, pero poco, pues eran tan aguerridos que fueron apodados “los diablos rojos”. Así nacieron sus “bandidos”. Digamos que su antipatía hacia el invasor no fue una lucha armada cruel, pero sí una resistencia clara que se demostró cuando se replegaron en las montañas desde donde hacían incursiones contra el poder establecido, ya sean españoles, catalanes, franceses o italianos. De los pequeños levantamientos pasaron a los secuestros y parece que fueron irreductibles hasta casi el siglo XX, todo muy bien documentado por Vitorio de Sica en su película “Bandidos de Orgosolo”. La llegada de los Cascos Azules terminó con “el problemita” quedando hoy una isla de paz y gran belleza.
Con buen humor me cuenta Francesco que no eran “mafia”, no, no, solo “bandoleros”. Y a mí me viene a la mente ese gran tenor español Manuel Vicente del Pópulo García (1775 - 1832), cantando Yo que soy contrabandista “y campo por mis respetos/ y a todos los desafío/ porque a nadie tengo miedo. / ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay, muchachos! ¡Ay, muchachas! / ¿Quién me compra hilo negro? / Mi caballo está rendido/ ¡y yo me muero de sueño!”. Canción compuesta por él mismo pues fue además un gran compositor y padre de la famosísima saga de músicos “García” (Los García, Andrés Moreno Mengibar, Editorial: Fundación Centro de Estudios Andaluces), que incluye a la extraordinaria Pauline Viardot, a la grandiosa María Malibran y a su hijo Manuel García que escribió un Tratado completo del arte del canto y desarrolló el innovador langiroscopio. La canción tuvo tanta fama que cuentan que estando de gira en coche de caballos por un país sudamericano les asaltaron unos bandoleros, que les robaron todo, pero que asombrados al conocer su identidad le hicieron cantar Yo que soy contrabandista quedando tan complacidos que alguna pertenencia le devolvieron. ¡Eso es ser buen bandolero!, pienso, y sea o no verdad yo sigo con mi lectura de Mariana Sirca, donde también aparece un bandolero, de “ojos grandes semejando turquesas”, tal como lo describe Grazia Deledda, que seguro también es bueno… aunque no se preocupen, el final no lo desvelo.
Grazia Deledda, pasó en Nuoro su juventud, posteriormente vivió en Roma, donde escribió toda su obra retratando la realidad de su Cerdeña de forma cruda y visceral. Dice mi amigo sardo que por lo visto no era muy apreciada por sus congéneres por tener un estilo crítico, acerado y realista, o sea encuadrada en el verismo italiano. La defensa del honor “aunque sea contra tu voluntad”, la venganza “aunque me cueste la vida”, y mujeres “encerradas en casa como en una cárcel”, son los motivos de esta novela con desenlace trágico. Efectivamente así nos presenta el museo etnográfico de Nuoro esa sociedad cerrada, de campo y fiestas populares. Todo muy isleño, tal vez parecido a una Mallorca del siglo 19, con murmuraciones y tradiciones inamovibles, que se lo pregunten a Chopin y a George Sand… (Un invierno en Mallorca).
Hay mucho que estudiar en la prosa de la escritora; amor, dolor, destino, culpa y estricta moralidad convencional siendo así una delicia repasar sus páginas y adentrarnos en esa Cerdeña de personajes inolvidables, empezando por el entrañable bandido Simón. Desde mi sillón orejero, con ventilador, lo disfruto de nuevo mientras escucho Yo que soy contrabandista.