De entrada podemos afirmar que nos hallamos ante una propuesta que cumple con creces su promesa de ofrecer una historia inspiradora y realista. Es cierto que la música, con sus marcadas tendencias manipuladoras, interrumpe el ritmo con frecuencia. Esto resulta aún más sorprendente si tenemos en cuenta que Anthony Marciano es coautor tanto de estas melodías puramente ilustrativas como de una narrativa mucho más sobria. Pero, en última instancia, quizás sea este doble papel —la música para los aspectos más accesibles y la dirección para contar la extraordinaria historia de estos dos agentes franceses sin excesivo énfasis— lo que explica el éxito del cuarto largometraje del director. Gracias a las interpretaciones profundamente comprometidas de Jean-Pascal Zadi y Raphaël Quenard, creemos firmemente en esta odisea llena de obstáculos en suelo estadounidense.
Cuando Bouna Ndiaye y Jérémy Medjana se conocieron a mediados de los 90 en una cancha de baloncesto durante unas vacaciones en Italia, no imaginaban que su amistad y su colaboración profesional cambiarían para siempre el panorama de los jugadores franceses en la NBA. Sin embargo, su camino hasta allí fue largo y arduo. Desde sus modestas oficinas en las afueras de París, pasando por una serie de decepciones la primera vez que pisaron suelo estadounidense, hasta la primera selección de uno de sus jugadores en un prestigioso equipo de la NBA. No obstante, el aspecto más importante de esta historia, inspirada en hechos reales, es la solidaridad y la determinación de Bouna y Jérémy, convencidos de que su agencia, Comsport, tarde o temprano se volvería rentable y les permitiría vivir su pasión.
El tema principal de esta singular comedia con algún que otro apunte dramático, lejos de ser una utopía ostentosa, no son las intrincadas dinámicas de la NBA en Estados Unidos. De hecho, no hace falta ser un experto en el deporte para apreciar los altibajos de este intento fallido de llegar a las grandes ligas. No, la narrativa explora de forma admirable y valiente la cultura del fracaso. No hemos llevado la cuenta, pero seguro que este dúo de fanáticos de buen corazón sufre muchas más derrotas aplastantes que momentos de merecido triunfo. En otras palabras, este sueño americano no es solo otro cuento sobre una tierra de posibilidades ilimitadas, donde cualquiera puede triunfar si de verdad lo desea.
Su enfoque resulta infinitamente más objetivo y casi didáctico. Por ejemplo, al no perder nunca de vista el creciente riesgo de quiebra financiera para cualquiera que se atreva a competir en este mercado deportivo transatlántico que genera millones, incluso miles de millones de dólares, así como jóvenes atletas dispuestos a hacer cualquier cosa para obtener su parte del pastel. Y los dos protagonistas están preparados para lidiar con el éxito o el fracaso. El hilo conductor de esta alternancia, entre sus fracasos por falta de experiencia e ingenuidad, por un lado, y el ascenso gradual a la lejana e imponente cima de la NBA, por otro, reside en un optimismo inquebrantable, especialmente en Bouna. Este chico, que a primera vista no parece gran cosa, sabe lo que quiere. Más o menos, también sabe cómo alcanzar sus aspiraciones. En resumen, un papel de fuerza serena, ajeno a todo el caos y las locuras que lo rodean. Y un personaje sin artificios, al que Jean-Pascal Zadi sabe dotar de la seriedad necesaria, sin convertirlo en un trabajador incansable y aburrido.
Frente a él, o mejor dicho, a su lado, Raphaël Quenard también amplía el abanico de papeles en los que se desenvuelve con total naturalidad. Su Jérémy no es en absoluto el bufón, el impostor ni el torpe del grupo. Un papel que películas menos escrupulosas, en busca de chistes fáciles, probablemente le habrían ofrecido sin la menor vacilación. En cambio, aquí su contribución es esencial, pues sabe cómo apoyar a su compañero profesional en cualquier circunstancia.
En definitiva, El sueño americano logra la considerable hazaña de hacernos creer, durante toda la proyección e incluso un poco más allá, que una buena dosis de determinación y pasión es todo lo que se necesita para ver los sueños hechos realidad. Esta propaganda tan deliberada suele resultar nauseabunda cuando se presenta en su forma pomposa, todavía tan frecuente en el cine de Hollywood. Aquí, en cambio, la lección se transmite con cierta elegancia o, al menos, con una admiración totalmente genuina por estos dos hombres, lo suficientemente audaces como para darse los medios para alcanzar el éxito.