LOS IMPRESCINDIBLES - Álvaro Bermejo

LA METAPINTURA DE MARTA MARUGÁN

TRÁNSITO 2025 Acrílico y óleo sobre lino Sin estructura. 220 x 200 cm. (Foto: Marta Marugán).
Álvaro Bermejo | Sábado 01 de agosto de 2026

Ver en un Berlingot de lait, esos merengues piramidales tan populares en la Francia de los ’70, una presencia fantasmal, una sombra blanca que crece hasta alcanzar la magnitud de una montaña. Y, ya en Tránsito, convertir esa montaña en el Revolving Castle artúrico, Avalón o Innis-Vitrin, la isla giratoria de las tradiciones celtas. Congelar la serpiente que atraviesa el corazón de Africa, el río Congo, en una arborescencia vegetal que desborda la escala humana. Y ésta, elocuentemente miniaturizada, encriptada. Como si fuera posible extractar los siete tomos de À la recherche du temps perdu en la pálida imagen de una cocotte abandonada en el camino-río que conduce a Chez Swann.



Resonancias desobedientes. Disonancias desequilibrantes. Metapintura. La que presenta Marta Marugán en su última antológica, desplegada en cinco salas del palacio Sanz-Enea, en Zarautz.

Sólo los más lamentables ciegos, los que nunca aprendieron a ver, pueden detenerse ante un Rembrandt y no sentir que en esos abismos de tinieblas se abre una ventana hacia algo pulsante. Este es el diapasón que pauta la obra pictórica, la obra poética, la obra musical, la avidez sensitiva de Marta. En su caso, desde la claridad. Cielos líquidos abiertos a otras dimensiones, mares que sueñan.

Creatividad sinestésica, momentos de iluminación. Epifanías. Imágenes rebosantes de inventiva que traspasan los límites de lo visual y parecen abrir el ojo interior del destello dhármico o la experiencia mística.

Lugares y no lugares del otro lado de la realidad. Visión de Chaibad, masas ocres bajo un cielo color ladrillo, y en el ángulo superior izquierdo, una diminuta alfombra voladora con tres Sherezades. Visión de San Cristóbal: una mancha oscura que sugiere los test Rorschach, dos gigantes desnudos en una solución líquida, y un ovni como de juguete irradiando fractales sobre tres figuras afantasmadas.

Siempre la omnipresencia de la naturaleza en sus telas, el mundo vegetal, verde y húmedo –“el jugoso fruto del ocaso que muerde con su pupila”-. Algo más que paisajes donde redescubrir la inocencia. Resonancias, correspondencias, disonancias. Rizomas simultáneamente vegetales y neuronales. Un crecimiento orgánico, helicoidal, comprable a las nervaduras cupulares de Gaudí. También a eso que avanzaba Baudelaire: “los perfumes, los colores y los sonidos se corresponden”.

En la civilización del vértigo la pintura preserva una facultad sublime: su carácter estático. Detiene todo lo que se mueve. Pantalla es sinónimo de movimiento. Pintura, de silencio. Un silencio que, en la obra de Marta, se vuelve melódico, pincelada a pincelada. ¿En qué clave? Clave de sol, siempre alto en sus líneas de horizonte. Clave cromática de sus pentagramas pintados. Allá donde se fusionan una atmósfera, una respiración, un misterio personal. En ocasiones indescifrable, salvo desde los laberintos de la infancia, como en Yo, Mudito. Otras, desde una sonrisa flamenca, cercana a la de Hieronimus Bosch. Tentaciones de San Antonio. Santa Marta (y la Tarasca) en un Verano del ’98. O en esa visión entre onírica y surreal de su Segunda República. Siempre en el candor de sus cocottes. “Un coeur d’enfant” -escribe Mallarmée-, “tel est la richesse du poète”.

Niña perversa, díscola, disconforme. Niña sabia. La Gran Cabellera que teje entre sus hebras un universo poético herméticamente interiorizado, organizado como un sueño.

En Modos de ver, John Berger nos recuerda que el acto de mirar no es homologable al de ver. Ver implica comprensión, conocimiento. Un conocimiento que, sin embargo, rara vez puede explicar la visión. Siempre hay una brecha entre el ojo y la palabra, entre lo que vemos y creemos saber. Entre lo que se nos ofrece y recibimos.

Azul cobalto, azul índigo, azul cerúleo. Verde helecho, verde musgo, verde esmeralda. Amarillos terrosos, fríos y cálidos. Oro viejo. Vainilla y mostaza. Rojo escarlata. Rosa Francia. ¿De dónde vienen esos colores empastados con cien pinceladas casi imperceptibles? ¿Cuál es la intrahistoria de esos personajes minimizados, clausurados en su mundo interior, o procedentes de otros? ¿Y esos golpes de luz que se abren paso en una fronda invasiva, o los que centellan lunas sobre mares de terciopelo?

Figuras que desafían la gravedad, praderas en las que puedes oír cómo crece la hierba, horizontes cuya serenidad parece prefigurar un cataclismo celeste. Composiciones en las que el látigo de la belleza juega tanto con la quietud como con el desasosiego. Una obra innegociablemente interiorizada, un mundo propio. Pinturas que nos enseñan a mirar. Más adentro y más allá. Una vez cruzado su umbral, ya no hay vuelta atrás. El reino de su imaginación te ha poseído de una vez y para siempre. Porque la imaginación no es la capacidad de inventar, sino la de revelar lo que existe.

Un vocabulario visual, sensorial, musical, pleno de resonancias desobedientes. De correspondencias y disonancias. Visiones inefables. Manantiales de sueños. El mundo como un velo pintado bajo el que se intuye el punto ciego de la verdadera realidad.

Parece una lectura muy solemne, pero cualquier niño la entendería sin el auxilio de una sola palabra. Como la música. Como el lenguaje de la piel. En ese tiempo, el de la inocencia, nos enseñaron a hablar. ¿A qué edad se aprende a ver?

Vuelve a preguntártelo hoy, aquí y ahora, en Sanz-Enea. Oleos y acrílicos, obra gráfica, fetiches, objets trouvés. Entre lo visible y lo invisible, en el silencio, una melodía secreta, una vibración intangible. La metapintura de Marta Marugán.

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