La autora combina la investigación histórica con una escritura poética y serena, reconstruye el universo femenino de otra época: rituales, miedos y pequeñas victorias en un tiempo en que la medicina oficial apenas consideraba el saber de las mujeres. Pero más allá del retrato costumbrista, la autora propone una reflexión sobre la autoridad del conocimiento: quién lo posee, quién lo transmite y quién es silenciado. La autora publica este libro con la editorial Duomo.
Su libro está ambientado en 1917: ¿cómo nació la idea de escribir esta historia de dos mujeres tan distintas, pero unidas por su deseo de traer hijos al mundo?
La historia de Mallena nació hace años. Estaba trabajando en una tesis en Historia Social sobre los cambios relacionados con el nacimiento. Las vidas de las mujeres olvidadas por la Historia oficial, encontradas en documentos de archivo, ensayos y antiguos registros, me habían conmovido profundamente.
La historia de la protagonista se inspira en la realidad histórica de las comadronas prácticas de hace un siglo, que con su saber empírico y experiencial dedicaban, a menudo, toda su vida a brindar ayuda y apoyo durante el embarazo y el parto a las mujeres más pobres. Actuaban como mediadoras entre cuerpo y espíritu, entre vida y muerte, y lo hacían solas, sin remuneración ni protección, ni medios, entre vulnerabilidad y fuerza, conocimiento y duda, pero siempre con gran dignidad y animadas por los principios de la sororidad y la solidaridad humana.
Las dos mujeres —Mallena junto a la joven Angelica— encarnan el conflicto ligado a la difusión de la Medicina científica en los territorios rurales más aislados, donde hasta entonces se practicaba la llamada Medicina popular, así como los posteriores intentos de sincretismo, mediación y encuentro entre dos maneras distintas de entender el cuidado y la asistencia.
Usted nació en Cerdeña y su novela se desarrolla en el mismo sitio: ¿coincidencia a la hora de desarrollar la trama?
No es una coincidencia. La Cerdeña que relato es una tierra antigua y áspera, con una arquitectura cultural articulada y compleja, donde la vida está regulada por equilibrios frágiles. Por este motivo, el entorno no actúa solo como un simple escenario, sino como un organismo vivo que acompaña las vicisitudes de los personajes, condiciona sus cuerpos y sus decisiones.
Es un libro de tradiciones, de una sabiduría que se va transmitiendo de generación en generación: ¿se sigue haciendo?
El saber de las mujeres sostuvo la vida cotidiana, permitió prestar asistencia y dar continuidad a los cuidados cuando todo lo demás faltaba. Facilitó el diálogo entre distintos saberes.
En los territorios más aislados, las prácticas de cuidado y los rituales ligados al embarazo y al parto sobrevivieron más tiempo que en otros lugares. Hoy han desaparecido casi por completo, aunque permanecen algunos vestigios.
Según se avanza en la lectura de La comadrona se percibe una cierta intimidad. Usted ha estudiado obstetricia: ¿ha dejado su impronta en el libro?
No es autobiográfico, pero está mi mirada, mi voz, la pertenencia a esa genealogía femenina hecha de manos, de escucha, de memoria; la que conoce la alegría y el miedo, la soledad, la injusticia y también la resiliencia.
Es a esa memoria a la que he intentado, con respeto, devolver la voz. El silencio habría significado perder un fragmento de la historia de las mujeres y de la medicina de género.
Los lugares que menciona a lo largo de las más de 400 páginas de la novela, ¿existen?
Sí, existen y se indican con su nombre correcto, a excepción de los pueblos en los que se centra la historia, cuyos nombres he decidido modificar.
En el libro describe cómo era dar a luz a comienzos del siglo XX y los métodos que se utilizaban entonces: ¿cómo han evolucionado?
En ese período la mortalidad materna y neonatal era altísima, y hoy nadie, creo, añora ese aspecto del pasado. Pero no es justo olvidar que el saber de las mujeres sostuvo la vida cotidiana, permitiendo el nacimiento, la asistencia y la continuidad de los cuidados cuando todo lo demás faltaba.
Hoy la Medicina científica, que es precisa e hipertecnológica, junto con la investigación, ha eliminado esa alta tasa la mortalidad materna y neonatal; pero es cierto que, en nombre de la seguridad, hemos sacrificado mucho: la solidaridad femenina y el sentido de comunidad que giraba en torno al nacimiento.
El libro es un alegato contra la discriminación social en una época concreta: ¿cree que actualmente sigue pasando?
Creo que, los mecanismos y las decisiones de poder, a veces mezquinas, que la novela muestra, están más vigentes que nunca: las dinámicas que definen los roles sociales, el trabajo femenino invisible y no reconocido, las desigualdades en el acceso a la atención sanitaria y a la educación, las injusticias. Pero también el choque con una modernidad compleja e hipertecnológica que parece no lograr dialogar con la dimensión relacional y humana; y cuando se habla de progreso, esto es imprescindible.
La lectura de este libro deja huella: ¿cómo lo ha conseguido?
No lo sabría decir; tal vez porque he escrito sobre lo que conozco, abordando temas que me son queridos y eligiendo palabras que me pertenecen.
El enfoque científico se fusiona con fuentes históricas y memorias, pero con una atención particular a las atmósferas de la época y a la reconstrucción emocional de los personajes. Escribir fue un proceso lento, pero también un acto de restitución, casi de transmisión, como se hace en obstetricia.
En Cerdeña, ¿es posible solicitar la asistencia en casa de una matrona para dar a luz?
Teóricamente sí, pero la asistencia al parto a domicilio no forma parte del servicio sanitario público; la ofrecen exclusivamente matronas que ejercen de manera privada y representa menos del 0,12 % del total de los nacimientos.
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